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miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuando Juárez traiciona a México

ABRUPTA INTERVENCIÓN MILITAR YANQUI FUE DECISIVA PARA QUE LOS LIBERALES GANARAN LA GUERRA DE REFORMA. ATENTADO EN LA BAHÍA DE ANTÓN LIZARDO EN MARZO DE 1860.
HASTA ENTONCES LA CONTIENDA HABÍA SIDO SÓLO GUERRA CIVIL ENTRE MEXICANOS. 
BUQUES MEXICANOS CAÑONEADOS Y APREHENDIDOS EN AGUAS MEXICANAS POR NAVES YANQUIS 
LA BANDERA DE LAS BARRAS Y LAS ESTRELLAS, REGALO PARA JUÁREZ
 Extracto tomado del libro “Episodios Desconocidos de México”
Autor: Luis Reed Torres


Al Empezar el año 1860, el país se encontraba virtualmente bajo el control de la  administración conservadora a pesar de que las carencias de todo tipo se habían convertido en su verdadero talón de Aquiles.
Con excepción de Morelia y Veracruz y de dos o tres poblaciones de mayor o menor importancia, que a veces ocupaban los liberales para luego evacuarlas ante la proximidad del enemigo, el resto del territorio nacional estaba firmemente adherido al régimen   que en la ciudad de México encabezaba el general Miguel Miramón quien, sin embargo, comprendía perfectamente la importancia que significaba el reconocimiento diplomático  de Washington al gobierno juarista una vez que Estados Unidos “desrreconoció” a los conservadores al convencerse de que por ese camino no lograría ventajas territoriales de ninguna índole, y,  que eso, más que eso, la tácita alianza entre ambos establecida a raíz de la firma del tratado Maclane-Ocampo.

Anhelante de liquidar en definitiva a los hombres de Veracruz que Juárez lideraba, Miramón planeó un ataque decisivo al puerto: Él avanzaría por tierra, mientras una escuadra bloquearía por mar una eventual fuga del enemigo. Juárez no tendría escapatoria. Para el efecto el gobierno conservador adquirió dos barcos en Cuba y los puso bajo las órdenes del contralmirante Tomás Marín.
“El general Miramón” y “el Marqués de la Habana” -que así fueron bautizados los buques- se aprestaron, pues, a la captura del último reducto constitucionalista  de importancia, sin que Miramón, Marín  ni las tripulaciones imaginaran, siquiera la desagradable sorpresa que Juárez les tenía preparada.
No resulta ocioso, por lo demás, puntualizar aquí que cuando se inició la guerra de Reforma o de los Tres Años la lucha se circunscribía a liberales mexicanos contra conservadores mexicanos. A medida que pasaron los meses, y en libre juego de las fuerzas nacionales, las armas juaristas padecieron severos reveses que dejaron en pésimas condiciones al gobierno que sostenían, y el propio don Benito se vio precisado a salir del país, a recorrer luego, las aguas de cinco naciones y a reaparecer finalmente en Veracruz, donde algún tiempo después fue reconocido por Estados Unidos, único país del mundo que por entonces adoptó semejante actitud.
Así las cosas, cuando aún no existía una lucha internacional sobre suelo mexicano, como ocurrió poco tiempo después, y en momentos en que el enfrentamiento continuaba exclusivamente entre nacionales, el general Miramón se dispuso a asestar el golpe final sobre Veracruz. Llevaba seis mil hombres y buena artillería; entretanto, los barcos de Marín fondearon Antón Lizardo en espera de atacar el puerto.
De pronto, cuando la operación marchaba dentro de lo planeado (6 de marzo de 1860), aparecieron como fantasmas de media noche, sin luces y sin bandera, los buques de guerra norteamericanos “Wave”, “Indianola” y “Saratoga”, que se lanzaron sobre las naves mexicanas conservadoras. Marín salió de su camarote e intentó desesperadamente organizar alguna defensa ante la violenta e inusitada acometida, pero el poder del fuego de la armada norteamericana, así como lo intempestivo de la acción fueron determinantes en la captura del contralmirante y de sus hombres. El cañoneo se prolongó por espacio de una hora y fue sucedido por el abordaje de la marinería yanqui.

 Tres de los pilotos del "General Miramón" fueron muertos en el ataque, y otros varios mexicanos resultaron heridos. Marín y su gente fueron llevados a Nueva Orleáns con todo y buques, donde fueron acusados ¡de piratería!, si bien finalmente quedaron absueltos. Al fin y al cabo el daño estaba consumado...

(Por cierto que don Ignacio de la Llave,  cuyo nombre aparece grabado en letras de oro en la Cámara de Diputados y quien a la sazón fungía de Ministro de Gobernación de  Juárez, estuvo a bordo del "Indianola" durante la refriega referida y quedó levemente herido).

Juárez, al demandar la intervención yanqui había declarado piratas a los buques conservadores mexicanos cuando se percató que lo iban a atacar. No cabe duda dice don Alejandro Villaseñor y Villaseñor que Juárez estaba en su derecho para calificar a sus enemigos como mejor le pareciera y para declararlos piratas; pero esta declaración sólo debía "surtir sus efectos y ser obedecida por los militares y marinos mexicanos que estaban a sus órdenes; pero de ninguna manera por fuerzas extranjeras que ningún participio debían tomar en la lucha y que debían permanecer neutrales". 

A su vez, Ralph Roeder, escritor norteamericano simpatizante de Juárez, reconoce que don Benito solicitó la ayuda extranjera para luchar contra los propios mexicanos y acepta que cuando el tribunal de Nueva Orleáns absolvió a don Tomás Marín y a sus hombres del infundado cargo de piratería, el Presidente James Buchanan abogó por el capitán Turner, jefe de los navíos americanos que habían intervenido en el Golfo de México, pues "reconoció que el comandante americano había obrado con su consentimiento y autorización".2
Otro autor contemporáneo de tendencias liberales radicales, don Alfonso Toro, asevera que lo ocurrido en Antón Lizardo "fue una intervención armada de los americanos en favor del Partido Liberal".3 
Y don Justo Sierra, panegirista del señor Juárez, asienta que Turner se había visto muy presionado por los liberales para que interviniese en su favor. "Lo asediaban -dice-las súplicas, las sugestiones, los planes rápidos de los jefes reformistas". Por cuanto a la captura de los buques conservadores por los norteamericanos, lo que dio al traste con los planes de Miramón,
Sierra anota categóricamente: "Esa noche quedó militarmente vencida la reacción"4
y el abogado don José González Ortega, nieto del general Jesús González Ortega, destacado jefe reformista, futuro vencedor de Miramón en Silao y Calpulalpan al final de la guerra de Reforma, refiriéndose, en el texto que escribió de su abuelo, sobre los sucesos de Antón Lizardo, asienta lo que sigue:

"¿Obro Juárez rectamente al acudir a tales medios (o sea al auxilio bélico norteamericano) para triunfar de su adversario Miramón?"

Busquemos la respuesta en un breve análisis.

Todo país que lucha contra otro está facultado para llamar en su ayuda a una tercera nación. El Derecho Internacional denomina este procedimiento, muy común en la historia del mundo, 'coalición' o 'alianza'. Pero un partido político que lucha contra otro dentro de un mismo país no puede llamar en su auxilio a ninguna fuerza extranjera, porque de hacerla atraerá sobre sí el dictado de traidor…..”
“Nunca podrán contestarse airosamente los cargos que se han formulado contra Juárez por lo de Antón Lizardo. No sólo gestionó la intervención de la bandera de las barras y las estrellas en beneficio de su persona y de la causa que defendía, sino que logró que los marinos de Norteamérica viniesen a ejercer actos de soberanía a nuestras aguas territoriales” José González Ortega, El golpe de estado de Juárez.

Por su parte el propio José Ma. Mata, ministro de Juárez en Washington, informó a don Benito de la impresión que los sucesos ocurridos en Antón Lizardo, causó en los Estados Unidos:

“Luego que se supo aquí -escribió- la captura de los buques de guerra que llevó Marín a Veracruz, por la corbeta “Saratoga”, cuya noticia fue recibida generalmente con entusiasmo, se pidió por Congreso al Presidente que informara sobre lo ocurrido. El Presidente mandó un mensaje acompañando los documentos relativos y diciendo que la conducta del capitán Jarvis (jefe de la armada estadunidense en el Golfo de México y superior de Turner, quien fue en persona el que encabezó el ataque) había merecido su aprobación….”

Contrariando la aprobación del presidente Buchanan, el senador Summer hizo una proposición en el Senado, para que se preguntara al gobierno:"con qué derecho había ordenado la captura de buques de guerra en aguas mexicanas, siendo así que los Estados Unidos están el paz con todo el mundo"

En cuanto toca al licenciado don Blas José Gutiérrez, catedrático que fue de la Escuela  de Derecho y Juez de Distrito del gobierno liberal en Veracruz  en la época de aquel suceso, asevera: “Esta disposición (la calificación de piratas dada por Juárez a los buques conservadores) viciosa a la luz del derecho y tan fatal, que puso a disposición del extranjero la vida de los mexicanos que tripulaban los buques de Marín, mexicanos cuya pérdida por manos extrañas".

Pero fueron  don Francisco Bulnes, poderoso polemista  e historiador liberal, y don Alejandro Villaseñor y Villaseñor, distinguido abogado católico, quienes realizaron sendos trabajos críticos, jurídicos e históricos de inmejorable calidad y solidez para tratar el asunto de Antón Lizardo.
Son concienzudos estudios de principios de siglo y su profundidad de erudición aún asombra a quienes se sumergen en ellos, tanto por el pasmoso poderío intelectual cuanto por la estricta lógica de que se hallan revestidos. De ambos trabajos, extraigo, pues, algunos párrafos en relación a la intervención armada estadunidense en Veracruz la medianoche del 6 de marzo de 1860.
"La piratería -puntualiza Bulnes- es un delito contra el derecho de gentes y por consiguiente todas las naciones tienen el derecho de castigar a los piratas, cualquiera que sea su nacionalidad; pero ninguna está obligada a castigar la piratería en virtud de la declaración de gobierno extranjero. Es, pues, un error grave de la declaración de Juárez decir  que los buques de las naciones amigas deben considerar y tratar a los buques de Miramón como piratas. No estando sujetas las naciones amigas a la soberanía de Juárez, la declaración de piratería no debe expresar obligación para ellas de acatar las declaraciones de Juárez".7

"Para los efectos de la soberanía exterior, ninguna nación puede dictar leyes imponiendo definiciones de  piratería o calificando como piráticos hechos que no son. La soberanía exterior de las naciones está limitada por el derecho de gentes y todas las naciones están obligadas para los efectos de su soberanía exterior a sólo considerar como piratas a los que así considera el derecho de gentes. Ninguna nación civilizada podía considerar ni tratar como piratas a los barcos de Miramón, por la razón de que no lo eran ni podían serlo".8
Gutiérrez Flores Alatorre, Bias José, Leyes de Reforma, Tomo lli, p. 24 citado por
7Bulnes, Juárez y las revoluciones..., p. 380.
8Bulnes Juárez y las revoluciones..., pp. 393-394. Cursivas en el original.

 A su vez, Villaseñor y Villaseñor, tras el exhaustivo análisis que efectuó sobre este atentado tan poco conocido por la generalidad del público, emite los juicios siguientes:

"Duro es aplicar un calificativo como el que vamos a estampar; pero cuando resulta merecido, después de estudiar fríamente los hechos, no se debe' retroceder en decido: Juárez, llamando a Jerwis para que lo ayudase a liberarse de sus enemigos, cometió un grave atentado contra la independencia y la dignidad de México, permitiendo que el extranjero apresase a mexicanos y que ejerciese actos de jurisdicción en el territorio nacional". 

Y nada puede atenuar ese calificativo: Juárez llamó a los norteamericanos nada más para salvarse él y para salvar a su partido, que hubiera quedado perdido con la toma de Veracruz. No envió al "Saratoga" a que persiguiese a los buques conservadores, sino únicamente a que los capturase en el punto donde estaban desde hacía horas anclados; y a título de que había declarado piratas a las naves de Marín, instigó al capitán Jerwis a que cometiese un verdadero acto de piratería.

"El atentado aludido se llama en derecho traición a la patria, y en vez de que pueda atenuarse en algo, dadas las circunstancias que concurrieron en el asalto, se agravó ese atentado, ese delito, con el de piratería cometido por el 'Saratoga' al abordar al 'General Miramón 'y al 'Marqués de La Habana " de la manera como lo hizo". 9

Empero, los liberales mexicanos en modo alguno mostraban arrepentimiento por haber recurrido a los Estados Unidos, su "natural aliado" en palabras de Justo Sierra, y por el contrario, el periódico de Veracruz Guillermo Tell no tuvo empacho en mostrar su alborozo el 12 de marzo de 1860, es decir apenas seis días después del atentado:

"No es sólo nuestra voz la que hoy se eleva para rendir un voto de gracias a la marina americana que, cumpliendo con las leyes del mar, ha hecho indirectamente un servicio inmenso a la República Mexicana... Veracruz (no sólo) aprecia en su justo valor la aprehensión del pirata Marín, sino que reconoce cuál es la mano generosa que libró a una ciudad de tanto desastre como se la esperaba con los pertrechos de guerra venidos de La Habana, y rinde una prueba de gratitud a su salvador. El señor comandante Turner, así como los demás jefes de los otros buques americanos, reciban nuestro recuerdo... El hecho será inolvidable para la República Mexicana, y en el corazón de los demócratas, el nombre de Turner y de los suyos vivirá eternamente". 10
 10 Junco, Alfonso, Un siglo de México, México, Editorial Jus, S. A, 5a. edición,
1963,241 p., p. 154. Cursivas en el original.

 El propio  Juárez,  por su parte, reconoció sin tapujos la realidad y la significación de estos acontecimientos -retórica partidista dejada de lado- en una importantísima carta que escribió al jefe liberal Epitacio Huerta el 25 de abril de 1860 y que, a mi juicio, resulta concluyente:

 "El triunfo de la sagrada causa que defendemos -apuntó don Benito- está asegurado. Un gran pueblo ha hecho alianza con nosotros, y esa alianza, desde el suceso plausible de Antón Lizardo ha dejado de ser un misterio. Siento, como usted, que la gran familia liberal no haya podido sola sin auxilio del extranjero pulverizar a la reacción y levantar sobre sus escombros los altares de la libertad. Amigo mío, si los tacubayistas no hubieran explotado el fanatismo de nuestras masas ¿cree usted que Benito Juárez habría pedido ayuda a los Estados Unidos para triunfar de sus enemigos? Nunca jamás. Mi amor a la libertad me hizo dar ese paso, y sabe Dios el inmenso sacrificio que me cuesta. Algunos liberales tibios reprueban mi conducta creyendo que sin los vientos del norte podía arribar a la capital de la República para encadenar bajo mis plantas a la hidra reaccionaria. Los que así piensan se engañan. Miramón había combinado perfectamente su plan de campaña sobre este puerto, baluarte de la libertad, de manera que si los vapores norteamericanos no capturan los buques de Marín y aprehenden a éste, la plaza se rinde y la nefanda reacción triunfa indefectiblemente. Me pregunta usted en su grata, que contesto, si puede anunciar ya de un modo oficial nuestra alianza con los hijos de Washington, y debo decirle que oficialmente no conviene todavía hacer tal declaración”
“El pueblo es muy susceptible, de todo se impresiona, y yo quiero mantenerlo en duda. Me acusan de traidor a la patria unos, y otros sabiendo que no hay traición de mi parte, sino una necesidad imperiosa que me obliga a no pararme en los medios para conseguir el fin, me hacen justicia”11
Carta de Juárez a Epitacio Huerta, 25 de abril de 1860, cuadro sinóptico citado por don Antonio Gibaja y Patrón, en su Comentario crítico a las revoluciones sociales de México, 1973.

De un rápido análisis de las líneas anteriores se desprende con claridad la firme convicción que Juárez albergaba de conseguir la victoria final merced a la ratificada connivencia de su grupo con los Estados Unidos; la certeza, de que, sin el auxilio exterior, hubiera resultado imposible para los liberales vencer a los conservadores; la nítida percepción de que la intervención de la flota americana en Antón Lizardo constituyó un factor decisivo para evitar, primero, la caída de Veracruz y conseguir, poco más adelante, el triunfo definitivo, a despecho de ciertos liberales que contemplaban con reticencia el apoyo yanqui;  y, finalmente, la intención de soslayar hasta lo último “nuestra alianza con los hijos de Washington”, al intuir que, con sobradas  históricas razones de por medio, semejante maridaje difícilmente podría ser grato a la generalidad de la nación mexicana.
Que Juárez, por lo demás, jamás desmintió sus arraigadas simpatías por la política norteamericana que tanto le favorecía, lo demuestra, entre otros textos,  éste que escribió años mas tarde del suceso de Antón Lizardo, el 25 de mayo de 1865,desde Chihuahua,  a su yerno Pedro Santacilia, a raíz del ascenso al poder de Andrew Johnson, en sustitución del recientemente asesinado Abraham Lincoln:

“Me he impuesto de todas las noticias importantes que me comunica de esa República y celebro mucho que Mr. Johnson sea partidario decidido de la Doctrina Monroe, pues esto solo basta para que el bandido coronado de la Francia abandone su inicuo plan de conquista sobre México”

Y tras relatar algunos pormenores militares a la causa imperial, Juárez decía a Santacilia: "En tales circunstancias han llegado las noticias de la pacificación de ese país (Estados Unidos) y de la entrada de Johnson a la Presidencia, lo que ha causado una sensación profunda en la Corte Imperial de Maximiliano, que a estas horas siente ya su incapacidad y su impotencia para conjurar la tormenta que ruge sobre su cabeza”

Ciertamente no se requiere un exhaustivo análisis de este documento por medio del cual se reitera en gozo que provocaba en los liberales mexicanos la aplicación de la Doctrina Monroe, la que colocaban de salvador escudo, herencia de la más pura tradición anglosajona puritana, de típico corte imperialista y racista, y expoliadora por antonomasia de las naciones del continente americano.

No es, pues, incurrir en hipérbole si se asevera que el Partido Liberal con Juárez a la cabeza, no solo no entonó jamás el mea culpa, salvo honrosas excepciones, por la serie de intervenciones armadas, diplomáticas, que pactó y aceptó una  otra vez con el poderoso vecino del norte, sino que, incluso, aún después de concluida la lucha con el triunfo final sobre el Imperio, semejantes actitudes fueron consideradas motivo de vanagloria, de satisfacción, de ufanía, pues no de otra manera puede interpretarse la siguiente carta que el 29 de enero de 1869, casi nueve años después de la intervención armada de la flota yanqui en Veracruz, escribió desde Nueva York el cubano Domingo de Goicuría, agente de Juárez en los Estados Unidos para la adquisición de armas, a su amigo don Benito y cuando Goicuría estaba a punto de embarcarse rumbo a Cuba.

“Amigo mío, como recuerdo histórico tengo el gusto de remitirle la bandera americana que tremoló en el “Indianola” la noche del  6 de febrero (marzo) de 1860, con marcas indelebles de aquella jornada y que bastante ayudó a la causa de la libertad. Recíbala para que en medio de las 'otras que deban concurrir el día de su cumpleaños me represente a su lado, como estuvimos en San Juan de Ulúa cuando 'triunfamos de la reacción, ya que esta vez no lo puedo hacer en persona como entonces, hágolo en trofeo.
"Seguro que pronto estaré entre mis hermanos revolucionarios, no quería dejar aquí esa memoria para que se perdiera en el olvido, así  recíbala como la cuelga que le envía su siempre y constante amigo". 13

En otras palabras y para concluir: la bandera de las barras y las estrellas, vista como símbolo sagrado por los liberales y que tanto les había ayudado "a la causa de la libertad", era remitida a Juárez como preciada cuelga de su futuro cumpleaños, pues Goicuría no podía enviársela más tarde porque se encontraba a punto de unirse a la lucha revolucionaria cubana y no fuera a ser que tocara la de malas y se extraviara...

13  Carta de don Domingo de Goicuría don Benito Juárez, Nueva York, 29 de enero de 1869, en Juárez, Benito, Documentos; discursos y correspondencia, selección y notas de Jorge L. Tamayo, México,'Editorial Libros de México; S. A, 2a. edición, . 1972, Tomo XIII, P. 800.

. I Para un detallado examen de estos hechos véanse los profundos análisis que sobre el particular realizaron don Alejandro Villaseñor y Villaseñor (Antón Lizardo, México, Jus,1962) y don Francisco Bulnes (Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma, México, Milenario, 1967).

 En cuanto a don Tomás Marin, era un hábil y distinguido marino mexicano que en anteriores ocasiones había propinado a los yanquis severos golpes: el 17 de abril de 1837 había batido y capturado al barco texano "Independence" con el capitán Wheelwrighi a bordo en aguas de Galveston el 11 de julio de 1843 hundió a los buques yanquis "Houston" y "Colorado" en Campeche, y detuvo al comandante Moore, promotor de desórdenes separatistas en la península; y el 15 de octubre de 1846 al mando del fuerte de la Barra de Alvarado, luchó siete horas contra una escuadra yanqui de ocho buques y finalmente rechazó el desembarco.

lunes, 21 de febrero de 2011

Joel Roberts Poinsett

Primer embajador norteamericano en México


Apenas independizado México de España por Agustín de Iturbide en 1821, llegó al país como enviado oficioso de los Estados Unidos, Joel Roberts Poinsett, para hacer gestiones tendientes a beneficiar a su país, y tuvo tal influencia en nuestros asuntos políticos y sociales, que marcó el rumbo de nuestra nación hasta nuestros días.


Formación


Poinsett nació el 2 de marzo de 1779 en  Charlestón, Carolina del Sur; su familia descendía de hugonotes franceses. Estudió en la Universidad de Edimburgo y en la Academia Militar de Woolwich. Practicó el Derecho. Viajó por Suiza, Francia, Italia, Suecia, Finlandia, Rusia y Prusia, todo lo cual le proporcionó conocimientos invaluables que habrían de servirle como agente al servicio de su patria. Empezó en Argentina en 1810, donde no tuvo éxito; continuó en Chile, promoviendo y participando en revueltas contra los españoles, por lo cual fue expulsado de ese país en 1815.


Poinsett e Iturbide


El Secretario de Estado, Henry Clay lo nombró como agente no oficial ante el gobierno de Iturbide, y llegó a México por primera vez el 28 de Octubre de 1822. Seis días después de su llegada se entrevistó con el Emperador, quién lo recibió cortés pero fríamente, debido a que desconfiaba del visitante. Desde el primer momento hubo una mutua antipatía, dadas las características de ambos personajes: Iturbide católico, militar, acostumbrado al gobierno monárquico español, y Poinsett protestante, masón, anti-católico, anti-español y anti-monárquico furibundo, fanático de su sistema norteamericano republicano y novedosamente democrático, pero sobre todo agente secreto de su país, que venía dispuesto a obtener el mayor provecho posible de la situación política que se vivía en México a raíz de la Independencia.


Poinsett propuso a Iturbide que adoptara para México un sistema de gobierno republicano como el de los Estados Unido; Iturbide le contestó que esa forma de gobierno era desconocida en nuestro país y no era apta para la nación, que desde la Colonia se había regido por la monarquía española. Tal respuesta molestó mucho a Poinsett, quien, al igual que sus compatriotas, era fanático de su sistema político, como sucede en nuestro días, en que los Estados Unidos insiste para que en todo el mundo se implante su forma de gobierno, sin tomar en cuenta las características sociales y políticas de cada país. Tal negativa de Iturbide aumentó la antipatía que Poinsett tenía hacia él.


El enviado oficioso proponía al gobierno mexicano lo siguiente: Ajuste de las fronteras de ambos países (favorable a los Estados Unidos), un tratado comercial y que se les vendieran Texas, Nuevo México, Coahuila, Nuevo León, Sonora y las Californias. 
El rechazo por parte de Iturbide y del Sr. Azcárate, encargado para tratar con Poinsett, fue total. Esto fue un duro golpe para el enviado, quien además traía otras instrucciones confidenciales: si Iturbide aceptaba sus propuestas, se reconocería a su gobierno, pero en caso contrario, como sucedió, habría que derrocarlo.


Fracasada su misión, Poinsett regresó a los Estados Unidos, quince días después de su llegada a México. Luego de lo anterior, sucedieron los trascendentales hechos políticos de la abdicación y exilio de Iturbide así como su fusilamiento al regresar, en el pueblo de Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824, por decreto del Congreso  que lo había derribado.
Los historiadores coinciden en que la caída de Iturbide se debió a las intrigas de Poinsett junto con las logias masónicas, por haberse negado a las propuestas norteamericanas anteriormente citadas.




Fundador del Rito Yorkino en México






Al caer el Imperio, gobernó al país un organismo llamado Supremo Poder Ejecutivo, que actuó el 30 de marzo de 1823 al 10 de octubre de 1824, integrado por tres generales: Pedro Celestino Negrete, Nicolás Bravo, Guadalupe Victoria, con otros tantos suplentes y sus respectivos ministros. La nación quedó en gran desorden político, se separó Centroamérica, y otras provincias también intentaban hacerlo. Se integró un nuevo Congreso, que aprobó el régimen republicano y federal, confirmado con la Constitución del 4 de octubre de 1824, donde se impuso el criterio del destacado miembro de la masonería, canónigo de la catedral de Puebla, Miguel Ramos Arizpe, quien hizo el proyecto de la Constitución y puso nombre al país como Estados Unidos Mexicanos imitando a nuestros vecinos del Norte.
En esta situación aparece de nuevo Poinsett, pero como ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, y el 1º de julio de 1825 presentó sus credenciales al ya nombrado primer Presidente de México: Guadalupe Victoria.
En ese tiempo era decisiva la influencia de la masonería escocesa, quien había provocado la caída de Iturbide, aún cuando muchos de sus miembros simpatizaban con algunas de sus ideas, tales como un gobierno centralista y la unión de todas las razas y clases sociales. Todo esto chocaba con los planes de Poinsett, y el rito escocés ya no le resultaba útil, por lo cual decidió fundar uno nuevo, el de York; pidió autorización al Gran Maestre de Filadelfia Thomas Kittera, e instaló el nuevo rito en su casa el 29 de septiembre de 1825, adhiriéndose a él mucha gente inexperta pero ambiciosa que deseaba poder y dinero. Fueron mienbros distinguidos de esta logia el yucateco Lorenzo de Zavala, el canónigo Ramos Arizpe, el Secretario de Hacienda Ignacio Esteva y el sacerdote José M. Alpuche.


El nuevo rito fue núcleo del Partido Popular, base a su vez del Partido Americano y luego del Partido Liberal. Quizás fue éste el hecho más trascendental, social e inclusive religioso, hasta nuestros días.


"El carácter nefasto de la nueva fundación masónica no radicaba tanto en su propia naturaleza, cuanto en la guerra sin cuartel que habría de provocarse luego entre ambos ritos enemigos. En el momento en que la seguridad de la nueva nación exigía la supresión de los odios y banderías de secta, vino a arrojarse la semilla que daría por fruto no transitorias disidencias, sino una constante guerra civil. Frente a este hecho, reconocido aún por quienes mantienen ciertos lazos de afinidad con los grupos que Poinsett auspició, resultan pueriles los alegatos del más fervoroso biógrafo del charlestoniano (Lorenzo de Zavala) quien asegura que Poinsett no estableció el Rito de York para que chocara con los escoceses, sino exclusivamente para extender a México una jerarquía masónica más elevada".1

Las divisiones políticas entre yorkinos y escoceses, llevaron a motines y pronunciamientos como el de La Acordada, el saqueo de Parián y la toma del Palacio Nacional, para poner en la presidencia al Gran Maestre yorkino Vicente Guerrero, con las consiguientes perdidas humanas y materiales, todo alentado por el Embajador americano y sus seguidores.


Expulsión de los Españoles de México 


Poinsett fomentó la Leyenda Negra anti española, exaltó la "gran cultura indígena" destruida por los españoles en el siglo XVI, que implantaron el robo y el asesinato en lugar de las nobles costumbre indígenas; la horrible inquisición, los Autos de Fe, etc.


En estas ideas anti-españolas,-que han llegado hasta nuestros días- se pueden ver las intenciones de desquiciamiento del país: aniquilados los españoles de sangre y cultura, los indígenas podrían ser presa fácil; y si aquí se había logrado el mestizaje, era forzoso separar las razas para dominarlos. En medio de esa efervescencia, el descubrimiento de una conjura promovida por el clérigo español Joaquín Arenas para restaurar el gobierno español, sirvió de pretexto para la persecución y expulsión posterior de los españoles. Esta conspiración, manipulada por los yorkinos con falsos testimonios y propaganda, aumentó el odio contra los españoles, "que era uno de los fines perseguidos por Poinsett para hacer caer a México bajo su influencia, separándole del predominio europeo".2


La expulsión total de españoles ocurrió el 20 de marzo de 1829, ocasionándole un triple perjuicio al país:



  • Demográfico, por pérdida de habitantes en varias regiones.
  • Económico, por pérdida de capitales, industrias y tierras productivas útiles para el desarrollo del país.
  • Religioso, por la pérdida de sacerdotes y religiosos, y de las misiones de Nuevo México, California y otras regiones volviendo a caer en la barbarie los indígenas semi-civilizados.

Acerca de lo anterior escribió el famoso historiador Alberto María de Bustamante en su Gabinete Mexicano, citado por Alberto María Carreño: "En esta sazón apareció Poinsett con el depravado designio de fomentar la desunión, no sólo entre los mexicanos y españoles, sino entre los mismos mexicanos, diseminó a todos sus agentes por toda la República, que correspondieron exactamente a su misión, sembrando la discordia entre hermanos. Nuestra República era entonces la imagen del infierno, pues todos se hostilizaron sin piedad; logró por fin, no sólo dividirnos para que su misión sacase todo el partido posible de nuestra desunión, desmembrándose la integridad de nuestra República, sino que se diese la ley de expulsión de españoles, para que emigrando a Norteamérica con sus inmensos capitales, aumentasen la riqueza de su nación..."3


Poinsett Expulsado de México


Tanta inestabilidad provocó Poinsett en el país, que se levantó un clamor popular exigiendo su expulsión. El ministro de Asuntos Exteriores, José María Bocanegra, por órdenes del presidente Guerrero pidió el retiro del embajador el 1° de enero de 1830. En ese mismo mes y año, Poinsett salió de México para no regresar más, pero dejaba al irse 120 logias yorkinas, que habrían de continuar su obra a todo lo largo de nuestra historia.


"La atención pública se entretuvo con la salida de México del famoso Poinsett, que El Sol anunció el día 4 diciendo: 'El domingo 3 de enero salió de México Poinsett: al huir de entre nosotros este famoso autor del yorkismo iba acompañado de millones de maldiciones..."4


Así salió Poinsett de México, luego de haber ejercido una gran influencia política al servicio de intereses expansionistas de su país por medio de las logias yorkinas supeditadas a las norteamericanas, y es triste constatar que muchos mexicanos de diversas categorías estuvieron a sus órdenes y sirvieron incondicionalmente a sus fines, tal vez por ignorancia o ambiciones personales.


En nuestra historia, sobre todo la oficial, se habla muy poco de este personaje tan importante para explicar muchos acontecimientos que nos afectan hasta nuestra época actual.






1.- José Fuentes Mares, Historia de una gran intriga, Editorial Jus, México 1975, pág. 130.
2.- Alfonso Toro, Historia de México, Editorial Patria, México 1961, pág. 289
3.- Alberto María Carreño, México y los Estados Unidos de América, Editorial Jus, México, 1962, pág. 122.
4.- México a través de los siglos, t IV; México independiente, Editorial cumbre, México, 1975, pág. 231.
Juan B. Íñiguez Dios nunca muere Otoño 2005 N° 22

sábado, 27 de noviembre de 2010

"No hay otro camino que el de Lenin"

Estas palabras estuvieron presentes en discursos que tuvieron lugar con motivo de la elección de Obregón como presidente. Participaban Luis N. Morones, Felipe Carrillo Puerto, Antonio Díaz Lombardo, etc.

El periódico Excelsior, en su número del 27 de septiembre de 1920 recogía las siguientes palabras del discurso obregonista: "hay que dinamitar el Palacio Nacional, eterna cueva de ladrones y dictadores, volar con bombas el palacio arzobispal y la catedral, nido de víboras, y el palacio legislativo...".

En cuanto empezó el mandato de Obregón, empezó también a tener poder público la Confederación Regional Obrera Mexicana (C.R.O.M.), fundada por Luis N. Morones, organización que intentaba controlar a las masas mediante el discurso populista. Sería la C.R.O.M. la encargada de ejecutar en muchas ocasiones atentados contra la Iglesia.

sábado, 28 de agosto de 2010

Tratado de Guadalupe Hidalgo México-EEUU



California, Arizona, Nevada, Utah, parte de Colorado, Nuevo México y Wyoming costaron en suma a Estados Unidos, en 1848, 15 millones de pesos. Luego de la Guerra de Intervención estadounidense, un total de 2 millones 378 mil 539 kilómetros cuadrados pertenecientes a México fueron cedidos para alcanzar la paz y permitir a este país reestablecer el orden constitucional, levantar el bloqueo de sus puertos y liberar los lugares capturados por las tropas de ocupación norteamericanas.
Más de 100 mil mexicanos pasaron a ser extranjeros en su propia tierra mediante la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, el 2 de febrero de 1848, que pondría punto final a las incursiones que Estados Unidos llevaba a cabo en México. No obstante, la trampa ya estaba pensada y fríamente calculada sobre el articulado que componía dicho tratado.
Reemplazos, modificaciones e incluso supresiones de importantes apartados oscurecieron el ya turbio espíritu inicial del Tratado de Guadalupe Hidalgo, concebido erróneamente como la condición necesaria para devolver a un pueblo condiciones que le eran inherentes.
El afán expansionista de EEUU fue la principal causa de la Guerra de Intervención estadounidense y ésta, a su vez, fue el origen del otorgamiento de tierras al titán del norte mediante mecanismos que, bajo el subterfugio de un acuerdo ideado para la compensación por daños causados a México durante los enfrentamientos, despojaron de vastos territorios a un país profundamente desgastado.
Varios fueron los factores que devinieron en la pérdida de 2 millones de kilómetros cuadrados a cambio de un monto que jamás podría equivaler a tal adquisición. Entre ellos, la ignorada advertencia de México de que la anexión de Texas por parte de Estados Unidos -primer atropello territorial del que se cumplen 164 años- sería considerada como un acto de guerra. Este preaviso no detuvo las pretensiones de conquista del país del norte, que se valió de las aspiraciones independentistas de los texanos para iniciar un proceso de invasión que no culminó hasta materializarse.
No obstante, un segundo factor fue crucial para que esto fuera posible: la complaciente actitud del presidente de México en aquel entonces, Antonio López de Santa Anna, quien no fue piedra de tranca para los estadounidenses sino que, por el contrario, facilitó el proceso.


Tratado de cartón
Antes de ser plenamente ratificado, el Tratado de Guadalupe Hidalgo sufrió modificaciones importantes en los artículos IX y X, además de cambios menores pero significativos en otros apartados.
El artículo IX del tratado original fue reemplazado por uno enteramente nuevo. Así, en vez de que los mexicanos conservasen por un año sus derechos civiles en los territorios vendidos y de establecer su igualdad con los otros habitantes de los Estados Unidos de América, el nuevo artículo permitía que el Congreso norteamericano, a discreción, los admitiera como ciudadanos de ese país.
El artículo X, que garantizaba la conservación intacta de todas las concesiones de tierra hechas por el Gobierno mexicano, fue suprimido y no reemplazado, siendo ésta una de las enmiendas más deshonestas respecto a lo que inicialmente se había estipulado. Mientras, en el artículo XI se eliminó la restricción de venta de armas de fuego a las tribus indígenas en el territorio cedido, contemplada como uno de los compromisos asumidos originalmente por Estados Unidos.
En el artículo XII se suprimió la elección de la forma de pago de la compensación que debía recibir México por la pérdida de territorio (los 15 millones de pesos) al tiempo que desapareció un artículo adicional y secreto del tratado, establecido originalmente para aplicarse sólo si la ratificación del mismo tomase más de cuatro meses en efectuarse, caso en el que se permitirían cuatro meses adicionales.


Complicidad en casa
La dinámica mediante la cual parte del territorio mexicano fue adquirido por Estados Unidos deja en evidencia un juego sucio bidireccional, en el que la pretensión de la nación del norte fue un estímulo que halló fácil respuesta en la persona de Antonio López de Santa Anna, cuyo proceder posibilitó, en un primer momento, las acciones invasoras norteamericanas y, más adelante, la compra de las tierras.
En marzo de 1845, cuando el Congreso norteamericano votó por la anexión de Texas, México suspendió relaciones con la Unión Americana y con Francia y, poco tiempo después, se precipitó la guerra con Estados Unidos. Santa Anna, quien vivía exiliado en Cuba, regresa asumiendo posición de liderazgo pero tomando decisiones que significaron la derrota de México.
Durante la Batalla de Angostura, en Coahuila, Santa Anna resulta triunfante; no obstante, se retira sin tomar prisioneros y sin el armamento enemigo. Frente a esa respuesta, EEUU preparó una nueva incursión, esta vez a mayor escala, en el puerto de Veracruz.
Los historiadores aseguran que la resistencia ante el ataque no fue significativa, mientras que las ciudades de Jalapa y Puebla fueron ocupadas sin que los invasores dispararan una sola bala.
Por su parte, el clero -que según los relatos se articuló sin chistar al plan imperial- había recibido la garantía de parte de los agentes norteamericanos de que sus propiedades y privilegios no serían revocados. En consecuencia, el pueblo fue arengado para que aceptara sumiso tal invasión.


EEUU fue por más
La extensión territorial adquirida por Estados Unidos con el Tratado de Guadalupe Hidalgo fue, al parecer, insuficiente para saciar la sed colonialista de Estados Unidos, ya que sólo cinco años después, el 30 de diciembre de 1853, se firmó el Tratado de La Mesilla.
En 1853, Santa Anna, quien había renunciado a su cargo y se había marchado al exilio huyendo nuevamente de la caótica situación en que había dejado a México, es renombrado presidente. Fortalecido e inmune a las críticas de sus adversarios, instituye una medida para obtener dinero rápido y vende un nuevo trozo de territorio: La Mesilla.
En este nuevo plan de compra-venta, mejor conocido en Estados Unidos como “compra Gadsden” por su principal promotor, el general James Gadsden, se acordó con el gobierno de México la adquisición de 76,845 kilómetros cuadrados adicionales de terreno a cambio de 10 millones de pesos, lo cual modificaba el Tratado de Guadalupe Hidalgo.
Esta vez las ambiciones de Estados Unidos tampoco fueron satisfechas al ciento por ciento, dado que Gadsden pretendía adquirir no sólo esta región sino la totalidad de los estados de Chihuahua y Sonora, así como la Baja California. Además, el ejército norteamericano se preparaba para una eventual guerra en el caso de que México respondiera negativamente.
De nuevo la complaciente postura del presidente pintó la escena para que los estadounidenses lograran su objetivo, ya que, pese a que esta nueva venta hizo altamente impopular a Santa Anna, los 10 millones de pesos serían utilizados por el general en su beneficio y el séquito que le rodeaba; al tiempo que le permitían mantener plenos poderes por unos años más.
La activación de estos mecanismos, que tuvieron su origen en la firma del Tratado Guadalupe Hidalgo, hacen que parte de lo que hoy los mapas identifican como territorio estadounidense sea, en realidad, tierra mexicana.
La estafa, camuflada en documentos aparentemente legales que luego fueron violados y manipulados al antojo de la nación del norte, cumple 161 años.





domingo, 18 de julio de 2010

Álvaro Obregón

La historia de México del siglo XIX y buena parte del siglo XX no se explica si no es a partir del papel jugado por la masonería en la vida política y social mexicana. Las pugnas posteriores al periodo independentista no fueron otra cosa más que la lucha de poder entre dos bandos muy definidos: el rito yorkino y el rito escocés, emanados ambos del movimiento masónico.

Esta lucha llevó, entre otras cosas, a la constante deposición de gobernantes mexicanos y a la inestabilidad política característica de ese periodo. Esa pugna –que posteriormente habremos de analizar– llevó a enfrentamientos militares, facilitó la invasión de ejércitos extranjeros, entre otras cosas.

Pues bien, en ese grupo político-ideológico se formó Álvaro Obregón. Nació en Guaymas, Sonora, en 1877, justo cuando Porfirio Díaz asumió el poder presidencial. Entonces, el país estaba sumido en un estado de inestabilidad y conflicto político por la sucesión presidencial que derrocó a Sebastián Lerdo de Tejada. Llegó Porfirio Díaz a la presidencia y ahí se mantuvo durante 30 años, mismos que correspondieron al crecimiento de Obregón.

Álvaro Obregón fue un militar muy capaz. Sirvió a Francisco I. Madero y combatió el régimen de Porfirio Díaz, por lo que contribuyó a su debilitamiento y caída. Posteriormente se hizo leal de Venustiano Carranza y peleó a su lado contra Victoriano Huerta, Emiliano Zapata y Francisco Villa, luego de la Convención de Aguascalientes. Con su poderío militar venció a Francisco Villa en la Batalla de Celaya.

Luego de participar en la redacción de la Constitución de 1917 y de colaborar en la consolidación del nuevo régimen, se integró como funcionario en el gobierno de Carranza, al que renunció casi de forma inmediata. Posteriormente se enfrentó al propio Carranza cuando éste buscaba definir la sucesión presidencial.

El talento de Obregón para la política y los asuntos de poder era notable. Tenía una gran memoria y un extraordinario carisma. Con su llegada al poder en 1920, fue el primer gobernante que intentó ordenar los efectos de la revolución mexicana y los desastres políticos que ésta implicó, aunque no lo logró a la manera de Plutarco Elías Calles, de quien hablaremos posteriormente.

Dicen los que saben que a Obregón se le reconoce por haber sido el primer presidente en promover la cultura como elemento de progreso nacional. En su periodo de gobierno se crea la Secretaría de Educación Pública, con José Vasconcelos a la cabeza.

Fue entonces cuando se llevaron a cabo campañas de alfabetización, se crearon escuelas y bibliotecas y el gobierno se involucró con poetas e intelectuales extranjeros. El equilibrio y estabilidad del poder presidencial fue una de las misiones que se impuso el propio Obregón, dar el paso del estado político revolucionario hacia la consolidación de un nuevo sistema.

Obregón tuvo necesidad de generar una base social que diera respaldo a su gobierno. Para ello fue creada la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), bajo la iniciativa del propio gobierno obregonista.

Álvaro Obregón también fue un cruel perseguidor de la Iglesia Católica y de sus iniciativas. Quizá en buena parte esto se explica a partir de su filiación masónica y a las relaciones de poder que mantuvo con sus miembros. No obstante, dejemos a los hechos hablar.

El 6 de febrero de 1921 estalló un cartucho de dinamita en la puerta de la casa del Arzobispo de México, el Obispo José Mora del Río, cuando éste no se encontraba en el lugar. Aunque Obregón atribuyó el ataque a los socialistas –de quienes Mora del Río se había expresado en días previos–, lo cierto es que la CROM fue quien gestó y ejecutó el ataque.

El 1 de mayo del mismo año un grupo de socialistas se manifestó afuera de la Catedral de Guadalajara, se subieron a las torres del edificio y colgaron la bandera bolchevique, misma que fue retirada por jóvenes de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM).

En otro episodio, la Liga Anticlerical Mexicana protestó ante el anuncio del obispo de León, Emeterio Valverde, en el que aseguró la construcción de un monumento a Cristo Rey en Silao, Guanajuato. El delegado apostólico en México, Ernesto Filippi, bendijo la primera piedra del monumento, por lo que fue acusado por aquel organismo de haber violado la Constitución vigente.

El gobierno de Obregón no quiso dirimir el asunto, por lo que la resolución fue clara y contundente: monseñor Filippi debía abandonar el territorio nacional. Aunque El Vaticano gestionó la permanencia del obispo en tierras mexicanas, la orden se dio y fue irreversible.

El 14 de noviembre de 1921, un hombre acudió a la Basílica de Guadalupe. Llevaba en sus manos un arreglo de flores que puso frente al ayate de Juan Diego y en él quedó plasmada la imagen de la Virgen del Tepeyac. Momentos más tarde ocurrió una ensordecedora explosión. La bomba no hizo ningún daño a la imagen, aunque sí a un crucifijo que ahí se encontraba, mismo que quedó doblado por la explosión.

El padre Jesús García Gutiérrez cuenta que a Obregón se le escuchó decir varias veces que no descansaría hasta limpiar su caballo con la imagen de la Virgen de Guadalupe. El presidente fue asesinado en 1928 por José León Toral en el restaurante “La Bombilla”, en San Ángel.

El anticlericalismo de Obregón fue sólo un efecto de las batallas liberales que se dieron desde el México del siglo XIX y quizá fue la marca más notoria de su periodo de gobierno.



Jesús Caudillo