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domingo, 23 de octubre de 2011

HERNÁN CORTÉS Y LA “EMPRESA DE TITANES”


Así  como la Historia de México  anterior a la Conquista se divide en dos periodos bien marcados, la del México Hispano está dividido en forma semejante.
La primera parte es bastante corta. Duró de 1519 , cuando Cortés desembarcó, a 1521, cuando tomó la ciudad del lago texcocano. Ya para 1535 todo el territorio de México había quedado bajo el régimen virreinal español. El segundo período empieza donde acaba el primero, y termina en 1821, cuando tras la insurrección acaudillada por Agustín de Iturbide, el último virrey, O´Donojú, estampó su firma en el tratado de paz en que se reconocía la independencia mexicana. La figura dominante del primer período, es la de Hernán Cortés. Figuró también en el segundo, pero con papel diferente.
En el primero era conquistador; en el segundo, administrador.
También era un hombre transformado. Como la espada que llevaba al cinto y que tenía dos filos muy cortantes, pero cuya empuñadura afectaba la forma de una cruz; así el primer Cortés -la hoja de acero- era todo un capitán, mientras el otro Cortés, la empuñadura, era un misionero, de gran celo aunque no de gran prudencia. La dura necesidad de batallar mantuvo en él siempre al soldado, pero concluída la batalla, su corazón, cuando menos, era el de un fanático de Dios y de México. Hasta tenía que irle a la mano su capellán fray Bartolomé de Olmedo, por el celo rabioso con el que pretendía persuadir a Moctezuma a que aceptara la fe cristiana.
Nunca olvidó su carácter de cruzado. Los cristianos de aquel tiempo eran, por regla general, más o menos como Cortés y los otros conquistadores. Ellos lograron asir un hecho esencial acerca del cristianismo, que los hombres de hoy solemos no advertir; me refiero a que ellos supieron que el cristianismo no es un estado de perfección, sino un camino que conduce a ella. No esperaban poder huir de todo pecado, pero aspiraban a cometer los menos posibles. Reconocían el hecho de que el alma será siempre un campo de batalla mientras le estorbe el cuerpo. La bondad era para ellos un ideal, pero los ideales a menudo interrumpen la acción durante una lucha. Se ha condenado rotunda y vigorosamente a Cortés por sus métodos de conquista. Poco se ha dicho, sin embargo, de sus labores esforzadas, de sus genuinas facultades de estadista y de su firme propósito de no desilusionar a quienes le enviaron a conquistar el Nuevo Mundo.
Siempre vivió ofreciendo la paz a sus enemigos y se metió en extremos trabajos para introducir animales domésticos y mejores sistemas de cultivo en el nuevo país. Su política respecto a los indios, se adelantó a su tiempo en muchos siglos; y su táctica dio magníficos resultados, no como los muchos y muy diversos sistemas que adoptaron los colonizadores del Norte. A este “opresor de los indios”, parece que con mayor frecuencia lo consideraban ellos como su amigo.1
Riva Palacio, dice
“… y no sólo es el gran protector de los vencidos, sino que ellos mismos lo consideran más que como vencedor y su enemigo, como su jefe, al grado que él los prefería a los españoles, y ellos a sus caciques y señores naturales”.
El aprecio de los indios por Cortés queda bien demostrado con la recepción jubilosa que le otorgaron a su regreso de Honduras.2
Aunque derrotó a los tlaxcaltecas, se hicieron sus aliados; y cuando los españoles, vencidos y maltrechos en aquella Noche Triste, huían del valle ante las huestes de los aztecas, fueron los de Tlaxcala quienes lo socorrieron y vendaron sus heridas, prepararon con ellos una nueva acometida y les ayudaron por fin a ganar la última victoria después de un sitio de tres meses. La verdad es que a Cortés lo veían las tribus enemigas de los aztecas, como a u libertador de sangría tiranía.
Y con razón, ya que los aztecas imponían tributo  a 355 pueblos y aldeas, cuyos moradores no trataban ellos de gobernar, sino sólo de esquilmar. lo que habría sucedido si no hubiese llegado la civilización europea al Norte y Sur de América, es que todo el Continente se hubiera trocado en un vasto territorio de errantes tribus primitivas, entregadas a una burda idolatría y al canibalismo, hasta que por la ley de la lucha entre animales feroces, habría terminado el Continente por ser una gran selva poblada nada más de fieras con mayores derechos sobre el territorio, por cuanto hace a la decencia, que los humanos de quienes la heredaron.3
El grande, el indiscutible beneficio que a Hernán Cortés debieron las razas indígenas del Anáhuac, fue haberlas libertado de la barbarie caníbal y de la práctica abominable de los sacrificios humanos. Sólo esto bastaría para justificar la Conquista, si no hubiesen ocurrido al mismo objeto la difusión de la doctrina católica y de la cultura europea, trasplantadas a la Nueva España desde los primeros tiempos del régimen creado por el conquistador a raíz de la toma de México.
Hernán Cortés, con la clara visión de su genio, comprendió que, para dar al país conquistado una organización que corresponde a sus amplias miras y a los recursos naturales de la tierra, era necesario empezar la obra por los cimientos. Tratábase de fundar una nueva nacionalidad con los elementos de las dos razas, la española y la indígena; no de exterminar ésta al modo que lo hicieron los ingleses en sus colonias americanas, y, con la penetración del hombre que se ha echado a cuestas una empresa de titanes, buscó en la moral y en la religión las bases que habrían de sustentar tan grande obra, y pidió a Carlos V que le enviase misioneros de santidad acrisolada.
España al conquistar y colonizar esta parte del Continente Americano que se llama México, se propuso fundar una nación con todos los atributos que a ésta corresponden. No exploró el territorio como se explota un predio de propiedad privada, hasta con el abuso (abutendi) a que da derecho la legislación clásica desde la época de Roma; no esclavizó a las tribus indígenas, ni procuró embrutecerlas, como dicen algunos, estúpida o dolosamente. Con los elementos de las dos razas, organizó una nacionalidad en toda forma, de acuerdo con los planes de Hernán Cortés, que fueron trascendentales y elevados, porque si el Conquistador se mostró durante la lucha contra los aztecas y otros pueblos digno de hombrearse con los caudillos más ilustres de la humanidad, en la organización de la corona, al establecer los cimientos de Nueva España y trazar las líneas generales de la política y la administración, más puso de relieve su grandeza y geniales arrestos, no igualados ni superados todavía en el mundo americano.
Para vergüenza nuestra, Hernán Cortés no tiene en México un solo monumento que honre su memoria. Al revés, algunos le denigran y rebajan, mientras que a raíz de la Conquista, cuando humeaban las ruinas de la gran Tenochtitlán, los indios le veían con admiración y le veneraban como a un padre, y, en efecto, lo era, porque Corté fué, de hecho y de derecho, el “padre de la nacionalidad mexicana”.  Algún día habremos los mexicanos de levantar ese monumento, en el que deberá representarse a Cortés empuñando aquel estandarte que ideó al iniciar su epopeya en México, que tenía unos fuegos azules y blancos y una cruz colorada en medio y esta inscripción:
Amici, sequamus crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus, que significa: Amigos, sigamos la Cruz, y si tenemos fe, verdaderamente venceremos con esta bandera.



Bibliografía
1 Méjico a través de los siglos, II, p. 353
2 Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo, cap. CXLIX (CXC)
3 Mons. Francis Clementte Kelly, Obispo Católico en E. U.

HERNÁN CORTÉS 464 ANIVERSARIO DE SU FALLECIMIENTO



El próximo 2 de diciembre de 2011, se cumplen 462 años  en que  aquella noche lluviosa y fría, fallecía en la casa de campo del jurado y escribano real don Juan Rodríguez de Medina,  situada  en la Villade Castilleja de la Cuesta, en la orilla  derecha del río Guadalquivir, opuesta a la gran ciudad de Sevilla, “El notable y valeroso Hernán Cortés, engrandecedor de la honra e imperio de España” en palabras del Obispo de Navarra.
Hernán Cortés acababa de entregar el alma a la edad de 62 años rodeado, de su hijo, el sucesor de 15 años, Martín Cortés Ramírez de Arellano, de su primo fray Diego Altamirano y  del prior fray Pedro de Zaldivar quienes le ayudaron a bien morir. Su cuerpo quedó sobre  una cama del piso alto de la casa, que aún hoy en día la muestran a los turistas, las monjas encargadas del colegio en que se ha convertido la antigua morada. Menos de dos meses antes de su muerte, sintiéndose desfallecer por la grave disentería que le había impedido embarcase parala Nueva España, como había sido su intención primera, había dictado su Testamento en el cual asentaba, con minucia y lucidez todo lo relativo a sus negocios, a las personas que beneficiaba, y aún, lo relacionado con sus exequias.
“En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que son tres personas y un Dios verdadero, el cual tengo, creo y confieso por mi verdadero Dios y Redentor, y de la gloriosísima y bienaventurada Virgen, su bendita madre, Señora y Abogada nuestra, Sepan que cuantos esta carta de Testamento vieren, como yo D. Fernando Cortés, marqués del valle de Oaxaca, Capitán general de la Nueva España y mar del Sur, por la majestad cesárea del emperador D. Carlos Vo, de ese nombre, rey de España, mi soberano príncipe y señor. Estando enfermo, y en mi libre y natural juicio, cual Dios Nuestro Señor fue servido de me lo dar, temiéndome de la muerte, como sea cosa natural a toda criatura,, queriendo estar aparejado para cuando la voluntad de Dios sea de me  llevar, y de lo que conviene al bien de mi alma, seguridad y descargo de mi conciencia, otorgo e conozco por esta carta que hago e otorgo y ordeno este mi Testamento, última y postrimera voluntad en la forma y manera siguiente…………”. Primera cláusula: “Primeramente mando, que si muriese en estos reinos de España, mi cuerpo sea puesto e depositado en la iglesia de la parroquia donde estuviere la casa donde yo falleciere, e que allí esté en depósito e hasta que sea tiempo e a mi sucesor le parezca de llevar mis huesos a la Nueva España, lo que le encargo e mando que ansí haga dentro de diez años e antes si fuere posible e que los lleven a la mi villa de Coyoacán, y allí le den tierra en el monasterio de monjas que mando hacer e edificar en la dicha mi villa…y…..constituyo por mi enterramiento y de mis sucesores”.
Por lo anterior hemos visto que la primera preocupación, aparte de estar bien con Dios, es que sus restos descansaran en la tierra de su Conquista, en el país que robó su corazón y que con tan grande empeño lo había liberado del paganismo y tan sabiamente lo había gobernado emitiendo directivas que duraron por muchos años. Los restos de Hernán Cortés no pudieron quedar en Coyoacán como había sido su deseo. Actualmente permanecen, tras diez consecutivos traslados, en  la Iglesia aneja al Hospital de Jesús Nazareno, del Centro Histórico de la ciudad de México. Una simple placa de bronce consigna: HERNÁN CORTÉS, 1485-1547. En el muro lateral del presbiterio al lado del Evangelio a un altura de 2.50 metros descansan los restos del hombre sin igual,  fundador de un país y de un pueblo nuevos, como resultado de su Conquista. A continuación, para terminar esta breve reseña, consignaré el elogio que hace del Fundador un contemporáneo suyo y testigo de muchos de sus actos. Se trata de un hombre santo, protagonista como él,  del nacimiento de la nueva nación que con los años sería México: Fray Toribio de Benavente, alias Motolinía.
El historiador don Alfonso Trueba escribe en sus comentarios sobre Motolinía: “Nos parece que es el elogio más bello que ha recibido Cortés porque es el elogio de un santo. Si alguna duda tuviésemos acerca de la grandeza de Hernán Cortés, nos bastaría el testimonio de Motolinía para desvanecerla”
Este elogio fue escrito después de muerto don Hernando, así que no puede atribuirse a ningún interés, es, por tanto, de un hombre que lo conoció y trató, además, de que nunca dijo mentira alguna.
 “Algunos que murmuran del Marqués del Valle, que Dios tiene, y que quieren ennegrecer y oscurecer sus obras, y yo creo que delante de Dios las obras de ellos, no son tan aceptas como lo fueron las del Marqués; aunque como hombre fuese pecador, tenía fe y obras de buen cristiano, y muy gran deseo de emplear la vida y la hacienda en ampliar y aumentar la fe de Jesucristo, y morir por la conversión de los gentiles….” “Dios lo visitó con grandes aflicciones, trabajos y enfermedades para purgar sus culpas y limpiar su ánima, y creo que es hijo de salvación y que tiene mayor corona que  otros que lo menosprecian….. trabajó de decir la verdad y de ser hombre de su palabra, lo cual mucho aprovechó con los indios….”  “Traía por bandera una Cruz colorada  en campo negro, en medio de unos fuegos azules y blancos, y la letra decía: Amigos, sigamos la Cruz de Cristo, que si en nosotros hubiera Fe, con esta señal venceremos….” “¿Quien así amó y defendió a los indios en este mundo nuevo como Cortés?. Amonestaba y rogaba mucho a sus compañeros que no tocasen a los indios ni a sus cosas, y porque un español llamado Juan Polanco, cerca del Puerto, entró en casa de un indio y tomó cierta ropa, le mandó dar cien azotes…..”“Por este Capitán nos abrió Dios la puerta para predicar el Santo Evangelio, y éste puso a los indios que tuvieran reverencia a los Santos Sacramentos, y a los ministros de la Iglesia en acatamiento; por esto me he alargado, ya que es difunto, para defender en algo de su vida….”
 He aquí pues, estimados amigos, algunos contundentes conceptos, asentados en documentos irrefutables que, lamentablemente, cierto sector de los historiadores oficiales mexicanos, tendenciosos y partidistas ocultan, para que el ciudadano común no conozca el heroico y luminoso despertar de su patria.

miércoles, 10 de agosto de 2011

LA FE DE HERNÁN CORTÉS


Cuando Hernán Cortés desembarcó en la isleta de San Juan de Ulúa, el jueves Santo 21 de’ abril de 1519, al frente de casi 600 hombres de guerra; habían pasado solamente 27 años desde la toma de Granada por los Reyes Católicos y 26 años y medio desde el descubrimiento del continente americano por Cristóbal Colón. Por lo tanto, Cortés y sus seguidores continuaban el impulso natural de la España de entonces, primera potencia europea, que junto a Portugal, abrían las rutas marinas al comercio y a la Fe cristiana.

Frente al pequeño grupo de exploradores se dibujaba la línea costera de un mundo desconocido.
Solamente, dos breves exploraciones anteriores habían tocado ese litoral; la de Hernández de Córdoba en 1517 y la de Juan de Grijalva en 1518.
México, nuestro país no existía todavía, el pueblo mexicano estaba aún por nacer y el territorio que Cortés contemplaba era ocupado por muy diversas tribus paganas que hablaban más de 50 lenguas y dialectos diferentes guerreando continuamente unos contra otros. De entre ellos el mas fuerte era la tribu culhúa, casta guerrera seguidora de una religión cruelísima con la cual esclavizaba a muchos pueblos oscureciendo su espíritu. Cada comunidad sometida debía entregar, entre otros, un tributo de jóvenes y doncellas para el sacrificio a sus dioses. Cada cacique temblaba con solo escuchar el nombre del gran “tlatoani” (el que habla más fuerte, el mandamás) Moctezuma.
Para entender la FE de Hernán Cortés y de sus compañeros hay tomar en cuenta los antecedentes históricos que habían formado su carácter. En los españoles de los siglos XV Y XVI palpitaba la sangre de más de 30 generaciones de luchadores contra el musulmán, infiel invasor de Iberia por casi 800 años. Todos esos siglos de guerra templaron el valor y la FE de los cristianos, cualidades que no tenían los otro pueblos europeos.
Por lo tanto, para los hijos de la casta hidalga, empuñar la espada o la lanza era la única manera de ganarse el pan y hacer morada. El hidalgo, no podía ejecutar otro trabajo, deshonra era, hacerlo por otros medios que no fuesen arriesgar con valor la propia vida, hacer fortuna, mantener su linaje o crear otro con las armas en la mano; todo esto, era lo correcto y digno para los jóvenes cristianos. El ancestral llamado de la cruzada medieval estaba en el alma de los conquistadores del nuevo mundo.
La Cruz y la Espada eran el signo de la FE.
Salvar las almas de los paganos de América, aún contra su voluntad, extender el reinado de Jesucristo, eran los principales motivos de la Conquista; el llamado venía de Dios, los medios, de esos jóvenes, muchos de los cuales morirían en la aventura.
Hernán Cortés esa el prototipo de esa casta de guerreros natos, para quienes la vida no tenía otro sentido que empuñar la espada, montar a caballo y arriesgar su vida con valor. Ganar la fortuna del infiel y del pagano a cambio de llevar la luz de la verdadera FE, protegiendo a los religiosos en su labor evangelizadora.
A los 19 años de edad el joven hidalgo Hernán, se precipitó en el tumultuoso torrente humano que buscaba fortuna y honra o tal vez la muerte. Como tantos otros cruzó el océano tormentoso obedeciendo al llamado divino que marcó en Descubrimiento y la Conquista del nuevo mundo. SERVIR A DIOS Y AL REY era el lema.
Los hidalgos y gente llana que se embarcaban en Sevilla para las nuevas tierras descubiertas debían registrarse en La Casa de Contratación, estupendo filtro, que no permitía el ingreso de forajidos, perseguidos por la Justicia, dudosos cristianos, mujeres de mala vida y de quienes no pudiesen pagar su pasaje. Con los cientos de miles de documentos del Archivo sevillano se derriba la Leyenda Negra confeccionada por los enemigos de España con la que afirman maliciosamente, que los conquistadores del continente eran una banda de maleantes. La Corona española controló muy bien a sus emigrantes durante los 330 años que dominó en toda la Tierra Firme americana.
Todo lo contrario de la Corona inglesa, que desde principios del siglo XVII, vació sus cárceles y calles de sus ciudades de toda laya de indeseables, embarcando a cientos de miles para poblar las costas de Norteamérica. Propiciando, con esto, la extinción de los indios y la trata de esclavos negros arrancados del África.
En la mente de los conquistadores, los seres humanos se dividían en cristianos, infieles y: paganos; convertir a éstos a la FE de Jesucristo, a la luz de Su Revelación y someterlos al Rey Emperador de las Españas era un deber primordial. Al Rey se le debía lealtad por ser ministro de Dios en la Tierra para defender a los cristianos de sus enemigos jurados y visibles: los musulmanes; mientras que al Papa se le obedecía por ser el representante de Cristo para velar por la salud espiritual de los fieles y defenderlos de los enemigos de la FE: los judaizantes, los infieles y los herejes.
Hernán Cortés era hombre de FE probada; el soldado cronista Bernal Díaz del Castillo escribe en su “Historia Verdadera”:
“Cortés era muy religioso, rezaba todas las mañanas en su libro de oraciones y oía la Santa Misa con devoción”.
Antes de entrar en batalla con los nativos les hacía leer por medio de sus intérpretes, el Requerimiento legal; si aceptaban ser amigos se les daba la paz, en caso contrario, se les hacía la guerra.
Para entender a los conquistadores y, con ellos, a su más insigne representante hay que ser consciente de esta circunstancia: Toda la actuación de Cortés como conquistador, gobernante, político, poblador y constructor de la nueva nación mexicana, estaba impregnada del ideal medieval que creó la civilización cristiana, del amor que sentía por la tierra de su conquista, de la que hoy formamos parte y de su fidelidad al Rey. Hernán Cortés estaba convencido de la santidad de su empresa.
En noviembre de 1547 en Castilleja de la Cuesta, poco antes de fallecer, pide en la primera cláusula de su testamento que sus restos sean trasladados la villa de Coyoacán. Actualmente, éstos se encuentran ella iglesia anexa al Hospital de Jesús por él fundado en el centro de la ciudad de México.
Los hombres y mujeres del siglo XXI, sobre todo los que pontifican de historiadores oficiales, no ven o no quieren ver los antecedentes del nacimiento de la nación mexicana. Influenciados, como están, por los anti valores del cristianismo, como son: el ateísmo, el liberalismo, la indiferencia religiosa y el hedonismo; permeados por las corrientes destructoras de la mente y del espíritu; del mundialismo apabullante y su secuencia sensiblera, romántica, debilitadora de la educación y del carácter heredados de nuestros ancestros.
A los intelectuales que desprecian la verdad histórica, qué la han sustituido por otra falsa, fantasiosa y subjetiva, hago un llamado urgente: recobremos el conocimiento y la difusión de nuestro pasado mediterráneo. Somos el resultado de la Conquista española.
El nacimiento de lo que sería México comenzó cuando Cortés derribó los ídolos del templo mayor culhúa y luego el 13 de agosto de 1521 (la Conquista). Su FE de Bautismo se escribió el 12 de diciembre de 1531 (Aparición de la Virgen Santísima en el cerro del Tepeyac) y su Confirmación sería el 27 de septiembre de 1821 (La entrada del Ejército Trigarante con Agustín de Iturbide al frente).

sábado, 30 de octubre de 2010

Segunda carta-relación de Hernán Cortés al Emperador Carlos V. Segura de la Frontera 30 de octubre de 1520

Enviada a su sacra majestad del emperador nuestro señor, por el ca- 
pitán general de la Nueva España, llamado don Fernando Cortés, en 
la cual hace relación de las tierras y provincias sin cuento que ha 
descubierto nuevamente en el Yucatán del año de diez y nueve a esta 
parte, y ha sometido a la corona real de Su Majestad. En especial 
hace relación de una grandísima provincia muy rica, llamada Culúa, 
en la cual hay muy grandes ciudades y de maravillosos edificios y 
de grandes tratos  y riquezas, entre las cuales hay una más maravi- 
llosa y rica que todas, llamada Tenustitlan, que está, por maravi- 
lloso arte, edificada sobre una grande laguna; de la cual ciudad y 
provincia es rey un grandísimo señor llamado Mutezuma; donde le acae- 
cieron al capitán y a los españoles espantosas cosas de oír. Cuenta 
largamente del grandísimo señorío del dicho Mutezuma, y de sus ri- 
tos y ceremonias y de cómo se sirven.
Muy alto y poderoso y muy católico príncipe, invictísimo emperador 
y señor nuestro:

En una nao que de esta Nueva España de vuestra sacra majestad des- 
paché a diez y seis días de julio del año de quinientos y diez y 
nueve, envié a vuestra Alteza muy larga y particular relación de las 
cosas hasta aquella sazón, después que yo a ella vine, en ella suce- 
didas. La cual relación llevaron Alonso Hernández Portocarrero y 
Francisco de Montejo, procuradores de la Rica Villa de la Vera Cruz, 
que yo en nombre de vuestra alteza fundé. Y después acá, por no ha- 
ber oportunidad, así por falta de navíos y estar yo ocupado en la 
conquista y pacificación de esta tierra, como por no haber sabido 
de la dicha nao y procuradores, no he tornado a relatar a vuestra 
majestad lo que después se ha hecho; de que Dios sabe la pena que 
he tenido. Porque he deseado que vuestra alteza supiese las cosas 
de esta tierra, que son tantas y tales que, como ya en la otra re- 
lación escribí, se puede intitular de nuevo emperador de ella, y 
con título y no menos mérito que el de Alemaña, que por la gracia 
de Dios vuestra sacra majestad posee. Y porque querer de todas las 
cosas de estas partes y nuevos reinos de vuestra alteza decir todas 
las particularidades y cosas que en ellas hay y decir se debían, se- 
ría casi proceder a infinito.


Que a ocho leguas de esta ciudad de Churultecal están dos sierras 

muy altas y muy maravillosas, porque en fin de agosto tienen tanta 

nieve que otra cosa de lo alto de ellas si no la nieve, se parece.

Y de la una que es la más alta sale muchas veces, así de día como 
de noche, tan grande bulto de humo como una gran casa, y sube encima 
de la sierra hasta las nubes, tan derecho como una vira, que, según 
parece, es tanta la fuerza con que sale que aunque arriba en la sie- 
rra andaba siempre muy recio viento, no lo puede torcer. Y porque yo 
siempre he deseado de todas las cosas de esta tierra poder hacer a 
vuestra alteza muy particular relación, quise de ésta, que me pare- 
ció algo maravillosa, saber el secreto, y envié diez de mis com- 
pañeros, tales cuales para semejante negocio eran necesarios, y 
con algunos naturales de la tierra que los guiasen, y les encomendé 
mucho procurasen de subir la dicha sierra y saber el secreto de a- 
quel humo, de dónde y cómo salía. Los cuales fueron y trabajaron lo 
que fué posible para la subir, y jamás pudieron, a causa de la mu- 
cha nieve que en la sierra hay y de muchos torbellinos que de la 
ceniza que de allí sale andan por la sierra, y también porque no 
pudieron sufrir la gran frialdad que arriba hacía, pero llegaron 
muy cerca de lo alto, y tanto que estando arriba comenzó a salir 
aquel humo, y dicen que salía con tanto ímpetu y ruido que parecía 
que toda la sierra se caía abajo, y así se bajaron y trajeron mucha 
nieve y carámbanos para que los viésemos, porque nos parecía cosa 
muy nueva en estas partes a causa de estar en parte tan cálida, se- 
gún hasta ahora ha sido opinión de los pilotos, especialmente, que 
dicen que esta tierra está en veinte grados, que es en el paralelo 
de la isla Española, donde continuamente hace muy gran calor.



Pasada esta puente, nos salió a recibir aquel señor Mutezuma con 

hasta doscientos señores, todos descalzos y vestidos de otra librea 
o manera de ropa asimismo bien rica a su uso, y más que la de los 
otros, y venían en dos procesiones muy arrimados a las parede de 
la calle, que es muy ancha y muy hermosa y derecha, que de un abo 
se parece el otro y tiene dos tercios de legua, y de la una parte
y de la otra muy buenas y grandes casas, así de aposentamientos co-
mo de mezquitas, y el dicho Mutezuma venía por medio de la calle con 
dos señores, el uno a la mano derecha y el otro a la izquierda, de 
los cuales el uno era aquel señor grande que dije que había salido a 
hablar en las andas y el otro era su hermano del dicho Mutezuma, 
señor de aquella ciudad de Ixtapalapa de donde yo aquel día había 
partido, [...].
Y allí me tomó de la mano y me llevó a una gran sala que estaba fron- 
tera del patio por donde entramos, y allí me hizo sentar en un estra- 
do muy rico que para él lo tenía mandado hacer, y me dijo que le es-
perase allí y él se fué.




Y dende a poco rato, ya que toda la gente de mi compañía estaba apo- 

sentada, volvió con muchas y diversas joyas de oro y plata, y pluma- 
jes, y con hasta cinco o seis mil piezas de ropa de algodón, muy ri- 
cas y de diversas maneras tejidas y labradas, y después de me las 
haber dado, se sentó en otro estrado que luego le hicieron allí jun- 
to con el otro donde yo estaba; y sentado, prepuso5 en esta manera: 
"Muchos días ha que por nuestras escripturas tenemos de nuestros an- 
tepasados noticia que yo ni todos los que en esta tierra habitamos 
no somos naturales de ella sino extranjeros, y venidos a ella de par- 
tes muy extrañas; y tenemos asimismo que a estas partes trajo nues- 
tra generación un señor cuyos vasallos todos eran, el cual se volvió 
a su naturaleza, y después tornó a venir dende en mucho tiempo, y 
tanto, que ya estaban casados los que habían quedado con las mujeres 
naturales de la tierra y tenían mucha generación y hechos pueblos 
donde vivían, y queriéndolos llevar consigo, no quisieron ir ni me- 
nos recibirle por señor, y así se volvió; y siempre hemos tenido 
que los que de él descendiesen habían de venir a sojuzgar esta tie- 
rra y a nosotros como a sus vasallos; y según de la parte que vos 
decís que venís, que es a do sale el sol, y las cosas que decís de 
ese gran señor o rey que acá os envió, creemos y tenemos por cierto, 
él sea nuestro señor natural, en especial que nos decís que él ha 
muchos días que tenía noticia de nosotros; y por tanto, vos sed cier- 
to que os obedeceremos y tendremos por señor en lugar de ese gran 
señor que vos decís, y que en ello no habrá que yo en mi señorío po- 
seo, mandar a vuestra voluntad, porque será obedecido y hecho; y to- 
do lo que nosotros tenemos es para lo que vos de ello quisiéredes 
disponer. Y pues estáis en vuestra naturaleza y en vuestra casa, 
holgad y descansad del trabajo del camino y guerras que habéis te- 
nido, que muy bien sé todos los que se vos han ofrecido de Puntun- 
chán acá, y bien sé que los de Cempoal y de Tascaltecal os han di- 
cho muchos males de mí. No creáis más de lo que por vuestros ojos 
veredes, en especial de aquellos que son mis enemigos, y algunos de 
ellos eran mis vasallos y hánseme rebelado con vuestra venida, y 
por se favorecer con vos lo dicen; [...]




Porque para dar cuenta, muy poderoso señor, a vuestra real excelen- 

cia, de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas de esta gran ciu- 
dad de Temixtitan, del señorío y servicio de este Mutezuma, señor de 
ella, y de los ritos y costumbres que esta gente tiene, y de la orden 
que en la gobernación, así de esta ciudad como de las otras que eran 
de este señor, hay, sería menester mucho tiempo y ser muchos relato- 
res y muy expertos; no podré yo decir de cien partes una, de las que 
de ellas se podrían decir, mas como pudiere diré algunas cosas de 
las que vi, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admi- 
ración que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros pro- 
pios ojos las vemos, no las podemos con el entendimiento comprender. 
Pero puede vuestra majestad ser cierto que si alguna falta en mi re- 
lación hubiere, que será antes por corto que por largo, así en esto 
como en todo lo demás de que diere cuenta a vuestra alteza, porque 
me parecía justo a mi príncipe y señor, decir muy claramente la ver- 
dad sin interponer cosas que la disminuyan y acrecienten. [...] 
Esta gran ciudad de Temixtitan está fundada en esta laguna salada, 
y desde la tierra firme hasta el cuerpo de la dicha ciudad, por cual- 
quiera parte que quisieren entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cua- 
tro entradas, todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lan- 
zas jinetas. Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba. Son las 
calles de ella, digo las principales, muy anchas y muy derechas, y 
algunas de éstas y todas las demás son la mitad de tierra y por la 
otra mitad es agua, por la cual andan en sus canoas, y todas las ca- 
lles de trecho a trecho están abiertas por do atraviesa el agua de 
las unas a las otras, y en todas estas aberturas, que algunas son 
muy anchas, hay sus puentes de muy anchas y muy grandes vigas, jun- 
tas y recias y bien labradas, y tales, que por muchas de ellas pueden 
pasar diez de a caballo juntos a la par. Y viendo que si los natura- 
les de esta ciudad quisiesen hacer alguna traición, tenían para ello 
mucho aparejo, por ser la dicha ciudad edificada de la manera que di- 
go, y quitadas las puentes de las entradas y salidas, nos podrían de- 
jar morir de hambre sin que pudiésemos salir a la tierra. Luego que 
entré en la dicha ciudad di mucha prisa en hacer cuatro bergantines, 
y los hice en muy breve tiempo, tales que podían echar trescientos 
hombres en la tierra y llevar los caballos cada vez que quisiésemos. 
Tiene esta ciudad muchas plazas, donde hay continuo mercado y tra- 
to de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces 
la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay 
cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; 
donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras 
se hallan, así de mantenimientos como de vituallas, joyas de oro y 
plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de hue- 
sos, de conchas, de caracoles y de plumas. Véndese cal, piedra labra- 
da y por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y por labrar de 
diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos los linajes 
de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codorni- 
ces, lavancos7, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en 
cañuela, papagayos, búharos, águilas, halcones, gavilanes y cerníca- 
los; y de algunas de estas aves de rapiña, venden los cueros con su 
pluma y cabezas y pico y uñas. [...]
La gente de esta ciudad es de más manera y primor en su vestir y 
servicio6 que no la otra de estas otras provincias y ciudades, por- 
que como allí estaba siempre este señor Mutezuma, y todos los seño- 
res sus vasallos ocurrían siempre a la ciudad, había en ellas más 
manera y policía en todas las cosas. Y por no ser más prolijo en 
la relación de las cosas de esta gran ciudad, aunque no acabaría 
tan aína, no quiero decir más sino que en su servicio y trato10 de 
la gente de ella hay la manera casi de vivir que en España, y con 
tanto concierto y orden como allá, y que considerando esta gente 
ser bárbara y tan apartada del conocimiento de Dios y de la comu- 
nicación de otras naciones de razón, es cosa admirable ver la que 
tienen en todas las cosas. [...]


martes, 14 de septiembre de 2010

El imperio de Huitzilopochtli. Segunda Parte HISTORIA RELIGIÓN MÉXICO

Esa era la escena, tan sangrienta y repugnante que, al decir de Schlarman, si la Reina Isabel la hubiese contemplado "se hubiese desmayado de espanto".

"Pero Dios N.S., en el tiempo fijado por su misericordia iba a poner fin a tantas atrocidades, con un golpe maestro de su diestra y que había de repercutir en todos los tiempos, como testimonio de amor preferente para con todos los reinos del Anáhuac"

En el plan armónico de la historia todos los hechos tienen un oculto sentido que después resplandece. Fue necesario el hundimiento de Grecia y el surgir magnífico del pueblo romano; fue preciso el poderío avasallador de su imperio dando unidad al mundo y articulando sus partes dislocadas en un solo organismo jurídico, para que el acontecimiento central de la historia humana, el advenimiento de Cristo, se produjera en el mundo en condiciones de centelleante propagación. Los acontecimientos más sublimes generados por la voluntad de Dios, enlazan maravillosamente lo divino y lo humano, el orden natural y la realidad sobrenatural.

"En America ocurría lo mismo. Están dispuestos ya los elementos humanos. Un pueblo de Anáhuac que ignora su destino. Una raza cristiana que rebasa los mares. Un capitán denodado con la espada en la diestra y la Cruz en el pecho. El mundo expectante..., presiente algo grandioso... El drama empieza..., y la Madre de Dios, la Virgen María, sabe que el momento solemne se acerca de ganar para sí el corazón entero de un pueblo que es el objeto mismo del drama". 

 Fue así como, por especial designio de Dios Todopoderoso, llegó para estos sufridos pueblos del México Precortesiano el ansiado día de su liberación.

Desde tierras de Oriente, tal y como siglos antes lo profetizara el bondadoso Quetzalcóatl, llegaron hombres blancos y barbados dispuestos a implantar toda una era de paz, progreso, dulzura y amor.

Era voluntad de Dios que el mal fuese vencido, que el demonio fuese desterrado y que la dulce doctrina de Nuestro Señor Jesucristo arraigase en los corazones del noble pueblo mexicano.

Una de las escenas más impresionantes y significativas de la Conquista de México se desarrolla cuando Cortés -armado con una barreta de hierro- subió al Gran Teocalli, golpeó con ella entre los ojos al feroz Huitzilopochtli y, en pocos minutos, el ídolo demoníaco rodaba por el suelo hecho pedazos.

El Bien - representado por la Fe de Cristo- cuyo brazo armado en esos momentos era Hernán Cortés contra el Mal -personificado por el brutal Huitzilopochtli-, el cual en esos momentos se arrastraba destrozado por las gradas del Cu, al igual que Luzbel cuando cayó vencido a los pies del Arcángel San Miguel.

Y Cortés -de rodillas- con lágrimas de alegría en los ojos  y con un Crucifijo en mano exclamó en voz alta:

"Infinitas alabanzas te sean dadas Dios verdadero, el los siglos de los siglos, porque has permitido que al cabo de tantos años que el demonio con la abominación de sus errores, tiranizaba estas incógnitas naciones, asentado en este trono, le haya por nuestras indignas y débiles fuerzas desterrado a los abismos donde mora"

A partir de ese momento se cerró un doloroso capítulo de la historia de nuestra patria y empezó a forjarse la verdadera nación mexicana.
Que bien encuadran aquí aquellas sonoras frases del ilustre historiador don Alfonso de Trueba:

"No nos cabe duda de que el demonio, el real, el auténtico demonio, había tomado posesión de los mexicanos, los había embrutecido y puesto a su servicio.
¡Glorioso el día en que apareció la Cruz y puso en fuga a la legión satánica!
Entonces el indio mexicano, este indio apacible y manso, fue rescatado de las garras del Malígno y pudo al fin tener un día de paz"

sábado, 3 de julio de 2010

Hernán Cortés

Hernán Cortés fue hijo único de un noble sin título, llamado Martín Cortés y de Catalina Pizarro Altamirano. Además, fue primo segundo de Francisco Pizarro, quien posteriormente conquistó el Imperio Inca.

A los 14 años, su padre lo envió a estudiar leyes a Salamanca, ciudad que abandonó dos años más tarde, movido por su afán de aventuras.Tras varios intentos fallidos de embarcar para las Indias o de participar en las campañas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia, en la primavera de 1504 zarpó hacia la isla de La Española, donde se instaló como plantador y funcionario colonial.

Cortés participó en la expedición de conquista de Cuba, dirigida por el gobernador Diego de Velázquez, de quien recibió tierras y esclavos en la isla, y llegó a ser nombrado alcalde de Santiago de Cuba, aunque después fue encarcelado por el gobernador, acusado de conspirar en su contra.

Tras ser liberado, se casó con la cuñada del propio Diego Velázquez, Catalina Suárez Marcaida, y partió hacia las costas de Yucatán.

El primer contacto con las civilizaciones mesoamericanas lo tuvo en la isla de Cozumel, un importante puerto naviero y centro religioso maya, e inmediatamente después de presentarse con el gobernante local de la ciudad, Cortés le pidió que dejaran su religión y adoptaran el cristianismo, mandando a sus hombres a destruir los ídolos religiosos mayas y poner cruces e imágenes de la Virgen María en el templo.

El 8 de noviembre de 1519 se produjo el encuentro entre Moctezuma y Cortés, donde doña Marina fungió como intérprete. Como Moctezuma II creyó que los españoles eran enviados del dios que vendría del Este, fue un espléndido anfitrión de éstos.

Mientras los peninsulares permanecieron en Tenochtitlan, visitaron los palacios y templos de la gran capital azteca, así como el gran templo y mercado de la ciudad de Tlatelolco.

Finalmente, Cortés cercó y tomó Tenochtitlán en 1521 para destruir la capital azteca y construir en el mismo lugar la ciudad española de México.

Después de dominar el antiguo imperio azteca, lanzó expediciones hacia el sur para anexar los territorios de Yucatán, Honduras y Guatemala.

En 1522 fue nombrado gobernador y capitán general de Nueva España; sin embargo, la Corona española practicó una política de recorte de los poderes de los conquistadores y funcionarios reales fueron enviados a México para compartir la autoridad de Cortés, hasta que éste fue destituido y enviado a la Península.

En España salió absuelto de todas las acusaciones que se le imputaban e incluso fue nombrado marqués del Valle de Oaxaca, además de que conservó el cargo honorífico de capitán general.

De vuelta a México, en 1530, todavía organizó algunas expediciones de conquista, como las que incorporaron al territorio la Baja California.

Regresó nuevamente a España para intentar obtener mercedes de la Corona por los servicios prestados, pero sus reclamaciones nunca fueron satisfechas.

Hernán Cortés se instaló en un pueblo cercano a Sevilla, en donde reunió una tertulia literaria y humanística, hasta que murió el 2 de diciembre de 1547.