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domingo, 18 de diciembre de 2011

EL NOMBRE DE LA VIRGEN APARECIDA EN EL TEPEYAC NO ES INDÍGENA


ALGUNAS REFLEXIONES

ADVOCACIÓN DE LA 

SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA


Son cientos las advocaciones de la Santísima Virgen María que se conocen en todo el mundo católico. De todas ellas, siempre hay una de mayor importancia en cada país. También, según la época, así como la devoción dominante de los pueblos, por los milagros concedidos, visiones de los santos y apariciones, aumenta o disminuye la fama e importancia de esas advocaciones o apelativos.
Pastor y clérigos de Cáceres descubren, junto al río Guadalupe, la Imagen de Nuestra Señora. Lienzo de Juan de Santa María, siglo XVII.
La advocación de Santa María de Guadalupe comenzó a conocerse en el siglo XIV, después del milagroso descubrimiento, en una cueva al pie de la sierra de Guadalupe en el macizo de las Villuercas de Extremadura, España. Un humilde vaquero llamado Gil Cordero guardaba sus reses en una cueva junto al río Guadalupe.
“Una mañana temprano sacó sus vacas, pero una de ellas se negaba a salir, estaba como pegada al suelo y no la podía mover, entonces se dirigió al pueblo cercano a pedir ayuda, adelantándose a los vecinos que venían con él, se metió en la cueva al percibir una luz muy brillante que salía de ella, acercándose vio entre una grieta la figura de la Virgen María, escondida probablemente, desde la época de de la invasión de los moros”.
En la iglesia del Monasterio existe una lápida con la siguiente inscripción:


“Aquí yace Don Gil de Santa María de Guadalupe a quién se apareció esta imagen”.
La imagen de la Virgen es una escultura pequeñita de tez muy morena, con el Niño Jesús en sus brazos, vestida muy lujosamente. Esta imagen está colocada arriba del altar mayor y descansa sobre una base giratoria, para que los fieles puedan contemplarla de cerca, en su hermoso Camarín, adornado entre otras cosas con los escudos nobiliarios de grandes personajes, entre ellos: Cristóbal Colón y Hernán Cortés.


La historia de esta aparición es muy extensa, por los numerosos milagros que se sucedieron a partir de entonces. Su fama corrió por toda España y pronto se levantó un Monasterio de monjes jerónimos, en el año de 1389, al que siguieron Hospitales y Colegios, llegando a contar con una de las Bibliotecas más famosas de toda España. Desde esa fecha, durante todo el siglo XV y el XVI fue la Patrona de los Reinos de Castilla, mientras que la advocación del Pilar quedó solamente para el Reino de Aragón.

Alguien ha escrito acertadamente, que España le debe a Nuestra Señora la Virgen María las tres cosas más importante de éste mundo:



A su advocación del Pilar: la FE.
A su advocación de Covadonga: la PATRIA.
A su advocación de Guadalupe: el IMPERIO.


A la Virgen de Guadalupe se encomendaron los Reyes Católicos en sus empresas militares y descubridoras. Antes y después del Descubrimiento del Nuevo Mundo, Cristóbal Colón fue a orar ante la imagen de la Virgen y allí llavó los indios antillanos que traía con él.

Hernán Cortés ofreció a la Virgen en 1529, un lujoso exvoto en plata y esmeralda que los artífices de Moctezuma cincelaron en Azcapotzalco, de la ciudad de México. Este exvoto tenía la figura y llevaba dentro, el cuerpo de la salamandra ponzoñoza que lo mordió en Yautepec.

En cuanto al nombre GUADALUPE, como consecuencia de su importancia entre católicos y no católicos; las investigaciones, opiniones y preferencias son múltiples y no han terminado aún al comenzar este tercer milenio.

Desde luego GUADALUPE es un vocablo hispanoárabe, y digo hispano porque en España nació, no lo llevaron los árabes en su invasión a la península ibérica. Se compone del sustantivo GUADI vocablo árabe-marroquí que significa RÍO o cañada donde corre un Río, y de la terminación LUPE; vocablo muy discutido.

En las provincias del sur se multiplican los topónimos que comienzan con la palabra GUAD: Guadaira, Guadajoz, Guadiana, Guadalajara, Guadalaviar, Guadalcanal, Guadalcázar, Guadalmedina, Guadalope, Guadalopillo, Guadalporcum, Guadalquivir… y por fin: GUADALUPE.

Todos estos nombres son de origen árabe pero ya modificados por el pueblo hispano latino, es decir; nuevos vocablos sincréticos nacidos en España.

LUPE; pudiera ser de origen árabe, pero ¿ cual es su significado?, o hispano-latino, tal vez sería un sincretismo, no son comunes estos nombres sincréticos, sin embargo, hay uno conocido que es Medinaceli-Ciudad del Cielo.

En latín tenemos varios vocablos que se asemejan a LUPE: lub -cascajo- lubben -oculto, lupa -cueva-, lupus -lobo- lupae -lobos.

GUADA – RÍO; LUPE – LOBOS: ¿Significa “RIOLOBOS”?

Cristóbal Colón bautizó como Guadalupe a una de las islas que descubrió en el mar Caribe. Los conquistadores del Nuevo Mundo traían junto su espada pequeñas imágenes de la Virgen de Guadalupe, por ser la advocación más venerada en los reinos de Castilla.



EL NOMBRE DE LA VIRGEN DE GUADALUPE NO ES INDÍGENA




La Divina Providencia guiaba las gestas de los seguidores de la Cruz de Cristo, en la conquista de los pueblos idólatras. Esta era una guerra contra el demonio para arrancarle las almas que tenía en su poder. Vencidos los Culhúas el 13 de agosto de 1521, Cortés pide al emperador Carlos V que le enviara religiosos santos para iniciar la evangelización, y llegaron 12 apóstoles a las tierras del Anáhuac en 1524 encabezados por Fray Martín de Valencia.

Pasaban los años y los frailes franciscanos trabajaban muy duro, pero la tarea era muy grande, humanamente imposible. Sería indispensable la intervención de la Madre de Dios para afianzar la Palabra Divina en los corazones de los neófitos. Ella eligió a un humilde joven indio recién bautizado, un hombre de corazón puro llamado cristianamente Juan Diego del pueblo de Cuauhtitlán, casado, quién vivía con su tío Juan Bernardino.

El día 9 de diciembre de 1531 muy temprano, Juan Diego tuvo la primera entrevista con la Santísima Virgen, Ella le habló en la lengua nahua porque Juan Diego no entendía ninguna otra. La Madre de Dios pidió que se le construyera un templo ahí en la loma del Tepeyac; en la segunda entrevista le ordenó lo mismo, pero la radiante señora no le dijo su nombre. Solamente se lo reveló al tío Bernardino en la tercera aparición, a quien sanó de su enfermedad, diciendo la Virgen en lengua nahua “Yo Soy La Siempre Virgen” y en castellano:“SANTA MARÍA DE GUADALUPE”, primeramente, porque esos tres vocablos no existían en la lengua indígena, y además, para que los españoles entendieran claramente que se trataba de la advocación más conocida y venerada de España en aquella época.

Las milagrosas apariciones de la Santísima Virgen María se terminaron con la cuarta entrevista a Juan Diego, cuando Nuestra Señora estampó milagrosamente su imagen en la tilma, que aquel entregó al Obispo Juan de Zumárraga el día 12 de ese mes de diciembre de 1531.

LA DISTORSIÓN DEL NOMBRE GUADALUPE



Alguien ha dicho muy atinadamente de la gran cultura azteca, que los historiadores y arqueólogos, sobre todo extranjeros han alabado tanto; no pasa de ser un gran mito. Sus lenguas eran muy variadas, no tenían reglas, carecían de Gramática. Cuando los Frailes comenzaron a aprenderlas fueron conformando a la estructura del idioma latino, escribiendo los fonemas indígenas con letras del alfabeto latino. Es de esta manera que los indígenas poseedores de las antiguas tradiciones de sus pueblos escribieron historias y relaciones.

Los historiadores modernos indigenistas tratan de manera forzada interpretar el nombre SANCTA MARÍA GUDALUPE con vocablos nahuas, hacen curiosos retruécanos acomodando los fonemas indígenas para desbaratar el nombre que la Santísima Virgen eligió para ser llamada por los habitantes del Nuevo Mundo.

He aquí algunos de sus inventos:

“Cuatlallope…, Tecuantlanopeu…, Tequantlaxopeuh…, Cuauhtlalapan…, Tlecuantlacupe…, Coatlaloclapia”… etc.

Es un hecho, que también el padre Juan González intérprete entre Juan Diego y el Obispo Zumárraga escribió una relación de las apariciones en la lengua nahua y en castellano.

Quizás, la relación más conocida es la que escribió en nahua con caracteres latinos, el noble indígena bautizado don Antonio Valeriano Chimalpain pariente de Moctezuma. Este recibió la sabiduría de los Frailes, fue profesor del Colegio de Tlatelolco y Gobernador de los indios por 30 años. Del rey don Felipe II recibió una carta de felicitación por su buen gobierno.

Del escrito original de Valeriano se hicieron varias copias, una de ellas la tuvo el padre jesuita Carlos de Singüenza y Góngora. La Relación de Valeriano que ha llegado a nuestros días es la que copió en 1649 el cura de Guadalupe Fray Luis Lasso de la Vega en lengua nahua titulada “Aparición de Santa María de Guadalupe”, comienza con las palabras “Nican Mopohua…” que quieren decir: “Aquí se refiere ordenadamente de que manera maravillosa se apareció hace poco en el Tepeyac la siempre Virgen Sancta María Madre de Dios, nuestra Reina que se nombra GUADALUPE… 9 diciembre… 1531″ y en ese documento aparecen las siguientes frases ” Huei tlamahuizoltica o monexiti ilhuicac tlatoca ihuapilli SANCTA MARÍA… GUADALUPE…”Con lo que se prueba que la Santísima Virgen no se llamó a sí misma con ninguna interpretación indígena cuando le habló a Juan Bernardino, porque no existían esas palabras en lengua nahua.

Cuando el tío de Juan Diego relató al Obispo Zumárraga el suceso, habló en lengua nahua y el traductor padre Juan González no tuvo dificultad para ello pues Bernardino dijo claramente el nombre GUADALUPE, no empleando ningún vocablo indígena.

domingo, 23 de octubre de 2011

HERNÁN CORTÉS Y LA “EMPRESA DE TITANES”


Así  como la Historia de México  anterior a la Conquista se divide en dos periodos bien marcados, la del México Hispano está dividido en forma semejante.
La primera parte es bastante corta. Duró de 1519 , cuando Cortés desembarcó, a 1521, cuando tomó la ciudad del lago texcocano. Ya para 1535 todo el territorio de México había quedado bajo el régimen virreinal español. El segundo período empieza donde acaba el primero, y termina en 1821, cuando tras la insurrección acaudillada por Agustín de Iturbide, el último virrey, O´Donojú, estampó su firma en el tratado de paz en que se reconocía la independencia mexicana. La figura dominante del primer período, es la de Hernán Cortés. Figuró también en el segundo, pero con papel diferente.
En el primero era conquistador; en el segundo, administrador.
También era un hombre transformado. Como la espada que llevaba al cinto y que tenía dos filos muy cortantes, pero cuya empuñadura afectaba la forma de una cruz; así el primer Cortés -la hoja de acero- era todo un capitán, mientras el otro Cortés, la empuñadura, era un misionero, de gran celo aunque no de gran prudencia. La dura necesidad de batallar mantuvo en él siempre al soldado, pero concluída la batalla, su corazón, cuando menos, era el de un fanático de Dios y de México. Hasta tenía que irle a la mano su capellán fray Bartolomé de Olmedo, por el celo rabioso con el que pretendía persuadir a Moctezuma a que aceptara la fe cristiana.
Nunca olvidó su carácter de cruzado. Los cristianos de aquel tiempo eran, por regla general, más o menos como Cortés y los otros conquistadores. Ellos lograron asir un hecho esencial acerca del cristianismo, que los hombres de hoy solemos no advertir; me refiero a que ellos supieron que el cristianismo no es un estado de perfección, sino un camino que conduce a ella. No esperaban poder huir de todo pecado, pero aspiraban a cometer los menos posibles. Reconocían el hecho de que el alma será siempre un campo de batalla mientras le estorbe el cuerpo. La bondad era para ellos un ideal, pero los ideales a menudo interrumpen la acción durante una lucha. Se ha condenado rotunda y vigorosamente a Cortés por sus métodos de conquista. Poco se ha dicho, sin embargo, de sus labores esforzadas, de sus genuinas facultades de estadista y de su firme propósito de no desilusionar a quienes le enviaron a conquistar el Nuevo Mundo.
Siempre vivió ofreciendo la paz a sus enemigos y se metió en extremos trabajos para introducir animales domésticos y mejores sistemas de cultivo en el nuevo país. Su política respecto a los indios, se adelantó a su tiempo en muchos siglos; y su táctica dio magníficos resultados, no como los muchos y muy diversos sistemas que adoptaron los colonizadores del Norte. A este “opresor de los indios”, parece que con mayor frecuencia lo consideraban ellos como su amigo.1
Riva Palacio, dice
“… y no sólo es el gran protector de los vencidos, sino que ellos mismos lo consideran más que como vencedor y su enemigo, como su jefe, al grado que él los prefería a los españoles, y ellos a sus caciques y señores naturales”.
El aprecio de los indios por Cortés queda bien demostrado con la recepción jubilosa que le otorgaron a su regreso de Honduras.2
Aunque derrotó a los tlaxcaltecas, se hicieron sus aliados; y cuando los españoles, vencidos y maltrechos en aquella Noche Triste, huían del valle ante las huestes de los aztecas, fueron los de Tlaxcala quienes lo socorrieron y vendaron sus heridas, prepararon con ellos una nueva acometida y les ayudaron por fin a ganar la última victoria después de un sitio de tres meses. La verdad es que a Cortés lo veían las tribus enemigas de los aztecas, como a u libertador de sangría tiranía.
Y con razón, ya que los aztecas imponían tributo  a 355 pueblos y aldeas, cuyos moradores no trataban ellos de gobernar, sino sólo de esquilmar. lo que habría sucedido si no hubiese llegado la civilización europea al Norte y Sur de América, es que todo el Continente se hubiera trocado en un vasto territorio de errantes tribus primitivas, entregadas a una burda idolatría y al canibalismo, hasta que por la ley de la lucha entre animales feroces, habría terminado el Continente por ser una gran selva poblada nada más de fieras con mayores derechos sobre el territorio, por cuanto hace a la decencia, que los humanos de quienes la heredaron.3
El grande, el indiscutible beneficio que a Hernán Cortés debieron las razas indígenas del Anáhuac, fue haberlas libertado de la barbarie caníbal y de la práctica abominable de los sacrificios humanos. Sólo esto bastaría para justificar la Conquista, si no hubiesen ocurrido al mismo objeto la difusión de la doctrina católica y de la cultura europea, trasplantadas a la Nueva España desde los primeros tiempos del régimen creado por el conquistador a raíz de la toma de México.
Hernán Cortés, con la clara visión de su genio, comprendió que, para dar al país conquistado una organización que corresponde a sus amplias miras y a los recursos naturales de la tierra, era necesario empezar la obra por los cimientos. Tratábase de fundar una nueva nacionalidad con los elementos de las dos razas, la española y la indígena; no de exterminar ésta al modo que lo hicieron los ingleses en sus colonias americanas, y, con la penetración del hombre que se ha echado a cuestas una empresa de titanes, buscó en la moral y en la religión las bases que habrían de sustentar tan grande obra, y pidió a Carlos V que le enviase misioneros de santidad acrisolada.
España al conquistar y colonizar esta parte del Continente Americano que se llama México, se propuso fundar una nación con todos los atributos que a ésta corresponden. No exploró el territorio como se explota un predio de propiedad privada, hasta con el abuso (abutendi) a que da derecho la legislación clásica desde la época de Roma; no esclavizó a las tribus indígenas, ni procuró embrutecerlas, como dicen algunos, estúpida o dolosamente. Con los elementos de las dos razas, organizó una nacionalidad en toda forma, de acuerdo con los planes de Hernán Cortés, que fueron trascendentales y elevados, porque si el Conquistador se mostró durante la lucha contra los aztecas y otros pueblos digno de hombrearse con los caudillos más ilustres de la humanidad, en la organización de la corona, al establecer los cimientos de Nueva España y trazar las líneas generales de la política y la administración, más puso de relieve su grandeza y geniales arrestos, no igualados ni superados todavía en el mundo americano.
Para vergüenza nuestra, Hernán Cortés no tiene en México un solo monumento que honre su memoria. Al revés, algunos le denigran y rebajan, mientras que a raíz de la Conquista, cuando humeaban las ruinas de la gran Tenochtitlán, los indios le veían con admiración y le veneraban como a un padre, y, en efecto, lo era, porque Corté fué, de hecho y de derecho, el “padre de la nacionalidad mexicana”.  Algún día habremos los mexicanos de levantar ese monumento, en el que deberá representarse a Cortés empuñando aquel estandarte que ideó al iniciar su epopeya en México, que tenía unos fuegos azules y blancos y una cruz colorada en medio y esta inscripción:
Amici, sequamus crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus, que significa: Amigos, sigamos la Cruz, y si tenemos fe, verdaderamente venceremos con esta bandera.



Bibliografía
1 Méjico a través de los siglos, II, p. 353
2 Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo, cap. CXLIX (CXC)
3 Mons. Francis Clementte Kelly, Obispo Católico en E. U.

miércoles, 10 de agosto de 2011

LA FE DE HERNÁN CORTÉS


Cuando Hernán Cortés desembarcó en la isleta de San Juan de Ulúa, el jueves Santo 21 de’ abril de 1519, al frente de casi 600 hombres de guerra; habían pasado solamente 27 años desde la toma de Granada por los Reyes Católicos y 26 años y medio desde el descubrimiento del continente americano por Cristóbal Colón. Por lo tanto, Cortés y sus seguidores continuaban el impulso natural de la España de entonces, primera potencia europea, que junto a Portugal, abrían las rutas marinas al comercio y a la Fe cristiana.

Frente al pequeño grupo de exploradores se dibujaba la línea costera de un mundo desconocido.
Solamente, dos breves exploraciones anteriores habían tocado ese litoral; la de Hernández de Córdoba en 1517 y la de Juan de Grijalva en 1518.
México, nuestro país no existía todavía, el pueblo mexicano estaba aún por nacer y el territorio que Cortés contemplaba era ocupado por muy diversas tribus paganas que hablaban más de 50 lenguas y dialectos diferentes guerreando continuamente unos contra otros. De entre ellos el mas fuerte era la tribu culhúa, casta guerrera seguidora de una religión cruelísima con la cual esclavizaba a muchos pueblos oscureciendo su espíritu. Cada comunidad sometida debía entregar, entre otros, un tributo de jóvenes y doncellas para el sacrificio a sus dioses. Cada cacique temblaba con solo escuchar el nombre del gran “tlatoani” (el que habla más fuerte, el mandamás) Moctezuma.
Para entender la FE de Hernán Cortés y de sus compañeros hay tomar en cuenta los antecedentes históricos que habían formado su carácter. En los españoles de los siglos XV Y XVI palpitaba la sangre de más de 30 generaciones de luchadores contra el musulmán, infiel invasor de Iberia por casi 800 años. Todos esos siglos de guerra templaron el valor y la FE de los cristianos, cualidades que no tenían los otro pueblos europeos.
Por lo tanto, para los hijos de la casta hidalga, empuñar la espada o la lanza era la única manera de ganarse el pan y hacer morada. El hidalgo, no podía ejecutar otro trabajo, deshonra era, hacerlo por otros medios que no fuesen arriesgar con valor la propia vida, hacer fortuna, mantener su linaje o crear otro con las armas en la mano; todo esto, era lo correcto y digno para los jóvenes cristianos. El ancestral llamado de la cruzada medieval estaba en el alma de los conquistadores del nuevo mundo.
La Cruz y la Espada eran el signo de la FE.
Salvar las almas de los paganos de América, aún contra su voluntad, extender el reinado de Jesucristo, eran los principales motivos de la Conquista; el llamado venía de Dios, los medios, de esos jóvenes, muchos de los cuales morirían en la aventura.
Hernán Cortés esa el prototipo de esa casta de guerreros natos, para quienes la vida no tenía otro sentido que empuñar la espada, montar a caballo y arriesgar su vida con valor. Ganar la fortuna del infiel y del pagano a cambio de llevar la luz de la verdadera FE, protegiendo a los religiosos en su labor evangelizadora.
A los 19 años de edad el joven hidalgo Hernán, se precipitó en el tumultuoso torrente humano que buscaba fortuna y honra o tal vez la muerte. Como tantos otros cruzó el océano tormentoso obedeciendo al llamado divino que marcó en Descubrimiento y la Conquista del nuevo mundo. SERVIR A DIOS Y AL REY era el lema.
Los hidalgos y gente llana que se embarcaban en Sevilla para las nuevas tierras descubiertas debían registrarse en La Casa de Contratación, estupendo filtro, que no permitía el ingreso de forajidos, perseguidos por la Justicia, dudosos cristianos, mujeres de mala vida y de quienes no pudiesen pagar su pasaje. Con los cientos de miles de documentos del Archivo sevillano se derriba la Leyenda Negra confeccionada por los enemigos de España con la que afirman maliciosamente, que los conquistadores del continente eran una banda de maleantes. La Corona española controló muy bien a sus emigrantes durante los 330 años que dominó en toda la Tierra Firme americana.
Todo lo contrario de la Corona inglesa, que desde principios del siglo XVII, vació sus cárceles y calles de sus ciudades de toda laya de indeseables, embarcando a cientos de miles para poblar las costas de Norteamérica. Propiciando, con esto, la extinción de los indios y la trata de esclavos negros arrancados del África.
En la mente de los conquistadores, los seres humanos se dividían en cristianos, infieles y: paganos; convertir a éstos a la FE de Jesucristo, a la luz de Su Revelación y someterlos al Rey Emperador de las Españas era un deber primordial. Al Rey se le debía lealtad por ser ministro de Dios en la Tierra para defender a los cristianos de sus enemigos jurados y visibles: los musulmanes; mientras que al Papa se le obedecía por ser el representante de Cristo para velar por la salud espiritual de los fieles y defenderlos de los enemigos de la FE: los judaizantes, los infieles y los herejes.
Hernán Cortés era hombre de FE probada; el soldado cronista Bernal Díaz del Castillo escribe en su “Historia Verdadera”:
“Cortés era muy religioso, rezaba todas las mañanas en su libro de oraciones y oía la Santa Misa con devoción”.
Antes de entrar en batalla con los nativos les hacía leer por medio de sus intérpretes, el Requerimiento legal; si aceptaban ser amigos se les daba la paz, en caso contrario, se les hacía la guerra.
Para entender a los conquistadores y, con ellos, a su más insigne representante hay que ser consciente de esta circunstancia: Toda la actuación de Cortés como conquistador, gobernante, político, poblador y constructor de la nueva nación mexicana, estaba impregnada del ideal medieval que creó la civilización cristiana, del amor que sentía por la tierra de su conquista, de la que hoy formamos parte y de su fidelidad al Rey. Hernán Cortés estaba convencido de la santidad de su empresa.
En noviembre de 1547 en Castilleja de la Cuesta, poco antes de fallecer, pide en la primera cláusula de su testamento que sus restos sean trasladados la villa de Coyoacán. Actualmente, éstos se encuentran ella iglesia anexa al Hospital de Jesús por él fundado en el centro de la ciudad de México.
Los hombres y mujeres del siglo XXI, sobre todo los que pontifican de historiadores oficiales, no ven o no quieren ver los antecedentes del nacimiento de la nación mexicana. Influenciados, como están, por los anti valores del cristianismo, como son: el ateísmo, el liberalismo, la indiferencia religiosa y el hedonismo; permeados por las corrientes destructoras de la mente y del espíritu; del mundialismo apabullante y su secuencia sensiblera, romántica, debilitadora de la educación y del carácter heredados de nuestros ancestros.
A los intelectuales que desprecian la verdad histórica, qué la han sustituido por otra falsa, fantasiosa y subjetiva, hago un llamado urgente: recobremos el conocimiento y la difusión de nuestro pasado mediterráneo. Somos el resultado de la Conquista española.
El nacimiento de lo que sería México comenzó cuando Cortés derribó los ídolos del templo mayor culhúa y luego el 13 de agosto de 1521 (la Conquista). Su FE de Bautismo se escribió el 12 de diciembre de 1531 (Aparición de la Virgen Santísima en el cerro del Tepeyac) y su Confirmación sería el 27 de septiembre de 1821 (La entrada del Ejército Trigarante con Agustín de Iturbide al frente).

martes, 28 de diciembre de 2010

La Limosna

Entre los muchos temas todavía poco explorados por la historiografía sobre la Iglesia católica novohispana es el de la limosna. Tal vez porque parece demasiado banal, o tal vez porque hoy en día el término tiene incluso cierta connotación peyorativa. Sin embargo, en el Antiguo Régimen, no era de lo más común que grandes obras públicas se construyeran "de limosna", o que grandes personajes de la sociedad vivieran de ella. "La limosna concernía todas las empresas consideradas útiles al público y era practicada por todas las categorías sociales", nos recuerda atinadamente la profesora Annick Lempérière en una obra reciente (Entre Dieu et le roi, Les Belles Lettres, 2004, p. 42).
Así, las grandes iglesias barrocas que hoy vemos en casi en todas las regiones fueron en buena medida construidas por esta vía. Por ejemplo, respecto de las iglesias orizabeñas del siglo XVIII, los curas auxiliares de la parroquia decían en 1762 que "todo ha sido promovido y a costa de limosnas". Otro tanto podía decirse de algo tan importante en la época como el culto divino, es decir, todo lo que implicaba la celebración de las misas, los oficios y las fiestas, desde el estipendio de los sacerdotes hasta los gastos de la cera, vino, hostias, músicos, fuegos artificiales y un largo etcétera. Incluso el estipendio que recibían los misioneros como ayuda al culto de parte del rey no venía sino en calidad, precisamente, de limosna para los religiosos. Y la enumeración puede seguir todavía, incluyendo muchísimas imágenes, retablos y adornos, aportados lo mismo por los notables que, de manera colectiva, por los pueblos. La limosna podía inclusive pagar instrumentos que ayudaban a la salvación de las almas, como el escapulario de los carmelitas, la correa de los agustinos, o el más clásico hábito y cuerda franciscano, utilizando ampliamente en el mundo hispánico como una mortaja que permitía compartir las indulgencias de los hermanos terceros de la orden.
Asimismo, el estamento privilegiado por excelencia del Antiguo Régimen, el clero, vivía en buena medida de limosnas. Los clérigos en parte y los religiosos a veces de manera exclusiva, como en el caso de los franciscanos. Tal vez no había nada más común en los caminos del reino de la Nueva España que el encontrarse con los cuestores, es decir, los religiosos legos que se ocupaban de las colectas, normalmente en especie. Y en las ciudades, no lo era seguramente menos el encontrar, por ejemplo, a los religiosos juaninos reuniendo la comida para los enfermos de sus hospitales. Unos y otros portaban normalmente una pequeña imagen de su santo patriarca o santo patrono de su convento y podían llegar a cubrir grandes distancias. De hecho, las órdenes religiosas habían trazado una verdadera geografía de la limosna, pues cada convento debía contar una jurisdicción propia, la cuesta, que sus colectores podían recorrer libremente.
Por todo ello aún los religiosos limosneros no estaban exentos en la época de una literatura que condenaba su excesivo número. La Corona debía velar por que no se establecieran sino donde era claro que los vecinos serían capaces de dar "suficiente limosna" para su sustento. A finales del siglo XVIII no faltó entre los juristas de la Corona quien comparara a los cuestores con una "plaga de langostas" para ilustrar de manera clara lo que su gran número podía implicar.
Y es que en efecto, la apreciación sobre limosnas y limosneros iba cambiando con el tiempo. En el siglo XIX se fue haciendo progresivamente más difícil de pensar que hospitales u hospicios sobrevivieran sólo de limosnas, tanto porque la recolección distraía de sus funciones a quienes los atendían, como porque limitaban una exigencia cada vez mayor por la eficiencia de dichos establecimientos. El primer liberalismo hispánico puso bajo la autoridad de los ayuntamientos la mayor parte de los antiguas corporaciones dedicadas a la caridad, y éstos no tardaron en incluirlos en el presupuesto de sus fondos, remplazando así a la limosna.
Asimismo, las denuncias sobre los excesos de la recolección cobraron un nuevo sentido, político inclusive. Frente a las escaceses del erario de los nacientes Estados, no faltó el jefe político (fue el caso del Orizaba) que reaccionara airado frente a la abundancia de las colectas de los misioneros, que competían con la hacienda pública. También comenzó a ser objeto de la crítica la limosna que involucraba un intercambio por un bien material, así fuera un escapulario, denunciada a veces directamente como una venta abusiva. En cambio, si la limosna se mantenía dentro de ciertos límites, se convirtió también en el único ingreso que parecía tolerable hasta para la opinión pública más anticlerical, pues recordaba a la pobreza evangélica y franciscana, dotadas de un nuevo prestigio en contraste con las críticas a las fundaciones y obras pías, a las que se acusaba de impedir la libre circulación de bienes y capitales.
De práctica generalizada y unánimemente aceptada a objeto de la crítica y disputas políticas, de obligación efectiva a meramente voluntaria, la limosna es sin duda un asunto indispensable para la comprensión de la historia religiosa y política de la Nueva España y de México de los siglos XVIII y XIX.


Fuente

sábado, 30 de octubre de 2010

Segunda carta-relación de Hernán Cortés al Emperador Carlos V. Segura de la Frontera 30 de octubre de 1520

Enviada a su sacra majestad del emperador nuestro señor, por el ca- 
pitán general de la Nueva España, llamado don Fernando Cortés, en 
la cual hace relación de las tierras y provincias sin cuento que ha 
descubierto nuevamente en el Yucatán del año de diez y nueve a esta 
parte, y ha sometido a la corona real de Su Majestad. En especial 
hace relación de una grandísima provincia muy rica, llamada Culúa, 
en la cual hay muy grandes ciudades y de maravillosos edificios y 
de grandes tratos  y riquezas, entre las cuales hay una más maravi- 
llosa y rica que todas, llamada Tenustitlan, que está, por maravi- 
lloso arte, edificada sobre una grande laguna; de la cual ciudad y 
provincia es rey un grandísimo señor llamado Mutezuma; donde le acae- 
cieron al capitán y a los españoles espantosas cosas de oír. Cuenta 
largamente del grandísimo señorío del dicho Mutezuma, y de sus ri- 
tos y ceremonias y de cómo se sirven.
Muy alto y poderoso y muy católico príncipe, invictísimo emperador 
y señor nuestro:

En una nao que de esta Nueva España de vuestra sacra majestad des- 
paché a diez y seis días de julio del año de quinientos y diez y 
nueve, envié a vuestra Alteza muy larga y particular relación de las 
cosas hasta aquella sazón, después que yo a ella vine, en ella suce- 
didas. La cual relación llevaron Alonso Hernández Portocarrero y 
Francisco de Montejo, procuradores de la Rica Villa de la Vera Cruz, 
que yo en nombre de vuestra alteza fundé. Y después acá, por no ha- 
ber oportunidad, así por falta de navíos y estar yo ocupado en la 
conquista y pacificación de esta tierra, como por no haber sabido 
de la dicha nao y procuradores, no he tornado a relatar a vuestra 
majestad lo que después se ha hecho; de que Dios sabe la pena que 
he tenido. Porque he deseado que vuestra alteza supiese las cosas 
de esta tierra, que son tantas y tales que, como ya en la otra re- 
lación escribí, se puede intitular de nuevo emperador de ella, y 
con título y no menos mérito que el de Alemaña, que por la gracia 
de Dios vuestra sacra majestad posee. Y porque querer de todas las 
cosas de estas partes y nuevos reinos de vuestra alteza decir todas 
las particularidades y cosas que en ellas hay y decir se debían, se- 
ría casi proceder a infinito.


Que a ocho leguas de esta ciudad de Churultecal están dos sierras 

muy altas y muy maravillosas, porque en fin de agosto tienen tanta 

nieve que otra cosa de lo alto de ellas si no la nieve, se parece.

Y de la una que es la más alta sale muchas veces, así de día como 
de noche, tan grande bulto de humo como una gran casa, y sube encima 
de la sierra hasta las nubes, tan derecho como una vira, que, según 
parece, es tanta la fuerza con que sale que aunque arriba en la sie- 
rra andaba siempre muy recio viento, no lo puede torcer. Y porque yo 
siempre he deseado de todas las cosas de esta tierra poder hacer a 
vuestra alteza muy particular relación, quise de ésta, que me pare- 
ció algo maravillosa, saber el secreto, y envié diez de mis com- 
pañeros, tales cuales para semejante negocio eran necesarios, y 
con algunos naturales de la tierra que los guiasen, y les encomendé 
mucho procurasen de subir la dicha sierra y saber el secreto de a- 
quel humo, de dónde y cómo salía. Los cuales fueron y trabajaron lo 
que fué posible para la subir, y jamás pudieron, a causa de la mu- 
cha nieve que en la sierra hay y de muchos torbellinos que de la 
ceniza que de allí sale andan por la sierra, y también porque no 
pudieron sufrir la gran frialdad que arriba hacía, pero llegaron 
muy cerca de lo alto, y tanto que estando arriba comenzó a salir 
aquel humo, y dicen que salía con tanto ímpetu y ruido que parecía 
que toda la sierra se caía abajo, y así se bajaron y trajeron mucha 
nieve y carámbanos para que los viésemos, porque nos parecía cosa 
muy nueva en estas partes a causa de estar en parte tan cálida, se- 
gún hasta ahora ha sido opinión de los pilotos, especialmente, que 
dicen que esta tierra está en veinte grados, que es en el paralelo 
de la isla Española, donde continuamente hace muy gran calor.



Pasada esta puente, nos salió a recibir aquel señor Mutezuma con 

hasta doscientos señores, todos descalzos y vestidos de otra librea 
o manera de ropa asimismo bien rica a su uso, y más que la de los 
otros, y venían en dos procesiones muy arrimados a las parede de 
la calle, que es muy ancha y muy hermosa y derecha, que de un abo 
se parece el otro y tiene dos tercios de legua, y de la una parte
y de la otra muy buenas y grandes casas, así de aposentamientos co-
mo de mezquitas, y el dicho Mutezuma venía por medio de la calle con 
dos señores, el uno a la mano derecha y el otro a la izquierda, de 
los cuales el uno era aquel señor grande que dije que había salido a 
hablar en las andas y el otro era su hermano del dicho Mutezuma, 
señor de aquella ciudad de Ixtapalapa de donde yo aquel día había 
partido, [...].
Y allí me tomó de la mano y me llevó a una gran sala que estaba fron- 
tera del patio por donde entramos, y allí me hizo sentar en un estra- 
do muy rico que para él lo tenía mandado hacer, y me dijo que le es-
perase allí y él se fué.




Y dende a poco rato, ya que toda la gente de mi compañía estaba apo- 

sentada, volvió con muchas y diversas joyas de oro y plata, y pluma- 
jes, y con hasta cinco o seis mil piezas de ropa de algodón, muy ri- 
cas y de diversas maneras tejidas y labradas, y después de me las 
haber dado, se sentó en otro estrado que luego le hicieron allí jun- 
to con el otro donde yo estaba; y sentado, prepuso5 en esta manera: 
"Muchos días ha que por nuestras escripturas tenemos de nuestros an- 
tepasados noticia que yo ni todos los que en esta tierra habitamos 
no somos naturales de ella sino extranjeros, y venidos a ella de par- 
tes muy extrañas; y tenemos asimismo que a estas partes trajo nues- 
tra generación un señor cuyos vasallos todos eran, el cual se volvió 
a su naturaleza, y después tornó a venir dende en mucho tiempo, y 
tanto, que ya estaban casados los que habían quedado con las mujeres 
naturales de la tierra y tenían mucha generación y hechos pueblos 
donde vivían, y queriéndolos llevar consigo, no quisieron ir ni me- 
nos recibirle por señor, y así se volvió; y siempre hemos tenido 
que los que de él descendiesen habían de venir a sojuzgar esta tie- 
rra y a nosotros como a sus vasallos; y según de la parte que vos 
decís que venís, que es a do sale el sol, y las cosas que decís de 
ese gran señor o rey que acá os envió, creemos y tenemos por cierto, 
él sea nuestro señor natural, en especial que nos decís que él ha 
muchos días que tenía noticia de nosotros; y por tanto, vos sed cier- 
to que os obedeceremos y tendremos por señor en lugar de ese gran 
señor que vos decís, y que en ello no habrá que yo en mi señorío po- 
seo, mandar a vuestra voluntad, porque será obedecido y hecho; y to- 
do lo que nosotros tenemos es para lo que vos de ello quisiéredes 
disponer. Y pues estáis en vuestra naturaleza y en vuestra casa, 
holgad y descansad del trabajo del camino y guerras que habéis te- 
nido, que muy bien sé todos los que se vos han ofrecido de Puntun- 
chán acá, y bien sé que los de Cempoal y de Tascaltecal os han di- 
cho muchos males de mí. No creáis más de lo que por vuestros ojos 
veredes, en especial de aquellos que son mis enemigos, y algunos de 
ellos eran mis vasallos y hánseme rebelado con vuestra venida, y 
por se favorecer con vos lo dicen; [...]




Porque para dar cuenta, muy poderoso señor, a vuestra real excelen- 

cia, de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas de esta gran ciu- 
dad de Temixtitan, del señorío y servicio de este Mutezuma, señor de 
ella, y de los ritos y costumbres que esta gente tiene, y de la orden 
que en la gobernación, así de esta ciudad como de las otras que eran 
de este señor, hay, sería menester mucho tiempo y ser muchos relato- 
res y muy expertos; no podré yo decir de cien partes una, de las que 
de ellas se podrían decir, mas como pudiere diré algunas cosas de 
las que vi, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admi- 
ración que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros pro- 
pios ojos las vemos, no las podemos con el entendimiento comprender. 
Pero puede vuestra majestad ser cierto que si alguna falta en mi re- 
lación hubiere, que será antes por corto que por largo, así en esto 
como en todo lo demás de que diere cuenta a vuestra alteza, porque 
me parecía justo a mi príncipe y señor, decir muy claramente la ver- 
dad sin interponer cosas que la disminuyan y acrecienten. [...] 
Esta gran ciudad de Temixtitan está fundada en esta laguna salada, 
y desde la tierra firme hasta el cuerpo de la dicha ciudad, por cual- 
quiera parte que quisieren entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cua- 
tro entradas, todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lan- 
zas jinetas. Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba. Son las 
calles de ella, digo las principales, muy anchas y muy derechas, y 
algunas de éstas y todas las demás son la mitad de tierra y por la 
otra mitad es agua, por la cual andan en sus canoas, y todas las ca- 
lles de trecho a trecho están abiertas por do atraviesa el agua de 
las unas a las otras, y en todas estas aberturas, que algunas son 
muy anchas, hay sus puentes de muy anchas y muy grandes vigas, jun- 
tas y recias y bien labradas, y tales, que por muchas de ellas pueden 
pasar diez de a caballo juntos a la par. Y viendo que si los natura- 
les de esta ciudad quisiesen hacer alguna traición, tenían para ello 
mucho aparejo, por ser la dicha ciudad edificada de la manera que di- 
go, y quitadas las puentes de las entradas y salidas, nos podrían de- 
jar morir de hambre sin que pudiésemos salir a la tierra. Luego que 
entré en la dicha ciudad di mucha prisa en hacer cuatro bergantines, 
y los hice en muy breve tiempo, tales que podían echar trescientos 
hombres en la tierra y llevar los caballos cada vez que quisiésemos. 
Tiene esta ciudad muchas plazas, donde hay continuo mercado y tra- 
to de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces 
la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay 
cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; 
donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras 
se hallan, así de mantenimientos como de vituallas, joyas de oro y 
plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de hue- 
sos, de conchas, de caracoles y de plumas. Véndese cal, piedra labra- 
da y por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y por labrar de 
diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos los linajes 
de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codorni- 
ces, lavancos7, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en 
cañuela, papagayos, búharos, águilas, halcones, gavilanes y cerníca- 
los; y de algunas de estas aves de rapiña, venden los cueros con su 
pluma y cabezas y pico y uñas. [...]
La gente de esta ciudad es de más manera y primor en su vestir y 
servicio6 que no la otra de estas otras provincias y ciudades, por- 
que como allí estaba siempre este señor Mutezuma, y todos los seño- 
res sus vasallos ocurrían siempre a la ciudad, había en ellas más 
manera y policía en todas las cosas. Y por no ser más prolijo en 
la relación de las cosas de esta gran ciudad, aunque no acabaría 
tan aína, no quiero decir más sino que en su servicio y trato10 de 
la gente de ella hay la manera casi de vivir que en España, y con 
tanto concierto y orden como allá, y que considerando esta gente 
ser bárbara y tan apartada del conocimiento de Dios y de la comu- 
nicación de otras naciones de razón, es cosa admirable ver la que 
tienen en todas las cosas. [...]


jueves, 7 de octubre de 2010

Primera Ponencia Congreso Guadalupano

La Iglesia de la Nueva España en Vísperas de la Independencia. Ponente Dr. Iván Escamilla



  

  

  

  

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martes, 28 de septiembre de 2010

AGUSTÍN DE ITURBIDE. Juicios de la Historia

¿Cuál fue la primera reacción del pueblo, de la Nación, de sus mismos enemigos? El hecho, el parricidio, el crimen, permitido por Dios, estaba consumado...

Comenzando por los sencillos y sorprendidos vecinos de Padilla, se mostraron consternados y perplejos por no comprender las las razones que movieron al Congreso a condenar tan rápidamente y sin apelación ninguna al hombre por el cual ellos y toda la Nación eran libres.

Almas piadosas sobre todo de mujeres, se ofrecieron a lavar las heridas del cadáver, lo amortajaron con el hábito de San Francisco y con buena asistencia del pueblo lo velaron toda la noche. Al día siguiente, 290 de Julio, se le dio cristiana sepultura. Los restos gloriosos del ex-Emperador permanecieron allí hasta 1838.

En cuanto a la reacción en los pueblos y ciudades de la Nación fue de profundo dolor y sentimiento, pues no podían menos de llorar la trágica e injusta muerte del que les había conquistado la libertad, sobre todo cuando fueron sabiendo la verdad sobre el decreto y los adjuntos del parricidio. En la capital fue mayor el asombro y más profundo el dolor, pues no podían concebir que hubiera muerto tan injusta y trágicamente el hombre que hacía poco más de un año ceñía todavía la Corona de un Imperio que él había liberado, y lo que más los llenaba de pena y de vergüenza era que mexicanos que se proclamaban representantes del pueblo eran los causantes, los autores de semejante crimen. 

Por eso en el mismo Congreso -escribe Zamacois- "el dolor se retrató en el semblante de todos los diputados, y no hubo uno de ellos que no lamentase la desgracia de un hombre a quien la Patria le era deudora del bien supremo de la Independencia"

Carlos María Bustamante, de cuyos labios había salido la propuesta del infame decreto de muerte, se disculpaba diciendo que era "solo para atemorizar"... Es indudable que de todos, o de la mayor parte, se apoderó un lacerante remordimiento por sentirse culpables de la "MANCHA MAYOR DE NUESTRA HISTORIA".


martes, 14 de septiembre de 2010

El imperio de Huitzilopochtli. Segunda Parte HISTORIA RELIGIÓN MÉXICO

Esa era la escena, tan sangrienta y repugnante que, al decir de Schlarman, si la Reina Isabel la hubiese contemplado "se hubiese desmayado de espanto".

"Pero Dios N.S., en el tiempo fijado por su misericordia iba a poner fin a tantas atrocidades, con un golpe maestro de su diestra y que había de repercutir en todos los tiempos, como testimonio de amor preferente para con todos los reinos del Anáhuac"

En el plan armónico de la historia todos los hechos tienen un oculto sentido que después resplandece. Fue necesario el hundimiento de Grecia y el surgir magnífico del pueblo romano; fue preciso el poderío avasallador de su imperio dando unidad al mundo y articulando sus partes dislocadas en un solo organismo jurídico, para que el acontecimiento central de la historia humana, el advenimiento de Cristo, se produjera en el mundo en condiciones de centelleante propagación. Los acontecimientos más sublimes generados por la voluntad de Dios, enlazan maravillosamente lo divino y lo humano, el orden natural y la realidad sobrenatural.

"En America ocurría lo mismo. Están dispuestos ya los elementos humanos. Un pueblo de Anáhuac que ignora su destino. Una raza cristiana que rebasa los mares. Un capitán denodado con la espada en la diestra y la Cruz en el pecho. El mundo expectante..., presiente algo grandioso... El drama empieza..., y la Madre de Dios, la Virgen María, sabe que el momento solemne se acerca de ganar para sí el corazón entero de un pueblo que es el objeto mismo del drama". 

 Fue así como, por especial designio de Dios Todopoderoso, llegó para estos sufridos pueblos del México Precortesiano el ansiado día de su liberación.

Desde tierras de Oriente, tal y como siglos antes lo profetizara el bondadoso Quetzalcóatl, llegaron hombres blancos y barbados dispuestos a implantar toda una era de paz, progreso, dulzura y amor.

Era voluntad de Dios que el mal fuese vencido, que el demonio fuese desterrado y que la dulce doctrina de Nuestro Señor Jesucristo arraigase en los corazones del noble pueblo mexicano.

Una de las escenas más impresionantes y significativas de la Conquista de México se desarrolla cuando Cortés -armado con una barreta de hierro- subió al Gran Teocalli, golpeó con ella entre los ojos al feroz Huitzilopochtli y, en pocos minutos, el ídolo demoníaco rodaba por el suelo hecho pedazos.

El Bien - representado por la Fe de Cristo- cuyo brazo armado en esos momentos era Hernán Cortés contra el Mal -personificado por el brutal Huitzilopochtli-, el cual en esos momentos se arrastraba destrozado por las gradas del Cu, al igual que Luzbel cuando cayó vencido a los pies del Arcángel San Miguel.

Y Cortés -de rodillas- con lágrimas de alegría en los ojos  y con un Crucifijo en mano exclamó en voz alta:

"Infinitas alabanzas te sean dadas Dios verdadero, el los siglos de los siglos, porque has permitido que al cabo de tantos años que el demonio con la abominación de sus errores, tiranizaba estas incógnitas naciones, asentado en este trono, le haya por nuestras indignas y débiles fuerzas desterrado a los abismos donde mora"

A partir de ese momento se cerró un doloroso capítulo de la historia de nuestra patria y empezó a forjarse la verdadera nación mexicana.
Que bien encuadran aquí aquellas sonoras frases del ilustre historiador don Alfonso de Trueba:

"No nos cabe duda de que el demonio, el real, el auténtico demonio, había tomado posesión de los mexicanos, los había embrutecido y puesto a su servicio.
¡Glorioso el día en que apareció la Cruz y puso en fuga a la legión satánica!
Entonces el indio mexicano, este indio apacible y manso, fue rescatado de las garras del Malígno y pudo al fin tener un día de paz"