- Inmenso poder y enriquecimiento por las Misiones, llamadas reducciones.
- Haber obstaculizado la política de Carlos III y haber intentado envenenarlo.
- Haber adquirido mucha influencia en la política europea.
- Haber intentado los asesinatos de los reyes José de Portugal y de Luis XV de Francia
Pero, con investigar superficialmente, la actuación de la Masonería del siglo XVIII sabremos bien cuál era la verdadera razón del odio contra la Compañía de Jesús
A los ojos de los seguidores del Príncipe del Mundo, uno era su crimen:
Haberse opuesto tenazmente a la destrucción del Orbe Católico, a la destrucción de la Cristiandad.
Existen dos cartas de conocidos masones franceses que han reproducido casi todos los historiadores:
La una, de Jean le Rond D’Alemberta Chatolai:
“Para destruir a la Iglesia Católica, hay que comenzar por los jesuitas como los más valientes”.
La otra de François Marie Arouet, alias Voltaire a Claude Adrien Helvetius en 1761:
"Destruidos los jesuitas, venceremos a la infame". La infame, para él, era la Iglesia Católica.
Una grave consecuencia de la expulsión de los jesuitas de los territorios americanos del Imperio Español, fue la profunda aversión que sus habitantes sintieron por las disposiciones de la Corona. Por tanto, no hay que descartar en ese episodio, las semillas de la separación de España, así como la introducción de la literatura enciclopedista francesa en la educación de las clases altas, educación ayuna del fuerte sostén jesuítico.
Acto seguido, el Liberalismo se encargaría de preparar a la opinión pública ensanchando la brecha que se producía entre los españoles americanos y los peninsulares.
La España del siglo XVIII, ya no era la de los Reyes Católicos, ni la de Carlos V o la de Felipe II. Como bien lo dice don Ramiro de Maeztu en su obra En defensa de la Hispanidad:
“De las incertidumbres hispanoamericanas del siglo XIX tiene la culpa el escepticismo español del siglo XVIII....”
La España de ese siglo conoció una etapa lamentable de ablandamiento, de una gran decadencia, sobre todo en la monarquía. La corrupción, que ya se notaba en las altas capas del clero y de la aristocracia, siguió de manera ascendente con la admiración de todo tipo de novedades que llegaban principalmente de Francia.
Siguiendo a Maeztu, transcribo otro párrafo de su obra: “
Defensa de la Hispanidad
“El hidalgo de los siglos XVI y XVII recibía una educación severa y disciplinada de modo que el pueblo asumía de buena gana su superioridad, pero cuando dicha educación se hizo notoriamente muelle, y al espíritu de servicio a la comunidad, sucedió el de privilegio, los caballeros se convirtieron en señores, primero, y en señoritos después, no es extraño que el pueblo les perdiera el respeto".
En la segunda mitad del siglo XVIII gobernaron aristócratas masones, cuyo propósito último era dejar a España sin religión.
Por supuesto que la impiedad no entró a España blandiendo ostensiblemente sus principios anticatólicos, sino que entró en secreto
Durante muchas décadas los nobles siguieron rezando su rosario. Pero empezaron por envidiar el fasto y la pujanza de las naciones extranjeras, principalmente si eran protestantes, admiraron sin reservas, las flotas y el comercio de Holanda e Inglaterra, los lujos de la corte de Versalles, después se asomaron a los autores extranjeros, comenzando por Montesquieu, el más antihispanista de todos. Llegando hasta experimentar vergüenza por la gesta evangelizadora de los Reyes Católicos y de la Casa de Austria.
Entre los valores de la Cristiandad que España había transmitido al continente americano estuvo la certeza inamovible de ser, ella misma, la espada de Dios sobre la tierra, preservando la fe del pueblo español y propagando en todas partes la verdadera Religión.
Recordemos que la conquista de Granada acaeció precisamente en 1492, tras siete siglos de incesante lucha contra el infiel. En ese año se decretó la expulsión de los judíos no bautizados, por pretender ellos, ofrecer a los Reyes Católicos el dominio del mundo por medio de las finanzas. Ofrecimiento hecho a Inglaterra y aceptada por esta en 1532. El Cisma de la iglesia anglicana aconsejada por el canciller privado del Rey, el hereje Thomas Comwell en 1532, provocó la división entre los ingleses, pues mañosamente había propiciado el ingreso a la Cámara de los Comunes de una mayoría de burgueses anticlericales, quienes de acuerdo con
las sociedades secretas pidieron la ruptura con Roma tomando como pretexto el deseo real de divorciarse de la Reina.
Ante el peligro de contaminación de la religión, ya manifestado varias décadas antes por los falsos conversos, los Reyes Católicos habían pedido al Papa la instauración del Santo Oficio,
el Tribunal de la Santa Inquisición.
Con el Santo Oficio, España quedó exenta de la contaminación de la Cábala Gnóstica y posteriormente de la invasión herética protestante que había conmovido al resto de Europa.
El Imperio, y con él, la Cristiandad pudo enfrentar los embates contra la religión por medio de la Compañía de Jesúsy su obra la Contrarreforma y el posterior Concilio de Trento.
En Lepanto, el Imperio Español lucho y triunfó en favor de los pueblos europeos en general, aunque ninguno de sus gobiernos se lo agradeció, resaltando entre todos la traición del rey Francisco I de Francia y de los Dogos venecianos.
Los valores eternos de la Cristiandad, tan bien representados en la Edad Media y conservados por la España de los siglos XV, XVI y la mayor parte del XVII, se manifestaban en la sociedad organizada de cara a Dios, siguiendo todos, un mismo fin:
La Iglesia y el Estado, la Universidad, las Leyes, las costumbres y la educación que se proporcionaba a los pueblos, los inducía a vivir para la mayor gloria de Dios
Por el espíritu del Concilio de Trento, el Estado español realizó un renacimiento propio, de cuño español, cuya concreción arquitectónica se plasmó en el Monasterio del Escorial.
Al tiempo que libraba a la jerarquía eclesiástica de la tentación mundana característica de la Sede papal y neutralizaba el influjo del humanismo laico de Erasmo de Rotterdamm.
Pero, esta Cristiandad, este Imperio medieval, apresado entre las garras del nominalismo filosófico, del voluntarismo teológico y del creciente naturalismo agonizó sin remedio a fines del siglo XVIII.
La Nueva España del mar Océano que había sido fundada y evangelizada por esta Cristiandad y este Imperio medieval formidables, que había disfrutado desde su fundación cortesiana de innumerables privilegios de la Corona, y que administraba desde México, su hermosa y estupenda ciudad capital, inmensos y ricos territorios. Este verdadero Reino de Ultramar se encontraba inerme, sus habitantes confiados e inconcientes, sin pensar que vivían los últimos años de bonanza, orden y paz.
Adormecidos como estaban, no podían imaginar que a la vuelta de unas cuantas décadas iban a sufrir las consecuencias de su descuido.
¡Que diferencia! Entre los primeros monarcas de la Casa de Austria y los últimos de esta dinastía, así como los pertenecientes a la nueva, la borbónica, del siglo XVIII.
Un botón de muestra nos da ejemplo del interés que el Emperador don Carlos tenía por los nacientes reinos americanos. Ya en sus últimos años como gobernante decretó lo siguiente:
"Para servir a Dios nuestro Señor y bien público de nuestros Reinos, conviene que nuestros vasallos súbditos naturales, tengan en ellos Universidades y estudios Generales donde sean instruidos y graduados en todas las ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias, y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia, criamos, fundamos y constituimos en la ciudad de Lima de los Reinos del Perú y en la ciudad de México de la Nueva España, Universidades, y estudios generales, y tenemos por bien y concedemos a todas las personas que en las dichas Universidades fueran graduadas, que gocen en nuestras Indias, Islas y Tierras Firmes del Océano, de las libertades y franquicias de que gozan en estos Reinos, los que se guardan en la Universidad y estudios de Salamanca..."
España, desde el principio de la Conquista había sido por esencia fundadora, los conquistadores fueron fieles a este concepto y fundaron una nueva sociedad. España había fundado la polis grecorromana en un Nuevo Mundo, fundó en fusión con el mundo precolombino, mediante el mestizaje, la erección de ciudades, el establecimiento de la Iglesia Católica y las instituciones del gobierno civil, los cabildos.
Es el nacimiento de una civilización nueva, distinta, original, enraizada en la tradición mediterránea greco-romana-ibérica y católica sobre lo indígena americano. España es en suma la madre histórica de América.
España no vaciló en mezclar su sangre con la del nativo, dando origen al “hombre de la tierra”
Refiriéndose al proceder de los seudo historiadores materialistas de todas las épocas, cuando quieren juzgar la actuación de España en el Nuevo Mundo. El historiador argentino don Alfredo Sáenz nos proporciona esta reflexión muy clara y apropiada para formar nuestro criterio histórico:
“Si se quita la intención evangelizadora, la conquista de América aparece – y así se ha querido reiteradamente mostrar por la Leyenda Negra como el caso de un pueblo poderoso que se enfrentó con pueblos débiles, que los vence, los explota lo más posible, y de este modo acrecienta el patrimonio de la Corona y las posibilidades mercantilistas de la Metrópoli. En una concepción semejante, el aspecto religioso pasa a ser solamente anecdótico y también expresión del “atraso y oscurantismo”secular de España”.
Visión parcial y malévola de la Conquista, tan querida por los materialistas dialécticos de todos los tiempos, los protestantes angloamericanos y sus corifeos de todas las nacionalidades.
He relatado brevemente los acontecimientos más destacados que sucedieron en la Nueva España durante el siglo XVIII en materia religiosa; ahora, también brevemente hablaré de su situación económica y moral: Para esto, voy a seguir la información que nos da don Pedro Sánchez Ruiz
en su estupenda obra “Historia de la Nación Mejicana”, de su última edición de este año 2005, en dos tomos.
“La ejemplar paz y armonía social, el desarrollo de las ciencias, las artes y las letras. El progreso económico de que disfrutó la Nueva España en los siglos XVI y XVII, y que se manifestó pujante en el siglo XVIII, no obstante las primarias y más urgentes necesidades de evangelización y civilización de los naturales. Se inicia la decadencia religiosa, política, cultural y económica de Méjico. Por su situación geográfica con respecto a la Metrópoli, por la extensión de su territorio, población y recursos de todas clases, por sus instituciones religiosas, políticas, sociales y culturales, el Reino de la Nueva España estaba predestinado a ser una nación independiente y soberana, y ya en ese siglo reunía todos los elementos necesarios para llegar a serlo. Era prácticamente la metrópoli de un mundo que se extendía desde Asia hasta la cuenca de mar Caribe, pasando por todos los territorios occidentales de Norte América. Y como consecuencia natural de los valores de todo orden acumulados en los dos siglos precedentes, la Nueva España llegó a su máximo esplendor”.
En la página 173 del primer tomo de la obra citada anteriormente, don Pedro Sánchez Ruiz nos da esta información:
“Según don Marcelino Menéndez y Pelayo, la Nueva España era toda una nación, la primera del continente, la más culta, y que mayores elementos tenía para engrandecerse, la parte predilecta y más cuidada del Imperio”. “Donde la cultura española había echado más hondas raíces”
El virrey Marqués de Cerralvo, escribía al rey don Felipe III a principios del siglo XVII: 
"La capital es la ciudad más culta y elegante del continente, pocas poblaciones tiene la Monarquía de Vuestra Majestad de más lustre que la de Méjico..."
A principio del siglo XIX, el diario angloamericano Morning Post citó en su editorial del 15 de octubre de 1804:
“Es Méjico la ciudad más rica y espléndida del mundo, el centro de todo lo que se transporta entre América y Europa, por una parte, y entre América y las Indias Orientales por la otra”.
Don Lucas Alamán y Escalada en la página del Tomo I, cap. III de su “Historia de México”, escribe lo que se revela como una nostalgia del la Nueva España que le toco ver:
“La abundancia y prosperidad que se disfrutaba, constituía un bienestar general que hoy se recuerda en toda la América, como en la antigua Italia el siglo de oro y el reinado de Saturno, más bien se mira como los tiempos fabulosos de nuestra historia, que como una cosa que en realidad hubo o que es posible que existiese”.
La Nueva España tenía todo para ser de por sí, un Reino independiente pese a su poca población en relación con su enorme extensión territorial; más de tres veces toda la Europa occidental estaba muy organizada en todo, con riquezas y moneda propia. Con flota propia, renovada ya, después que los ingleses la destruyeran como venganza por haber apoyado a Felipe V, en vez de Carlos de Austria.
También, don Lucas Alamán relata en el capítulo III del primer tomo de su obra un curioso proyecto que destaca la importancia de la Nueva España:
“A principios del siglo XVIII, durante la guerra de sucesión dinástica, la América toda se conservó adicta a la casa de Borbón, cuyo dominio tuvo tiempo de afirmarse antes de las hostilidades, Felipe V, ocupado Madrid en dos ocasiones por las tropas aliadas al archiduque don Carlos que sostenían los derechos de la Casa de Austria, creyendo no poder conservar su trono en España, pensó trasladarse a la Nueva España y hacer de su capital, Méjico, la capital de sus dominios ultramarinos"
Esta idea del nuevo monarca Borbón estuvo a punto de realizarse, de haber sido así, estos territorios, con su riqueza hubieran dado nueva vida al vetusto Imperio de los Austria.
Mas tarde, en 1783, apenas firmado el Tratado de París que reconocía la Independencia de los Estados Unidos por las potencias europeas, el conde de Aranda advertía a Carlos III
de la peligrosidad de la nueva nación republicana a quien la Corona había ayudado a independizarse de Inglaterra. Y recomendaba colocar a sus tres infantes españoles en sendos Reinos de ultramar, tomando el monarca el título de Emperador. No se le escuchó entonces.
En 1808, vendría otra oportunidad cuando Napoleón invadió a España. Unos meses antes, en marzo se previó la posibilidad de que el rey Carlos IV se refugiara en Nueva España, como lo había hecho el de Portugal en Brasil.
Manuel Godoy, el primer ministro del Monarca ideó un bien estructurado plan con todas las posibilidades de realizarse. Ya estaba todo preparado para el viaje de la familia real, con la anuencia indirecta de Napoleón para tener el campo libre de la Corte, cuando en 18 de ese mes se produjo una rebelión de los empleados y servidores del palacio que iban a quedar sin empleo y más aún por venir la idea del odiado Godoy.
La rebelión contagió al pueblo de Aranjuez donde se hallaba la corte desencadenando toda una catástrofe para la Corona. Los cabecillas del motín querían la cabeza del favorito Manuel Godoy quien tuvo que huir para salvar su vida y al día siguiente, obligaron al rey a abdicar en favor de su hijo don Fernando.
Don Lucas Alamán, refiriéndose a ese suceso comenta:
“Proyecto ese que hubiera producido los mejores resultados y que un siglo antes concibió Felipe V". "La independencia de Méjico se hubiera hecho sin violencia y sin sacudimientos como sucedió con el Brasil.....”
Es muy interesante repasar con cuidado los capítulos III y IV del primer tomo de esta Historia de Alamán, porque en ellos relata todos los intentos, pequeños y grandes de separar a Nueva España del Imperio por los propios gobernantes españoles.
De su atenta lectura, se deduce entre líneas, las actuaciones de las Sociedades Secretas que maquinaron durante todo el siglo XVIII y principios del XIX, no nada más en Nueva España, sino en todo el Imperio; para desmembrarlo a favor de Francia, Inglaterra o los Estados Unidos.
Orígenes del Destino Manifiesto de los angloamericanos
La doctrina del Destino manifiesto angloamericano sigue viva, actuante y ofensiva; de manera más sutil en unos casos, de forma brutal en otros, pero mayormente, con vestido de caridad.
Influyendo a los pueblos desprevenidos con su artificiosa propaganda. Y todo esto, en nombre de Dios, quien en Su misericordia
"ha predestinado a un nuevo pueblo, los angloamericanos, -dicen ellos-, para regenerar la tierra y reconquistar el Paraíso perdido”
Para comprender mejor este famoso Destino Manifiesto; es necesario remontarnos un poco a los fundamentos de la nación inglesa y de la comunidad judía asentada en las islas.
En el año 597, fin del siglo VI después de Cristo, el papa san Gregorio Magno envió a un grupo de monjes a cuya cabeza iba Agustín, mas tarde consagrado primer arzobispo de Canterbury y canonizado santo, con la misión de reevangelizar a los bretones, quienes después de la sangrienta invasión de los bárbaros anglosajones, habían quedado sin sacerdotes y bajo la autoridad espiritual de sus jefes tribales y de sus consejeros judíos.
Agustín y sus monjes cumplieron su cometido, pero la Inglaterra quedó bajo la protección y autoridad espiritual directa del Papa, lo que significó mayores impuestos además del diezmo correspondiente. Esto no gustó a los reyezuelos y con el tiempo, traerían de rebeliones contra la Santa Sede.
Durante toda la Edad Media, la historia de Inglaterra está marcada por las luchas entre la Monarquía y la Iglesia.
Ejemplos significativos de esta lucha son los martirios del arzobispo santo Thomas Becket por Enrique II en 1172 y del canciller santo Tomás Moro por Enrique VIII en 1535. Hemos de aclarar que el sacrificio de estos dos buenos hijos de la Iglesia no fueron causados tanto por la maldad o ira de esos reyes, sino por la debilidad del primer rey como por la impiedad del segundo rey, ambos acosados por consejeros nominalmente cristianos pero en realidad judíos.
Sin embargo, la Iglesia tuvo que recurrir en Inglaterra varias veces al brazo armado de los reyes, cuando la nación entera estuvo gravemente amenazada por los prestamistas judíos.
Tales fueron los casos de la pequeña expulsión ordenada en 1189 por Ricardo I, “Corazón de León” y la gran expulsión dictada en noviembre de 1290 por Eduardo I, Plantagenet contra los judíos que conspiraban contra la Monarquía en favor de Francia. Quedando en Inglaterra pocos cientos quienes aceptando el bautizo juraron aparente fidelidad a la Corona.
Con la economía del Reino en sus manos, Eduardo I inició un brillante período de florecimiento interno, de equilibrado desenvolvimiento de la industria y de expansión hacia el exterior.
Pero como en la España del siglo XVI, sus enemigos intrigaron desde los países vecinos, principalmente desde Gales. A donde personalmente encabezó la invasión, y una vez ganada nombró a su hijo como primer príncipe de Gales.
Ricardo C. Albanés, “Los judíos a través de los siglos”, Edit. La Verdad, 1988, Lima-Perú.
Un personaje clave en la confección del Destino Manifiesto
John Wicleff nació en Yorkshire en 1330 de familia neoconversa estudió teología y fue ordenado sacerdote, a la edad de 40 años, era profesor en Oxford y en 1374 era párroco de Lutterworth donde comenzó a elaborar su doctrina de "La Predestinación" que le llevó a rechazar la enseñanza tradicional de la Iglesia y a confeccionar una especie de puritanismo casi 200 años antes que Juan Calvino.
Fundó una nueva Iglesia que se distinguiría por su santidad y pureza: “La Comunidad de los Santos elegidos y predestinados” donde no habría sacerdotes, porque afirmaba:
“En la Gloria todos son sacerdotes consagrados por Dios, frente a los que no forman parte de la grey”
A despecho de las autoridades eclesiásticas instauró en su parroquia un nuevo culto, según él, más puro y santo.
Desechó el idioma latino de la Misa, celebrándola en la lengua vernácula, “para que todos los fieles la entendieran”, afirmaba que no existía la Transubstanciación de las especies y que la Eucaristía era una fiesta conmemorativa, un deleite espiritual donde solamente participaban los elegidos. Suprimió la confesión individual, la penitencia y las indulgencias, despojó su iglesia de las imágenes de los santos, y en sus prédicas proclamaba la desaparición del celibato y de toda referencia a la Santa Sede.
La comunidad de los santos elegidos y predestinados” la formó con unos monjes pobres mendicantes que enviaba a los pueblos cantando salmos en inglés con la Biblia en mano y que los campesinos llamaron “loulards”. Estos simpáticos monjes fundaron círculos de lectura para leer la Biblia que interpretaban a su manera y enseñaban a los fieles, a ser constantes en el trabajo manual y olvidarse de las oraciones y meditaciones porque eran fuente de holgazanería.
Su popularidad llegó a personas influyentes hasta alcanzar a la familia real, en la persona del Duque de Láncaster, John de Gaun, antepasado de doña Isabel la Católica.
El Duque tomó bajo su protección a John Wicleff para evitar ser procesado por la jerarquía eclesiástica inglesa, y al principio simpatizó con la doctrina del Abad de Luterworth Wicleff, por su poderoso protector, pudo morir en su monasterio sin problemas con Roma.
Cuando los lolardos se sintieron poderosos comenzaron por predicar la libertad y la justicia social contra los ricos propietarios y contra los bienes de la Iglesia. Instaron a repartir la riqueza entre todos los habitantes como lo habían hecho los primeros cristianos. Pero el movimiento desembocó en franca rebeldía y ataque contra los señores feudales y contra el mismo rey, provocando la primera revolución social de los campesinos. Entonces el duque de Láncaster tuvo que retirarles su protección y él mismo los combatió hasta vencerlos. Los círculos de lectura de Biblia continuaron en Inglaterra, pero esta vez, como Sociedad Secreta.
John Wicleff puede considerarse, sin lugar a dudas, como el antecesor de los herejes reformistas del siglo XV, Juan Huss y Jerónimo de Praga, a través de ellos los herejes del siglo XVI: Lutero, Zwinglio y Calvino, tomaron sus doctrinas de la “Predestinación de los elegidos”
Años después de la muerte de Wicleff, cuando sus lolardos propagaban la Revolución en Hungría, la Iglesia mandó desenterrar sus huesos y quemarlos públicamente como hereje.
Porqué los judíos son los causantes de tantos males en la Cristiandad
Camino abierto al Destino Manifiesto
La doctrina predicada por los seguidores de John Wicleff “La Predestinación de los elegidos”, no era una idea nueva en la mente de los hombres, esta idea tiene su raíz en el convencimiento de los judíos de ser “El pueblo elegido de Dios para traer al Mesías”una elección que ningún otro pueblo se merecía.
Los hijos de Abraham aceptaron esa elección divina como una bendición, pero también, la sufrieron como una carga insoportable. Los menos; una exigua minoría, aceptaron la elección con alegría, con resignación, con obediencia y sufrimiento, con la esperanza de ver un día
al Ungido de Yahvé quien reinaría sobre todos los pueblos y por toda la tierra. Estos, continuaron las tradiciones de los Patriarcas y de los Profetas concentrándose en la llamada Casa de David.
La mayoría, quienes sirvieron de “corteza al meollo”, se rebelaban, apostataban, se contaminaban, se corrompían y cometían los peores crímenes; de la misma forma que sus vecinos paganos.Constantemente reconvenidos por Yahvé a través de los Profetas, estos judíos infieles preferían eliminar a los enviados de Dios y martirizarlos.
San Pablo, en su carta a los romanos, capítulo XI, nos recuerda la queja que el profeta Elías dirige a Dios contra Israel:
“¡Oh Señor!, a tus profetas los han muerto, demolieron tus altares, y he quedado yo solo y atentan a mi vida”.
En esa misma carta paulina, en el capítulo IX, versículos 27 a 29, nos recuerda el reclamo del profeta Isaías. “Aún cuando el número de los hijos de Israel fuese como las arenas del mar, solo un residuo de ellos se salvará. Porque Dios en su justicia reducirá su pueblo a un corto número; el Señor hará una gran rebaja sobre la tierra”
Tanto el Antiguo Testamento como el Evangelio citan muchas veces esa elección divina a un corto número. Los verdaderos elegidos de Dios han sido los judíos que reconocieron al Mesías como hijo de Dios, quienes le siguieron durante su paso por la tierra y fueron la raíz de la Iglesia de Jesucristo.
Como todos sabemos, los que fueron iluminados por el Espíritu Santo en Pentecostés. Los demás, los que ignoraron, rechazaron y sacrificaron a N. S. Jesucristo; Dios les ha dado en castigo a su rebeldía, dice San Pablo “Un espíritu de estupidez y contumacia. Ojos para no ver y oídos para no oír”. Israel buscaba la justicia por medio de la Ley, mas no por la Fe, pero la han hallado aquellos que han sido escogidos por Dios, habiéndose cegado todos los demás... Los judíos poscristianos son los rechazados, se les ha quitado el Reino espiritual, (San Mateo: 8,11-13 y 21,38-46) a ellos no les ha quedado otro camino que seguir al mundo material; que rendir al Príncipe de este Mundo, por lo que en sus academias del destierro confeccionaron el Talmud como una interpretación materialista de la Sefer Thora o Pentateuco. Y en ese engendro del demonio que es el Talmud como regla de conducta para su pueblo en lo sucesivo, han asentado la destrucción del orden cristiano, de ahí han salido, por dos mil años, todas las herejías y los ataques que la Sinagoga ha impulsado y sigue impulsando contra todo lo que represente a Cristo y a Su Iglesia. Las pocas conversiones verdaderas han sido por gracia especial de Nuestro Señor Jesucristo.
A lo largo de los últimos dos mil años, los judíos han influido en el curso de la Historia como ningún otro pueblo. Se han valido de todos los medios, de todos los sistemas teológicos, filosóficos, económicos. De todos los individuos, religiones, gobiernos y naciones, aún de la propia jerarquía eclesiástica católica, en muchas ocasiones; para conseguir su fin último, es decir: El dominio material del Mundo.
La catástrofe que padeció la Cristiandad a principio del siglo XVI con la llamada Reforma protestante tuvo sus antecedentes, como hemos visto, en las herejías de John Wicleff, pero también en la contaminación cabalística de las escuelas de traductores de Toledo en el siglo XIII, y en el Humanismo del siglo XIV, aunque anteriormente había brotado parcialmente en la Francia del siglo VIII y en las Universidades del XIII.
El Humanismo, como un movimiento espiritual revalorizador del hombre en sí mismo, basado en el conocimiento de los clásicos paganos; especialmente griegos, a través de los bizantinos ortodoxos.