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sábado, 7 de diciembre de 2013

LÍNEA DE SUCESIÓN AL TRONO DE MÉXICO




Durante dos periodos alternos en su historia, México ha sido una monarquía. El primero de ellos, conocido como Primer Imperio o Imperio de Iturbide por la historiografía mexicana, fue el periodo comprendido entre la firma de los Tratados de Córdoba el 24 de Agosto de 1821 y hasta la proclamación de la República el 1 de Noviembre de 1823. El segundo, conocido como Segundo Imperio o Imperio de Maximiliano, comprende el periodo entre la proclamación del Imperio por decreto de la Junta de Notables el 10 de julio de 1863 y hasta la muerte del Emperador el 19 de Junio de 1867.

A la muerte del Emperador Maximiliano, muchos de los monarquistas mexicanos consideraron como sucesor natural al Trono al supuesto hijo adoptivo del Emperador Maximiliano, el Príncipe Agustín, al que algunos intitularon inmediatamente como Agustín III. Sin embargo, recientes investigaciones han sacado a la luz una serie de documentos que de forma conjunta desmienten esta versión y trasladan tal derecho, a nuestros días, no al actual Jefe de la Casa de Iturbide, el sobrino del Príncipe Agustín, el Conde Maximiliano de Götzen-Iturbide; sino al sobrino del Emperador Maximiliano, el Archiduque Carlos Felipe de Habsburgo-Lorena.

SITUACIÓN HISTÓRICA
Al momento de su aceptación de la Corona de México, por parte del Emperador Maximiliano, el 10 de Abril de 1864; existía aún una persona con derecho al Trono de México, el Príncipe Agustín Jerónimo de Iturbide, Príncipe Imperial y primogénito del otrora Emperador Agustín, que sin embargo alejado de la vida política vivía en el exilio en los Estados Unidos, donde radicaba el resto de la exiliada Primera Familia Imperial.

El Emperador Maximiliano comprendió que existiendo una línea legítima con tales derechos, su posición se encontraba inestable, por lo que decidió llegar a un trato con la Familia Iturbide y así el 9 de Septiembre de 1865 llegó a un Convenio Secreto, conocido como el Pacto de Chapultepec, que a la letra dice:


“Queriendo S.M. el Emperador honrar la memoria del Libertador don Agustín de Iturbide, por los justos títulos que tiene para reclamar la gratitud de la Nación, y deseando a la vez los hijos del mismo Libertador facilitar por su parte, todos los medios que puedan conducir a la realización de la noble demostración que S.M. ha concebido; de orden de S.M., el señor Ministro de Negocios Extranjeros, don Fernando Ramírez, encargado del Ministerio de Estado, etc., etc., y los señores don Agustín, don Ángel, don Agustín Cosme y la señorita doña Josefa de Iturbide, han convenido en lo siguiente:
1. S.M. dará una posición a los dos nietos del Emperador, don Agustín y don Salvador, así como también a la hija del mencionado Emperador, doña Josefa de Iturbide.
2. Proveerán SS. MM., a los gastos de educación de los mencionado dos nietos del Emperador Agustín, adecuada a su rango, así como a los de mantenimiento de los mismos y de doña Josefa.
3. En muestra de la especial protección y favor que S.M. quiere dispensar a los mencionados nietos del Emperador, don Agustín y don Salvador, S.M. se constituye en tutor y curador de ellos nombrando a doña Josefa de Iturbide cotutora.
4. Los señores don Agustín, don Ángel y don Agustín Cosme de Iturbide, prometen por sí, por doña Sabina y por su descendencia legítima, no volver nunca al Imperio sin previa autorización del Soberano o su legítima Regencia.
5. El Gobierno de S.M. mandará entregar por la Caja Central del Estado, a los señores don Agustín, don Ángel, don Agustín Cosme, doña Josefa y doña Sabina de Iturbide la suma de $30,000 al contado y $120,000 en letras sobre París al curso de cambio y pagaderos…$60,000 el 15 de diciembre del presente año y $60,000 el 15 de febrero de 1866, lo que hace un total de $150,000 (ciento cincuenta mil pesos) a cuenta del crédito que tienen contra la Nación.
6. El Gobierno de S.M.I. hará liquidar la cuenta o cuentas de la familia del Libertador Iturbide, tanto las que pertenecen como las que le correspondan por Herencia y reconocen el crédito que le resulte.
7. El Gobierno de S.M. dará las órdenes convenientes para que las pensiones que disfrutan actualmente los señores don Agustín, don Ángel, don Agustín Cosme, doña Josefa y doña Sabina de Iturbide, les sean pagadas con toda puntualidad y sin descuento alguno, en el punto de su residencia o en el más inmediato si con aquel no tuviere México relaciones mercantiles.
8. El Gobierno de S.M. concede a los mencionados señores don Agustín, don Ángel y a doña Sabina, sobre las pensiones que actualmente disfrutan, una asignación anual y vitalicia de $6,100 (seis mil cien pesos) al primero, $5,100 (cinco mil cien pesos) al segundo, cuya anualidad recibirá la señora esposa de don Ángel en caso de fallecimiento de éste, $1,524 (un mil quinientos veinticuatro pesos) a la última, así como también el pago al señor don Agustín Cosme del sueldo íntegro que corresponde a su grado militar.
Se darán las órdenes necesarias para que estas asignaciones se paguen con puntualidad y en los mismos términos expresados en el artículo anterior respecto de las pensiones.
En fe de lo cual se firma el presente Convenio por duplicado en el alcázar de Chapultepec, a 9 de septiembre del año de 1866.”

El principal contenido del escrito anterior, es el hecho de dos cosas; la primera, el reconocimiento tácito que hizo el hasta entonces Príncipe Imperial, Agustín Jerónimo, de Maximiliano como Emperador de México y segunda, la renuncia tácita a cualquier derecho inherente a la Corona Imperial, al aceptar una compensación económica por el mismo y aceptar exiliarse del País.

Otro aspecto importante del documento muestra el compromiso del Emperador de hacerse cargo de los únicos dos nietos varones del Emperador Agustín, los niños Agustín de Iturbide y Green y Salvador de Iturbide y Marzán, tomándolos bajo su Tutela.

Tal disposición, la de tomar bajo tutela a los niños Iturbide queda firme por el Emperador con el siguiente Decreto publicado en la Gaceta del Imperio el 16 de Septiembre de 1865 :


MAXIMILIANO. EMPERADOR DE MÉXICO

Considerando que los servicios prestados a la Nación por D. Agustín de Iturbide son más justos títulos para reclamar la gratitud del País y para que el Gobierno honre la memoria del Libertador de México:
DECRETAMOS:
Artículo 1°. Se concede el título vitalicio de Príncipes de Iturbide a D. Agustín y D. Salvador, nietos del Emperador Agustín, así como también a su hija Dña. Josefa de Iturbide.
Artículo 2°. Los Príncipes mencionados en el artículo anterior tendrán el tratamiento de Alteza, y tomarán rango después de la familia reinante.
Artículo 3°. Éste título no es hereditario y en el evento de que los mencionados príncipes tuvieran sucesión legítima, el Emperador reinante o la Regencia se reservarán la facultad de conceder el expresado título, en cada caso, a aquel o aquellos de sus sucesores que estimen convenientes.
Artículo 4°. En virtud de los arreglos celebrados con los miembros de la familia Iturbide, el Emperador toma desde hoy a su cargo la tutela y curatela de los mencionados príncipes Agustín y Salvador de Iturbide, nombrando cotutora a la Princesa Josefa de Iturbide.
Artículo 5°.- El escudo de armas que usarán los mencionados príncipes, será el antiguo de su familia, con manto y corona de Príncipe y teniendo por soporte a los dos lobos rampantes del mismo escudo de su familia, concediéndoles por gracia especial el uso del Escudo Nacional en el centro del mencionado Blasón, según el diseño que se acompaña.
Artículo 6°. Los príncipes de Iturbide tendrán derecho de usar la escarapela Nacional sin flama y el Botón con su corona de príncipe.
Nuestro Ministro de Negocios Extranjeros, encargado del Ministerio de Estado, cuidará la ejecución del presente decreto, que se depositará en los Archivos del Imperio.
Dado en el Palacio de México a 16 de Septiembre de 1865.
Maximiliano

Este Decreto tiene ciertas peculiaridades que se deben de analizar con cuidado si se quiere llegar a una conclusión correcta sobre los derechos al Trono. Primeramente como podemos observar en el artículo 4° del anterior decreto, el Emperador Maximiliano toma bajo su “tutela y curatela” a ambos recién creados Príncipes de Iturbide, de forma conjunta con la tía de los menores la Princesa Josefa de Iturbide; lo cual desmiente el hecho de estos hayan sido adoptados por el Emperador Maximiliano y por tanto no se convirtieron en sus hijos adoptivos sino en sus pupilos, esto viene a explicar el porqué los susodichos príncipes nunca abandonaron su apellido Original, aún cuando uno de los derechos inherentes de la adopción, el nomen, otorga al adoptado el apellido del adoptante, del mismo modo que no se les otorgó a los menores el Blasón correspondiente a un Príncipe Heredero, sino que siguieron utilizando el de su linaje (artículo 5° del mismo decreto); de la misma manera, a diferencia de la adopción, la tutela no crea lazos paterno-filiales que le den al pupilo los derechos de un hijo sobre el tutor.

Un segundo punto en este decreto, es el hecho de que la concesión del dicho título, el de Príncipes de Iturbide, es vitalicio más no hereditario (artículo 3° del decreto) y para la concesión de dicho título a los hijos de ambos príncipes, el Soberano o Regencia de éste, deberá de concederlo expresamente.

Finalmente un tercer punto nos dice, en el artículo 2°, que ambos príncipes junto con su tía la Princesa Josefa, tendrán lugar inmediatamente después de la Familia Imperial, lo cual hace latente dos cosas: La primera, que explícitamente les excluye de ella, y la segunda que al referirse a “Familia Imperial” y no al “Soberano” o “Emperador”, les posiciona detrás también de la Emperatriz Carlota, incluso para la cuestión de la Sucesión al Trono, situación que viene a reforzarse si se agrega, que tanto en la cláusula secreta de la Aceptación al Trono, como en el propio cuerpo del Estatuto Provisional del Imperio Mexicano, el Emperador intituló como legítima regente, para el caso de muerte o incapacidad del Soberano, a la Emperatriz.

Claro está que la intención del Emperador Maximiliano era la crear un vínculo de legitimidad de su gobierno, al traer de nuevo a la atención política a los Iturbide, sin embargo, tal y como lo dice el historiador mexicano Francisco de Paula y Arangoiz, citándolo: “muchos creyeron que aquel acto significaba la adopción de la familia Iturbide para que el niño Agustín fuera el sucesor en el Trono, pero yo, tanto porque Maximiliano se cuidaba muy poco de México, como por las noticias que he adquirido, soy de la opinión que no tuvo idea política; que obró en virtud de uno de esos arranques sin cálculo, tan frecuentes de S.M.” Esto en unión de que tal vez el Emperador nunca perdió la esperanza de tener sucesión legítima, hace suponer que verdaderamente Maximiliano nunca pensó en el Príncipe Agustín como su sucesor, y es por eso que no le adoptó como muchos han hecho creer y los privilegios que le fueron otorgados, se hicieron con muchas dificultades para que accediera al Trono.

Esta teoría viene a comprobarse con el último decreto expedido por el Emperador Maximiliano, que muchos consideran como su “abdicación” y que sin embargo es más su Testamento Político, dicho Decreto fechado con fecha 20 de marzo de 1867 es el siguiente:


MAXIMILIANO. EMPERADOR DE MÉXICO

Habiéndonos puesto a la cabeza de nuestro ejército para hacer una campaña, de cuyo desenlace depende, no la forma por que se haya de regir México, sino la integridad de su territorio y aun de su existencia como nación independiente, hemos considerado muy posible el caso de nuestra muerte por algún accidente de la guerra, y las consecuencias que por esto a México, a quien amamos con predilección, traerá lo acefalía de su gobierno.
La Regencia, que en días menos azarosos que los presentes establecimos, confiándola al celo, a la inteligencia y virtudes de nuestra augusta esposa, la emperatriz Carlota, ha cesado de hecho con su ausencia en Europa, y se hace indispensable ocurrir a esa falta por un medio de igual naturaleza, pues, entretanto la nación mexicana no exprese su voluntad de cambiar la forma de gobierno, existiendo hoy la monarquía, corresponde establecer una regencia que rija al Estado, en vacante del trono.
Amando, pues, a los mexicanos como los amamos, sobreviviendo ese afecto a la duración de nuestros días, hemos determinado, para el referido caso de nuestra muerte, dejar establecida una regencia, que sirviendo transitoriamente de centro de unión para el gobierno, libre al país de horrendos males; y le recomendamos con encarecimiento al pueblo mexicano, que viendo en esta medida el último testimonio que podemos darle de cuánto lo hemos amado, la acepte gustoso en obsequio de sí mismo.
Los ciudadanos en quienes nos hemos fijado para llevar el cargo de regentes, son demasiado conocidos por su ilustración, patriotismo y versación en los graves negocios del Estado, y en consecuencia son aceptables por sus conciudadanos.
En tal virtud, establecemos una regencia depositada en tres personas, y nombramos regentes propietarios al presidente del Tribunal Supremo de Justicia, don Teodosio Lares, al presidente del Consejo de Estado, don José M. Lacunza, y al general de división, don Leonordo Márquez. Nombramos suplentes para que en el orden de su nombramiento reemplacen la falta de cualquier propietario, á don Tomás Murphi y general don Tomás Mejía.
La regencia gobernará con sujeción al Estatuto orgánico del Imperio.
La regencia convocará al Congreso que ha de constituir definitivamente a la nación, luego que terminada la guerra por triunfo de las armas imperiales ó por armisticio ó cualquier otro medio que importe conclusión de hostilidades, pueda tener lugar la reunión libre y legítima de aquel cuerpo constituyente. En el acto de instalado el Congreso cesará la regencia, terminando con ese hecho el poder que le conferimos por la presente carta. Nombramos desde ahora para el caso de nuestra muerte, jefe del ejército imperial al general don Leonardo Márquez, hasta la reunión de la regencia.
El licenciado don Manuel García Aguirre, nuestro actual ministro de Instrucción Pública y Cultos, queda encargado de hacer á la nación saber esta mi postrimera voluntad, llegado su caso, y á los regentes que dejamos nombrados.
Encargamos con todo el orden de nuestra voluntad á los regentes, que siguiendo puntuales el lema que ha sido el sello de todos nuestros actos de soberano: “Equidad en la justicia” guarden inviolable la independencia de la nación, la integridad de su territorio, y una justa política ajena de todo espíritu de partido, y encaminada solamente á la felicidad de todos los mexicanos sin distinción de opiniones.

MAXIMILIANO. EMPERADOR DE MÉXICO

Considerando que si acaeciera nuestra muerte, quedaría acéfalo el gobierno del imperio, á causa de la ausencia de su legítima regente, nuestra augusta esposa la emperatriz Carlota;
Considerando que para ocurrir á ese grave mal y procurar por nuestra parte el bienestar de la nación mexicana, aun después de nuestros días, es indispensable dejar establecido un gobierno á quien reconozca por centro de unión la misma nación;
Considerando que entretanto ésta, por medio de un Congreso libremente convocado y reunido, no declare la forma en que seguirá constituida, subsiste la actual, que es la monarquía, y por lo mismo á falta nuestra, debe quedar depositado el gobierno en una regencia;

DECRETAMOS

Artículo primero. 
Son regentes del imperio, fallando Nos, por causa de muerte, don Teodosio Lares, don José M. Lacunza y el general don Leonardo Márquez.
Art. 2° La regencia gobernará con sujeción al Estatuto orgánico del imperio.
Art. 3° La regencia convocará al Congreso que ha de constituir definitivamente á la nación, luego que terminada la guerra por acción de armas ó por armisticio, pueda tener lugar la libre y legítima elección y reunión de aquel cuerpo constituyente.
Art. 4° En el acto de instalado el Congreso, cesará la regencia, terminando con ese hecho el poder que le conferimos por este decreto.
Nuestro ministro de Instrucción Pública y Cultos queda encargado de hacer saber este decreto, llegado su caso, á los regentes que dejamos nombrados.
Dado en Querétaro, a 20 de Marzo de 1867.
Maximiliano

De nuevo este decreto tiene ciertas entrelíneas que hacen ver las disposiciones de Maximiliano en cuanto a la sucesión Imperial. Primero que nada él sabía, que el Príncipe Agustín no subiría al Trono a su inmediata muerte, en virtud de que la Emperatriz Carlota aún estaba viva y ese era un impedimento que él mismo le había impuesto en el decreto del 16 de Septiembre de 1865; sin embargo, en vez de realizar un acto de insaculación en su testamento y nombrar como su sucesor al Príncipe Agustín, decidió imponer una Regencia, no al menor, sino al Imperio, como si no existiese sucesor alguno. Este movimiento político, aunque extraño debido a que el Emperador sabía de la fragilidad de su sucesión, tiene efectos muy claros: él no quería que el Príncipe Agustín le sucediera inmediatamente, de lo contrario hubiese declarado explícitamente él era su sucesor, y que los regentes establecidos, gobernarían en su nombre hasta su mayoría de edad.

Finalmente, el Segundo Imperio murió con el Emperador, cuando este fue fusilado en cumplimiento de una sentencia de muerte que le había dictado un Tribunal Militar de la República, en el Cerro de la Campanas en Querétaro el 19 de Junio de 1867.

LA LÍNEA ITURBIDE.

Los monarquistas fieles a Maximiliano proclamaron a Agustín como su sucesor, sin embargo de pleno derecho, el verdadero derecho al Trono estaba en manos de la Emperatriz, de forma pasiva.

Legítimamente, para que el Príncipe Agustín ocupará el Trono Titular de México, tendría que morir primero la Emperatriz, cosa que no sucedió: Su Alteza Agustín de Iturbide y Green, Príncipe de Iturbide y Heredero al Trono a la muerte de la Emperatriz, falleció en Washington, D.C., el 3 de Marzo de 1925; y la Emperatriz Carlota moriría hasta el 19 de Enero de 1927. De no haber fallecido antes, el hubiese sido el Emperador Titular de México de pleno derecho y de conformidad a todos los decretos Imperiales de Maximiliano.

A la muerte de la Emperatriz, ya no quedaba nadie con pleno derecho de ocupar el Solio Imperial, esto en virtud de que también el otro Príncipe, don Salvador de Iturbide y Marzán, había muerto en Córcega en 1897, y para entonces el único Iturbide descendiente del Emperador Agustín era la hija del propio Don Salvador, María Josefa de Iturbide y Mikós; quien a la muerte de su tío Agustín se convirtió en la Jefa de la Casa de Iturbide e incluso llegó a reclamar para sí el título de Princesa de Iturbide, sin mucho éxito pues los monarquistas mexicanos que habían estado activos durante el Segundo Imperio no le reconocieron como “Emperatriz Titular de México”, quizá porque sabían que el Emperador Maximiliano no había deseado tal cosa.

De ella, a través de su hija Maria Gizella de Tunkl-Iturbide, desciende la actual Cabeza de la Familia Iturbide, Don Maximiliano Alberto de Götzen-Iturbide, que ostenta también el título de Conde de Götzen por parte de su Padre; siendo él, el pretendiente más conocido del Trono.

Sería poco legítimo indagar más atrás en la familia Iturbide para buscar una línea de sucesión más extensa, esto en virtud de que Ius Imperii fue otorgado en la persona de Don Agustín de Iturbide , por lo que pueden ser capaces de heredar la Corona, según principios del derecho sucesorio dinástico sólo sus descendientes y colaterales y en un caso extremo sus ascendientes directos, más no así sus familiares en segundo grado.

Dado que la Familia Iturbide con tales derechos sólo tiene sucesión en los hijos de María Gizella de Tunkl-Iturbide, esto en virtud de la poca fertilidad de los demás matrimonios de los hermanos e hijos y nietos del Emperador Agustín, que no tuvieron descendientes. De ocho hijos de Agustín I, sólo dos tuvieron un hijo cada uno, Don Ángel y Don Salvador. De estos dos nietos, Don Agustín y Don Salvador, sólo Don Salvador tuvo descendencia femenina, tres hijas: María Josefa Sofía, María Gisela Ana y María Teresa; y de estas dos hijas sólo una, María Josefa, tuvo también dos hijas, María Ana y María Gisela, de las cuales sólo María Gisela tuvo a dos hijos, Don Maximiliano y Doña Manuela (o Emmanuela), los cuales junto con su descendencia forman la Casa de Iturbide, que por cierto actualmente viven en el Exilio en Sidney, Australia.

Sin embargo, existe una larga descendencia de una de las hermanas del Emperador, de la Princesa María Josefa, a través de su hija María Josefa de Manzanera e Iturbide. Esta estirpe, que llega hasta nuestros días, aunque ya sin el apellido Iturbide, es en gran medida ignorada por muchos de los monarquistas mexicanos, quienes en su afán de la búsqueda de “Iturbides” tienden a darles mayor reconocimiento a otras personas con dicho apellido que en realidad no tienen relación con la Familia Imperial. Esta rama de la familia Iturbide, actualmente representada por las familias Icaza y Aurrecoechea, Aurrecoechea Acereto, Icaza Mota, Amerlink Acereto, Orvañanos Martínez del Río, Icaza Mendez, Mancera de Arrigunaga y Arrigunaga de la Mora, viven actualmente en su mayoría en México, donde se desarrollan como abogados, escritores, artistas, economistas, e incluso algunos han participado en el gobierno. Sin embargo, de forma totalmente legal, no podrían brincar a sus lejanos primos, los Götzen-Iturbide, en la línea al Trono, aún cuando éstos hayan nacido en México.

LINEA LEGÍTIMA, LOS HABSBURGO-LORENA.

Ahora bien si nos atenemos a la legalidad, tanto de los decretos del Emperador Maximiliano, como a la legislación dinástica y de derecho común vigente al momento de la muerte del Emperador, tenemos una línea alterna a la sucesión que podría tener más derechos.

Si tomamos en consideración que expresamente el artículo 3º del Decreto del 16 de Septiembre de 1865, por el cual se crean como Príncipes de Iturbide y Herederos a falta de ambos Emperadores, este privilegio es de carácter no hereditario y tal y como lo dice, para su concesión a los hijos de los Príncipes, deberán tener la autorización del Soberano o de su legítima regencia, por lo que, en virtud de la inexistencia de tal declaración por parte del Emperador Maximiliano o de la Regencia impuesta por éste o de la propia Emperatriz Carlota hasta su muerte; el derecho que ampara a la línea de Iturbide de heredar el Trono parece en el mejor de los casos ilegal, sino ilegítimo, pues a la muerte de Don Agustín, Doña María Josefa no tenía derecho de ocupar los títulos ni de Emperatriz Titular ni de Princesa de Iturbide y por ende ninguno de sus descendientes.

Ahora bien, esta situación no tendría sentido de no existir descendencia legal del Emperador Maximiliano, pero una vez ateniéndonos, ya no a los principios generales del derecho dinástico, sino a lo ordenado por la Ley de Sucesión de la Familia Habsburgo, conocido como Estatuto de Familia de 1839 , que se aplica supletoriamente para cualquier título ostentado por un Habsburgo que no tenga Ley de sucesión propia, se establece que a la muerte de un titular sin descendencia, tal título pasa a su ascendiente y si ya no lo hay, a su colateral directo, es decir su hermano.

Siguiendo este tenor, a la muerte del Emperador, efectivamente el derecho al Trono de México quedó en suspenso teniendo como legítimo heredero a Don Agustín y en segundo a lugar a Don Salvador, siempre y cuando la Emperatriz falleciese antes, y en virtud de que esto no sucedió el derecho se retrotrae a la sucesión legítima del Emperador Maximiliano.
Al momento de la muerte de Don Agustín (1925) el familiar de Maximiliano con mejores derechos a heredar tal título era el Jefe de la Casa de Habsburgo, el Archiduque Otón, sobrino tataranieto del Emperador Maximiliano, descendiente de su hermano el Archiduque Carlos Luis, y que también ostentaba los títulos de Príncipe Imperial de Austria y Príncipe Real de Hungría, Bohemia y Croacia, en virtud de ser el heredero del Imperio Austro-Húngaro, cuyo último titular fue el Emperador Carlos I, padre del Archiduque Otón. En la actualidad, siguiendo esta línea el titular de tal derecho sería el Archiduque Carlos, hijo de Otón.

Sin embargo, aún queda un hecho por analizar en esta línea, conocida como la Crisis Habsburgo. A forma de breve introducción, al momento de la caída de la Monarquía en Austria en 1919, el gobierno radical de la Primera República publicó la conocida Ley Habsburgo, que le prohibía a cualquier Habsburgo regresar a Austria, confiscándole todas sus propiedades y en conjunto con la Ley de Títulos Nobiliarios del mismo año, prohibiéndoles el uso público de sus títulos como Archiduques de Austria, Príncipes de Hungría, de Bohemia y de Croacia. Durante prácticamente toda la primera mitad del siglo XX y hasta los años sesenta, los Habsburgo en el exilio trataron de recuperar su estatus sin éxito, pues tal ley, en su artículo 2º determinaba que para que pudiesen regresar a Austria tendrían primero que renunciar públicamente a sus derechos y declarar lealtad a la República .

Para 1960, muchos de los Habsburgo habían firmado tal declaración, donde expresamente renunciaban a sus derechos y declaraban lealtad a la República Austriaca, para de ésta manera obtener la ciudadanía austriaca y con ello el permiso de regresar del exilio. El 31 de Mayo de 1961, mediante un escrito dado en su residencia en Pöcking, Alemania ; el Archiduque Otón renunciaba a su calidad “de miembro de la familia Habsburgo-Lorena y a todas las reclamaciones de poderío correspondientes” confesándose como “ciudadano leal de la República”. Esta declaración que se tomó por su nombre y el de sus descendientes provocó lo que fue llamado como la “Crisis Habsburgo” , pues aún después de ésta vergonzosa renuncia, Austria se negó a otorgar la ciudadanía al Archiduque Otón. Esta declaración también sería firmada en lo sucesivo por sus hermanos menores, con excepción de Félix y de Carlos Luis, quienes siempre se negaron a dicha “infamia” y para los años noventa lograron obtener un convenio con las autoridades austriacas para poder regresar a Austria por periodos vacacionales.

Tomando en consideración estos hechos, tal renuncia abría sido también por sobre los derechos al Trono de México, que en virtud de ser inherentes al titular de la Familia por la sucesión legítima del Emperador Maximiliano, habría renunciado el Archiduque Otón y pasado a su hermano menor, el Archiduque Roberto. Ahora bien, diversas fuentes, sin especificar la fecha hacen mención que para los años noventa sólo Félix y Carlos Luis eran los únicos miembros de la familia que no habían firmado una renuncia , por lo que se puede considerar que tal renuncia fue hecha por el Archiduque Roberto en algún momento entre 1945 y 1990, sin embargo esto no es una certeza.

Podría entonces pensarse que el titular sería el Archiduque Lorenzo, hijo mayor de Roberto; sin embargo existe una situación que hace diferir esta situación y es el hecho de que tales declaraciones de renuncia, eran a título personal y de sus descendientes, por lo que al haber renunciado el Archiduque Roberto, todos sus hijos se hubiesen visto afectados de tal renuncia y tal derecho pasa al tercer hijo, el Archiduque Félix quien nunca renunció a sus derechos.

De esta manera, el Archiduque Félix hubiese sido a ciencia cierta, titular del Trono de México de 1961 hasta su muerte en 2011, y tal derecho pasaría a su hijo varón de mayor edad, el Archiduque Carlos Felipe, quien sería el actual titular.

En este punto tendríamos un legítimo titular sumamente adecuado, pues el Archiduque Carlos Felipe no sólo desciende (por lo menos colateralmente) del último Emperador reinante de México, que pertenece a la familia Imperial por excelencia y con mayor tradición y respeto en Europa, sino que además es mexicano por nacimiento, pues el Archiduque Carlos Felipe, al igual que la mayoría de sus hermanos nació en la Ciudad de México, pues el Archiduque Félix decidió establecer su residencia en el exilio en el país que alguna vez gobernó su tío Maximiliano. Actualmente el Archiduque Carlos Felipe sigue viviendo en la Ciudad de México con sus dos hijos, los Archiduques Julián y Luis Damián, y su segunda esposa Annie Claire de Lacrambe de Habsburgo-Lorena, donde dirige la firma de asesores comerciales Habsburgo y Asociados.

LA LÍNEA MOCTEZUMA

Una tercera línea que suele tomarse en consideración es aquella que proviene del último de los Tlatoanis mexicas con descendencia, es decir Motecuhzoma (o Moctezuma castellanizado) Xocoyotzin.

Como es bien sabido, Moctezuma II era el Emperador (Hueytlatoani para ser exactos, aunque al traducir el término lo más cercano es Emperador) de México-Tenochtitlán a la llegada de los españoles. Algunas fuentes sugieren que Moctezuma logró crear una importante relación con los conquistadores, llegando incluso a abrazar el cristianismo bautizándose y tomando el nombre castellano de Carlos Moctezuma, en honor del Rey de España.

Es por ésta situación que aquellos hijos de Moctezuma, que nacieron de uniones posteriores a su bautizo, y que estos hijos se bautizaron recibieron un estatus especial entre los recién conquistados mexicas. Los españoles les reconocieron cierto señorío a esta realeza ancestral e incluso algunos han llegado a afirmar que el Rey de España veía a los descendientes del Emperador Moctezuma, así como a los descendientes del último Emperador Inca, Atahualpa, como nobles de casa reinante .

La primera línea de descendientes de Moctezuma proviene de la hija mayor del Emperador Moctezuma, la Princesa Tecuichpo Ixcaxochitzin, mejor conocida como Isabel Moctezuma, quien no sólo fue hija del Emperador Moctezuma, sino que también fue esposa de los últimos dos Emperadores de México-Tenochtitlán, Cuitlahuac y Cuauhtémoc. Isabel Moctezuma recibió una de las encomiendas más grandes de la Colonia, la de Tlacopan, cuyos dominios actualmente estarían en la zona del Centro Histórico de la Ciudad de México y por los cuales los descendientes de Isabel cobraron la llamada “Pensión de Moctezuma”, la cual dejó de pagarse por el Gobierno de México en 1933 . Los descendientes de Isabel a través de su primogénito, Juan de Andrade y Moctezuma, lograron mezclarse con nobles castellanos y así fue como Juana María Andrade Rivadeneira y Moctezuma, IX Generación Moctezuma de ésta rama, casó con Don Justo Alonso Trebuesto Davalos Bracamonte, IV Conde de Miravalle y a su muerte, su hijo Pedro Trebuesto Dávalos Bracamonte y Andrade Rivadeneira Moctezuma, se convirtió en el Jefe de la Rama Isabelina de la Familia Moctezuma y a la vez en V Conde de Miravalle. La Actual Jefa de la Familia es María del Carmen Enríquez de Luna y del Mazo, XII Condesa de Miravalle y XVI Generación de Moctezuma, quien actualmente vive en Granada, España.

Se considera que esta línea, aún a pesar de descender de una mujer, es la línea Jefa del Linaje Moctezuma, pues goza tanto de los derechos de primigenia de Moctezuma II, como de viudez de Cuitlahuac y Cuauhtémoc , además de que a diferencia de otras, nunca cedió sus derechos hereditarios a favor de la Corona de España . Algunos autores nos dicen que el mismo Moctezuma instituyó a Isabel como su legítima heredera, y que incluso fue considerada por el Emperador Carlos V como Emperatriz legítima de Tenochtitlán.

La segunda de las líneas bien identificable hasta nuestros días, desciende del segundo de los hijos bautizados de Moctezuma II es Tlacahuepan Ihualicahuaca, mejor conocido como Pedro Yohualicahuatzin Moctezuma , el cual fue considerado por la tradición dinástica agnaticia europea como el legítimo heredero de Moctezuma II durante los primeros años de la conquista, razón por la cual fueron necesarias una serie de diferentes sesiones a favor de la Corona de España que culminaron con la concesión del título de Conde de Moctezuma y Vizconde de Ilhuacán , a su nieto Pedro Tesifón de Moctezuma y de la Cueva, I Conde de Moctezuma y I Vizconde de Ilhuacán, quien a la postre fue bisnieto del Emperador Moctezuma II.

Al igual que sus primos de la rama isabelina, los descendientes Moctezuma de la Rama Petrina también se mezclaron con familias nobles de Castilla, logrando obtener un estatus alto dentro de la Pirámide Social del Reino Español a lo largo de la historia. Doña Jerónima María de Moctezuma y Jofré de Loayza, III Condesa de Moctezuma y III Vizcondesa de Ilhuacán, contrajo nupcias con Don José Sarmiento de Valladares y Arines, Virrey de la Nueva España. En 1865, la Reina Isabel II, elevó a Ducado el Condado, siendo Antonio María Marcilla de Teruel-Moctezuma y Navarro el I Duque de Moctezuma. En 1992, el Rey Juan Carlos recreó el titulo a favor de José Juan Marcilla de Teruel-Moctezuma y Jiménez, a quien denominó V Duque de Moctezuma de Tultengo, XIV Marqués de Tenebrón y XIX Vizconde de Ilhuacán, que ostenta Grandeza de España de Primera Clase, y es el actual Jefe de ésta Rama de la Familia.

Existen así mismo una gran variedad de ramas menores de la Familia, como la de los Marqueses de Moctezuma, creado en 1864 a favor de Alonso Holgado-Moctezuma Díaz de Medina y Ahumada, y debido al enorme mestizaje, prácticamente existe sangre de Moctezuma en muchos de los nobles españoles incluida la Duquesa de Alba , pero prácticamente si existiese alguna posibilidad real de sucesión los únicos con derechos verdaderos serían los Condes de Miravalle y los Duques de Moctezuma de Tultengo.

Ahora bien, el principal problema que pudiesen tener los descendientes de Moctezuma para ocupar un resurgido Trono Imperial Mexicano es el hecho de que su antepasado común, el Emperador Motecuhzoma Xocoyotzín, no fue Emperador de México (entendido como todo el territorio de la actual Nación Mexicana), sino Tlatoani de México-Tenochtitlán y Huey-Tlatoani del Ēxcān Tlahtōlōyān (Confederación del Valle de Anáhuac, conformada por México-Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan); existiendo además de él toda una serie de Reyes y Líderes Militares Indígenas en muchas otras partes del actual Territorio Nacional, tales como Juan Nachi Cocom, último gran Halach Uinik de Mayapán, o Francisco Tangáxoan II, último Cazonci Tarasco de Tzintzuntzan; cuyos descendientes, en caso de encontrarles, tendrían derechos similares en sus respectivas jurisdicciones.


miércoles, 29 de junio de 2011

EL CONTROVERTIDO FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS (2ª parte)

LA VIDA Y ESCRITOS DE FRAY BARTOLOMÉ, OBJETO DE LAS MÁS VARIADAS INTERPRETACIONES



Ya es bien sabido que, en general, Las Casas ha tenido una acogida muy favorable durante el ultimo siglo y medio, tanto fuera como dentro de España, y tanto de parte de eclesiásticos como de seglares, y aun de los enemigos del catolicismo. Como también es conocido que han sido pocos los que han conocido y leído sus obras mas importantes y voluminosas. Tanto la vida de don Antonio Maria Fabie, como antes la del poeta don Manuel José Quintana 10 son laudatorias, con ciertas reservas sobre su actitud antiespañola y el vértigo de los números. Entre las numerosas vidas o artículos publicados en el extranjero, el tono laudatorio rara vez abandona a los admiradores incondicionales de Las Casas, prácticamente todos. Solo más recientemente se han hecho tímidas correcciones y reservas. Entre los extranjeros que siguen la línea admirativa, pero muestran también determinados reparos que hacer a Las Casas historiador o a sus escritos, hay que contar a Lewis Hanke, en diversas obras y artículos, y a Marcel Bataillon, buenos historiadores y conocedores de la América hispana, pero arrastrados, tal vez demasiado, en conjunto, por su fervor lascasista. Su contribución al conocimiento de la vida y de los escritos del protector de los indios es considerable, con aciertos dignos de tenerse en cuenta. Pero creemos que también con ellos valen las observaciones que hace don Ramón Menéndez Pidal.
Entre los españoles, podemos contar entre los recientes panegiristas de Las Casas, especialmente a don Manuel Giménez Fernández y al padre Manuel Maria Martínez, O. P., en su obra Fray Bartolome de las Casas, el gran calumniado. Sin dedicarse del todo a su personaje, ha intervenido también bastante en su favor el padre Venancio D. Carro, O. P. Merece destacarse el Estudio preliminar, de don Juan Perez de Tudela, a las Obras escogidas de fray Bartolome de las Casas: pertenece al grupo lascasista, aunque también hace notar determinados errores de su biografiado, o exageraciones o desviaciones tanto en el mismo fray Bartolomé como en sus biógrafos. Es un estudio que hay que tener en cuenta, tanto en su aportación histórica como en el estudio de la personalidad del discutido obispo. Cierta dureza de estilo y prurito de filosofar oscurecen un poco las líneas del estudio, haciendo mas fatigosa su lectura; pero, en definitiva, es una buena aportación a estos estudios. Existe el grupo antilascasista, como gustan de llamarlo hoy los defensores, frecuentemente exagerados, de Las Casas, pero que generalmente tratan de hacer con él el criticismo que tanto practicó Las Casas con las cuestiones referentes a las Indias y las personas que intervinieron en ellas y tanto ponderan sus adictos. Creemos que es un deber histórico el hacerlo, con tal que se haga únicamente con argumentos y de modo digno, como lo pide la materia.
Solo que, de hecho, surge inevitablemente la polémica. Y no sabemos porqué haya de haber una especie de intangibilidad para un personaje discutido, que, a muy grandes méritos, une también algunos deméritos. Debería llegarse a un honrado examen del problema, sin acudir en seguida a expresiones injuriosas para los que disientan de nuestro parecer, como se ve, por desgracia, con no rara frecuencia. Así habría modo de entenderse y de llegar mejor a conclusiones históricamente aceptables y dentro de los respetos debidos a personas e instituciones.

Por lo que hace a los que ponen graves reparos al valor histórico de la Destrucción y, en parte, a otros de sus escritos, así como hacen resaltar el daño sobrevenido a España con su publicación, su lista es fuerte en España e Indias desde el siglo XVI, y, en otras partes, en tiempos mas recientes: Fray Toribio de Benavente (Motolonia), en Méjico, 1555, Bernal Díaz del Castillo, fray Vicente Palatino de Curcola, dálmata misionero en América, el virrey don Francisco de Toledo, el anónimo de Yucay, Juan de Castellanos, y el mismo padre fray Antonio de Remesal, por no hablar luego de León Pinelo o Bernardo Vargas Machuca. Entre los modernos, Menéndez Pelayo, Serrano y Sanz, Jerónimo Becker, Ángel Altolaguirre, Menéndez Pidal, académicos de la Historia, a los que habría que añadir el padre Constantino Bayle y el padre Sáenz de Santamaría.

Entre los modernos americanos son muchos también los que ponen serios reparos a Las Casas. Bayle cita a Carlos Pereira, Lucas Alamán, Mariano Cuevas, Otero d'Acosta, Riva Agüero, Porras Barrenechea, Enrique de Gandía, Baron y Castro y Carabia, a los que se puede añadir Félix Restrepo y Roberto Levillier, también académicos en sus patrias, o escritores de renombre.

Por lo demás, aun los «lascasistas», contribuyen también al criticismo de que venimos hablando. Entre los hispanoamericanos, se cita a Agustín Yañez y José Maria Chacón y Calvo. Entre los españoles, ya desde el mismo poeta don José Maria Quintana, don José Larra, Antonio Maria Fabie, don Antonio Ballesteros, don Juan Pérez de Tudela 25, señalan graves defectos históricos o personales.

Es frecuente en esta polémica no fijar bien las posiciones respectivas, y con ello se hace tanto más difícil la convergencia de opiniones. Especialmente cuando se trata de católicos, y, mas aún, de sacerdotes o religiosos, se debería llegar a un minimum de entendimiento en fijar las posiciones respectivas y a un maximum de caridad en interpretar al prójimo, sin extrañarse de que haya discordancias de pensar, pero si de que se trate tan duramente, como a veces se ve, a los que disienten del parecer propugnado por cada autor.

Por lo que hace a los extranjeros que tratan estos asuntos, fuera de los que se dedican de veras a ellos (Schafer, Bataillon, Hanke, etc.), que van siendo cada vez mas numerosos, es frecuente encontrar en ellos una ignorancia bastante caracterizada de las cosas españolas, históricas o aun actuales. Apenas han leido más que algunas páginas de la Destrucción, o lo que dicen diversos historiadores suyos, que, generalmente, no son, ni mucho menos, autoridad en la materia. Y, además, casi siempre tienen cierta animosidad consciente o inconsciente a lo hispánico; se dejan llevar de la simpatía al oprimido, sin fijarse bien en las características de la opresión combatida por Las Casas y de los medios con que lo hace. En los medios americanos, por creerle un campeón de su independencia, lo han idealizado demasiado. Ahora comienzan muchos de ellos a conocerle mejor.

En cuanto a los españoles, el problema es más complejo. Son pocos los que admiten sin más la verdad histórica de la Destrucción, fuera de algunas líneas generales del cuadro. Algunos se dejan arrastrar por la admiración al héroe de los oprimidos, sin descender a detalles, o llevados de algunas lecturas favorables. Otros, por afán de revisionismo histórico, o por tendencias doctrinales, o por la figura del héroe, constante en su batallar y en su postura doctrinal y práctica a pesar de ciertos ligeros retoques de ocasión, que se supone perseguido por los encomenderos y víctima propicia de su causa humanitaria. Pero, en conjunto, hay que confesar que estuvo más bien protegido por los poderosos, especialmente en la corte.

Resumiendo, la impresión que nos produce el gran personaje histórico y eclesiástico que ciertamente es Las Casas, hay que contar, entre sus cualidades y logros positivos, un gran amor al indígena y un gran deseo de su cristianización y salvación. Es el eje y el motor al mismo tiempo de su acción de cincuenta años en los campos más diversos y en las situaciones personales mas variadas. Una constancia invencible, tenacidad en el trabajo y en la consecución de sus planes, inventiva para defender su causa y presentarla a la mejor luz posible, gran laboriosidad, tanto en el estudio y composición de sus libros, folletos, memoriales, cartas, etc., como en asistir a consejos, reuniones, conversaciones privadas y públicas, sermones y disputas, siempre sobre el mismo tema de las Indias, de su perdición y del modo de salvarlas. Cierto desinterés personal, sugestión eficaz para persuadir sus ideas y aptitud subjetiva para la controversia, dentro de la cual cree poder dar la medida de su compleja personalidad.

Junto a estas indudables cualidades, que explican sus éxitos, hay que colocar otras que las desvirtúan en parte, a veces importante, y esterilizan también parcialmente en diversa medida los frutos que pretendía conseguir en favor de la Iglesia Católica, de sus protegidos y aun de España. Creemos que el que haya leído la obra de Menéndez Pidal, por más que no quiera admitir todas sus consecuencias y limite diversas afirmaciones del ilustre polígrafo, no tendrá mas remedio que reconocer una parte de realidad a las cualidades negativas, tanto por lo que hace a la vida eclesiástica o religiosa, que aspira al amor universal y a la perfección por Dios, cuanto a las circunstancias, móviles y comportamientos en aspectos mas humanos y terrenos.

Difícil será negar cierta autoestimación y suficiencia personal, algo pronunciadas en ocasiones (poco concorde con la humildad religiosa y aun cristiana a secas), y un apasionamiento constante y unilateral. Las Casas da con frecuencia la impresión de no distinguir sino dos géneros de hombres: los que admiten aunque sea con limitaciones la encomienda y diversos géneros de esclavitud con los indios americanos, y los que las niegan rotundamente. Y la calificación de las personas parece estar dominada por esa misma preocupación: los malos, los encomenderos y allegados, y los buenos, los otros. Teniendo buenas cualidades de historiador, como lo demuestra cuando no tropieza directamente con el problema del trato de los indios, v.gr., en la historia de Colon en sus principios y en otras diversas ocasiones en que es escrupuloso y concienzudo, sin que pueda admitirse la tesis de Carbia de falsificación a sabiendas, se ciega muchas veces cuando se cruza este problema y sus protagonistas, y parece poco capaz de comprender la postura y los argumentos de sus contrarios, que, en la práctica, no siempre estaban tan desviados del recto camino como él da a entender.

Recurrió en diversas ocasiones a proceder sin licencia expresa de sus superiores, o la consiguió en forma rara, como cuando pide, el 15 de diciembre de 1540, a Carlos V, entonces en Flandes, que encargue al provincial de los dominicos mande a Las Casas esperar en España el regreso de Su Majestad. Tiene rasgos de profetismo, teniendo como tema preferente la amenaza de la destrucción de España por su acción en Indias. No puede ocultar cierta aversión a sus paisanos, de los que no parece ver más que lo malo, sin tratar de buscar atenuantes, ni menos excusas o justificantes en su favor. Se podrá discutir sobre el alcance de todos estos capítulos negativos, y ahí si admitimos la dificultad de pronunciarse con acierto, por tratarse de un caso tan singular. Pero no de su existencia en algún grado, a veces pronunciado.

lunes, 13 de diciembre de 2010

EL DESTINO MANIFIESTO CAMBIÓ LA HISTORIA DE MÉXICO




DESTINO MANIFIESTO ANGLOAMERICANO y su influencia destructiva en LA HISPANIDAD 

“Esa doctrina, supuesto regalo dado a los angloamericanos; para ser el nuevo pueblo “elegido” por Dios, y regenerar al mundo”
Que el Yahvé bíblico, decían ellos, había inspirado a sus líderes desde el siglo XVI, cuando el monarca inglés, de entonces, decidió portar sobre su cabeza la tiara de sumo pontífice adoptando el rimbombante título de “Intérprete de la verdad y canal de todas las gracias sobrenaturales” 

No cabe duda que“esas gracias sobrenaturales”; no venían del Espíritu Santo , sino del Príncipe de este Mundo quien en esa ocasión ofreció a Inglaterra, el Poder material del orbe, y ésta, lo aceptó gustosa.

Acción nunca vista dentro de la Cristiandad, escandalosa y herética a todas luces, y que evocaba el paganismo de los antiguos césares romanos. Máximo acto de orgullo y rebeldía contra el Creador cometido antes por Luzbel y por la primera pareja del Edén.

Con el título de “Destino Manifiesto” fue llamada, en el siglo XIX, la doctrina política y religiosa que a partir del siglo XVI se había ido formando bajo los reyes herejes de Inglaterra; fortaleciéndose en el XVII por los puritanos calvinistas de la primera república, bajo Oliverio Cromwell , y decantada al fin en las colonias angloamericanas, por las ideas de los filósofos John Locke David Hum, Adam Smith, y sobre todos, por Benjamín Franklin , quien era ardiente partidario del llamado “Destino imperial angloamericano" de acuerdo con la Gran Logia masónica de Inglaterra para destruir la Religión Católica y su espada el Imperio Español.

La Doctrina política del liberalismo y la doctrina religiosa del libre examen calvinista fueron el origen y resultado jurídico de la antigua rebelión protestante.

Del acta de Independencia de las Colonias inglesas en América, llamada:

"Declaración de independencia de los 13 Estados Unidos de América" en 1776, y la posterior acta llamada:





“Constitución de los Estados Unidos de América” en 1787. 

En aquel entonces, la soberbia humana hizo exclamar a un estadista y escritor inglés, un tal William E.Gladstone, lo siguiente: 

“The American constitution is the most wonderful work ever struck off at a given time by the brain and purpose of a man….” 

“La Constitución Americana es la obra más maravillosa, nunca antes salida del cerebro humano....” 

 La Nueva España del siglo XVIII 

Muchos años ante de que los colonos angloamericanos se rebelaran contra su rey; los habitantes de la Nueva España habían dado al mundo, un ejemplo de unidad sin precedentes dentro del gran Imperio Español: la gran potencia oceánica y adalid de la Verdadera Cristiandad, es decir: de la Católica. 
Los españoles, indios y castas se reconocieron como hijos de una misma Madre espiritual viendo en Nuestra Señora de Guadalupe 
del Tepeyac la siempre Virgen María Madre de Dios, como la patrona del Reino de la Nueva España y se declararon sus hijos sin distinción de clases sociales. 

A la cabeza de las máximas autoridades del Reino: el virrey y el arzobispo de la capital; desde las principales familias de la aristocracia hasta los más humildes habitantes peregrinaron para darse cita en el Santuario. 

Este suceso extraordinario, aunque en cierto modo resultado de la maduración de la sociedad novohispana, aconteció felizmente el 12 de diciembre de 1747 a un poco más de dos siglos de las apariciones marianas del cerro del Tepeyac. Y a dos siglos exactos del fallecimiento del fundador de la nación: Hernán Cortés. 

En esa fecha se celebró la Jura Nacional del Patronato de la Virgen de Guadalupe. Es interesante recalcar que fue durante el siglo XVIII, ya madura la nación, cuando se celebraron varios homenajes públicos en honor de la Virgen de Guadalupe, como, la jura de 1737 declarándola Patrona de la ciudad de México, el nombramiento de Protectora de toda la América Septentrional en 1746, la jura de 1747 como patrona de la Nueva España y la confirmación de ese protectorado territorial por disposición del papa Benedicto XIV en 1756. 

Cuando él mismo acuñó la conocida frase del salmo 147, versículo 20 

“Non fecit táliter omni nationi”, “No hizo nada igual con ninguna otra nación”. 

Frase que revistió un alto sentido político, distinguiendo al criollismo y conformando la identidad novohispana, elevando en igualdad a la Nueva con la Vieja España; al Virreinato con la Metrópoli.

El papa Benedicto XIV enfatizó que el catolicismo estaba destinado a asentarse en los territorios de la Nueva España, previniendo a la Iglesia, de las infiltraciones protestantes que ya empezaban a manifestarse en los territorios fronterizos del Virreinato. 

Refiriéndose a lo anterior, el padre jesuita Bernard Bergöend escribió en 1913 en la ciudad de México: 

“Con la Jura Nacional, se puede dar por terminada la serie de acontecimientos naturales, que como factores esenciales, habían ido formando durante más de dos siglos el alma nacional mexicana, y por lo tanto, debe mirarse el día 12 de diciembre de 1747, como la fecha memorable en que se consumó de derecho y para siempre la unidad nacional de Nueva España”. 

Sus habitantes, unidos ya con unas mismas leyes y sometidos a la misma autoridad, se habían reconocido como hermanos, con amor e intereses comunes, como miembros de una misma familia espiritual, esto es; pertenecientes a una misma nacionalidad, "a los pies de la Madre de Dios"

Sin embargo, nubes de tormenta oscurecían los cielos de este estupendo Imperio. En solamente veinte años más, se concretaría un hecho lamentable, que marcó el inicio de la demolición del Impero donde no se ponía el sol: 

Los ancestrales y eternos valores del ser verdadero cristiano que habían asumido Doña Isabel y Don Fernando, comprometiéndose ante el papado luego del Descubrimiento de América, ya no eran vigentes para la sociedad europea de la segunda mitad del siglo XVIII. Solamente la Compañía de Jesús continuaba con la santa labor de su fundador San Ignacio de Loyola dentro de la Cristiandad ya deslucida por el protestantismo. 

“El Descubrimiento de América había ocurrido en un momento de verdadera encrucijada histórica. La Conquista había comenzado al culminar el siglo XV y se había asentado durante el XVI, cuando en el resto de Europa la Edad Media ya no era más que un recuerdo del pasado, en medio de una terrible crisis, en camino de la desintegración progresiva"


“Las actividades humanas como el arte, la cultura, la economía y la política, que antes se desarrollaban en jerarquía y gozosa subordinación a la Teología, ahora buscaban “liberarse” de sus principios rectores. Sobre este edificio ya averiado, la Reforma protestante había caído como un rayo" 


Alfredo Sáenz. 

La expulsión de la Sociedad de Jesús

El 25 de junio de 1767, en la madrugada, se presentaron las fuerzas armadas del virrey Carlos Francisco, Marqués de Croix y del visitador don José de Gálvez para ejecutar las órdenes reales de expulsión. 
Los soldados de Cristo, sorprendidos sin ninguna advertencia, no opusieron resistencia. Fueron separados brutalmente de sus alumnos y familiares, amenazando a éstos con cárcel si trataban de avisar a los vecinos 
Esos eméritos maestros, luminarias del saber de entonces, fueron custodiados como criminales, sin tener en cuenta su categoría sacerdotal o religiosa, y custodiados a Veracruz para embarcarlos hacia algún territorio que los quisiera recibir. 

De todos los rumbos de Nueva España fueron concentrados en Veracruz 678 sacerdotes, hermanos y algunos estudiantes. Siendo las dos terceras partes de ellos criollos de diversas regiones americanas. Sus bienes personales les fueron confiscados. 

¿Cuáles eran las razones oficiales para aplicarles tanto rigor?, las razones oficiales podrían parecer graves, pero ninguna tenía fundamento.

He aquí las más conocidas: 

  • Inmenso poder y enriquecimiento por las Misiones, llamadas reducciones. 
  • Haber obstaculizado la política de Carlos III y haber intentado envenenarlo. 
  • Haber adquirido mucha influencia en la política europea. 
  • Haber intentado los asesinatos de los reyes José de Portugal y de Luis XV de Francia 

Pero, con investigar superficialmente, la actuación de la Masonería del siglo XVIII sabremos bien cuál era la verdadera razón del odio contra la Compañía de Jesús

A los ojos de los seguidores del Príncipe del Mundo, uno era su crimen:

Haberse opuesto tenazmente a la destrucción del Orbe Católico, a la destrucción de la Cristiandad.

Existen dos cartas de conocidos masones franceses que han reproducido casi todos los historiadores:

La una, de Jean le Rond D’Alemberta Chatolai:

“Para destruir a la Iglesia Católica, hay que comenzar por los jesuitas como los más valientes”.

La otra de François Marie Arouet, alias Voltaire a Claude Adrien Helvetius en 1761:

"Destruidos los jesuitas, venceremos a la infame". La infame, para él, era la Iglesia Católica.

Una grave consecuencia de la expulsión de los jesuitas de los territorios americanos del Imperio Español, fue la profunda aversión que sus habitantes sintieron por las disposiciones de la Corona. Por tanto, no hay que descartar en ese episodio, las semillas de la separación de España, así como la introducción de la literatura enciclopedista francesa en la educación de las clases altas, educación ayuna del fuerte sostén jesuítico.

Acto seguido, el Liberalismo se encargaría de preparar a la opinión pública ensanchando la brecha que se producía entre los españoles americanos y los peninsulares.

La España del siglo XVIII, ya no era la de los Reyes Católicos, ni la de Carlos V o la de Felipe II. Como bien lo dice don Ramiro de Maeztu en su obra En defensa de la Hispanidad:

“De las incertidumbres hispanoamericanas del siglo XIX tiene la culpa el escepticismo español del siglo XVIII....” 
La España de ese siglo conoció una etapa lamentable de ablandamiento, de una gran decadencia, sobre todo en la monarquía. La corrupción, que ya se notaba en las altas capas del clero y de la aristocracia, siguió de manera ascendente con la admiración de todo tipo de novedades que llegaban principalmente de Francia.

Siguiendo a Maeztu, transcribo otro párrafo de su obra: “
Defensa de la Hispanidad

“El hidalgo de los siglos XVI y XVII recibía una educación severa y disciplinada de modo que el pueblo asumía de buena gana su superioridad, pero cuando dicha educación se hizo notoriamente muelle, y al espíritu de servicio a la comunidad, sucedió el de privilegio, los caballeros se convirtieron en señores, primero, y en señoritos después, no es extraño que el pueblo les perdiera el respeto". 

En la segunda mitad del siglo XVIII gobernaron aristócratas masones, cuyo propósito último era dejar a España sin religión. 
Por supuesto que la impiedad no entró a España blandiendo ostensiblemente sus principios anticatólicos, sino que entró en secreto 

Durante muchas décadas los nobles siguieron rezando su rosario. Pero empezaron por envidiar el fasto y la pujanza de las naciones extranjeras, principalmente si eran protestantes, admiraron sin reservas, las flotas y el comercio de Holanda e Inglaterra, los lujos de la corte de Versalles, después se asomaron a los autores extranjeros, comenzando por Montesquieu, el más antihispanista de todos. Llegando hasta experimentar vergüenza por la gesta evangelizadora de los Reyes Católicos y de la Casa de Austria. 

Entre los valores de la Cristiandad que España había transmitido al continente americano estuvo la certeza inamovible de ser, ella misma, la espada de Dios sobre la tierra, preservando la fe del pueblo español y propagando en todas partes la verdadera Religión. 

Recordemos que la conquista de Granada acaeció precisamente en 1492, tras siete siglos de incesante lucha contra el infiel. En ese año se decretó la expulsión de los judíos no bautizados, por pretender ellos, ofrecer a los Reyes Católicos el dominio del mundo por medio de las finanzas. Ofrecimiento hecho a Inglaterra y aceptada por esta en 1532. El Cisma de la iglesia anglicana aconsejada por el canciller privado del Rey, el hereje Thomas Comwell en 1532, provocó la división entre los ingleses, pues mañosamente había propiciado el ingreso a la Cámara de los Comunes de una mayoría de burgueses anticlericales, quienes de acuerdo con 
las sociedades secretas pidieron la ruptura con Roma tomando como pretexto el deseo real de divorciarse de la Reina. 

Ante el peligro de contaminación de la religión, ya manifestado varias décadas antes por los falsos conversos, los Reyes Católicos habían pedido al Papa la instauración del Santo Oficio, 
el Tribunal de la Santa Inquisición. 

Con el Santo Oficio, España quedó exenta de la contaminación de la Cábala Gnóstica y posteriormente de la invasión herética protestante que había conmovido al resto de Europa. 

El Imperio, y con él, la Cristiandad pudo enfrentar los embates contra la religión por medio de la Compañía de Jesúsy su obra la Contrarreforma y el posterior Concilio de Trento.
En Lepanto, el Imperio Español lucho y triunfó en favor de los pueblos europeos en general, aunque ninguno de sus gobiernos se lo agradeció, resaltando entre todos la traición del rey Francisco I de Francia y de los Dogos venecianos. 

Los valores eternos de la Cristiandad, tan bien representados en la Edad Media y conservados por la España de los siglos XV, XVI y la mayor parte del XVII, se manifestaban en la sociedad organizada de cara a Dios, siguiendo todos, un mismo fin: 


La Iglesia y el Estado, la Universidad, las Leyes, las costumbres y la educación que se proporcionaba a los pueblos, los inducía a vivir para la mayor gloria de Dios 

Por el espíritu del Concilio de Trento, el Estado español realizó un renacimiento propio, de cuño español, cuya concreción arquitectónica se plasmó en el Monasterio del Escorial. 

Al tiempo que libraba a la jerarquía eclesiástica de la tentación mundana característica de la Sede papal y neutralizaba el influjo del humanismo laico de Erasmo de Rotterdamm.

Pero, esta Cristiandad, este Imperio medieval, apresado entre las garras del nominalismo filosófico, del voluntarismo teológico y del creciente naturalismo agonizó sin remedio a fines del siglo XVIII. 
La Nueva España del mar Océano que había sido fundada y evangelizada por esta Cristiandad y este Imperio medieval formidables, que había disfrutado desde su fundación cortesiana de innumerables privilegios de la Corona, y que administraba desde México, su hermosa y estupenda ciudad capital, inmensos y ricos territorios. Este verdadero Reino de Ultramar se encontraba inerme, sus habitantes confiados e inconcientes, sin pensar que vivían los últimos años de bonanza, orden y paz. 

Adormecidos como estaban, no podían imaginar que a la vuelta de unas cuantas décadas iban a sufrir las consecuencias de su descuido. 

¡Que diferencia! Entre los primeros monarcas de la Casa de Austria y los últimos de esta dinastía, así como los pertenecientes a la nueva, la borbónica, del siglo XVIII.

Un botón de muestra nos da ejemplo del interés que el Emperador don Carlos tenía por los nacientes reinos americanos. Ya en sus últimos años como gobernante decretó lo siguiente: 

"Para servir a Dios nuestro Señor y bien público de nuestros Reinos, conviene que nuestros vasallos súbditos naturales, tengan en ellos Universidades y estudios Generales donde sean instruidos y graduados en todas las ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias, y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia, criamos, fundamos y constituimos en la ciudad de Lima de los Reinos del Perú y en la ciudad de México de la Nueva España, Universidades, y estudios generales, y tenemos por bien y concedemos a todas las personas que en las dichas Universidades fueran graduadas, que gocen en nuestras Indias, Islas y Tierras Firmes del Océano, de las libertades y franquicias de que gozan en estos Reinos, los que se guardan en la Universidad y estudios de Salamanca..." 

España, desde el principio de la Conquista había sido por esencia fundadora, los conquistadores fueron fieles a este concepto y fundaron una nueva sociedad. España había fundado la polis grecorromana en un Nuevo Mundo, fundó en fusión con el mundo precolombino, mediante el mestizaje, la erección de ciudades, el establecimiento de la Iglesia Católica y las instituciones del gobierno civil, los cabildos. 

Es el nacimiento de una civilización nueva, distinta, original, enraizada en la tradición mediterránea greco-romana-ibérica y católica sobre lo indígena americano. España es en suma la madre histórica de América. 

España no vaciló en mezclar su sangre con la del nativo, dando origen al “hombre de la tierra” 

Refiriéndose al proceder de los seudo historiadores materialistas de todas las épocas, cuando quieren juzgar la actuación de España en el Nuevo Mundo. El historiador argentino don Alfredo Sáenz nos proporciona esta reflexión muy clara y apropiada para formar nuestro criterio histórico: 

“Si se quita la intención evangelizadora, la conquista de América aparece – y así se ha querido reiteradamente mostrar por la Leyenda Negra como el caso de un pueblo poderoso que se enfrentó con pueblos débiles, que los vence, los explota lo más posible, y de este modo acrecienta el patrimonio de la Corona y las posibilidades mercantilistas de la Metrópoli. En una concepción semejante, el aspecto religioso pasa a ser solamente anecdótico y también expresión del “atraso y oscurantismo”secular de España”. 

Visión parcial y malévola de la Conquista, tan querida por los materialistas dialécticos de todos los tiempos, los protestantes angloamericanos y sus corifeos de todas las nacionalidades. 

He relatado brevemente los acontecimientos más destacados que sucedieron en la Nueva España durante el siglo XVIII en materia religiosa; ahora, también brevemente hablaré de su situación económica y moral: Para esto, voy a seguir la información que nos da don Pedro Sánchez Ruiz 
en su estupenda obra “Historia de la Nación Mejicana”, de su última edición de este año 2005, en dos tomos. 

“La ejemplar paz y armonía social, el desarrollo de las ciencias, las artes y las letras. El progreso económico de que disfrutó la Nueva España en los siglos XVI y XVII, y que se manifestó pujante en el siglo XVIII, no obstante las primarias y más urgentes necesidades de evangelización y civilización de los naturales. Se inicia la decadencia religiosa, política, cultural y económica de Méjico. Por su situación geográfica con respecto a la Metrópoli, por la extensión de su territorio, población y recursos de todas clases, por sus instituciones religiosas, políticas, sociales y culturales, el Reino de la Nueva España estaba predestinado a ser una nación independiente y soberana, y ya en ese siglo reunía todos los elementos necesarios para llegar a serlo. Era prácticamente la metrópoli de un mundo que se extendía desde Asia hasta la cuenca de mar Caribe, pasando por todos los territorios occidentales de Norte América. Y como consecuencia natural de los valores de todo orden acumulados en los dos siglos precedentes, la Nueva España llegó a su máximo esplendor”. 

En la página 173 del primer tomo de la obra citada anteriormente, don Pedro Sánchez Ruiz nos da esta información: 

“Según don Marcelino Menéndez y Pelayo, la Nueva España era toda una nación, la primera del continente, la más culta, y que mayores elementos tenía para engrandecerse, la parte predilecta y más cuidada del Imperio”. “Donde la cultura española había echado más hondas raíces”

El virrey Marqués de Cerralvo, escribía al rey don Felipe III a principios del siglo XVII: 
"La capital es la ciudad más culta y elegante del continente, pocas poblaciones tiene la Monarquía de Vuestra Majestad de más lustre que la de Méjico..." 

A principio del siglo XIX, el diario angloamericano Morning Post citó en su editorial del 15 de octubre de 1804:

“Es Méjico la ciudad más rica y espléndida del mundo, el centro de todo lo que se transporta entre América y Europa, por una parte, y entre América y las Indias Orientales por la otra”. 

Don Lucas Alamán y Escalada en la página del Tomo I, cap. III de su “Historia de México”, escribe lo que se revela como una nostalgia del la Nueva España que le toco ver: 

“La abundancia y prosperidad que se disfrutaba, constituía un bienestar general que hoy se recuerda en toda la América, como en la antigua Italia el siglo de oro y el reinado de Saturno, más bien se mira como los tiempos fabulosos de nuestra historia, que como una cosa que en realidad hubo o que es posible que existiese”. 

La Nueva España tenía todo para ser de por sí, un Reino independiente pese a su poca población en relación con su enorme extensión territorial; más de tres veces toda la Europa occidental estaba muy organizada en todo, con riquezas y moneda propia. Con flota propia, renovada ya, después que los ingleses la destruyeran como venganza por haber apoyado a Felipe V, en vez de Carlos de Austria.

También, don Lucas Alamán relata en el capítulo III del primer tomo de su obra un curioso proyecto que destaca la importancia de la Nueva España:

“A principios del siglo XVIII, durante la guerra de sucesión dinástica, la América toda se conservó adicta a la casa de Borbón, cuyo dominio tuvo tiempo de afirmarse antes de las hostilidades, Felipe V, ocupado Madrid en dos ocasiones por las tropas aliadas al archiduque don Carlos que sostenían los derechos de la Casa de Austria, creyendo no poder conservar su trono en España, pensó trasladarse a la Nueva España y hacer de su capital, Méjico, la capital de sus dominios ultramarinos" 

Esta idea del nuevo monarca Borbón estuvo a punto de realizarse, de haber sido así, estos territorios, con su riqueza hubieran dado nueva vida al vetusto Imperio de los Austria.

Mas tarde, en 1783, apenas firmado el Tratado de París que reconocía la Independencia de los Estados Unidos por las potencias europeas, el conde de Aranda advertía a Carlos III
de la peligrosidad de la nueva nación republicana a quien la Corona había ayudado a independizarse de Inglaterra. Y recomendaba colocar a sus tres infantes españoles en sendos Reinos de ultramar, tomando el monarca el título de Emperador. No se le escuchó entonces.

En 1808, vendría otra oportunidad cuando Napoleón invadió a España. Unos meses antes, en marzo se previó la posibilidad de que el rey Carlos IV se refugiara en Nueva España, como lo había hecho el de Portugal en Brasil. 

Manuel Godoy, el primer ministro del Monarca ideó un bien estructurado plan con todas las posibilidades de realizarse. Ya estaba todo preparado para el viaje de la familia real, con la anuencia indirecta de Napoleón para tener el campo libre de la Corte, cuando en 18 de ese mes se produjo una rebelión de los empleados y servidores del palacio que iban a quedar sin empleo y más aún por venir la idea del odiado Godoy.

La rebelión contagió al pueblo de Aranjuez donde se hallaba la corte desencadenando toda una catástrofe para la Corona. Los cabecillas del motín querían la cabeza del favorito Manuel Godoy quien tuvo que huir para salvar su vida y al día siguiente, obligaron al rey a abdicar en favor de su hijo don Fernando.

Don Lucas Alamán, refiriéndose a ese suceso comenta: 

“Proyecto ese que hubiera producido los mejores resultados y que un siglo antes concibió Felipe V". "La independencia de Méjico se hubiera hecho sin violencia y sin sacudimientos como sucedió con el Brasil.....” 

Es muy interesante repasar con cuidado los capítulos III y IV del primer tomo de esta Historia de Alamán, porque en ellos relata todos los intentos, pequeños y grandes de separar a Nueva España del Imperio por los propios gobernantes españoles.

De su atenta lectura, se deduce entre líneas, las actuaciones de las Sociedades Secretas que maquinaron durante todo el siglo XVIII y principios del XIX, no nada más en Nueva España, sino en todo el Imperio; para desmembrarlo a favor de Francia, Inglaterra o los Estados Unidos.

Orígenes del Destino Manifiesto de los angloamericanos 

La doctrina del Destino manifiesto angloamericano sigue viva, actuante y ofensiva; de manera más sutil en unos casos, de forma brutal en otros, pero mayormente, con vestido de caridad.

Influyendo a los pueblos desprevenidos con su artificiosa propaganda. Y todo esto, en nombre de Dios, quien en Su misericordia "ha predestinado a un nuevo pueblo, los angloamericanos, -dicen ellos-, para regenerar la tierra y reconquistar el Paraíso perdido”
Para comprender mejor este famoso Destino Manifiesto; es necesario remontarnos un poco a los fundamentos de la nación inglesa y de la comunidad judía asentada en las islas.

En el año 597, fin del siglo VI después de Cristo, el papa san Gregorio Magno envió a un grupo de monjes a cuya cabeza iba Agustín, mas tarde consagrado primer arzobispo de Canterbury y canonizado santo, con la misión de reevangelizar a los bretones, quienes después de la sangrienta invasión de los bárbaros anglosajones, habían quedado sin sacerdotes y bajo la autoridad espiritual de sus jefes tribales y de sus consejeros judíos.

Agustín y sus monjes cumplieron su cometido, pero la Inglaterra quedó bajo la protección y autoridad espiritual directa del Papa, lo que significó mayores impuestos además del diezmo correspondiente. Esto no gustó a los reyezuelos y con el tiempo, traerían de rebeliones contra la Santa Sede.
Durante toda la Edad Media, la historia de Inglaterra está marcada por las luchas entre la Monarquía y la Iglesia.

Ejemplos significativos de esta lucha son los martirios del arzobispo santo Thomas Becket por Enrique II en 1172 y del canciller santo Tomás Moro por Enrique VIII en 1535. Hemos de aclarar que el sacrificio de estos dos buenos hijos de la Iglesia no fueron causados tanto por la maldad o ira de esos reyes, sino por la debilidad del primer rey como por la impiedad del segundo rey, ambos acosados por consejeros nominalmente cristianos pero en realidad judíos.

Sin embargo, la Iglesia tuvo que recurrir en Inglaterra varias veces al brazo armado de los reyes, cuando la nación entera estuvo gravemente amenazada por los prestamistas judíos.

Tales fueron los casos de la pequeña expulsión ordenada en 1189 por Ricardo I, “Corazón de León” y la gran expulsión dictada en noviembre de 1290 por Eduardo I, Plantagenet contra los judíos que conspiraban contra la Monarquía en favor de Francia. Quedando en Inglaterra pocos cientos quienes aceptando el bautizo juraron aparente fidelidad a la Corona.

Con la economía del Reino en sus manos, Eduardo I inició un brillante período de florecimiento interno, de equilibrado desenvolvimiento de la industria y de expansión hacia el exterior.
Pero como en la España del siglo XVI, sus enemigos intrigaron desde los países vecinos, principalmente desde Gales. A donde personalmente encabezó la invasión, y una vez ganada nombró a su hijo como primer príncipe de Gales.
Ricardo C. Albanés, “Los judíos a través de los siglos”, Edit. La Verdad, 1988, Lima-Perú. 


Un personaje clave en la confección del Destino Manifiesto 


John Wicleff nació en Yorkshire en 1330 de familia neoconversa estudió teología y fue ordenado sacerdote, a la edad de 40 años, era profesor en Oxford y en 1374 era párroco de Lutterworth donde comenzó a elaborar su doctrina de "La Predestinación" que le llevó a rechazar la enseñanza tradicional de la Iglesia y a confeccionar una especie de puritanismo casi 200 años antes que Juan Calvino.

Fundó una nueva Iglesia que se distinguiría por su santidad y pureza: “La Comunidad de los Santos elegidos y predestinados” donde no habría sacerdotes, porque afirmaba:

“En la Gloria todos son sacerdotes consagrados por Dios, frente a los que no forman parte de la grey”
 A despecho de las autoridades eclesiásticas instauró en su parroquia un nuevo culto, según él, más puro y santo.

Desechó el idioma latino de la Misa, celebrándola en la lengua vernácula, “para que todos los fieles la entendieran”, afirmaba que no existía la Transubstanciación de las especies y que la Eucaristía era una fiesta conmemorativa, un deleite espiritual donde solamente participaban los elegidos. Suprimió la confesión individual, la penitencia y las indulgencias, despojó su iglesia de las imágenes de los santos, y en sus prédicas proclamaba la desaparición del celibato y de toda referencia a la Santa Sede.

La comunidad de los santos elegidos y predestinados” la formó con unos monjes pobres mendicantes que enviaba a los pueblos cantando salmos en inglés con la Biblia en mano y que los campesinos llamaron “loulards”. Estos simpáticos monjes fundaron círculos de lectura para leer la Biblia que interpretaban a su manera y enseñaban a los fieles, a ser constantes en el trabajo manual y olvidarse de las oraciones y meditaciones porque eran fuente de holgazanería.

Su popularidad llegó a personas influyentes hasta alcanzar a la familia real, en la persona del Duque de Láncaster, John de Gaun, antepasado de doña Isabel la Católica.
El Duque tomó bajo su protección a John Wicleff para evitar ser procesado por la jerarquía eclesiástica inglesa, y al principio simpatizó con la doctrina del Abad de Luterworth Wicleff, por su poderoso protector, pudo morir en su monasterio sin problemas con Roma.

Cuando los lolardos se sintieron poderosos comenzaron por predicar la libertad y la justicia social contra los ricos propietarios y contra los bienes de la Iglesia. Instaron a repartir la riqueza entre todos los habitantes como lo habían hecho los primeros cristianos. Pero el movimiento desembocó en franca rebeldía y ataque contra los señores feudales y contra el mismo rey, provocando la primera revolución social de los campesinos. Entonces el duque de Láncaster tuvo que retirarles su protección y él mismo los combatió hasta vencerlos. Los círculos de lectura de Biblia continuaron en Inglaterra, pero esta vez, como Sociedad Secreta.

John Wicleff puede considerarse, sin lugar a dudas, como el antecesor de los herejes reformistas del siglo XV, Juan Huss y Jerónimo de Praga, a través de ellos los herejes del siglo XVI: Lutero, Zwinglio y Calvino, tomaron sus doctrinas de la “Predestinación de los elegidos”

Años después de la muerte de Wicleff, cuando sus lolardos propagaban la Revolución en Hungría, la Iglesia mandó desenterrar sus huesos y quemarlos públicamente como hereje.
Porqué los judíos son los causantes de tantos males en la Cristiandad

Camino abierto al Destino Manifiesto

La doctrina predicada por los seguidores de John Wicleff “La Predestinación de los elegidos”, no era una idea nueva en la mente de los hombres, esta idea tiene su raíz en el convencimiento de los judíos de ser “El pueblo elegido de Dios para traer al Mesías”una elección que ningún otro pueblo se merecía.
Los hijos de Abraham aceptaron esa elección divina como una bendición, pero también, la sufrieron como una carga insoportable. Los menos; una exigua minoría, aceptaron la elección con alegría, con resignación, con obediencia y sufrimiento, con la esperanza de ver un día
al Ungido de Yahvé quien reinaría sobre todos los pueblos y por toda la tierra. Estos, continuaron las tradiciones de los Patriarcas y de los Profetas concentrándose en la llamada Casa de David.
La mayoría, quienes sirvieron de “corteza al meollo”, se rebelaban, apostataban, se contaminaban, se corrompían y cometían los peores crímenes; de la misma forma que sus vecinos paganos.Constantemente reconvenidos por Yahvé a través de los Profetas, estos judíos infieles preferían eliminar a los enviados de Dios y martirizarlos.

San Pablo, en su carta a los romanos, capítulo XI, nos recuerda la queja que el profeta Elías dirige a Dios contra Israel:

“¡Oh Señor!, a tus profetas los han muerto, demolieron tus altares, y he quedado yo solo y atentan a mi vida”.

En esa misma carta paulina, en el capítulo IX, versículos 27 a 29, nos recuerda el reclamo del profeta Isaías. “Aún cuando el número de los hijos de Israel fuese como las arenas del mar, solo un residuo de ellos se salvará. Porque Dios en su justicia reducirá su pueblo a un corto número; el Señor hará una gran rebaja sobre la tierra”

Tanto el Antiguo Testamento como el Evangelio citan muchas veces esa elección divina a un corto número. Los verdaderos elegidos de Dios han sido los judíos que reconocieron al Mesías como hijo de Dios, quienes le siguieron durante su paso por la tierra y fueron la raíz de la Iglesia de Jesucristo.

Como todos sabemos, los que fueron iluminados por el Espíritu Santo en Pentecostés. Los demás, los que ignoraron, rechazaron y sacrificaron a N. S. Jesucristo; Dios les ha dado en castigo a su rebeldía, dice San Pablo “Un espíritu de estupidez y contumacia. Ojos para no ver y oídos para no oír”. Israel buscaba la justicia por medio de la Ley, mas no por la Fe, pero la han hallado aquellos que han sido escogidos por Dios, habiéndose cegado todos los demás... Los judíos poscristianos son los rechazados, se les ha quitado el Reino espiritual, (San Mateo: 8,11-13 y 21,38-46) a ellos no les ha quedado otro camino que seguir al mundo material; que rendir al Príncipe de este Mundo, por lo que en sus academias del destierro confeccionaron el Talmud como una interpretación materialista de la Sefer Thora o Pentateuco. Y en ese engendro del demonio que es el Talmud como regla de conducta para su pueblo en lo sucesivo, han asentado la destrucción del orden cristiano, de ahí han salido, por dos mil años, todas las herejías y los ataques que la Sinagoga ha impulsado y sigue impulsando contra todo lo que represente a Cristo y a Su Iglesia. Las pocas conversiones verdaderas han sido por gracia especial de Nuestro Señor Jesucristo.

A lo largo de los últimos dos mil años, los judíos han influido en el curso de la Historia como ningún otro pueblo. Se han valido de todos los medios, de todos los sistemas teológicos, filosóficos, económicos. De todos los individuos, religiones, gobiernos y naciones, aún de la propia jerarquía eclesiástica católica, en muchas ocasiones; para conseguir su fin último, es decir: El dominio material del Mundo.

La catástrofe que padeció la Cristiandad a principio del siglo XVI con la llamada Reforma protestante tuvo sus antecedentes, como hemos visto, en las herejías de John Wicleff, pero también en la contaminación cabalística de las escuelas de traductores de Toledo en el siglo XIII, y en el Humanismo del siglo XIV, aunque anteriormente había brotado parcialmente en la Francia del siglo VIII y en las Universidades del XIII.

El Humanismo, como un movimiento espiritual revalorizador del hombre en sí mismo, basado en el conocimiento de los clásicos paganos; especialmente griegos, a través de los bizantinos ortodoxos. 

Este Humanismo difería del antiguo sometido a los cánones cristianos, los clérigos más avispados los juzgaban rígidos y sofocantes para su deseo de libertad intelectual. El nuevo Humanismo reinterpretaría la civilización cristiana, “porque el hombre había madurado”, decían sus corífeos, era necesario “vivir el cielo en la tierra ” La reinterpretación de la civilización cristiana “revitalizada” por el mundo clásico se configuró como una actitud filocientífica a partir de una imitación de los paganos griegos y romanos.

Se desarrollaron normas de liberar al individuo de las normas cristianas medievales, acompañadas de un nuevo interés por la Naturaleza, la afirmación del Yo como centro rector del Universo. Todo esto atacó directamente al pensamiento teocéntrico medieval.

El nuevo humanismo no se detuvo ahí, sino que, a través de la admiración por el arte y las costumbres paganas dio paso al llamado Renacimiento

Quebrando la imaginería religiosa tan recatada de los siglos anteriores, exponiendo el cuerpo desnudo o semidesnudo aún en los personajes de la historia sagrada.

En el siglo XIII y principios del XIV sería la ciudad de Aviñon asiento de varios antipapas, uno de ellos, Benedicto XIII, don Pedro de Luna destacó por su protección a los humanistas, sin menoscabo de su piedad religiosa. Aviñón fue sede del nuevo Humanismo, junto a las cortes de los magnates italianos como los Colonna y los Médici donde brillaron Francesco Petrarca, Dante y otros con sus loas al amor profano. Entre los que rodearon al papa Luna había varios españoles

No tardarían en aparecer en el siglo XV los humanistas españoles, comenzando con Juan Fernández de Heredia (1394), Alonso de Cartagena (1384-1456), Juan de Moles (1404-1484), el marqués de Santillana (1 ) y terminando ya, en el siglo XVI, por Erasmo de Rotterdam y otros.El siglo XV va ver engrandecerse a la Burguesía: los comerciantes y los industriales, con su nueva moral económica contrapuesta a la moral cristiana del Medioevo.
La corrupción de las costumbres, de la moral y de la práctica religiosa abrirán las compuertas al libertinaje, llamado “deseo de libertad” por los intelectuales. Tal va a ser el caldo de cultivo del que saldrán el Libre Examen y las ideas democráticas de los herejes protestantes.
El libre examen o libre interpretación de las Sagradas Escrituras, unido a la doctrina de la predestinación propiciada por John Wicleff en base a la supuesta elección divina de los “nacidos de nuevo o renacidos”, ideas retomadas por Martín Lutero, cundieron como fuego en paja por el Imperio Alemán.

Desde la prohibición que el joven Carlos V en 1521 le hizo de publicar sus escritos hasta la desafortunada
Paz de Augsburgo en 1555; los herejes tomaron la iniciativa en la construcción de una falsa Cristiandad que a pesar del Concilio de Trento y de la Contrarreforma española siguió creciendo impulsada por los eternos enemigos del catolicismo y de su espada: el Imperio Español.
La falsa Cristiandad protestante, máscara de la Revolución anticatólica. Después del reconocimiento oficial de la Reforma por la firma de la Paz de Augsburgo, la antigua Doctrina de la Predestinación que había tomado forma bajo la teocracia calvinista de Ginebra, y que entre los años 1541 y 1546 había llevado a la hoguera a 58 personas y desterrado a 76 dirigentes opositores; se asentó en los Países Bajos.La herejía religiosa calvinista introdujo en los fundamentos de la nueva religión el principio democrático, pues afirmaba que en la comunidad de los santos no debía haber sacerdotes ni jerarquía alguna. Solamente un presidente de la Asamblea elegido por los fieles. Este principio democrático ejerció preponderante influencia en la vida política de sus creyentes, a medida que aumentó la importancia del calvinismo.
El calvinismo se propagó principalmente entre los sencillos campesinos y los más ignorantes habitantes de los cantones suizos. Ahí se acuñó el nombre de “Iglesia del Pueblo”, iglesia de los pobres, algo así como la Teología de la liberación sudamericana conducida por los desheredados.

En cuanto a la moral; Calvino cambió “La mística de la consolación”, la certeza de la salvación por la Fe, de Martín Lutero; por “La mística de la elección divina”, hecho evidente en la pureza de la vida personal. Consiguió mantener la creencia en la salvación por la Fe y la necesidad de las obras como señal de Fe y su consecuencia de la riqueza por el trabajo. Mas tarde esta doctrina se llamaría “puritanismo”. La doctrina de Juan Calvino prendió en Francia con el movimiento de los “Hugonotes”, fanáticos anticatólicos y antiespañoles, y en Inglaterra y Holanda, con el movimiento de los puritanos no conformistas, también rabiosamente anticatólicos y antihispanos. De esta diabólica combinación nació el Destino Manifiesto angloamericano, engendro de la ancestral Revolución de Luzbel que San Pablo llama: “El Misterio de Iniquidad que ya está actuando....” en la 2ª Carta a los Tesalonicences

El embrión de la doctrina del Destino Manifiesto angloamericano pasó a las colonias de Inglaterra en la costa oriental de Norteamérica con los puritanos angloholandeses expulsados por los protestantes menos acelerados escandalizados de sus ideas. Mientras que los anglicanos eran partidarios de llegar a un acuerdo con la Iglesia de Roma para mejorar las condiciones de los católicos fieles al Papa a quienes los puritanos del Parlamento veían como traidores a Inglaterra.
Los puritanos habían logrado en el Parlamento, llevar al cadalso a muchos sacerdotes católicos, mientras los jesuitas, pilares de las familias y educadores de la juventud habían sido expulsados brutalmente acusados de colocar bombas en el la sede de gobierno.

Poco antes de la muerte de Jaime I, el heredero, príncipe Carlos, proclive a Roma, había ido a España para concertar su matrimonio con doña Mariana de Austria, hija del rey Felipe III. Cosa que desgraciadamente no logró por las maquinaciones de la corte francesa, Carlos, casó posteriormente con Enriqueta de Francia y sus hijos fueron bautizados católicos romanos. La enemistad del Partido puritano vocero de la Revolución, con Cromwell a la cabeza fue completa, y solamente terminó con el asesinato del rey.

El Partido puritano en el Parlamento inglés se había convertido en nido de las Sociedades secretas y la masonería anticatólica, cuyos prosélitos, ahora, a la sombra de los nuevos principios revolucionarios dieron forma al movimiento más antimonárquico, anticatólico, antiespañol de la época. Abriendo, también, camino a los gobiernos seudo democráticos, republicanos y masónicos que comenzaron con la república de Oliver Cromwell primera “decapitadora” de un rey en la persona de Carlos I en 1642, siguieron con la rebeldía de los colonos angloamericanos contra el rey Jorge III en 1776, continuaron con la república francesa de 1789 y la decapitación de Luis XV en 1791; continuaron con la rebeldía de las repúblicas hispanoamericanas contra España con ayuda napoleónica, yanqui e inglesa, culminando, en México, con el asesinato del Libertador Agustín de Iturbide el 19 de julio de 1824.
El proyecto de Nación de don Agustín de Iturbide

Don Agustín Iturbide y Aramburu ideó para salvar a Nueva España de la Revolución mundial, y que de haber triunfado su proyecto, tendríamos ahora una potencia adalid de la Hispanidad renovada.

Para entender claramente el proyecto de nación enarbolado por Iturbide debemos tener en cuenta al pensamiento y religiosidad de los novohispanos de principios del siglo XIX.

Desde 1767 año de la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús, habían pasado en más de 50 años, dos generaciones al menos sin su educación religiosa, y la sociedad de la Hispanidad había quedado al encargo de otras órdenes no tan celosas en la pureza y combatividad por la Fe como la de los soldados de Cristo.Durante ese medio siglo, solamente pequeños núcleos en las diferentes capas de la población mantenían incólume la ortodoxia en las costumbres cristianas. Para la mayoría, la fe católica se había diluido y la relajación en la moral era el pan de cada día.
En la Nueva España había aumentado considerablemente la población de las clases bajas, las castas, aún no suficientemente civilizadas, todavía semibárbaras constituían la mayoría. Solamente faltaba un pretexto o el empuje de algunos líderes audaces para moverlas como un huracán destructivo.

Los enemigos de la Hispanidad lo sabían muy bien por medio de sus agentes clandestinos que habían estado llegando al país desde antes del triunfo de Napoleón, en la servidumbre de los últimos virreyes, y desde la República americana de los Estados Unidos por infiltración desde la Luisiana y las costas poco vigiladas de ambos litorales.

Por la correspondencia secreta entre don Luis de Onís, ministro plenipotenciario de España en los Estados Unidos a los virreyes, sabemos de la conjura entre ese país, de la Francia napoleónica e Inglaterra que desde 1803 habían decidido separar a Nueva España del Imperio Español.

Los directores de la Revolución pusieron su atención el los curas y religiosos de costumbres relajadas, de la misma forma ocurrida en la revolución francesa del 1789, que por su autoridad sobre las masas eran elemento idóneo para rebelarlas.

Estos curas relajados y mundanos comenzaron por desorganizar la vida social y económica, dieron rienda suelta a las manifestaciones del error, se afiliaron a las sociedades secretas en complicidad con intelectuales charlatanes de Europa y América, y mas tarde, reunidos muchos de ellos en las cortes de Cádiz juraron la constitución anticatólica de 1812, traicionando a su religión y a su patria.

El prototipo de ellos fue en novohispano fray Servando Teresa de Mier.

Presentaré, aquí, algunas referencias de la mencionada correspondencia de don Luis de Onís siguiendo el libro en dos tomos que don Pedro Sánchez Ruiz acaba reeditar este año de 2005, obra, que considero de capital importancia para entender la verdadera historia de México y que recomiendo consultar sin reservas. Seguiré su libro en lo sucesivo pues relata claramente los acontecimientos referentes a l ascenso y caída del régimen de don Agustín Iturbide.

El ministro de Onís escribió a la Audiencia que gobernaba en ese momento, el 25 de febrero de 1810.

“Ofrece (Napoleón) todos los auxilios que son necesarios, que quiere decir tropas y pertrechos de guerra, sobre cuyos puntos está ya de acuerdo con los Estados Unidos de América, y que están prontos a facilitárselos”A continuación mencionaré el plan que Napoleón entregó al genera Octaviano D’avilma para seguirlo en Nueva España, y que fue aplicado en todos sus puntos: 
“Para conseguir todo esto con facilidad, como el pueblo es por la mayor parte bárbaro, deberán ante todas las cosas los comisionados, hacerse estimar de los Gobernadores, Intendentes, Subdelegados, de los curas Párrocos y prelados religiosos. No excusarán gasto ni medio algunos para lograr sus amistades, en particular con los eclesiásticos, procurando que éstos en las conversaciones persuadan y aconsejen a los fieles, que les conviene un gobierno independiente, y que no deben perder una ocasión tan oportuna como la que les presenta y facilita el Emperador Napoleón, haciéndoles creer que es un enviado de la mano de Dios para castigar el orgullo y tiranía de los monarcas españoles, y que es un pecado mortal que no admite perdón el resistirse a la voluntad Divina”.“Les manifestarán la diferencia que hay entre los Estados Unidos y Las Américas Españolas, la satisfacción de que gozan los angloamericanos, su progreso en el comercio, la agricultura y navegación, y el gusto con que viven libres de todo yugo, solamente con su gobierno patriótico y electivo, y les asegurarán, que siendo libres las Américas de España, serán las legisladoras del Universo”. 
“Cada comisionado, tanto los jefes como los demás, deberán apuntar los nombres de los que se declaren amigos y miembros de la Libertad , los subalternos remitirán sus listas a los jefes y éstos al enviado mío en los Estados Unidos, para que mi gobierno recompense debidamente a cada individuo”.
“En los estandartes o banderas de la sublevación irá escrito el mote de Viva la Religión Católica, Apostólica, Romana y muera el mal gobierno”.

Desde 1808 con la entrada de Napoleón en España y los intentos que se produjeron en Nueva España para formar un gobierno autónomo cuyo presidente sería el virrey Iturrigaray, actuaba en la sombra el agente Octaviano D’avilmar masón iniciador en su Logia de los principales miembros del Ayuntamiento de México y de todos los cabecillas insurgentes de la Revolución entre ese año y 1820.

El Destino Manifiesto angloamericano se aplicaba en Nueva España por medio de los agentes de Napoleón, aparente incongruencia para los no enterados, pero clarísima para los más avispados, como el ministro de España don Luis de Onís.

La horrenda destrucción que causó la guerra civil en Nueva España entre los años 1810 y 1820, por causa de las ideas o principios de los revolucionarios, no eran de ninguna manera nuevas ni originales. Don Pedro Sánchez Ruiz escribe atinadamente: en la pag. 230 del Tomo I de su obra “Nacimiento, grandeza, decadencia y ruina de la nación mejicana”

Lo siguiente:

“Eran las ideas del liberalismo político del filósofo inglés John Locke y de la tenebrosa judeo-calvinista Inglaterra de Comwell, desarrollados y difundidos por el filosofismo y la Enciclopedia y aplicados en las constituciones de los Estados Unidos en 1787, de Francia en 1791 y de Cádiz en 1812. “La Constitución de Apatzingán de 1815 imitaba a la Constitución de Cádiz de 1812, adaptándola a la forma republicana y apuntando ya, al sectarismo extremo que era necesario para dividir la sociedad mejicana y arruinar conjuntamente a la Iglesia y a la Patria”

En 1816, la Revolución parecía dominada, sus principales jefes habían desaparecido por la energía e inteligencia del virrey don Félix Calleja, así como por la actividad y valentía de un joven coronel llamado Agustín de Iturbide. Ese mismo año el gobierno pasó a don Juan Ruiz de Apodaca, quien siguió la política de su antecesor. “El ejército virreinal contaba con unos 80 mil combatientes bien instruidos y fogueados en batallas victoriosa que habían levantado grandemente su moral”. 

Tal situación no convenía a la Revolución Mundial y a su doctrina americana: del Destino Manifiesto,

por lo que en el mismo año de 1816, se puso en marcha otro plan para destruir ese ejército. En Londres se organizó una expedición en la intervendrían tropas de Inglaterra, Estados Unidos y el recientemente independizado Haití. Para el efecto se escogió como su jefe militar al traidor Francisco Javier Mina. En la capital inglesa se relacionó con dos personajes significativos en la historia de México: el ya citado fray Servando Teresa de Mier y el militar yanqui Winfield Scoutinvasor de nuestra nación en 1847.

Mina, fray Servando y Scott eran tres personalidades de extracción social muy diferente pero estaban hermanados por las logias. En Londres se le dio a Mina un buque, dinero, armas y vestuario, provisiones y medicinas. Winfield Scott le aseguró que al llegar a los Estados Unidos tendría todo el apoyo de ese país, lo que así sucedió.

Por alguna razón de la Providencia, Fco. Javier Mina tuvo un altercado con dos oficiales españoles quienes al llegar al puerto de Norfolk denunciaron el plan a don Luis de Onís, este, se comunicó inmediatamente con el virrey para alertarlo del peligro que corría el Virreinato. Se tomaron las precauciones necesarias y Mina “el General del ejército auxiliador de la República Mejicana” como se titulaba, a pesar de todo el apoyo extranjero e interior de sus “hermanos”, terminó fusilado por la espalda con sus principalmente seguidores, casi todos yanquis, el 11 de noviembre de 1817 en el cerro del Bellaco perteneciente al rancho del Venadito, cerca de Guanajuato.

Muy poco tiempo después cayeron los fuertes de los Remedios y de Jaujilla sede de la Junta revolucionaria. Las fuerzas virreinales tomaron a todos prisioneros, se les hizo juicio sumario y fueron fusilados con todos sus capitanes angloamericanos: Laurence Christie, James Dovers y Nickolson . Ya habían perecido en la toma otras batallas; Young, David Bradburn y Pedro Moreno.

El fracaso de Mina no desalentó a los directores de la Revolución, esta vez, utilizaron a los revolucionarios sudamericanos de Venezuela, Argentina y de Chile para intentar expediciones por la costa del Pacífico, pero solo los chilenos llegaron a hostigar cerca de Acapulco y la península de California, sin ningún resultado.

Sin embargo la paz no sobrevino en Nueva España, don Lucas Alamán relata en su “Historia de Méjico”:

“Los hombres más perdidos, los criminales salidos de las cárceles, se ponían al frente de bandas de bandidos y a la voz de Viva la América o Viva la Virgen de Guadalupe, llevaban al exterminio en todos los lugares que tenían la desgracia de caer bajo su poder”
“Consumidas las haciendas de los españoles, se echaban sobre todos los bienes y propiedades sin exceptuar las de sus mismos adictos, de lo que siguió la ruina completa del Reino”. 

Todo el Imperio se había tambaleado con la actuación de los revolucionarios, pero, en la Nueva España y en la mayor parte de América, desde 1818 se vivía un clima de conciliación, de normalizar la vida del Continente entero.

Entonces, los directivos de la Revolución Mundial decidieron darle la puntilla al Imperio siguiendo otra estrategia:

Presionar a Fernando VII para que volviese a reconocer la Constitución de Cádiz, ya abolida por el monarca desde el 22 de marzo de 1814 y cuando este monarca, había restablecido el Santo Oficio de la Inquisición, readmitido a la Compañía de Jesús, y anulado todas las reformas de los legisladores de Cádiz. Sin embargo ya para el año 1820 se rumoraba en la capital novohispana la posibilidad de una restauración de la Constitución liberal de Cádiz. En ese contexto las personas mas concientes del Virreinato pretendieron llevar a cabo un plan para separarlo pacíficamente de España, conservando el antiguo orden católico. Se pusieron al habla con los personajes de México, tanto peninsulares como criollos que estuvieran de acuerdo con lo proyectado.
Las Juntas de la Profesa
El voluble y débil monarca Fernando VII cedió a las presiones de sus validos liberales, jurando la Constitución de 1812, bandera de la Revolución Mundial.
Contra la aplicación de esta Constitución, sus secuelas y sus promotores se levantó un clamor entre todas las personas que deseaban la paz según el antiguo régimen. Regresó la inquietud para los más, no así, para los promotores de la Revolución quienes deseaban la separación del Imperio para proclamar la República al estilo yanqui. Convocados y presidiendo las reuniones el Dr. Matías Monteagudo en su aposentos de la Casa Profesa de los jesuitas. Algunos pertenecientes al Oratorio de San Felipe Neri y la jerarquía eclesiástica bien representada decidieron actuar de inmediato, invitar al virrey a aceptarla y proclamar la separación.

Desde que se recibieron las noticias de España, se trato de impedir su publicación, declarando “que el rey estaba sin libertad, y que mientras la recobraba, La Nueva España quedaba depositada en manos del virrey Apodaca, quien continuaría gobernando según las Leyes de Indias, con Independencia de España, entretanto rigiese en ella la Constitución de 1812 tal como había sucedido antes por la invasión de Napoleón en 1808” 

Para la ejecución de estas ideas se necesitaba la conducción de un jefe militar de crédito, que mereciese su confianza, éste sería sin duda, el de mayor prestigio: don Agustín de Iturbide.

Entonces se dio una situación muy extraña, de la que el genio estratégico de don Agustín sacaría el mejor partido.
Tanto los promotores de la Revolución como sus contrarios estaban de acuerdo en separar a la Nueva de la Vieja España. Pero, por medios opuestos y encontrados fines.

Los católicos tradicionales y los masones revolucionarios, se iban a reunir en la misma empresa independentista, pero una vez obtenida por Iturbide; se enfrentarían irremediablemente en una guerra a muerte.
Las ovejas y los cabritos juntos en un mismo rebaño no podrían naturalmente tolerarse.

Don Lucas Alamán y Escalada, como siempre, nos da detalles extraordinarios en el Capitulo II del 5º tomo de su “Historia de México”, de cómo se formó en Nueva España la secta masónica mas numerosa del virreinato, por dos peninsulares que antes de venir al virreinato habían estudiado en Alemania. El oidor Felipe Martínez de Aragón y el director de la Minería don Fausto de Elhuyar, yerno y suegro, organizaron en 1817 a todos los masones independientes en la logia "Arquitectura Moral". Había muchos otros pertenecientes a otras obediencias y ritos desde los albores del siglo XIX.

Las autoridades de la nación comenzando por el virrey Juan Ruiz de Apodaca, muchos nobles titulados, los jefes militares, los dirigentes del Comercio y la Minería, hasta no pocos sacerdotes del bajo clero pertenecían a la Masonería.
La vuelta de la Constitución de 1812 trajo como consecuencia, el en virreinato, una nueva expulsión de los sacerdotes jesuitas, de los hermanos juaninos e hipólitos, y de la supresión del Santo Oficio.

Era dar Carta blanca al movimiento anticristiano agazapado desde 1814. Agustín de Iturbide conocía bien los planes de la Masonería y los llamaba “El Nuevo Orden de cosas”, sabía que la jura de la Constitución de Cádiz por el Rey, el virrey, el Arzobispo y el Presidente de la Audiencia traería el aliento a los revolucionarios promotores de los anteriores crímenes y desórdenes. Ante tal situación, la más bella y rica parte de la América del septentrión iba a ser despedazada por las sectas.

Iturbide pensó que la Revolución era inevitable, que lo que mejor convenía era darle otra dirección, orientada a las ideas católicas tradicionales de las Juntas de la Profesa que ya inoperantes éstas quedaba él, en libertad de proceder como le pareciere por bien de la Patria en su conjunto.

El Plan de Iguala, Las Tres Garantías y Los Tratados de Córdoba

Iturbide se entrevistó con el virrey Apodaca, para exponerle su preocupación por la vuelta a la Constitución de 1812.
Apodaca, aún siendo masón, le confió el mando del ejército del sur en sustitución del general Armijo. Con esto, don Agustín comenzó a madurar su plan de Independencia apoyado en su antiguo y fiel Regimiento de Celaya. Su Plan lo resumió cambiando genialmente la divisa de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad, de la siguiente manera:

La Libertad revolucionaria, por la verdadera libertad que da la Religión Católica.

La Igualdad revolucionaria por la verdadera igualdad que solo da la Independencia.

La Fraternidad revolucionaria por la Unión de todos los hombres bajo el gobierno de Cristo Rey.

Una nueva bandera de tres bandas en el siguiente orden:

Blanco representando la Religión, Rojo la Unión y Verde la Independencia, tres colores con una estrella dorada sobre cada una de ellas.

Entonces, bajo esta divisa, la guerra por la verdadera independencia de México iba a tener un sentido de verdadera cruzada contra los enemigos de la Hispanidad católica, englobados en el llamado DESTINO MANIFIESTO DE LOS ANGLOAMERICANOS.

Don Pedro Sánchez Ruiz transcribe en su Historia el siguiente

Iturbide escribió al Virrey:

“Yo no soy europeo ni americano, soy cristiano, soy partidario de la razón. Conozco el tamaño de los males que nos amenazan: me persuado de que no hay otro medio de evitarlos, que el que he propuesto a V. E. y veo con sobresalto que en sus superiores manos está la pluma que debe escribir: Religión, Paz, Felicidad o confusión, sangre y desolación a la América Septentrional”. 

Y a su amigo el Arzobispo de Guadalajara: 

Ilmo. Sr. Don Juan Ruiz de Cabañas: “.....No creo que hay mas que una religión verdadera que es la que profeso, creo igualmente que esta religión sacrosanta se halla atacada de mil maneras, y sería destruida sino hubiera espíritus de alguna fortaleza, que a cara descubierta y sin rodeos salieran en su protección.... “me tiene ya en campaña. Estoy decidido a morir o vencer.... O se ha de mantener en Nueva España la religión pura y sin mezcla o Iturbide no ha de existir.....”

El virrey Apodaca rechazó el Plan de las Tres Garantías respondiendo con la guerra total contra los nuevos independentistas.

El 24 de febrero de 1821, reunidos los jefes, oficiales y tropa del Ejército Trigarante en la ciudad de Iguala, don Agustín de Iturbide proclamó solemnemente la Independencia de México con base en los 24 artículos del Plan de Iguala.

Algunos de ellos por lo relevante de su significado:

La Religión Católica, Apostólica y Romana será la única sin tolerancia de alguna otra.
Este Reino será absolutamente independiente.
El país se regirá por un gobierno monárquico templado por una constitución. 

Fernando VII o alguno de su dinastía o de alguna otra reinante será emperador.

Todos los habitantes del Imperio, sin otra distinción que su mérito y virtudes serán idóneos para obrar cualquier empleo.

Sus personas y propiedades serán respetadas y protegidas.
El Clero secular y regular conservará todos sus fueros y propiedades.

Después de jurar el Plan de Iguala de rodillas y ante el Crucifijo, así como cada uno de sus oficiales, arengó a la tropa de la siguiente manera:

“Acabáis de jurar observar la Religión Católica, Apostólica y Romana, hacer la Independencia de esta América, proteger la unión de los españoles; europeos y americanos, y prestar obediencia al Rey bajo condiciones justas....Yo juro no abandonaros en la empresa que hemos abrazado, y mi sangre si fuera necesario, sellará mi eterna fidelidad....” 

Nada del pensamiento anterior concordaba con la doctrina del Destino Manifiesto angloamericano ni con las consignas de la Revolución Mundial que los asesores yanquis e ingleses infiltrados entre los insurgentes novohispanos, así como los masones franceses y españoles habían aconsejado para lograr la independencia.

Lo que propuso Iturbide para hacer la verdadera Independencia de esta nación concordaba con los eternos valores de la Hispanidad desde la caballerosidad de

Ruy Díaz de Vivar, la Cruzada de la Reconquista, el pensamiento de los Reyes Católicos, la conquista de Hernán Cortés, la Evangelización de los indígenas del Nuevo Mundo y la Contrarreforma contra los protestantes, decantada en el Concilio de Trento.

El recuerdo de la Jura del Patronato de la Virgen de Guadalupe que en 1747 había unido verdaderamente a todas las clases sociales del Reino, seguía vivo.
Tales valores subyacían en toda la población de Nueva España, en toda ella había esa conciencia colectiva, aunque, adormecida por las sombras del enciclopedismo y del filosofismo tan en boga.
Por tanto, El Ejército Trigarante al mando de su jefe máximo, pudo ganar todas las principales batallas y finalmente la guerra por la Independencia. Más, por medio de la persuasión y del ejemplar comportamiento de sus tropas, que por la sangre o la intriga.

El 24 de agosto de 1821, Agustín de Iturbide, pudo firmar junto con el último gobernante enviado de la Corona: don Juan O’Donojú los Tratados de Córdoba, reconociendo la Independencia de la antigua Nueva España.
Finalmente el 27 de septiembre de ese mismo año de 1821, el otrora pequeño ejército insurgente de Iguala, entró en la capital convertido en el soberbio Ejército Nacional.
Todo parecía, que nacía entonces, de las ruinas que la Revolución había dejado a lo largo de 11 años de destrucción, una potencia americana valladar de la otra potencia herética del norte. Esta sí apoyada desde su nacimiento por la Revolución Mundial

Todos nosotros sabemos de la proclamación y caída del consumador de la Independencia nacional, de su amor a la Región Católica, al reinado de Cristo sobre esta tierra y de la especial protección de la Virgen María para este pueblo. Sabemos también, de la generosidad de don Agustín con sus enemigos, tal vez más allá de la prudencia. Pero pocos saben las causas principales de su asesinato.

Algunas reflexiones:

Agustín de Iturbide el padre de la nación mexicana, se asemeja en mucho al fundador de la Nueva España; Hernán Cortés. Porque ambos, eran adalides de los valores eternos de la Hispanidad, valores mismos de la Civilización Cristiana.

El llamado Destino manifiesto angloamericano y su espada la Revolución Mundial cambiaron el concepto de nación proyectada por Iturbide:
De una Monarquía Católica y aristocrático por una República Laica y Plebeya.
Los jerarcas angloamericanos no le perdonaron haber dado nacimiento a un Imperio Nacional sin el concurso de las logias asentadas de Chárleston, Nueva Orleáns y La Habana.

Lo atacaron, lo persiguieron y finalmente lo asesinaron con la complicidad de los traidores nativos, hermanados todos ellos, en el ideal cosmopolita de un Nuevo Orden político, económico, religioso y mundial destructor de nuestra Hispanidad.