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lunes, 2 de mayo de 2011

Significado de la X en Mexico

Los criollos que escogieron ese nombre, tenían una visión particular de si mismos.

Primero debemos de saber que los criollos novohispanos, tenían una gran admiración por las culturas prehispánicas, (contrario a lo que muchos creen). Conocían el valor arqueológico de estas culturas (claro que no se sentían "aztecas"), aunque México como nación y entidad política nació en el siglo XIX. Algunos autores de la época virreinal se referían a sí mismos como meXicanos, pero no fue hasta después de la Independencia que se adoptó definitivamente el nombre de México para el país.


En el castellano del siglo XVI, la letra X e pronunciaba "Sh", como se hace actualmente en Gallego. Al llegar los nuestros antepasados conquistadores, a estas tierras, descubrieron que la capital del imperio azteca se llamaba "Meshico", que en lengua nahuatl significa "el ombligo de la luna". Los primeros españoles transcribieron el nombre de la ciudad (Meshico) como Me-xi-co. El castellano evolucionó y el sonido Sh se convirtió en J (shavon en castellano antiguo pasó a ser jabón, shuarez se convirtió en Juarez, ...). La pronunciación del nombré de la ciudad pasó de "Me-shico" á "Méjico" (cambio a esdrújula y substitución de la Sh por J moderna).


Sin embargo, la escritura de la palabra no cambió. Y hubo muchas razones:


- La bandera de Nueva España, era hasta esos tiempos era el pendón de San Andrés, la cual también tiene una "X" como símbolo principal. (En honor a este santo, San Andrés es quizá uno de los Apóstoles menos conocidos, según una tradición muy antigua, que data del siglo III, el Apóstol fue crucificado en Patras, en Grecia, donde fue amarrado a una cruz en forma de X, en donde padeció durante tres días, los cuales aprovechar para predicar a todos los que se acercaban. Es representación de humildad y sufrimiento y en heráldica simboliza caudillo invicto en combate. Es en esta base que la Cruz de San Andrés fue tomada por el Impero Español como su símbolo y es con la que llegan a México e imponen como lábaro con una afortunada casualidad.)


- El símbolo del centro del mundo en la escritura antigua de los mexicanos indígenas (pictogramas) era una "X", esto lo conocían los criollos perfectamente.


- A principios del siglo XIX, los novohispanos, querían que la capital del imperio español fuera trasladada de Madrid a México, la mayor ciudad del imperio y situada en medio de los territorios pertenecientes a la corona española. por ello seguían manteniendo la escritura con "X", el símbolo del centro.


- Al invadir Napoléon España invitaron a Fernando VII y al Papa a trasladarse a México. Estos se negaron...sin embargo al independizarse decidieron extender el nombre de México a todo el territorio novohispano. A partir de este momento los realistas comenzaron a escribir el nombre con "J" y los independentistas con "X".


- Una de las primeras banderas independentistas portaba una "X". Al obtenerse la independencia, se cambio el nombre de Nueva España por el de México, naturalmente con "X".


- La "X" también simboliza a Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, uno de los dioses favoritos de los mexicanos,


Es interesante la historia de como se fue dejando esta singular letra, como parte de la personalidad del nombre nuestro país. En fin, como verán estamos muy apegados a la X; Orgullosamente somos el único país cuyo nombre se escribe con X y nos agrada que los demás también empleen nuestra ortografía, que nos remonta a nuestros ancestros.


Este nombre poseía y posee aun un gran valor mágico-religioso para los mexicanos, pues según un antigua profecía, el dios solar Hechicero-Colibrí (Huitzilopochtli) profetizó que fundaría sobre el ombligo de la luna la capital de su imperio solar.


De esta manera los mexicas fundaron la ciudad de México sobre un lago en forma de conejo, justo en un islote que formaba su ojo. Este lago se llamaba Meztliapan, el lago de la luna, porque la luna tiene sobre su disco dibujado un conejo. El ojo del conejo es el centro ú ombligo de la luna. De ahí que la ciudad se llamara Me-Xic-Co (luna-ombligo-lugar ó "lugar en el ombligo de la luna"). España también es un país conejo. Al llegar los fenicios a la península ibérica encontraron a un animal rarisimo parecido a la liebre, En fenicio esta se llamaba "Ishpan", por lo que el país se convirtió en Hispania y luego en España. Este raro animal era llamado por los iberos "conejo" y lo romanos transformaron la palabra en el latín "cuniculus" (único caso de un palabra española que pasó al latín y no a la inversa.




Fuente(s):


Gutierre Tibón, "Historia del nombre y de la fundación de México", Fondo de Cultura Económica
Jacques Soustelle, "La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista española", FCE
Wikipedia
mexicocriollo

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuando Juárez traiciona a México

ABRUPTA INTERVENCIÓN MILITAR YANQUI FUE DECISIVA PARA QUE LOS LIBERALES GANARAN LA GUERRA DE REFORMA. ATENTADO EN LA BAHÍA DE ANTÓN LIZARDO EN MARZO DE 1860.
HASTA ENTONCES LA CONTIENDA HABÍA SIDO SÓLO GUERRA CIVIL ENTRE MEXICANOS. 
BUQUES MEXICANOS CAÑONEADOS Y APREHENDIDOS EN AGUAS MEXICANAS POR NAVES YANQUIS 
LA BANDERA DE LAS BARRAS Y LAS ESTRELLAS, REGALO PARA JUÁREZ
 Extracto tomado del libro “Episodios Desconocidos de México”
Autor: Luis Reed Torres


Al Empezar el año 1860, el país se encontraba virtualmente bajo el control de la  administración conservadora a pesar de que las carencias de todo tipo se habían convertido en su verdadero talón de Aquiles.
Con excepción de Morelia y Veracruz y de dos o tres poblaciones de mayor o menor importancia, que a veces ocupaban los liberales para luego evacuarlas ante la proximidad del enemigo, el resto del territorio nacional estaba firmemente adherido al régimen   que en la ciudad de México encabezaba el general Miguel Miramón quien, sin embargo, comprendía perfectamente la importancia que significaba el reconocimiento diplomático  de Washington al gobierno juarista una vez que Estados Unidos “desrreconoció” a los conservadores al convencerse de que por ese camino no lograría ventajas territoriales de ninguna índole, y,  que eso, más que eso, la tácita alianza entre ambos establecida a raíz de la firma del tratado Maclane-Ocampo.

Anhelante de liquidar en definitiva a los hombres de Veracruz que Juárez lideraba, Miramón planeó un ataque decisivo al puerto: Él avanzaría por tierra, mientras una escuadra bloquearía por mar una eventual fuga del enemigo. Juárez no tendría escapatoria. Para el efecto el gobierno conservador adquirió dos barcos en Cuba y los puso bajo las órdenes del contralmirante Tomás Marín.
“El general Miramón” y “el Marqués de la Habana” -que así fueron bautizados los buques- se aprestaron, pues, a la captura del último reducto constitucionalista  de importancia, sin que Miramón, Marín  ni las tripulaciones imaginaran, siquiera la desagradable sorpresa que Juárez les tenía preparada.
No resulta ocioso, por lo demás, puntualizar aquí que cuando se inició la guerra de Reforma o de los Tres Años la lucha se circunscribía a liberales mexicanos contra conservadores mexicanos. A medida que pasaron los meses, y en libre juego de las fuerzas nacionales, las armas juaristas padecieron severos reveses que dejaron en pésimas condiciones al gobierno que sostenían, y el propio don Benito se vio precisado a salir del país, a recorrer luego, las aguas de cinco naciones y a reaparecer finalmente en Veracruz, donde algún tiempo después fue reconocido por Estados Unidos, único país del mundo que por entonces adoptó semejante actitud.
Así las cosas, cuando aún no existía una lucha internacional sobre suelo mexicano, como ocurrió poco tiempo después, y en momentos en que el enfrentamiento continuaba exclusivamente entre nacionales, el general Miramón se dispuso a asestar el golpe final sobre Veracruz. Llevaba seis mil hombres y buena artillería; entretanto, los barcos de Marín fondearon Antón Lizardo en espera de atacar el puerto.
De pronto, cuando la operación marchaba dentro de lo planeado (6 de marzo de 1860), aparecieron como fantasmas de media noche, sin luces y sin bandera, los buques de guerra norteamericanos “Wave”, “Indianola” y “Saratoga”, que se lanzaron sobre las naves mexicanas conservadoras. Marín salió de su camarote e intentó desesperadamente organizar alguna defensa ante la violenta e inusitada acometida, pero el poder del fuego de la armada norteamericana, así como lo intempestivo de la acción fueron determinantes en la captura del contralmirante y de sus hombres. El cañoneo se prolongó por espacio de una hora y fue sucedido por el abordaje de la marinería yanqui.

 Tres de los pilotos del "General Miramón" fueron muertos en el ataque, y otros varios mexicanos resultaron heridos. Marín y su gente fueron llevados a Nueva Orleáns con todo y buques, donde fueron acusados ¡de piratería!, si bien finalmente quedaron absueltos. Al fin y al cabo el daño estaba consumado...

(Por cierto que don Ignacio de la Llave,  cuyo nombre aparece grabado en letras de oro en la Cámara de Diputados y quien a la sazón fungía de Ministro de Gobernación de  Juárez, estuvo a bordo del "Indianola" durante la refriega referida y quedó levemente herido).

Juárez, al demandar la intervención yanqui había declarado piratas a los buques conservadores mexicanos cuando se percató que lo iban a atacar. No cabe duda dice don Alejandro Villaseñor y Villaseñor que Juárez estaba en su derecho para calificar a sus enemigos como mejor le pareciera y para declararlos piratas; pero esta declaración sólo debía "surtir sus efectos y ser obedecida por los militares y marinos mexicanos que estaban a sus órdenes; pero de ninguna manera por fuerzas extranjeras que ningún participio debían tomar en la lucha y que debían permanecer neutrales". 

A su vez, Ralph Roeder, escritor norteamericano simpatizante de Juárez, reconoce que don Benito solicitó la ayuda extranjera para luchar contra los propios mexicanos y acepta que cuando el tribunal de Nueva Orleáns absolvió a don Tomás Marín y a sus hombres del infundado cargo de piratería, el Presidente James Buchanan abogó por el capitán Turner, jefe de los navíos americanos que habían intervenido en el Golfo de México, pues "reconoció que el comandante americano había obrado con su consentimiento y autorización".2
Otro autor contemporáneo de tendencias liberales radicales, don Alfonso Toro, asevera que lo ocurrido en Antón Lizardo "fue una intervención armada de los americanos en favor del Partido Liberal".3 
Y don Justo Sierra, panegirista del señor Juárez, asienta que Turner se había visto muy presionado por los liberales para que interviniese en su favor. "Lo asediaban -dice-las súplicas, las sugestiones, los planes rápidos de los jefes reformistas". Por cuanto a la captura de los buques conservadores por los norteamericanos, lo que dio al traste con los planes de Miramón,
Sierra anota categóricamente: "Esa noche quedó militarmente vencida la reacción"4
y el abogado don José González Ortega, nieto del general Jesús González Ortega, destacado jefe reformista, futuro vencedor de Miramón en Silao y Calpulalpan al final de la guerra de Reforma, refiriéndose, en el texto que escribió de su abuelo, sobre los sucesos de Antón Lizardo, asienta lo que sigue:

"¿Obro Juárez rectamente al acudir a tales medios (o sea al auxilio bélico norteamericano) para triunfar de su adversario Miramón?"

Busquemos la respuesta en un breve análisis.

Todo país que lucha contra otro está facultado para llamar en su ayuda a una tercera nación. El Derecho Internacional denomina este procedimiento, muy común en la historia del mundo, 'coalición' o 'alianza'. Pero un partido político que lucha contra otro dentro de un mismo país no puede llamar en su auxilio a ninguna fuerza extranjera, porque de hacerla atraerá sobre sí el dictado de traidor…..”
“Nunca podrán contestarse airosamente los cargos que se han formulado contra Juárez por lo de Antón Lizardo. No sólo gestionó la intervención de la bandera de las barras y las estrellas en beneficio de su persona y de la causa que defendía, sino que logró que los marinos de Norteamérica viniesen a ejercer actos de soberanía a nuestras aguas territoriales” José González Ortega, El golpe de estado de Juárez.

Por su parte el propio José Ma. Mata, ministro de Juárez en Washington, informó a don Benito de la impresión que los sucesos ocurridos en Antón Lizardo, causó en los Estados Unidos:

“Luego que se supo aquí -escribió- la captura de los buques de guerra que llevó Marín a Veracruz, por la corbeta “Saratoga”, cuya noticia fue recibida generalmente con entusiasmo, se pidió por Congreso al Presidente que informara sobre lo ocurrido. El Presidente mandó un mensaje acompañando los documentos relativos y diciendo que la conducta del capitán Jarvis (jefe de la armada estadunidense en el Golfo de México y superior de Turner, quien fue en persona el que encabezó el ataque) había merecido su aprobación….”

Contrariando la aprobación del presidente Buchanan, el senador Summer hizo una proposición en el Senado, para que se preguntara al gobierno:"con qué derecho había ordenado la captura de buques de guerra en aguas mexicanas, siendo así que los Estados Unidos están el paz con todo el mundo"

En cuanto toca al licenciado don Blas José Gutiérrez, catedrático que fue de la Escuela  de Derecho y Juez de Distrito del gobierno liberal en Veracruz  en la época de aquel suceso, asevera: “Esta disposición (la calificación de piratas dada por Juárez a los buques conservadores) viciosa a la luz del derecho y tan fatal, que puso a disposición del extranjero la vida de los mexicanos que tripulaban los buques de Marín, mexicanos cuya pérdida por manos extrañas".

Pero fueron  don Francisco Bulnes, poderoso polemista  e historiador liberal, y don Alejandro Villaseñor y Villaseñor, distinguido abogado católico, quienes realizaron sendos trabajos críticos, jurídicos e históricos de inmejorable calidad y solidez para tratar el asunto de Antón Lizardo.
Son concienzudos estudios de principios de siglo y su profundidad de erudición aún asombra a quienes se sumergen en ellos, tanto por el pasmoso poderío intelectual cuanto por la estricta lógica de que se hallan revestidos. De ambos trabajos, extraigo, pues, algunos párrafos en relación a la intervención armada estadunidense en Veracruz la medianoche del 6 de marzo de 1860.
"La piratería -puntualiza Bulnes- es un delito contra el derecho de gentes y por consiguiente todas las naciones tienen el derecho de castigar a los piratas, cualquiera que sea su nacionalidad; pero ninguna está obligada a castigar la piratería en virtud de la declaración de gobierno extranjero. Es, pues, un error grave de la declaración de Juárez decir  que los buques de las naciones amigas deben considerar y tratar a los buques de Miramón como piratas. No estando sujetas las naciones amigas a la soberanía de Juárez, la declaración de piratería no debe expresar obligación para ellas de acatar las declaraciones de Juárez".7

"Para los efectos de la soberanía exterior, ninguna nación puede dictar leyes imponiendo definiciones de  piratería o calificando como piráticos hechos que no son. La soberanía exterior de las naciones está limitada por el derecho de gentes y todas las naciones están obligadas para los efectos de su soberanía exterior a sólo considerar como piratas a los que así considera el derecho de gentes. Ninguna nación civilizada podía considerar ni tratar como piratas a los barcos de Miramón, por la razón de que no lo eran ni podían serlo".8
Gutiérrez Flores Alatorre, Bias José, Leyes de Reforma, Tomo lli, p. 24 citado por
7Bulnes, Juárez y las revoluciones..., p. 380.
8Bulnes Juárez y las revoluciones..., pp. 393-394. Cursivas en el original.

 A su vez, Villaseñor y Villaseñor, tras el exhaustivo análisis que efectuó sobre este atentado tan poco conocido por la generalidad del público, emite los juicios siguientes:

"Duro es aplicar un calificativo como el que vamos a estampar; pero cuando resulta merecido, después de estudiar fríamente los hechos, no se debe' retroceder en decido: Juárez, llamando a Jerwis para que lo ayudase a liberarse de sus enemigos, cometió un grave atentado contra la independencia y la dignidad de México, permitiendo que el extranjero apresase a mexicanos y que ejerciese actos de jurisdicción en el territorio nacional". 

Y nada puede atenuar ese calificativo: Juárez llamó a los norteamericanos nada más para salvarse él y para salvar a su partido, que hubiera quedado perdido con la toma de Veracruz. No envió al "Saratoga" a que persiguiese a los buques conservadores, sino únicamente a que los capturase en el punto donde estaban desde hacía horas anclados; y a título de que había declarado piratas a las naves de Marín, instigó al capitán Jerwis a que cometiese un verdadero acto de piratería.

"El atentado aludido se llama en derecho traición a la patria, y en vez de que pueda atenuarse en algo, dadas las circunstancias que concurrieron en el asalto, se agravó ese atentado, ese delito, con el de piratería cometido por el 'Saratoga' al abordar al 'General Miramón 'y al 'Marqués de La Habana " de la manera como lo hizo". 9

Empero, los liberales mexicanos en modo alguno mostraban arrepentimiento por haber recurrido a los Estados Unidos, su "natural aliado" en palabras de Justo Sierra, y por el contrario, el periódico de Veracruz Guillermo Tell no tuvo empacho en mostrar su alborozo el 12 de marzo de 1860, es decir apenas seis días después del atentado:

"No es sólo nuestra voz la que hoy se eleva para rendir un voto de gracias a la marina americana que, cumpliendo con las leyes del mar, ha hecho indirectamente un servicio inmenso a la República Mexicana... Veracruz (no sólo) aprecia en su justo valor la aprehensión del pirata Marín, sino que reconoce cuál es la mano generosa que libró a una ciudad de tanto desastre como se la esperaba con los pertrechos de guerra venidos de La Habana, y rinde una prueba de gratitud a su salvador. El señor comandante Turner, así como los demás jefes de los otros buques americanos, reciban nuestro recuerdo... El hecho será inolvidable para la República Mexicana, y en el corazón de los demócratas, el nombre de Turner y de los suyos vivirá eternamente". 10
 10 Junco, Alfonso, Un siglo de México, México, Editorial Jus, S. A, 5a. edición,
1963,241 p., p. 154. Cursivas en el original.

 El propio  Juárez,  por su parte, reconoció sin tapujos la realidad y la significación de estos acontecimientos -retórica partidista dejada de lado- en una importantísima carta que escribió al jefe liberal Epitacio Huerta el 25 de abril de 1860 y que, a mi juicio, resulta concluyente:

 "El triunfo de la sagrada causa que defendemos -apuntó don Benito- está asegurado. Un gran pueblo ha hecho alianza con nosotros, y esa alianza, desde el suceso plausible de Antón Lizardo ha dejado de ser un misterio. Siento, como usted, que la gran familia liberal no haya podido sola sin auxilio del extranjero pulverizar a la reacción y levantar sobre sus escombros los altares de la libertad. Amigo mío, si los tacubayistas no hubieran explotado el fanatismo de nuestras masas ¿cree usted que Benito Juárez habría pedido ayuda a los Estados Unidos para triunfar de sus enemigos? Nunca jamás. Mi amor a la libertad me hizo dar ese paso, y sabe Dios el inmenso sacrificio que me cuesta. Algunos liberales tibios reprueban mi conducta creyendo que sin los vientos del norte podía arribar a la capital de la República para encadenar bajo mis plantas a la hidra reaccionaria. Los que así piensan se engañan. Miramón había combinado perfectamente su plan de campaña sobre este puerto, baluarte de la libertad, de manera que si los vapores norteamericanos no capturan los buques de Marín y aprehenden a éste, la plaza se rinde y la nefanda reacción triunfa indefectiblemente. Me pregunta usted en su grata, que contesto, si puede anunciar ya de un modo oficial nuestra alianza con los hijos de Washington, y debo decirle que oficialmente no conviene todavía hacer tal declaración”
“El pueblo es muy susceptible, de todo se impresiona, y yo quiero mantenerlo en duda. Me acusan de traidor a la patria unos, y otros sabiendo que no hay traición de mi parte, sino una necesidad imperiosa que me obliga a no pararme en los medios para conseguir el fin, me hacen justicia”11
Carta de Juárez a Epitacio Huerta, 25 de abril de 1860, cuadro sinóptico citado por don Antonio Gibaja y Patrón, en su Comentario crítico a las revoluciones sociales de México, 1973.

De un rápido análisis de las líneas anteriores se desprende con claridad la firme convicción que Juárez albergaba de conseguir la victoria final merced a la ratificada connivencia de su grupo con los Estados Unidos; la certeza, de que, sin el auxilio exterior, hubiera resultado imposible para los liberales vencer a los conservadores; la nítida percepción de que la intervención de la flota americana en Antón Lizardo constituyó un factor decisivo para evitar, primero, la caída de Veracruz y conseguir, poco más adelante, el triunfo definitivo, a despecho de ciertos liberales que contemplaban con reticencia el apoyo yanqui;  y, finalmente, la intención de soslayar hasta lo último “nuestra alianza con los hijos de Washington”, al intuir que, con sobradas  históricas razones de por medio, semejante maridaje difícilmente podría ser grato a la generalidad de la nación mexicana.
Que Juárez, por lo demás, jamás desmintió sus arraigadas simpatías por la política norteamericana que tanto le favorecía, lo demuestra, entre otros textos,  éste que escribió años mas tarde del suceso de Antón Lizardo, el 25 de mayo de 1865,desde Chihuahua,  a su yerno Pedro Santacilia, a raíz del ascenso al poder de Andrew Johnson, en sustitución del recientemente asesinado Abraham Lincoln:

“Me he impuesto de todas las noticias importantes que me comunica de esa República y celebro mucho que Mr. Johnson sea partidario decidido de la Doctrina Monroe, pues esto solo basta para que el bandido coronado de la Francia abandone su inicuo plan de conquista sobre México”

Y tras relatar algunos pormenores militares a la causa imperial, Juárez decía a Santacilia: "En tales circunstancias han llegado las noticias de la pacificación de ese país (Estados Unidos) y de la entrada de Johnson a la Presidencia, lo que ha causado una sensación profunda en la Corte Imperial de Maximiliano, que a estas horas siente ya su incapacidad y su impotencia para conjurar la tormenta que ruge sobre su cabeza”

Ciertamente no se requiere un exhaustivo análisis de este documento por medio del cual se reitera en gozo que provocaba en los liberales mexicanos la aplicación de la Doctrina Monroe, la que colocaban de salvador escudo, herencia de la más pura tradición anglosajona puritana, de típico corte imperialista y racista, y expoliadora por antonomasia de las naciones del continente americano.

No es, pues, incurrir en hipérbole si se asevera que el Partido Liberal con Juárez a la cabeza, no solo no entonó jamás el mea culpa, salvo honrosas excepciones, por la serie de intervenciones armadas, diplomáticas, que pactó y aceptó una  otra vez con el poderoso vecino del norte, sino que, incluso, aún después de concluida la lucha con el triunfo final sobre el Imperio, semejantes actitudes fueron consideradas motivo de vanagloria, de satisfacción, de ufanía, pues no de otra manera puede interpretarse la siguiente carta que el 29 de enero de 1869, casi nueve años después de la intervención armada de la flota yanqui en Veracruz, escribió desde Nueva York el cubano Domingo de Goicuría, agente de Juárez en los Estados Unidos para la adquisición de armas, a su amigo don Benito y cuando Goicuría estaba a punto de embarcarse rumbo a Cuba.

“Amigo mío, como recuerdo histórico tengo el gusto de remitirle la bandera americana que tremoló en el “Indianola” la noche del  6 de febrero (marzo) de 1860, con marcas indelebles de aquella jornada y que bastante ayudó a la causa de la libertad. Recíbala para que en medio de las 'otras que deban concurrir el día de su cumpleaños me represente a su lado, como estuvimos en San Juan de Ulúa cuando 'triunfamos de la reacción, ya que esta vez no lo puedo hacer en persona como entonces, hágolo en trofeo.
"Seguro que pronto estaré entre mis hermanos revolucionarios, no quería dejar aquí esa memoria para que se perdiera en el olvido, así  recíbala como la cuelga que le envía su siempre y constante amigo". 13

En otras palabras y para concluir: la bandera de las barras y las estrellas, vista como símbolo sagrado por los liberales y que tanto les había ayudado "a la causa de la libertad", era remitida a Juárez como preciada cuelga de su futuro cumpleaños, pues Goicuría no podía enviársela más tarde porque se encontraba a punto de unirse a la lucha revolucionaria cubana y no fuera a ser que tocara la de malas y se extraviara...

13  Carta de don Domingo de Goicuría don Benito Juárez, Nueva York, 29 de enero de 1869, en Juárez, Benito, Documentos; discursos y correspondencia, selección y notas de Jorge L. Tamayo, México,'Editorial Libros de México; S. A, 2a. edición, . 1972, Tomo XIII, P. 800.

. I Para un detallado examen de estos hechos véanse los profundos análisis que sobre el particular realizaron don Alejandro Villaseñor y Villaseñor (Antón Lizardo, México, Jus,1962) y don Francisco Bulnes (Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma, México, Milenario, 1967).

 En cuanto a don Tomás Marin, era un hábil y distinguido marino mexicano que en anteriores ocasiones había propinado a los yanquis severos golpes: el 17 de abril de 1837 había batido y capturado al barco texano "Independence" con el capitán Wheelwrighi a bordo en aguas de Galveston el 11 de julio de 1843 hundió a los buques yanquis "Houston" y "Colorado" en Campeche, y detuvo al comandante Moore, promotor de desórdenes separatistas en la península; y el 15 de octubre de 1846 al mando del fuerte de la Barra de Alvarado, luchó siete horas contra una escuadra yanqui de ocho buques y finalmente rechazó el desembarco.

martes, 8 de febrero de 2011

ENCÍCLICA “ACERBA ANIMI”

SOBRE LA PERSECUCIÓN DE LA IGLESIA DE MÉJICO


PIO PP. XI


A NUESTROS VENERABLES HERMANOS DE MÉXICO, ARZOBISPOS, OBISPOS, Y ORDINARIOS, EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA 





1.-Preferente preocupación por Méjico. 

La acerba angustia espiritual que Nos oprime el ánimo por la tristísima situación de la Humanidad en las presentes circunstancias, no debilita la especial preocupación que en gran manera sentimos ora por los queridos hijos de la nación mejicana, ora principalmente por vosotros, Venerables Hermanos, dignísimos de Nuestros cuidados paternales, puesto que hace tanto tiempo sois víctimas de tan acérrimas persecuciones.


2.-Recuerdo del pasado.

De ahí que desde que comenzó Nuestro Pontificado, siguiendo las huellas de Nuestro inmediato Predecesor, por todos los medios y con todo interés Nos hemos esforzado a fin de que los que llaman preceptos, "constitucionales" no se llevaren funestamente a la práctica; los cuales preceptos, puesto que atacaban a los derechos primarios e inmutables de la Iglesia, no pudimos menos de condenarlos y reprobarlos repetidas veces, cuando la ocasión se presentaba, y precisamente por ello Nos placía que no dejara de haber un Legado Nuestro en vuestra República.


Agravios a la Santa Sede.

Y si últimamente a la mayoría de los jefes de los demás Estados se les ha visto reanudar con nuevo interés amistosas relaciones diplomáticas con la Sede Apostólica, en cambio, los gobernantes de la República Mejicana no sólo se han empleado en cerrar toda vía de transacción para una conciliación mutua, sino que, aún infringiendo y violando las promesas dadas hacía poco por escrito, contra lo que todos esperaban y demostrando, por tanto, suficientemente cuáles eran sus opiniones y propósitos con la Iglesia, más de una vez expulsaron a Nuestros Legados. ¡De este modo, pues, se llegó a aplicar durísimamente el capítulo 130 de la ley a que dan el nombre de "Constitución"; ley contra la cual, detestándola y lamentándola, reclamamos solemnemente en la Carta Encíclica "Iniquis afflictisque", de 18 de Noviembre de 1926, como sumamente contraria a la Religión Católica. 


Restricción para los sacerdotes.

Asimismo se han promulgado gravísimas penas contra aquellos que infringieron ese capítulo de tal ley, y con nueva e injusta ofensa a la Jerarquía eclesiástica se ha procurado que los sacerdotes que particularmente tuviesen permiso para ejercer públicamente su sagrado ministerio, en modo alguno pasen de un determinado número que señalarán los legisladores de cada uno de los Estados. 



Firmeza de los obispos y su expatriación.

Al crearse injusta e intolerantemente esta situación, que somete a la Iglesia de Méjico a la autoridad civil y al arbitrio de unos gobernantes hostiles a la Religión Católica, Vosotros, Venerables Hermanos, decretasteis que se interrumpieran públicamente los servicios del culto divino; y al mismo tiempo obligasteis en cierto modo a todos los fieles cristianos para que eficazmente reclamasen contra semejantes incalificables disposiciones. Mas por vuestra apostólica fortaleza de ánimo y constancia, expatriados casi todos vosotros, habéis admirado desterrados, y como si lo contemplaseis de lejos, las santas luchas y martirio de vuestro clero y grey; y en cuanto a aquellos de vosotros —poquísimos en número— que pudieron casi prodigiosamente permanecer ocultos en sus respectivas diócesis, no poco consuelo y esfuerzo han dado al pueblo cristiano con el ejemplo de su nobilísima firmeza.

Elogio anterior y exhortación presente a la firmeza.

Sobre estas cosas Nos hemos hablado en alocuciones y discursos pronunciados, y más detenida y claramente en la Carta Encíclica "Iniquis afflictisque" (Pío XI Encíclica Iniquis Afflictisque, 18-XI-1926; AAS. 18, (1926) 465-477) que antes citamos, congratulándonos principalmente de que la egregia conducta del clero —cuando administraba los Sacramentos a los fieles no sin peligro de la propia vida— y los hechos heroicos de muchos seglares —cuando con increíbles y nunca oídos trabajos sufridos con fortaleza, y cuando con gran detrimento de sus bienes, gustosamente han acudido en auxilio de los sagrados ministros con esplendidez— han producido profunda admiración en todo el orbe de la tierra.

Y entre tanto, no hemos querido faltar a Nuestro deber dejando de excitar con consejos verbales y escritos a los sacerdotes y fieles de Cristo, a fin de que con proceder cristiano resistan según sus fuerzas a las leyes inicuas, exhortándoles asimismo para que de tal modo aplaquen con oraciones y penitencias la justicia de la sempiterna Deidad, que cuanto antes el providentísimo y misericordiosísimo Dios se sirva benignamente dar alivio y fin a estas persecuciones.

La acción papal: Oraciones, colectas y buenos oficios.

Ni hemos dejado de procurar que Nuestros hijos de todo el mundo, uniendo con Nos sus oraciones, pidan por sus hermanos mejicanos tan indignamente tratados; a la cual invitación Nuestra respondieron con admirable entusiasmo.

Es más, ni hemos descuidado los procedimientos humanos que en Nuestra mano han estado para poder proporcionar algún alivio a Nuestros queridos hijos, puesto que ora hemos exhortado instantemente a todo el orbe católico para que a los afligidos hermanos de la Iglesia mejicana se les auxiliase aun con una colecta; ora hemos conjurado una y otra vez a los mismos jefes supremos de las Naciones con las que Nos unen lazos de amistad para que no se negasen a considerar la anormal y gravísima situación de tantos, fieles cristianos.

Gestiones de pacificación y levantamiento del entredicho. Las razones.

Ahora bien: los que gobiernan el Estado mejicano, como tan gran muchedumbre de ciudadanos perseguidos no desistiese de resistir valerosa y generosamente, para de algún modo salir de la peligrosa situación, que no podían según sus deseos dominar y vencer, manifestaron claramente que no se oponían al propósito de llegar a un arreglo de todo el asunto, después de oír las opiniones de una y otra parte. Así, pues, aunque desgraciadamente Nos conocíamos por experiencia que no había seguridad en dar fe a semejantes promesas, sin embargo juzgamos que debíamos considerar' si era o no oportuno que públicamente continuase la suspensión de los sagrados ritos religiosos. La cual suspensión, si resultaba una eficacísima reclamación contra el capricho de los gobernantes de la República, sin embargo, prolongada por más tiempo, hubiese podido perjudicar a la esfera de todo lo civil y religioso; además, lo que es más importante, esta suspensión, según Nos habían hecho presente no pocos autores de la mayor autoridad, causaba no poco daño a los fieles cristianos, los cuales privados de muchos auxilios espirituales necesarios para la vida cristiana y obligados con frecuencia a abandonar el cumplimiento de sus propios deberes religiosos, en este trance poco a poco eran llevados a apartarse del sacerdocio católico, y por tanto a separarse de sus beneficios sobrenaturales. Añádase a esto que, como los Obispos se hallaban hacía tanto tiempo alejados de sus respectivas diócesis, no podía esto menos de contribuir a la relajación y debilitación de la disciplina eclesiástica; lo cual era tanto más doloroso, cuanto que en tan gran disgregación de la Iglesia mejicana el pueblo cristiano y los sacerdotes necesitaban en sumo grado de la dirección y gobierno de los que el Espíritu Santo puso como Obispos para regir a la Iglesia de Dios (Act 20, 28).


3. Esperanzas fallidas.

Por consiguiente, cuando en el año 1929 el presidente de la República mejicana declaró públicamente que no era su propósito destruir la "identidad de la Iglesia" con la aplicación de las citadas leyes, ni menospreciar la Jerarquía Eclesiástica, Nos, teniendo en cuenta solamente la salvación de las almas, juzgamos que de ningún modo se había de renunciar a este o cualquier otro medio de reintegrar a su dignidad la Jerarquía. Es más, aún consideramos que debíamos pensar si sería oportuno, puesto que brillaba alguna esperanza de remediar males más graves y puesto que parecían alejarse aquellas causas principales que movieron a los Obispos a juzgar que los servicios públicos del culto divino debían suspenderse, renovarlos por el momento. Con lo cual no era ciertamente Nuestra intención ni aprobar las leyes mejicanas contra la Religión, ni de tal modo retractarnos de las reclamaciones hechas en contra de las mismas, que decretásemos no haber ya por qué se resistiese y atacase a dichas leyes todo lo posible. Se trataba solamente de lo siguiente: de que puesto que los gobernantes de la República daban a entender que abrazaban propósitos distintos, parecía esto exigir el que se suspendieran aquellos procedimientos de resistencia que más bien pudieran resultar perjudiciales al pueblo cristiano, y que se adoptasen otros en realidad más oportunos.

Viola el Estado mejicano las estipulaciones.

Más, de todos es sabido que la tan esperada paz y conciliación no respondió a Nuestros deseos y votos. Porque, violadas palpablemente las condiciones estipuladas en la conciliación, de nuevo se encarnizaron con los Obispos, sacerdotes y fieles cristianos, castigándolos con penas y cárceles; y con la mayor tristeza vimos que no sólo no se llamaba del destierro a todos los Obispos, sino que más bien aun de aquellos que gozaban del beneficio de seguir en la patria, algunos, con desprecio de las cláusulas legales, eran expulsados de sus confines; que en no pocas diócesis los templos, los seminarios, los palacios episcopales y demás edificios sagrados no habían sido en modo alguno dedicados de nuevo a su uso propio; finalmente, que, con desprecio de las indubitables promesas hechas, muchos clérigos y seglares que habían defendido valientemente la fe de sus mayores eran entregados a la envidia y odio disimulado de sus enemigos.

Calumnias.

Además, no bien cesó la suspensión pública del culto divino, sobrevino y se generalizó una acérrima campaña de calumnias por parte de los editores contra los sagrados ministros, contra la Iglesia y contra el mismo Dios, y todos saben que la Sede Apostólica creyó era deber suyo reprobar y proscribir una de esas publicaciones que por su más criminal impiedad y por su manifiesto propósito de concitar por medio de calumnias el odio contra la Religión, había radicalmente sobrepasado toda clase de límites.

Escuelas y la enseñanza religiosa.

Únese a esto que no sólo en las escuelas donde se enseñan los elementos del saber prohíbe la ley que se expliquen los preceptos de la doctrina católica, sino que aun a menudo se incita en ellas a los que tienen el cargo de educar a la niñez a que se esfuercen en formar las almas de los jóvenes en los errores y disolventes costumbres de la impiedad; lo que causa no pequeño perjuicio a los padres cristianos si quieren poner buen recaudo la inocencia completa de su respectiva prole. Sobre lo cual, así como bendecimos desde el fondo del alma a estos padres y madres de familia e igualmente a los profesores y maestros que celosamente los auxilian en este asunto, así también exhortamos insistentemente en el Señor a vosotros, Venerables Hermanos, a uno y otro clero y a todos los fieles cristianos para que no dejéis de preocuparos, según sea posible, de la cuestión de las escuelas y de la educación de la juventud, teniendo principalmente presente a la masa del pueblo, la cual, estando más en contacto con la doctrina tan amplísimamente propagada de los ateos, masones y comunistas, necesita más de vuestro celo apostólico. Y estad persuadidos de que vuestra patria será sin duda, en lo futuro, tal como, educando debidamente a los jóvenes, la hayáis hecho vosotros.

Lucha contra el clero. El número clauso. "Modus vivendi".

Y se ha luchado rudísimamente contra el punto de mayor importancia del que dimana la vida misma de toda la Iglesia, a saber: contra el Clero, contra la Jerarquía católica, con el designio precisamente de que poco a poco desaparezca del seno de la República. Pues aunque proclame la Constitución del Estado mejicano que los ciudadanos tienen la libre facultad de opinar lo que quieran, de pensar y creer lo que gusten; sin embargo —como frecuentemente, cuando la ocasión se ha presentado, lo hemos lamentado—, con manifiesta discrepancia y contradicción dispone que cada uno de los Estados federados de la República señalen y designen un número fijo de sacerdotes, a los que se permita ejercer su ministerio y administrarlo al pueblo, no sólo en los templos, sino a domicilio y en el recinto de las casas. Lo cual resulta tanto más gravemente un enorme crimen por los procedimientos y maneras como se está aplicando esta ley. Porque si la Constitución manda que los sacerdotes no pasen de cierto número, prevé, sin embargo, que no vayan a ser insuficientes en cada región para las necesidades del pueblo católico; y en modo alguno prescribe que en éste asunto se desprecie a la Jerarquía eclesiástica; lo cual, por lo demás, se reconoce y comprueba paladina e indiscutiblemente en el Pacto que se llama "modus vivendi". Ahora bien, en el Estado de Michoacán se ha decretado que sólo haya un sacerdote para 33.000 fieles cristianos; en el de Chihuahua, uno para 45.000; en el de Chiapa, uno para 60.000, y finalmente, en el de Veracruz uno sólo para 100.000. Con todo, no hay quien no vea que de ningún modo se puede, con semejantes restricciones, administrar los Sacramentos al pueblo cristiano, que de ordinario vive en dilatadísimas regiones. Y sin embargo, los perseguidores, como arrepentidos de su excesiva condescendencia, han impuesto cada vez más restricciones: no pocos seminarios cerrados por algunas autoridades de los Estados, casas parroquiales nacionalizadas y en muchos lugares se han señalado los templos en los que únicamente, ni más allá de los límites del territorio que se determina, puedan los sacerdotes, aprobados por la autoridad civil, celebrar el culto divino.

Persecución de la Jerarquía.

Ahora bien, lo que las autoridades de algunos Estados han ordenado: que cuando los eclesiásticos usen de su facultad de ejercer su ministerio no tienen los empleados públicos que guardar respeto alguno a ninguna Jerarquía; es más: que a todos los Prelados, esto es, a los Obispos y aun a los que ostenten el cargo de Delegado Apostólico se les prohíbe completamente esa facultad, pone patentemente de manifiesto que quieren destruir y arrasar la Iglesia católica.

Brevemente hemos querido hasta aquí recordar, recorriendo sus principales aspectos, la durísima situación de la Iglesia mejicana, para que todos aquellos que se interesan por el buen régimen y paz de los pueblos, considerando que esta persecución, en absoluto incalificable, no se diferencia mucho, sobre todo en algunos Estados, dé la que se ensaña en las horribilísimas regiones de Rusia, reciban de esta abominable conjura nuevo entusiasmo con que se opongan como dique a ese fuego devastador de todo orden social.


4. Reglas prácticas que se dieron anteriormente por la Secretaría de Estado.

Así también deseamos daros testimonio una vez más a vosotros, Venerables Hermanos, y a los hijos queridos de la nación mejicana, de Nuestro paternal interés, con el que os seguimos con la vista a vosotros todos aquejados con penas; de este interés Nuestro precisamente emanaron aquellas normas que dimos por conducto de Nuestro querido Hijo el Cardenal Secretario de Estado, en el pasado mes de enero, y que igualmente os comunicamos por medio de Nuestro Delegado Apostólico. Porque como se trata de un asunto íntimo relacionado con la Religión, tenemos ciertamente el derecho y el deber de decretar unos procedimientos y normas más adecuadas, que todos quienes se glorían del nombre de católicos no pueden menos de obedecer.

Sanciones eclesiásticas mitigadas.

Y justo es que aquí Nos declaremos claramente que con atención penetrante y quieta inteligencia hemos meditado todos aquellos avisos y consejos que ya la Jerarquía eclesiástica, ya los seglares Nos habían enviado; todos, decimos, aun aquellos que parecían pedir se volviera, como antes, en año 1926, a un sistema más severo de resistencia, suspendiendo públicamente de nuevo en toda la República los actos del culto divino.

En lo que se refiere, pues, al modo de proceder, como los sacerdotes no se hallan tan coartados en todos los Estados, ni en todas partes se halla tan abatida la autoridad y dignidad de la Jerarquía eclesiástica, dedúcese de ello que, así como de distinto modo se llevan a la práctica estos infaustos decretos, no debe ser, en manera alguna, semejante la manera de proceder de los fieles de la Iglesia de Cristo.

Elogio de la prudencia.
En lo cual estimamos ser realmente de justicia el honrar con especiales alabanzas a aquellos Obispos mejicanos que, como sabemos por noticias llegadas a Nos, han expuesto con la mayor diligencia las normas repetidamente dadas por Nos, lo que Nos place declarar abiertamente aquí porque si algunos —impulsados por el deseo de defender su propia fe más que por una exquisita prudencia en estos difíciles asuntos— por las diversas maneras de proceder de los Obispos, según las distintas circunstancias locales, han sospechado que había en ellos designios contrarios a los suyos, estén completamente persuadidos de que semejante censura está completamente desprovista de todo fundamento.

Mayor clamor y reclamaciones contra las leyes injustas.

Mas porque cualquiera limitación del número de sacerdotes no puede menos de ser una grave violación de los derechos divinos, es necesario que los Obispos y el grupo restante de clérigos y seglares reclamen combatiendo y reprobando por todos los medios legítimos esta reclamación contra las autoridades públicas, ello, no obstante, convencerá por completo a los cristianos, en especial a los ignorantes, de que las autoridades civiles, con su actuación, pisotean la libertad de la Iglesia, de la que Nos, aunque arrecien los perseguidores no podemos sin duda alguna abdicar.

Por lo cual, así como con gran consuelo espiritual hemos leído varias reclamaciones que han formulado los Obispos y sacerdotes de diócesis, víctimas de estas leyes inicuas, así Nos hemos añadido la Nuestra ante todo el orbe de la tierra, y de un modo especial ante aquellos que llevan los timones de los Estados, para que alguna vez por fin consideren que esta laceración del pueblo mejicano no sólo injuria gravemente a la eterna Deidad —oprimiendo a su Iglesia y a los fieles cristianos vulnerando su fe y conciencia religiosa— sino que aun es una peligrosa causa de esa revolución social por la que con todas sus fuerzas luchan los que niegan y odian a Dios.

Pídase autorización a los poderes públicos para celebrar Misa.

Entre tanto, para que podamos aliviar y según nuestras facultades, poner remedio a estas calamitosas circunstancias, valiéndonos de todos los medios que aún se hallen a mano, es necesario que —conservando en todas partes en cuanto sea posible la celebración del culto divino— no se extinga en el pueblo la luz de la fe y el fuego de la caridad cristiana. Porque, aunque, como dijimos, se trate de impíos decretos que, puesto que se oponen a los santísimos derechos de Dios y de la Iglesia, ha de reprobarlos por tanto la ley divina, sin embargo, no hay duda de que es vano el miedo del que piense que va a colaborar con las autoridades en una acción injusta, si, sufriendo sus vejámenes, les pide autorización para ejercer el sagrado ministerio. Esta errónea opinión y modo de obrar, como de ellas se seguirá en todas partes la suspensión del culto religioso, acarrearía gran perjuicio a toda la grey de fieles cristianos.

Ciertamente hay que advertir que sin duda alguna es ilícito y completamente inmoral aprobar esta ley inicua o espontáneamente prestarle ayuda, lo cual, sin embargo, difiere grandemente de aquel modo de proceder con el que uno se somete contra su voluntad y agrado a estas órdenes indignas, es más, aún se comporta de modo que según sus fuerzas, lucha por disminuir en tal efecto de esos decretos.

Ahora bien, el sacerdote, cuando obligadamente pide a las autoridades públicas el permiso para ejercer los sagrados ministerios —sin el cual no puede celebrar el culto divino —tolera esto sólo a la fuerza para lograr evitar un daño mayor; y realmente no procede de modo distinto del que, despojado de sus bienes, se ve obligado a pedir al que le ha robado autorización para siquiera usar de lo que es suyo.

Esto no constituye la cooperación formal, sino solo material.

Y aparte de esto, cualquier apariencia de "cooperar", como se dice, "formalmente", y de aprobar la ley, se disipa ante las solemnes y enérgicas reclamaciones hechas no sólo por la Sede Apostólica, sino aun por los Obispos y pueblo de la República mejicana. Añádase a esto la prudente costumbre seguida por los sacerdotes, garantizada con oportunas cautelas, de pedir, aunque forzadamente, a las autoridades del Estado permiso para ejercer libremente su sagrado ministerio, a pesar de que se hallan canónicamente instituidos para ello por mandato de los Obispos; porque en estas circunstancias no aprueban la ley, no prestan su asentimiento a lo mandado, sino que se someten a los inicuos decretos tan sólo "materialmente", como se dice, con el fin de suprimir el obstáculo que les impide celebrar el culto sagrado, sin quitar el cual se prohibirá el culto divino, con grandísimo daño a las almas. Enteramente del mismo modo los sagrados ministros, como es sabido, en los primeros tiempos de la Iglesia católica, pedían, aun pagando por ello una exacción, permiso para visitar a los mártires presos en las cárceles a fin de administrarles los Sacramentos; con lo cual, sin embargo, nadie que estuviese en su sano juicio pensó jamás que ellos cohonestaban y aprobaban de alguna manera la conducta de los perseguidores.

Doctrina segura.
Esta es la doctrina completamente cierta y segura de la Iglesia Católica, la cual si, al aplicarla en la práctica, indujere a algunos a cierto equivocado escándalo, tendréis la obligación, Venerables Hermanos, de explicarles cuidadosa y ampliamente la solución que hemos propuesto. Y si alguien, aun después de que fuese explicada por vosotros Nuestra intención, perseverare pertinazmente aún en esa falsa opinión, sepa, pues, que no evitará la nota de contumacia y obstinación.


5. Valentía y caridad.

Procedan, pues, todos bien animados con este freno de la obediencia y unanimidad de opiniones, lo que Nos más de una vez con íntima satisfacción del alma hemos alabado en el clero; y, depuestas las dudas y vacilaciones que surgieron inquietantemente desde el comienzo de la persecución, desarrollen los sacerdotes su más eficaz labor apostólica propia, después de pesar su decisión de sufrir valientemente cualquier cosa, sobre todo con los jóvenes y las clases populares. Igualmente esfuércense en infundir sentimientos de equidad, concordia y caridad a los que atacan a la Iglesia porque no la conocen suficientemente.

Recomendación de la Acción Católica.

Sobre lo cual no podemos dejar de recomendar lo que, como sabéis, llevamos en las niñas de los ojos, a saber: que en todas partes se funde y cada día tenga mayor incremento la Acción Católica, conforme a aquellas normas que dimos por conducto de nuestro Delegado Apostólico. Sabemos que el comenzarla es dificilísimo, sobre todo el principio, y en estas circunstancias; sabemos que no siempre se alcanzan los frutos deseados rápidamente; pero sabemos que esto es necesario y más eficaz que toda otra manera de proceder, según ha dado a conocer la experiencia de aquellas naciones que salieron de la crisis de semejantes calamidades.

Unión a la Jerarquía y la Iglesia.

Además, aconsejamos insistentemente a los hijos queridos del pueblo mejicano aquella estrechísima unión en el Señor en que se distinguen con la Madre Iglesia, e igualmente con su Jerarquía, fuentes de la gracia divina y de la virtud cristiana; aprendan diligentemente la doctrina de la Religión; imploren del Padre de las misericordias paz y prosperidad para su desgraciada patria, y consideren como un honor y un deber personal el prestar su ayuda a los sagrados ministros en las filas de la Acción Católica.

Elogio al heroísmo demostrado.

Con amplísimas alabanzas honramos, pues, a aquellos, tanto de uno y otro clero como seglares, que movidos de un encendido amor a la Religión y obedientes a esta Sede Apostólica, realizaron actos dignísimos de ser recordados, que habrían de inscribirse en los fastos modernos de la Iglesia mejicana, y los conjuramos instantemente en el Señor para que no desistan de dedicarse a defender con todas sus fuerzas los sacrosantos derechos de la Iglesia, con aquella paciencia que han tenido en los sufrimientos y trabajos de la que hasta ahora han dado nobilísimos ejemplos.

Expresión de simpatía a los obispos que sufren.

Pero no podemos terminar esta Carta Encíclica sin que dirijamos Nuestros pensamientos de un modo especial a vosotros, Venerables Hermanos, fieles intérpretes de Nuestra mente, y os confesamos que tanto más unidos estamos con vosotros y lo experimentamos, cuanto más duras calamidades sufrís en el ejercicio del ministerio apostólico; y tenemos por cierto, que puesto que sabéis que estáis unidos espiritualmente al Vicario de Jesucristo, sacáis de ello consuelo y ánimo, para que con mayor alegría perseveréis en la tan ardua y santísima labor con la que llevéis a la grey que se os ha confiado al puerto de la eterna salvación.

Bendición Apostólica.

Mas para que os acompañe siempre el auxilio de la divina gracia y os aliente la divina misericordia, con pródigo amor paterno os damos, Venerables Hermanos y queridos Hijos, la Bendición Apostólica, prenda de dones celestiales.

Fechado en Roma, en San Pedro, el día 29 del mes de Septiembre, Dedicación del Arcángel San Miguel, del año 1932, decimoprimero de Nuestro Pontificado.

PIO PAPA XI

lunes, 13 de diciembre de 2010

EL DESTINO MANIFIESTO CAMBIÓ LA HISTORIA DE MÉXICO




DESTINO MANIFIESTO ANGLOAMERICANO y su influencia destructiva en LA HISPANIDAD 

“Esa doctrina, supuesto regalo dado a los angloamericanos; para ser el nuevo pueblo “elegido” por Dios, y regenerar al mundo”
Que el Yahvé bíblico, decían ellos, había inspirado a sus líderes desde el siglo XVI, cuando el monarca inglés, de entonces, decidió portar sobre su cabeza la tiara de sumo pontífice adoptando el rimbombante título de “Intérprete de la verdad y canal de todas las gracias sobrenaturales” 

No cabe duda que“esas gracias sobrenaturales”; no venían del Espíritu Santo , sino del Príncipe de este Mundo quien en esa ocasión ofreció a Inglaterra, el Poder material del orbe, y ésta, lo aceptó gustosa.

Acción nunca vista dentro de la Cristiandad, escandalosa y herética a todas luces, y que evocaba el paganismo de los antiguos césares romanos. Máximo acto de orgullo y rebeldía contra el Creador cometido antes por Luzbel y por la primera pareja del Edén.

Con el título de “Destino Manifiesto” fue llamada, en el siglo XIX, la doctrina política y religiosa que a partir del siglo XVI se había ido formando bajo los reyes herejes de Inglaterra; fortaleciéndose en el XVII por los puritanos calvinistas de la primera república, bajo Oliverio Cromwell , y decantada al fin en las colonias angloamericanas, por las ideas de los filósofos John Locke David Hum, Adam Smith, y sobre todos, por Benjamín Franklin , quien era ardiente partidario del llamado “Destino imperial angloamericano" de acuerdo con la Gran Logia masónica de Inglaterra para destruir la Religión Católica y su espada el Imperio Español.

La Doctrina política del liberalismo y la doctrina religiosa del libre examen calvinista fueron el origen y resultado jurídico de la antigua rebelión protestante.

Del acta de Independencia de las Colonias inglesas en América, llamada:

"Declaración de independencia de los 13 Estados Unidos de América" en 1776, y la posterior acta llamada:





“Constitución de los Estados Unidos de América” en 1787. 

En aquel entonces, la soberbia humana hizo exclamar a un estadista y escritor inglés, un tal William E.Gladstone, lo siguiente: 

“The American constitution is the most wonderful work ever struck off at a given time by the brain and purpose of a man….” 

“La Constitución Americana es la obra más maravillosa, nunca antes salida del cerebro humano....” 

 La Nueva España del siglo XVIII 

Muchos años ante de que los colonos angloamericanos se rebelaran contra su rey; los habitantes de la Nueva España habían dado al mundo, un ejemplo de unidad sin precedentes dentro del gran Imperio Español: la gran potencia oceánica y adalid de la Verdadera Cristiandad, es decir: de la Católica. 
Los españoles, indios y castas se reconocieron como hijos de una misma Madre espiritual viendo en Nuestra Señora de Guadalupe 
del Tepeyac la siempre Virgen María Madre de Dios, como la patrona del Reino de la Nueva España y se declararon sus hijos sin distinción de clases sociales. 

A la cabeza de las máximas autoridades del Reino: el virrey y el arzobispo de la capital; desde las principales familias de la aristocracia hasta los más humildes habitantes peregrinaron para darse cita en el Santuario. 

Este suceso extraordinario, aunque en cierto modo resultado de la maduración de la sociedad novohispana, aconteció felizmente el 12 de diciembre de 1747 a un poco más de dos siglos de las apariciones marianas del cerro del Tepeyac. Y a dos siglos exactos del fallecimiento del fundador de la nación: Hernán Cortés. 

En esa fecha se celebró la Jura Nacional del Patronato de la Virgen de Guadalupe. Es interesante recalcar que fue durante el siglo XVIII, ya madura la nación, cuando se celebraron varios homenajes públicos en honor de la Virgen de Guadalupe, como, la jura de 1737 declarándola Patrona de la ciudad de México, el nombramiento de Protectora de toda la América Septentrional en 1746, la jura de 1747 como patrona de la Nueva España y la confirmación de ese protectorado territorial por disposición del papa Benedicto XIV en 1756. 

Cuando él mismo acuñó la conocida frase del salmo 147, versículo 20 

“Non fecit táliter omni nationi”, “No hizo nada igual con ninguna otra nación”. 

Frase que revistió un alto sentido político, distinguiendo al criollismo y conformando la identidad novohispana, elevando en igualdad a la Nueva con la Vieja España; al Virreinato con la Metrópoli.

El papa Benedicto XIV enfatizó que el catolicismo estaba destinado a asentarse en los territorios de la Nueva España, previniendo a la Iglesia, de las infiltraciones protestantes que ya empezaban a manifestarse en los territorios fronterizos del Virreinato. 

Refiriéndose a lo anterior, el padre jesuita Bernard Bergöend escribió en 1913 en la ciudad de México: 

“Con la Jura Nacional, se puede dar por terminada la serie de acontecimientos naturales, que como factores esenciales, habían ido formando durante más de dos siglos el alma nacional mexicana, y por lo tanto, debe mirarse el día 12 de diciembre de 1747, como la fecha memorable en que se consumó de derecho y para siempre la unidad nacional de Nueva España”. 

Sus habitantes, unidos ya con unas mismas leyes y sometidos a la misma autoridad, se habían reconocido como hermanos, con amor e intereses comunes, como miembros de una misma familia espiritual, esto es; pertenecientes a una misma nacionalidad, "a los pies de la Madre de Dios"

Sin embargo, nubes de tormenta oscurecían los cielos de este estupendo Imperio. En solamente veinte años más, se concretaría un hecho lamentable, que marcó el inicio de la demolición del Impero donde no se ponía el sol: 

Los ancestrales y eternos valores del ser verdadero cristiano que habían asumido Doña Isabel y Don Fernando, comprometiéndose ante el papado luego del Descubrimiento de América, ya no eran vigentes para la sociedad europea de la segunda mitad del siglo XVIII. Solamente la Compañía de Jesús continuaba con la santa labor de su fundador San Ignacio de Loyola dentro de la Cristiandad ya deslucida por el protestantismo. 

“El Descubrimiento de América había ocurrido en un momento de verdadera encrucijada histórica. La Conquista había comenzado al culminar el siglo XV y se había asentado durante el XVI, cuando en el resto de Europa la Edad Media ya no era más que un recuerdo del pasado, en medio de una terrible crisis, en camino de la desintegración progresiva"


“Las actividades humanas como el arte, la cultura, la economía y la política, que antes se desarrollaban en jerarquía y gozosa subordinación a la Teología, ahora buscaban “liberarse” de sus principios rectores. Sobre este edificio ya averiado, la Reforma protestante había caído como un rayo" 


Alfredo Sáenz. 

La expulsión de la Sociedad de Jesús

El 25 de junio de 1767, en la madrugada, se presentaron las fuerzas armadas del virrey Carlos Francisco, Marqués de Croix y del visitador don José de Gálvez para ejecutar las órdenes reales de expulsión. 
Los soldados de Cristo, sorprendidos sin ninguna advertencia, no opusieron resistencia. Fueron separados brutalmente de sus alumnos y familiares, amenazando a éstos con cárcel si trataban de avisar a los vecinos 
Esos eméritos maestros, luminarias del saber de entonces, fueron custodiados como criminales, sin tener en cuenta su categoría sacerdotal o religiosa, y custodiados a Veracruz para embarcarlos hacia algún territorio que los quisiera recibir. 

De todos los rumbos de Nueva España fueron concentrados en Veracruz 678 sacerdotes, hermanos y algunos estudiantes. Siendo las dos terceras partes de ellos criollos de diversas regiones americanas. Sus bienes personales les fueron confiscados. 

¿Cuáles eran las razones oficiales para aplicarles tanto rigor?, las razones oficiales podrían parecer graves, pero ninguna tenía fundamento.

He aquí las más conocidas: 

  • Inmenso poder y enriquecimiento por las Misiones, llamadas reducciones. 
  • Haber obstaculizado la política de Carlos III y haber intentado envenenarlo. 
  • Haber adquirido mucha influencia en la política europea. 
  • Haber intentado los asesinatos de los reyes José de Portugal y de Luis XV de Francia 

Pero, con investigar superficialmente, la actuación de la Masonería del siglo XVIII sabremos bien cuál era la verdadera razón del odio contra la Compañía de Jesús

A los ojos de los seguidores del Príncipe del Mundo, uno era su crimen:

Haberse opuesto tenazmente a la destrucción del Orbe Católico, a la destrucción de la Cristiandad.

Existen dos cartas de conocidos masones franceses que han reproducido casi todos los historiadores:

La una, de Jean le Rond D’Alemberta Chatolai:

“Para destruir a la Iglesia Católica, hay que comenzar por los jesuitas como los más valientes”.

La otra de François Marie Arouet, alias Voltaire a Claude Adrien Helvetius en 1761:

"Destruidos los jesuitas, venceremos a la infame". La infame, para él, era la Iglesia Católica.

Una grave consecuencia de la expulsión de los jesuitas de los territorios americanos del Imperio Español, fue la profunda aversión que sus habitantes sintieron por las disposiciones de la Corona. Por tanto, no hay que descartar en ese episodio, las semillas de la separación de España, así como la introducción de la literatura enciclopedista francesa en la educación de las clases altas, educación ayuna del fuerte sostén jesuítico.

Acto seguido, el Liberalismo se encargaría de preparar a la opinión pública ensanchando la brecha que se producía entre los españoles americanos y los peninsulares.

La España del siglo XVIII, ya no era la de los Reyes Católicos, ni la de Carlos V o la de Felipe II. Como bien lo dice don Ramiro de Maeztu en su obra En defensa de la Hispanidad:

“De las incertidumbres hispanoamericanas del siglo XIX tiene la culpa el escepticismo español del siglo XVIII....” 
La España de ese siglo conoció una etapa lamentable de ablandamiento, de una gran decadencia, sobre todo en la monarquía. La corrupción, que ya se notaba en las altas capas del clero y de la aristocracia, siguió de manera ascendente con la admiración de todo tipo de novedades que llegaban principalmente de Francia.

Siguiendo a Maeztu, transcribo otro párrafo de su obra: “
Defensa de la Hispanidad

“El hidalgo de los siglos XVI y XVII recibía una educación severa y disciplinada de modo que el pueblo asumía de buena gana su superioridad, pero cuando dicha educación se hizo notoriamente muelle, y al espíritu de servicio a la comunidad, sucedió el de privilegio, los caballeros se convirtieron en señores, primero, y en señoritos después, no es extraño que el pueblo les perdiera el respeto". 

En la segunda mitad del siglo XVIII gobernaron aristócratas masones, cuyo propósito último era dejar a España sin religión. 
Por supuesto que la impiedad no entró a España blandiendo ostensiblemente sus principios anticatólicos, sino que entró en secreto 

Durante muchas décadas los nobles siguieron rezando su rosario. Pero empezaron por envidiar el fasto y la pujanza de las naciones extranjeras, principalmente si eran protestantes, admiraron sin reservas, las flotas y el comercio de Holanda e Inglaterra, los lujos de la corte de Versalles, después se asomaron a los autores extranjeros, comenzando por Montesquieu, el más antihispanista de todos. Llegando hasta experimentar vergüenza por la gesta evangelizadora de los Reyes Católicos y de la Casa de Austria. 

Entre los valores de la Cristiandad que España había transmitido al continente americano estuvo la certeza inamovible de ser, ella misma, la espada de Dios sobre la tierra, preservando la fe del pueblo español y propagando en todas partes la verdadera Religión. 

Recordemos que la conquista de Granada acaeció precisamente en 1492, tras siete siglos de incesante lucha contra el infiel. En ese año se decretó la expulsión de los judíos no bautizados, por pretender ellos, ofrecer a los Reyes Católicos el dominio del mundo por medio de las finanzas. Ofrecimiento hecho a Inglaterra y aceptada por esta en 1532. El Cisma de la iglesia anglicana aconsejada por el canciller privado del Rey, el hereje Thomas Comwell en 1532, provocó la división entre los ingleses, pues mañosamente había propiciado el ingreso a la Cámara de los Comunes de una mayoría de burgueses anticlericales, quienes de acuerdo con 
las sociedades secretas pidieron la ruptura con Roma tomando como pretexto el deseo real de divorciarse de la Reina. 

Ante el peligro de contaminación de la religión, ya manifestado varias décadas antes por los falsos conversos, los Reyes Católicos habían pedido al Papa la instauración del Santo Oficio, 
el Tribunal de la Santa Inquisición. 

Con el Santo Oficio, España quedó exenta de la contaminación de la Cábala Gnóstica y posteriormente de la invasión herética protestante que había conmovido al resto de Europa. 

El Imperio, y con él, la Cristiandad pudo enfrentar los embates contra la religión por medio de la Compañía de Jesúsy su obra la Contrarreforma y el posterior Concilio de Trento.
En Lepanto, el Imperio Español lucho y triunfó en favor de los pueblos europeos en general, aunque ninguno de sus gobiernos se lo agradeció, resaltando entre todos la traición del rey Francisco I de Francia y de los Dogos venecianos. 

Los valores eternos de la Cristiandad, tan bien representados en la Edad Media y conservados por la España de los siglos XV, XVI y la mayor parte del XVII, se manifestaban en la sociedad organizada de cara a Dios, siguiendo todos, un mismo fin: 


La Iglesia y el Estado, la Universidad, las Leyes, las costumbres y la educación que se proporcionaba a los pueblos, los inducía a vivir para la mayor gloria de Dios 

Por el espíritu del Concilio de Trento, el Estado español realizó un renacimiento propio, de cuño español, cuya concreción arquitectónica se plasmó en el Monasterio del Escorial. 

Al tiempo que libraba a la jerarquía eclesiástica de la tentación mundana característica de la Sede papal y neutralizaba el influjo del humanismo laico de Erasmo de Rotterdamm.

Pero, esta Cristiandad, este Imperio medieval, apresado entre las garras del nominalismo filosófico, del voluntarismo teológico y del creciente naturalismo agonizó sin remedio a fines del siglo XVIII. 
La Nueva España del mar Océano que había sido fundada y evangelizada por esta Cristiandad y este Imperio medieval formidables, que había disfrutado desde su fundación cortesiana de innumerables privilegios de la Corona, y que administraba desde México, su hermosa y estupenda ciudad capital, inmensos y ricos territorios. Este verdadero Reino de Ultramar se encontraba inerme, sus habitantes confiados e inconcientes, sin pensar que vivían los últimos años de bonanza, orden y paz. 

Adormecidos como estaban, no podían imaginar que a la vuelta de unas cuantas décadas iban a sufrir las consecuencias de su descuido. 

¡Que diferencia! Entre los primeros monarcas de la Casa de Austria y los últimos de esta dinastía, así como los pertenecientes a la nueva, la borbónica, del siglo XVIII.

Un botón de muestra nos da ejemplo del interés que el Emperador don Carlos tenía por los nacientes reinos americanos. Ya en sus últimos años como gobernante decretó lo siguiente: 

"Para servir a Dios nuestro Señor y bien público de nuestros Reinos, conviene que nuestros vasallos súbditos naturales, tengan en ellos Universidades y estudios Generales donde sean instruidos y graduados en todas las ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias, y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia, criamos, fundamos y constituimos en la ciudad de Lima de los Reinos del Perú y en la ciudad de México de la Nueva España, Universidades, y estudios generales, y tenemos por bien y concedemos a todas las personas que en las dichas Universidades fueran graduadas, que gocen en nuestras Indias, Islas y Tierras Firmes del Océano, de las libertades y franquicias de que gozan en estos Reinos, los que se guardan en la Universidad y estudios de Salamanca..." 

España, desde el principio de la Conquista había sido por esencia fundadora, los conquistadores fueron fieles a este concepto y fundaron una nueva sociedad. España había fundado la polis grecorromana en un Nuevo Mundo, fundó en fusión con el mundo precolombino, mediante el mestizaje, la erección de ciudades, el establecimiento de la Iglesia Católica y las instituciones del gobierno civil, los cabildos. 

Es el nacimiento de una civilización nueva, distinta, original, enraizada en la tradición mediterránea greco-romana-ibérica y católica sobre lo indígena americano. España es en suma la madre histórica de América. 

España no vaciló en mezclar su sangre con la del nativo, dando origen al “hombre de la tierra” 

Refiriéndose al proceder de los seudo historiadores materialistas de todas las épocas, cuando quieren juzgar la actuación de España en el Nuevo Mundo. El historiador argentino don Alfredo Sáenz nos proporciona esta reflexión muy clara y apropiada para formar nuestro criterio histórico: 

“Si se quita la intención evangelizadora, la conquista de América aparece – y así se ha querido reiteradamente mostrar por la Leyenda Negra como el caso de un pueblo poderoso que se enfrentó con pueblos débiles, que los vence, los explota lo más posible, y de este modo acrecienta el patrimonio de la Corona y las posibilidades mercantilistas de la Metrópoli. En una concepción semejante, el aspecto religioso pasa a ser solamente anecdótico y también expresión del “atraso y oscurantismo”secular de España”. 

Visión parcial y malévola de la Conquista, tan querida por los materialistas dialécticos de todos los tiempos, los protestantes angloamericanos y sus corifeos de todas las nacionalidades. 

He relatado brevemente los acontecimientos más destacados que sucedieron en la Nueva España durante el siglo XVIII en materia religiosa; ahora, también brevemente hablaré de su situación económica y moral: Para esto, voy a seguir la información que nos da don Pedro Sánchez Ruiz 
en su estupenda obra “Historia de la Nación Mejicana”, de su última edición de este año 2005, en dos tomos. 

“La ejemplar paz y armonía social, el desarrollo de las ciencias, las artes y las letras. El progreso económico de que disfrutó la Nueva España en los siglos XVI y XVII, y que se manifestó pujante en el siglo XVIII, no obstante las primarias y más urgentes necesidades de evangelización y civilización de los naturales. Se inicia la decadencia religiosa, política, cultural y económica de Méjico. Por su situación geográfica con respecto a la Metrópoli, por la extensión de su territorio, población y recursos de todas clases, por sus instituciones religiosas, políticas, sociales y culturales, el Reino de la Nueva España estaba predestinado a ser una nación independiente y soberana, y ya en ese siglo reunía todos los elementos necesarios para llegar a serlo. Era prácticamente la metrópoli de un mundo que se extendía desde Asia hasta la cuenca de mar Caribe, pasando por todos los territorios occidentales de Norte América. Y como consecuencia natural de los valores de todo orden acumulados en los dos siglos precedentes, la Nueva España llegó a su máximo esplendor”. 

En la página 173 del primer tomo de la obra citada anteriormente, don Pedro Sánchez Ruiz nos da esta información: 

“Según don Marcelino Menéndez y Pelayo, la Nueva España era toda una nación, la primera del continente, la más culta, y que mayores elementos tenía para engrandecerse, la parte predilecta y más cuidada del Imperio”. “Donde la cultura española había echado más hondas raíces”

El virrey Marqués de Cerralvo, escribía al rey don Felipe III a principios del siglo XVII: 
"La capital es la ciudad más culta y elegante del continente, pocas poblaciones tiene la Monarquía de Vuestra Majestad de más lustre que la de Méjico..." 

A principio del siglo XIX, el diario angloamericano Morning Post citó en su editorial del 15 de octubre de 1804:

“Es Méjico la ciudad más rica y espléndida del mundo, el centro de todo lo que se transporta entre América y Europa, por una parte, y entre América y las Indias Orientales por la otra”. 

Don Lucas Alamán y Escalada en la página del Tomo I, cap. III de su “Historia de México”, escribe lo que se revela como una nostalgia del la Nueva España que le toco ver: 

“La abundancia y prosperidad que se disfrutaba, constituía un bienestar general que hoy se recuerda en toda la América, como en la antigua Italia el siglo de oro y el reinado de Saturno, más bien se mira como los tiempos fabulosos de nuestra historia, que como una cosa que en realidad hubo o que es posible que existiese”. 

La Nueva España tenía todo para ser de por sí, un Reino independiente pese a su poca población en relación con su enorme extensión territorial; más de tres veces toda la Europa occidental estaba muy organizada en todo, con riquezas y moneda propia. Con flota propia, renovada ya, después que los ingleses la destruyeran como venganza por haber apoyado a Felipe V, en vez de Carlos de Austria.

También, don Lucas Alamán relata en el capítulo III del primer tomo de su obra un curioso proyecto que destaca la importancia de la Nueva España:

“A principios del siglo XVIII, durante la guerra de sucesión dinástica, la América toda se conservó adicta a la casa de Borbón, cuyo dominio tuvo tiempo de afirmarse antes de las hostilidades, Felipe V, ocupado Madrid en dos ocasiones por las tropas aliadas al archiduque don Carlos que sostenían los derechos de la Casa de Austria, creyendo no poder conservar su trono en España, pensó trasladarse a la Nueva España y hacer de su capital, Méjico, la capital de sus dominios ultramarinos" 

Esta idea del nuevo monarca Borbón estuvo a punto de realizarse, de haber sido así, estos territorios, con su riqueza hubieran dado nueva vida al vetusto Imperio de los Austria.

Mas tarde, en 1783, apenas firmado el Tratado de París que reconocía la Independencia de los Estados Unidos por las potencias europeas, el conde de Aranda advertía a Carlos III
de la peligrosidad de la nueva nación republicana a quien la Corona había ayudado a independizarse de Inglaterra. Y recomendaba colocar a sus tres infantes españoles en sendos Reinos de ultramar, tomando el monarca el título de Emperador. No se le escuchó entonces.

En 1808, vendría otra oportunidad cuando Napoleón invadió a España. Unos meses antes, en marzo se previó la posibilidad de que el rey Carlos IV se refugiara en Nueva España, como lo había hecho el de Portugal en Brasil. 

Manuel Godoy, el primer ministro del Monarca ideó un bien estructurado plan con todas las posibilidades de realizarse. Ya estaba todo preparado para el viaje de la familia real, con la anuencia indirecta de Napoleón para tener el campo libre de la Corte, cuando en 18 de ese mes se produjo una rebelión de los empleados y servidores del palacio que iban a quedar sin empleo y más aún por venir la idea del odiado Godoy.

La rebelión contagió al pueblo de Aranjuez donde se hallaba la corte desencadenando toda una catástrofe para la Corona. Los cabecillas del motín querían la cabeza del favorito Manuel Godoy quien tuvo que huir para salvar su vida y al día siguiente, obligaron al rey a abdicar en favor de su hijo don Fernando.

Don Lucas Alamán, refiriéndose a ese suceso comenta: 

“Proyecto ese que hubiera producido los mejores resultados y que un siglo antes concibió Felipe V". "La independencia de Méjico se hubiera hecho sin violencia y sin sacudimientos como sucedió con el Brasil.....” 

Es muy interesante repasar con cuidado los capítulos III y IV del primer tomo de esta Historia de Alamán, porque en ellos relata todos los intentos, pequeños y grandes de separar a Nueva España del Imperio por los propios gobernantes españoles.

De su atenta lectura, se deduce entre líneas, las actuaciones de las Sociedades Secretas que maquinaron durante todo el siglo XVIII y principios del XIX, no nada más en Nueva España, sino en todo el Imperio; para desmembrarlo a favor de Francia, Inglaterra o los Estados Unidos.

Orígenes del Destino Manifiesto de los angloamericanos 

La doctrina del Destino manifiesto angloamericano sigue viva, actuante y ofensiva; de manera más sutil en unos casos, de forma brutal en otros, pero mayormente, con vestido de caridad.

Influyendo a los pueblos desprevenidos con su artificiosa propaganda. Y todo esto, en nombre de Dios, quien en Su misericordia "ha predestinado a un nuevo pueblo, los angloamericanos, -dicen ellos-, para regenerar la tierra y reconquistar el Paraíso perdido”
Para comprender mejor este famoso Destino Manifiesto; es necesario remontarnos un poco a los fundamentos de la nación inglesa y de la comunidad judía asentada en las islas.

En el año 597, fin del siglo VI después de Cristo, el papa san Gregorio Magno envió a un grupo de monjes a cuya cabeza iba Agustín, mas tarde consagrado primer arzobispo de Canterbury y canonizado santo, con la misión de reevangelizar a los bretones, quienes después de la sangrienta invasión de los bárbaros anglosajones, habían quedado sin sacerdotes y bajo la autoridad espiritual de sus jefes tribales y de sus consejeros judíos.

Agustín y sus monjes cumplieron su cometido, pero la Inglaterra quedó bajo la protección y autoridad espiritual directa del Papa, lo que significó mayores impuestos además del diezmo correspondiente. Esto no gustó a los reyezuelos y con el tiempo, traerían de rebeliones contra la Santa Sede.
Durante toda la Edad Media, la historia de Inglaterra está marcada por las luchas entre la Monarquía y la Iglesia.

Ejemplos significativos de esta lucha son los martirios del arzobispo santo Thomas Becket por Enrique II en 1172 y del canciller santo Tomás Moro por Enrique VIII en 1535. Hemos de aclarar que el sacrificio de estos dos buenos hijos de la Iglesia no fueron causados tanto por la maldad o ira de esos reyes, sino por la debilidad del primer rey como por la impiedad del segundo rey, ambos acosados por consejeros nominalmente cristianos pero en realidad judíos.

Sin embargo, la Iglesia tuvo que recurrir en Inglaterra varias veces al brazo armado de los reyes, cuando la nación entera estuvo gravemente amenazada por los prestamistas judíos.

Tales fueron los casos de la pequeña expulsión ordenada en 1189 por Ricardo I, “Corazón de León” y la gran expulsión dictada en noviembre de 1290 por Eduardo I, Plantagenet contra los judíos que conspiraban contra la Monarquía en favor de Francia. Quedando en Inglaterra pocos cientos quienes aceptando el bautizo juraron aparente fidelidad a la Corona.

Con la economía del Reino en sus manos, Eduardo I inició un brillante período de florecimiento interno, de equilibrado desenvolvimiento de la industria y de expansión hacia el exterior.
Pero como en la España del siglo XVI, sus enemigos intrigaron desde los países vecinos, principalmente desde Gales. A donde personalmente encabezó la invasión, y una vez ganada nombró a su hijo como primer príncipe de Gales.
Ricardo C. Albanés, “Los judíos a través de los siglos”, Edit. La Verdad, 1988, Lima-Perú. 


Un personaje clave en la confección del Destino Manifiesto 


John Wicleff nació en Yorkshire en 1330 de familia neoconversa estudió teología y fue ordenado sacerdote, a la edad de 40 años, era profesor en Oxford y en 1374 era párroco de Lutterworth donde comenzó a elaborar su doctrina de "La Predestinación" que le llevó a rechazar la enseñanza tradicional de la Iglesia y a confeccionar una especie de puritanismo casi 200 años antes que Juan Calvino.

Fundó una nueva Iglesia que se distinguiría por su santidad y pureza: “La Comunidad de los Santos elegidos y predestinados” donde no habría sacerdotes, porque afirmaba:

“En la Gloria todos son sacerdotes consagrados por Dios, frente a los que no forman parte de la grey”
 A despecho de las autoridades eclesiásticas instauró en su parroquia un nuevo culto, según él, más puro y santo.

Desechó el idioma latino de la Misa, celebrándola en la lengua vernácula, “para que todos los fieles la entendieran”, afirmaba que no existía la Transubstanciación de las especies y que la Eucaristía era una fiesta conmemorativa, un deleite espiritual donde solamente participaban los elegidos. Suprimió la confesión individual, la penitencia y las indulgencias, despojó su iglesia de las imágenes de los santos, y en sus prédicas proclamaba la desaparición del celibato y de toda referencia a la Santa Sede.

La comunidad de los santos elegidos y predestinados” la formó con unos monjes pobres mendicantes que enviaba a los pueblos cantando salmos en inglés con la Biblia en mano y que los campesinos llamaron “loulards”. Estos simpáticos monjes fundaron círculos de lectura para leer la Biblia que interpretaban a su manera y enseñaban a los fieles, a ser constantes en el trabajo manual y olvidarse de las oraciones y meditaciones porque eran fuente de holgazanería.

Su popularidad llegó a personas influyentes hasta alcanzar a la familia real, en la persona del Duque de Láncaster, John de Gaun, antepasado de doña Isabel la Católica.
El Duque tomó bajo su protección a John Wicleff para evitar ser procesado por la jerarquía eclesiástica inglesa, y al principio simpatizó con la doctrina del Abad de Luterworth Wicleff, por su poderoso protector, pudo morir en su monasterio sin problemas con Roma.

Cuando los lolardos se sintieron poderosos comenzaron por predicar la libertad y la justicia social contra los ricos propietarios y contra los bienes de la Iglesia. Instaron a repartir la riqueza entre todos los habitantes como lo habían hecho los primeros cristianos. Pero el movimiento desembocó en franca rebeldía y ataque contra los señores feudales y contra el mismo rey, provocando la primera revolución social de los campesinos. Entonces el duque de Láncaster tuvo que retirarles su protección y él mismo los combatió hasta vencerlos. Los círculos de lectura de Biblia continuaron en Inglaterra, pero esta vez, como Sociedad Secreta.

John Wicleff puede considerarse, sin lugar a dudas, como el antecesor de los herejes reformistas del siglo XV, Juan Huss y Jerónimo de Praga, a través de ellos los herejes del siglo XVI: Lutero, Zwinglio y Calvino, tomaron sus doctrinas de la “Predestinación de los elegidos”

Años después de la muerte de Wicleff, cuando sus lolardos propagaban la Revolución en Hungría, la Iglesia mandó desenterrar sus huesos y quemarlos públicamente como hereje.
Porqué los judíos son los causantes de tantos males en la Cristiandad

Camino abierto al Destino Manifiesto

La doctrina predicada por los seguidores de John Wicleff “La Predestinación de los elegidos”, no era una idea nueva en la mente de los hombres, esta idea tiene su raíz en el convencimiento de los judíos de ser “El pueblo elegido de Dios para traer al Mesías”una elección que ningún otro pueblo se merecía.
Los hijos de Abraham aceptaron esa elección divina como una bendición, pero también, la sufrieron como una carga insoportable. Los menos; una exigua minoría, aceptaron la elección con alegría, con resignación, con obediencia y sufrimiento, con la esperanza de ver un día
al Ungido de Yahvé quien reinaría sobre todos los pueblos y por toda la tierra. Estos, continuaron las tradiciones de los Patriarcas y de los Profetas concentrándose en la llamada Casa de David.
La mayoría, quienes sirvieron de “corteza al meollo”, se rebelaban, apostataban, se contaminaban, se corrompían y cometían los peores crímenes; de la misma forma que sus vecinos paganos.Constantemente reconvenidos por Yahvé a través de los Profetas, estos judíos infieles preferían eliminar a los enviados de Dios y martirizarlos.

San Pablo, en su carta a los romanos, capítulo XI, nos recuerda la queja que el profeta Elías dirige a Dios contra Israel:

“¡Oh Señor!, a tus profetas los han muerto, demolieron tus altares, y he quedado yo solo y atentan a mi vida”.

En esa misma carta paulina, en el capítulo IX, versículos 27 a 29, nos recuerda el reclamo del profeta Isaías. “Aún cuando el número de los hijos de Israel fuese como las arenas del mar, solo un residuo de ellos se salvará. Porque Dios en su justicia reducirá su pueblo a un corto número; el Señor hará una gran rebaja sobre la tierra”

Tanto el Antiguo Testamento como el Evangelio citan muchas veces esa elección divina a un corto número. Los verdaderos elegidos de Dios han sido los judíos que reconocieron al Mesías como hijo de Dios, quienes le siguieron durante su paso por la tierra y fueron la raíz de la Iglesia de Jesucristo.

Como todos sabemos, los que fueron iluminados por el Espíritu Santo en Pentecostés. Los demás, los que ignoraron, rechazaron y sacrificaron a N. S. Jesucristo; Dios les ha dado en castigo a su rebeldía, dice San Pablo “Un espíritu de estupidez y contumacia. Ojos para no ver y oídos para no oír”. Israel buscaba la justicia por medio de la Ley, mas no por la Fe, pero la han hallado aquellos que han sido escogidos por Dios, habiéndose cegado todos los demás... Los judíos poscristianos son los rechazados, se les ha quitado el Reino espiritual, (San Mateo: 8,11-13 y 21,38-46) a ellos no les ha quedado otro camino que seguir al mundo material; que rendir al Príncipe de este Mundo, por lo que en sus academias del destierro confeccionaron el Talmud como una interpretación materialista de la Sefer Thora o Pentateuco. Y en ese engendro del demonio que es el Talmud como regla de conducta para su pueblo en lo sucesivo, han asentado la destrucción del orden cristiano, de ahí han salido, por dos mil años, todas las herejías y los ataques que la Sinagoga ha impulsado y sigue impulsando contra todo lo que represente a Cristo y a Su Iglesia. Las pocas conversiones verdaderas han sido por gracia especial de Nuestro Señor Jesucristo.

A lo largo de los últimos dos mil años, los judíos han influido en el curso de la Historia como ningún otro pueblo. Se han valido de todos los medios, de todos los sistemas teológicos, filosóficos, económicos. De todos los individuos, religiones, gobiernos y naciones, aún de la propia jerarquía eclesiástica católica, en muchas ocasiones; para conseguir su fin último, es decir: El dominio material del Mundo.

La catástrofe que padeció la Cristiandad a principio del siglo XVI con la llamada Reforma protestante tuvo sus antecedentes, como hemos visto, en las herejías de John Wicleff, pero también en la contaminación cabalística de las escuelas de traductores de Toledo en el siglo XIII, y en el Humanismo del siglo XIV, aunque anteriormente había brotado parcialmente en la Francia del siglo VIII y en las Universidades del XIII.

El Humanismo, como un movimiento espiritual revalorizador del hombre en sí mismo, basado en el conocimiento de los clásicos paganos; especialmente griegos, a través de los bizantinos ortodoxos. 

Este Humanismo difería del antiguo sometido a los cánones cristianos, los clérigos más avispados los juzgaban rígidos y sofocantes para su deseo de libertad intelectual. El nuevo Humanismo reinterpretaría la civilización cristiana, “porque el hombre había madurado”, decían sus corífeos, era necesario “vivir el cielo en la tierra ” La reinterpretación de la civilización cristiana “revitalizada” por el mundo clásico se configuró como una actitud filocientífica a partir de una imitación de los paganos griegos y romanos.

Se desarrollaron normas de liberar al individuo de las normas cristianas medievales, acompañadas de un nuevo interés por la Naturaleza, la afirmación del Yo como centro rector del Universo. Todo esto atacó directamente al pensamiento teocéntrico medieval.

El nuevo humanismo no se detuvo ahí, sino que, a través de la admiración por el arte y las costumbres paganas dio paso al llamado Renacimiento

Quebrando la imaginería religiosa tan recatada de los siglos anteriores, exponiendo el cuerpo desnudo o semidesnudo aún en los personajes de la historia sagrada.

En el siglo XIII y principios del XIV sería la ciudad de Aviñon asiento de varios antipapas, uno de ellos, Benedicto XIII, don Pedro de Luna destacó por su protección a los humanistas, sin menoscabo de su piedad religiosa. Aviñón fue sede del nuevo Humanismo, junto a las cortes de los magnates italianos como los Colonna y los Médici donde brillaron Francesco Petrarca, Dante y otros con sus loas al amor profano. Entre los que rodearon al papa Luna había varios españoles

No tardarían en aparecer en el siglo XV los humanistas españoles, comenzando con Juan Fernández de Heredia (1394), Alonso de Cartagena (1384-1456), Juan de Moles (1404-1484), el marqués de Santillana (1 ) y terminando ya, en el siglo XVI, por Erasmo de Rotterdam y otros.El siglo XV va ver engrandecerse a la Burguesía: los comerciantes y los industriales, con su nueva moral económica contrapuesta a la moral cristiana del Medioevo.
La corrupción de las costumbres, de la moral y de la práctica religiosa abrirán las compuertas al libertinaje, llamado “deseo de libertad” por los intelectuales. Tal va a ser el caldo de cultivo del que saldrán el Libre Examen y las ideas democráticas de los herejes protestantes.
El libre examen o libre interpretación de las Sagradas Escrituras, unido a la doctrina de la predestinación propiciada por John Wicleff en base a la supuesta elección divina de los “nacidos de nuevo o renacidos”, ideas retomadas por Martín Lutero, cundieron como fuego en paja por el Imperio Alemán.

Desde la prohibición que el joven Carlos V en 1521 le hizo de publicar sus escritos hasta la desafortunada
Paz de Augsburgo en 1555; los herejes tomaron la iniciativa en la construcción de una falsa Cristiandad que a pesar del Concilio de Trento y de la Contrarreforma española siguió creciendo impulsada por los eternos enemigos del catolicismo y de su espada: el Imperio Español.
La falsa Cristiandad protestante, máscara de la Revolución anticatólica. Después del reconocimiento oficial de la Reforma por la firma de la Paz de Augsburgo, la antigua Doctrina de la Predestinación que había tomado forma bajo la teocracia calvinista de Ginebra, y que entre los años 1541 y 1546 había llevado a la hoguera a 58 personas y desterrado a 76 dirigentes opositores; se asentó en los Países Bajos.La herejía religiosa calvinista introdujo en los fundamentos de la nueva religión el principio democrático, pues afirmaba que en la comunidad de los santos no debía haber sacerdotes ni jerarquía alguna. Solamente un presidente de la Asamblea elegido por los fieles. Este principio democrático ejerció preponderante influencia en la vida política de sus creyentes, a medida que aumentó la importancia del calvinismo.
El calvinismo se propagó principalmente entre los sencillos campesinos y los más ignorantes habitantes de los cantones suizos. Ahí se acuñó el nombre de “Iglesia del Pueblo”, iglesia de los pobres, algo así como la Teología de la liberación sudamericana conducida por los desheredados.

En cuanto a la moral; Calvino cambió “La mística de la consolación”, la certeza de la salvación por la Fe, de Martín Lutero; por “La mística de la elección divina”, hecho evidente en la pureza de la vida personal. Consiguió mantener la creencia en la salvación por la Fe y la necesidad de las obras como señal de Fe y su consecuencia de la riqueza por el trabajo. Mas tarde esta doctrina se llamaría “puritanismo”. La doctrina de Juan Calvino prendió en Francia con el movimiento de los “Hugonotes”, fanáticos anticatólicos y antiespañoles, y en Inglaterra y Holanda, con el movimiento de los puritanos no conformistas, también rabiosamente anticatólicos y antihispanos. De esta diabólica combinación nació el Destino Manifiesto angloamericano, engendro de la ancestral Revolución de Luzbel que San Pablo llama: “El Misterio de Iniquidad que ya está actuando....” en la 2ª Carta a los Tesalonicences

El embrión de la doctrina del Destino Manifiesto angloamericano pasó a las colonias de Inglaterra en la costa oriental de Norteamérica con los puritanos angloholandeses expulsados por los protestantes menos acelerados escandalizados de sus ideas. Mientras que los anglicanos eran partidarios de llegar a un acuerdo con la Iglesia de Roma para mejorar las condiciones de los católicos fieles al Papa a quienes los puritanos del Parlamento veían como traidores a Inglaterra.
Los puritanos habían logrado en el Parlamento, llevar al cadalso a muchos sacerdotes católicos, mientras los jesuitas, pilares de las familias y educadores de la juventud habían sido expulsados brutalmente acusados de colocar bombas en el la sede de gobierno.

Poco antes de la muerte de Jaime I, el heredero, príncipe Carlos, proclive a Roma, había ido a España para concertar su matrimonio con doña Mariana de Austria, hija del rey Felipe III. Cosa que desgraciadamente no logró por las maquinaciones de la corte francesa, Carlos, casó posteriormente con Enriqueta de Francia y sus hijos fueron bautizados católicos romanos. La enemistad del Partido puritano vocero de la Revolución, con Cromwell a la cabeza fue completa, y solamente terminó con el asesinato del rey.

El Partido puritano en el Parlamento inglés se había convertido en nido de las Sociedades secretas y la masonería anticatólica, cuyos prosélitos, ahora, a la sombra de los nuevos principios revolucionarios dieron forma al movimiento más antimonárquico, anticatólico, antiespañol de la época. Abriendo, también, camino a los gobiernos seudo democráticos, republicanos y masónicos que comenzaron con la república de Oliver Cromwell primera “decapitadora” de un rey en la persona de Carlos I en 1642, siguieron con la rebeldía de los colonos angloamericanos contra el rey Jorge III en 1776, continuaron con la república francesa de 1789 y la decapitación de Luis XV en 1791; continuaron con la rebeldía de las repúblicas hispanoamericanas contra España con ayuda napoleónica, yanqui e inglesa, culminando, en México, con el asesinato del Libertador Agustín de Iturbide el 19 de julio de 1824.
El proyecto de Nación de don Agustín de Iturbide

Don Agustín Iturbide y Aramburu ideó para salvar a Nueva España de la Revolución mundial, y que de haber triunfado su proyecto, tendríamos ahora una potencia adalid de la Hispanidad renovada.

Para entender claramente el proyecto de nación enarbolado por Iturbide debemos tener en cuenta al pensamiento y religiosidad de los novohispanos de principios del siglo XIX.

Desde 1767 año de la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús, habían pasado en más de 50 años, dos generaciones al menos sin su educación religiosa, y la sociedad de la Hispanidad había quedado al encargo de otras órdenes no tan celosas en la pureza y combatividad por la Fe como la de los soldados de Cristo.Durante ese medio siglo, solamente pequeños núcleos en las diferentes capas de la población mantenían incólume la ortodoxia en las costumbres cristianas. Para la mayoría, la fe católica se había diluido y la relajación en la moral era el pan de cada día.
En la Nueva España había aumentado considerablemente la población de las clases bajas, las castas, aún no suficientemente civilizadas, todavía semibárbaras constituían la mayoría. Solamente faltaba un pretexto o el empuje de algunos líderes audaces para moverlas como un huracán destructivo.

Los enemigos de la Hispanidad lo sabían muy bien por medio de sus agentes clandestinos que habían estado llegando al país desde antes del triunfo de Napoleón, en la servidumbre de los últimos virreyes, y desde la República americana de los Estados Unidos por infiltración desde la Luisiana y las costas poco vigiladas de ambos litorales.

Por la correspondencia secreta entre don Luis de Onís, ministro plenipotenciario de España en los Estados Unidos a los virreyes, sabemos de la conjura entre ese país, de la Francia napoleónica e Inglaterra que desde 1803 habían decidido separar a Nueva España del Imperio Español.

Los directores de la Revolución pusieron su atención el los curas y religiosos de costumbres relajadas, de la misma forma ocurrida en la revolución francesa del 1789, que por su autoridad sobre las masas eran elemento idóneo para rebelarlas.

Estos curas relajados y mundanos comenzaron por desorganizar la vida social y económica, dieron rienda suelta a las manifestaciones del error, se afiliaron a las sociedades secretas en complicidad con intelectuales charlatanes de Europa y América, y mas tarde, reunidos muchos de ellos en las cortes de Cádiz juraron la constitución anticatólica de 1812, traicionando a su religión y a su patria.

El prototipo de ellos fue en novohispano fray Servando Teresa de Mier.

Presentaré, aquí, algunas referencias de la mencionada correspondencia de don Luis de Onís siguiendo el libro en dos tomos que don Pedro Sánchez Ruiz acaba reeditar este año de 2005, obra, que considero de capital importancia para entender la verdadera historia de México y que recomiendo consultar sin reservas. Seguiré su libro en lo sucesivo pues relata claramente los acontecimientos referentes a l ascenso y caída del régimen de don Agustín Iturbide.

El ministro de Onís escribió a la Audiencia que gobernaba en ese momento, el 25 de febrero de 1810.

“Ofrece (Napoleón) todos los auxilios que son necesarios, que quiere decir tropas y pertrechos de guerra, sobre cuyos puntos está ya de acuerdo con los Estados Unidos de América, y que están prontos a facilitárselos”A continuación mencionaré el plan que Napoleón entregó al genera Octaviano D’avilma para seguirlo en Nueva España, y que fue aplicado en todos sus puntos: 
“Para conseguir todo esto con facilidad, como el pueblo es por la mayor parte bárbaro, deberán ante todas las cosas los comisionados, hacerse estimar de los Gobernadores, Intendentes, Subdelegados, de los curas Párrocos y prelados religiosos. No excusarán gasto ni medio algunos para lograr sus amistades, en particular con los eclesiásticos, procurando que éstos en las conversaciones persuadan y aconsejen a los fieles, que les conviene un gobierno independiente, y que no deben perder una ocasión tan oportuna como la que les presenta y facilita el Emperador Napoleón, haciéndoles creer que es un enviado de la mano de Dios para castigar el orgullo y tiranía de los monarcas españoles, y que es un pecado mortal que no admite perdón el resistirse a la voluntad Divina”.“Les manifestarán la diferencia que hay entre los Estados Unidos y Las Américas Españolas, la satisfacción de que gozan los angloamericanos, su progreso en el comercio, la agricultura y navegación, y el gusto con que viven libres de todo yugo, solamente con su gobierno patriótico y electivo, y les asegurarán, que siendo libres las Américas de España, serán las legisladoras del Universo”. 
“Cada comisionado, tanto los jefes como los demás, deberán apuntar los nombres de los que se declaren amigos y miembros de la Libertad , los subalternos remitirán sus listas a los jefes y éstos al enviado mío en los Estados Unidos, para que mi gobierno recompense debidamente a cada individuo”.
“En los estandartes o banderas de la sublevación irá escrito el mote de Viva la Religión Católica, Apostólica, Romana y muera el mal gobierno”.

Desde 1808 con la entrada de Napoleón en España y los intentos que se produjeron en Nueva España para formar un gobierno autónomo cuyo presidente sería el virrey Iturrigaray, actuaba en la sombra el agente Octaviano D’avilmar masón iniciador en su Logia de los principales miembros del Ayuntamiento de México y de todos los cabecillas insurgentes de la Revolución entre ese año y 1820.

El Destino Manifiesto angloamericano se aplicaba en Nueva España por medio de los agentes de Napoleón, aparente incongruencia para los no enterados, pero clarísima para los más avispados, como el ministro de España don Luis de Onís.

La horrenda destrucción que causó la guerra civil en Nueva España entre los años 1810 y 1820, por causa de las ideas o principios de los revolucionarios, no eran de ninguna manera nuevas ni originales. Don Pedro Sánchez Ruiz escribe atinadamente: en la pag. 230 del Tomo I de su obra “Nacimiento, grandeza, decadencia y ruina de la nación mejicana”

Lo siguiente:

“Eran las ideas del liberalismo político del filósofo inglés John Locke y de la tenebrosa judeo-calvinista Inglaterra de Comwell, desarrollados y difundidos por el filosofismo y la Enciclopedia y aplicados en las constituciones de los Estados Unidos en 1787, de Francia en 1791 y de Cádiz en 1812. “La Constitución de Apatzingán de 1815 imitaba a la Constitución de Cádiz de 1812, adaptándola a la forma republicana y apuntando ya, al sectarismo extremo que era necesario para dividir la sociedad mejicana y arruinar conjuntamente a la Iglesia y a la Patria”

En 1816, la Revolución parecía dominada, sus principales jefes habían desaparecido por la energía e inteligencia del virrey don Félix Calleja, así como por la actividad y valentía de un joven coronel llamado Agustín de Iturbide. Ese mismo año el gobierno pasó a don Juan Ruiz de Apodaca, quien siguió la política de su antecesor. “El ejército virreinal contaba con unos 80 mil combatientes bien instruidos y fogueados en batallas victoriosa que habían levantado grandemente su moral”. 

Tal situación no convenía a la Revolución Mundial y a su doctrina americana: del Destino Manifiesto,

por lo que en el mismo año de 1816, se puso en marcha otro plan para destruir ese ejército. En Londres se organizó una expedición en la intervendrían tropas de Inglaterra, Estados Unidos y el recientemente independizado Haití. Para el efecto se escogió como su jefe militar al traidor Francisco Javier Mina. En la capital inglesa se relacionó con dos personajes significativos en la historia de México: el ya citado fray Servando Teresa de Mier y el militar yanqui Winfield Scoutinvasor de nuestra nación en 1847.

Mina, fray Servando y Scott eran tres personalidades de extracción social muy diferente pero estaban hermanados por las logias. En Londres se le dio a Mina un buque, dinero, armas y vestuario, provisiones y medicinas. Winfield Scott le aseguró que al llegar a los Estados Unidos tendría todo el apoyo de ese país, lo que así sucedió.

Por alguna razón de la Providencia, Fco. Javier Mina tuvo un altercado con dos oficiales españoles quienes al llegar al puerto de Norfolk denunciaron el plan a don Luis de Onís, este, se comunicó inmediatamente con el virrey para alertarlo del peligro que corría el Virreinato. Se tomaron las precauciones necesarias y Mina “el General del ejército auxiliador de la República Mejicana” como se titulaba, a pesar de todo el apoyo extranjero e interior de sus “hermanos”, terminó fusilado por la espalda con sus principalmente seguidores, casi todos yanquis, el 11 de noviembre de 1817 en el cerro del Bellaco perteneciente al rancho del Venadito, cerca de Guanajuato.

Muy poco tiempo después cayeron los fuertes de los Remedios y de Jaujilla sede de la Junta revolucionaria. Las fuerzas virreinales tomaron a todos prisioneros, se les hizo juicio sumario y fueron fusilados con todos sus capitanes angloamericanos: Laurence Christie, James Dovers y Nickolson . Ya habían perecido en la toma otras batallas; Young, David Bradburn y Pedro Moreno.

El fracaso de Mina no desalentó a los directores de la Revolución, esta vez, utilizaron a los revolucionarios sudamericanos de Venezuela, Argentina y de Chile para intentar expediciones por la costa del Pacífico, pero solo los chilenos llegaron a hostigar cerca de Acapulco y la península de California, sin ningún resultado.

Sin embargo la paz no sobrevino en Nueva España, don Lucas Alamán relata en su “Historia de Méjico”:

“Los hombres más perdidos, los criminales salidos de las cárceles, se ponían al frente de bandas de bandidos y a la voz de Viva la América o Viva la Virgen de Guadalupe, llevaban al exterminio en todos los lugares que tenían la desgracia de caer bajo su poder”
“Consumidas las haciendas de los españoles, se echaban sobre todos los bienes y propiedades sin exceptuar las de sus mismos adictos, de lo que siguió la ruina completa del Reino”. 

Todo el Imperio se había tambaleado con la actuación de los revolucionarios, pero, en la Nueva España y en la mayor parte de América, desde 1818 se vivía un clima de conciliación, de normalizar la vida del Continente entero.

Entonces, los directivos de la Revolución Mundial decidieron darle la puntilla al Imperio siguiendo otra estrategia:

Presionar a Fernando VII para que volviese a reconocer la Constitución de Cádiz, ya abolida por el monarca desde el 22 de marzo de 1814 y cuando este monarca, había restablecido el Santo Oficio de la Inquisición, readmitido a la Compañía de Jesús, y anulado todas las reformas de los legisladores de Cádiz. Sin embargo ya para el año 1820 se rumoraba en la capital novohispana la posibilidad de una restauración de la Constitución liberal de Cádiz. En ese contexto las personas mas concientes del Virreinato pretendieron llevar a cabo un plan para separarlo pacíficamente de España, conservando el antiguo orden católico. Se pusieron al habla con los personajes de México, tanto peninsulares como criollos que estuvieran de acuerdo con lo proyectado.
Las Juntas de la Profesa
El voluble y débil monarca Fernando VII cedió a las presiones de sus validos liberales, jurando la Constitución de 1812, bandera de la Revolución Mundial.
Contra la aplicación de esta Constitución, sus secuelas y sus promotores se levantó un clamor entre todas las personas que deseaban la paz según el antiguo régimen. Regresó la inquietud para los más, no así, para los promotores de la Revolución quienes deseaban la separación del Imperio para proclamar la República al estilo yanqui. Convocados y presidiendo las reuniones el Dr. Matías Monteagudo en su aposentos de la Casa Profesa de los jesuitas. Algunos pertenecientes al Oratorio de San Felipe Neri y la jerarquía eclesiástica bien representada decidieron actuar de inmediato, invitar al virrey a aceptarla y proclamar la separación.

Desde que se recibieron las noticias de España, se trato de impedir su publicación, declarando “que el rey estaba sin libertad, y que mientras la recobraba, La Nueva España quedaba depositada en manos del virrey Apodaca, quien continuaría gobernando según las Leyes de Indias, con Independencia de España, entretanto rigiese en ella la Constitución de 1812 tal como había sucedido antes por la invasión de Napoleón en 1808” 

Para la ejecución de estas ideas se necesitaba la conducción de un jefe militar de crédito, que mereciese su confianza, éste sería sin duda, el de mayor prestigio: don Agustín de Iturbide.

Entonces se dio una situación muy extraña, de la que el genio estratégico de don Agustín sacaría el mejor partido.
Tanto los promotores de la Revolución como sus contrarios estaban de acuerdo en separar a la Nueva de la Vieja España. Pero, por medios opuestos y encontrados fines.

Los católicos tradicionales y los masones revolucionarios, se iban a reunir en la misma empresa independentista, pero una vez obtenida por Iturbide; se enfrentarían irremediablemente en una guerra a muerte.
Las ovejas y los cabritos juntos en un mismo rebaño no podrían naturalmente tolerarse.

Don Lucas Alamán y Escalada, como siempre, nos da detalles extraordinarios en el Capitulo II del 5º tomo de su “Historia de México”, de cómo se formó en Nueva España la secta masónica mas numerosa del virreinato, por dos peninsulares que antes de venir al virreinato habían estudiado en Alemania. El oidor Felipe Martínez de Aragón y el director de la Minería don Fausto de Elhuyar, yerno y suegro, organizaron en 1817 a todos los masones independientes en la logia "Arquitectura Moral". Había muchos otros pertenecientes a otras obediencias y ritos desde los albores del siglo XIX.

Las autoridades de la nación comenzando por el virrey Juan Ruiz de Apodaca, muchos nobles titulados, los jefes militares, los dirigentes del Comercio y la Minería, hasta no pocos sacerdotes del bajo clero pertenecían a la Masonería.
La vuelta de la Constitución de 1812 trajo como consecuencia, el en virreinato, una nueva expulsión de los sacerdotes jesuitas, de los hermanos juaninos e hipólitos, y de la supresión del Santo Oficio.

Era dar Carta blanca al movimiento anticristiano agazapado desde 1814. Agustín de Iturbide conocía bien los planes de la Masonería y los llamaba “El Nuevo Orden de cosas”, sabía que la jura de la Constitución de Cádiz por el Rey, el virrey, el Arzobispo y el Presidente de la Audiencia traería el aliento a los revolucionarios promotores de los anteriores crímenes y desórdenes. Ante tal situación, la más bella y rica parte de la América del septentrión iba a ser despedazada por las sectas.

Iturbide pensó que la Revolución era inevitable, que lo que mejor convenía era darle otra dirección, orientada a las ideas católicas tradicionales de las Juntas de la Profesa que ya inoperantes éstas quedaba él, en libertad de proceder como le pareciere por bien de la Patria en su conjunto.

El Plan de Iguala, Las Tres Garantías y Los Tratados de Córdoba

Iturbide se entrevistó con el virrey Apodaca, para exponerle su preocupación por la vuelta a la Constitución de 1812.
Apodaca, aún siendo masón, le confió el mando del ejército del sur en sustitución del general Armijo. Con esto, don Agustín comenzó a madurar su plan de Independencia apoyado en su antiguo y fiel Regimiento de Celaya. Su Plan lo resumió cambiando genialmente la divisa de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad, de la siguiente manera:

La Libertad revolucionaria, por la verdadera libertad que da la Religión Católica.

La Igualdad revolucionaria por la verdadera igualdad que solo da la Independencia.

La Fraternidad revolucionaria por la Unión de todos los hombres bajo el gobierno de Cristo Rey.

Una nueva bandera de tres bandas en el siguiente orden:

Blanco representando la Religión, Rojo la Unión y Verde la Independencia, tres colores con una estrella dorada sobre cada una de ellas.

Entonces, bajo esta divisa, la guerra por la verdadera independencia de México iba a tener un sentido de verdadera cruzada contra los enemigos de la Hispanidad católica, englobados en el llamado DESTINO MANIFIESTO DE LOS ANGLOAMERICANOS.

Don Pedro Sánchez Ruiz transcribe en su Historia el siguiente

Iturbide escribió al Virrey:

“Yo no soy europeo ni americano, soy cristiano, soy partidario de la razón. Conozco el tamaño de los males que nos amenazan: me persuado de que no hay otro medio de evitarlos, que el que he propuesto a V. E. y veo con sobresalto que en sus superiores manos está la pluma que debe escribir: Religión, Paz, Felicidad o confusión, sangre y desolación a la América Septentrional”. 

Y a su amigo el Arzobispo de Guadalajara: 

Ilmo. Sr. Don Juan Ruiz de Cabañas: “.....No creo que hay mas que una religión verdadera que es la que profeso, creo igualmente que esta religión sacrosanta se halla atacada de mil maneras, y sería destruida sino hubiera espíritus de alguna fortaleza, que a cara descubierta y sin rodeos salieran en su protección.... “me tiene ya en campaña. Estoy decidido a morir o vencer.... O se ha de mantener en Nueva España la religión pura y sin mezcla o Iturbide no ha de existir.....”

El virrey Apodaca rechazó el Plan de las Tres Garantías respondiendo con la guerra total contra los nuevos independentistas.

El 24 de febrero de 1821, reunidos los jefes, oficiales y tropa del Ejército Trigarante en la ciudad de Iguala, don Agustín de Iturbide proclamó solemnemente la Independencia de México con base en los 24 artículos del Plan de Iguala.

Algunos de ellos por lo relevante de su significado:

La Religión Católica, Apostólica y Romana será la única sin tolerancia de alguna otra.
Este Reino será absolutamente independiente.
El país se regirá por un gobierno monárquico templado por una constitución. 

Fernando VII o alguno de su dinastía o de alguna otra reinante será emperador.

Todos los habitantes del Imperio, sin otra distinción que su mérito y virtudes serán idóneos para obrar cualquier empleo.

Sus personas y propiedades serán respetadas y protegidas.
El Clero secular y regular conservará todos sus fueros y propiedades.

Después de jurar el Plan de Iguala de rodillas y ante el Crucifijo, así como cada uno de sus oficiales, arengó a la tropa de la siguiente manera:

“Acabáis de jurar observar la Religión Católica, Apostólica y Romana, hacer la Independencia de esta América, proteger la unión de los españoles; europeos y americanos, y prestar obediencia al Rey bajo condiciones justas....Yo juro no abandonaros en la empresa que hemos abrazado, y mi sangre si fuera necesario, sellará mi eterna fidelidad....” 

Nada del pensamiento anterior concordaba con la doctrina del Destino Manifiesto angloamericano ni con las consignas de la Revolución Mundial que los asesores yanquis e ingleses infiltrados entre los insurgentes novohispanos, así como los masones franceses y españoles habían aconsejado para lograr la independencia.

Lo que propuso Iturbide para hacer la verdadera Independencia de esta nación concordaba con los eternos valores de la Hispanidad desde la caballerosidad de

Ruy Díaz de Vivar, la Cruzada de la Reconquista, el pensamiento de los Reyes Católicos, la conquista de Hernán Cortés, la Evangelización de los indígenas del Nuevo Mundo y la Contrarreforma contra los protestantes, decantada en el Concilio de Trento.

El recuerdo de la Jura del Patronato de la Virgen de Guadalupe que en 1747 había unido verdaderamente a todas las clases sociales del Reino, seguía vivo.
Tales valores subyacían en toda la población de Nueva España, en toda ella había esa conciencia colectiva, aunque, adormecida por las sombras del enciclopedismo y del filosofismo tan en boga.
Por tanto, El Ejército Trigarante al mando de su jefe máximo, pudo ganar todas las principales batallas y finalmente la guerra por la Independencia. Más, por medio de la persuasión y del ejemplar comportamiento de sus tropas, que por la sangre o la intriga.

El 24 de agosto de 1821, Agustín de Iturbide, pudo firmar junto con el último gobernante enviado de la Corona: don Juan O’Donojú los Tratados de Córdoba, reconociendo la Independencia de la antigua Nueva España.
Finalmente el 27 de septiembre de ese mismo año de 1821, el otrora pequeño ejército insurgente de Iguala, entró en la capital convertido en el soberbio Ejército Nacional.
Todo parecía, que nacía entonces, de las ruinas que la Revolución había dejado a lo largo de 11 años de destrucción, una potencia americana valladar de la otra potencia herética del norte. Esta sí apoyada desde su nacimiento por la Revolución Mundial

Todos nosotros sabemos de la proclamación y caída del consumador de la Independencia nacional, de su amor a la Región Católica, al reinado de Cristo sobre esta tierra y de la especial protección de la Virgen María para este pueblo. Sabemos también, de la generosidad de don Agustín con sus enemigos, tal vez más allá de la prudencia. Pero pocos saben las causas principales de su asesinato.

Algunas reflexiones:

Agustín de Iturbide el padre de la nación mexicana, se asemeja en mucho al fundador de la Nueva España; Hernán Cortés. Porque ambos, eran adalides de los valores eternos de la Hispanidad, valores mismos de la Civilización Cristiana.

El llamado Destino manifiesto angloamericano y su espada la Revolución Mundial cambiaron el concepto de nación proyectada por Iturbide:
De una Monarquía Católica y aristocrático por una República Laica y Plebeya.
Los jerarcas angloamericanos no le perdonaron haber dado nacimiento a un Imperio Nacional sin el concurso de las logias asentadas de Chárleston, Nueva Orleáns y La Habana.

Lo atacaron, lo persiguieron y finalmente lo asesinaron con la complicidad de los traidores nativos, hermanados todos ellos, en el ideal cosmopolita de un Nuevo Orden político, económico, religioso y mundial destructor de nuestra Hispanidad.