miércoles, 10 de agosto de 2011

LA FE DE HERNÁN CORTÉS


Cuando Hernán Cortés desembarcó en la isleta de San Juan de Ulúa, el jueves Santo 21 de’ abril de 1519, al frente de casi 600 hombres de guerra; habían pasado solamente 27 años desde la toma de Granada por los Reyes Católicos y 26 años y medio desde el descubrimiento del continente americano por Cristóbal Colón. Por lo tanto, Cortés y sus seguidores continuaban el impulso natural de la España de entonces, primera potencia europea, que junto a Portugal, abrían las rutas marinas al comercio y a la Fe cristiana.

Frente al pequeño grupo de exploradores se dibujaba la línea costera de un mundo desconocido.
Solamente, dos breves exploraciones anteriores habían tocado ese litoral; la de Hernández de Córdoba en 1517 y la de Juan de Grijalva en 1518.
México, nuestro país no existía todavía, el pueblo mexicano estaba aún por nacer y el territorio que Cortés contemplaba era ocupado por muy diversas tribus paganas que hablaban más de 50 lenguas y dialectos diferentes guerreando continuamente unos contra otros. De entre ellos el mas fuerte era la tribu culhúa, casta guerrera seguidora de una religión cruelísima con la cual esclavizaba a muchos pueblos oscureciendo su espíritu. Cada comunidad sometida debía entregar, entre otros, un tributo de jóvenes y doncellas para el sacrificio a sus dioses. Cada cacique temblaba con solo escuchar el nombre del gran “tlatoani” (el que habla más fuerte, el mandamás) Moctezuma.
Para entender la FE de Hernán Cortés y de sus compañeros hay tomar en cuenta los antecedentes históricos que habían formado su carácter. En los españoles de los siglos XV Y XVI palpitaba la sangre de más de 30 generaciones de luchadores contra el musulmán, infiel invasor de Iberia por casi 800 años. Todos esos siglos de guerra templaron el valor y la FE de los cristianos, cualidades que no tenían los otro pueblos europeos.
Por lo tanto, para los hijos de la casta hidalga, empuñar la espada o la lanza era la única manera de ganarse el pan y hacer morada. El hidalgo, no podía ejecutar otro trabajo, deshonra era, hacerlo por otros medios que no fuesen arriesgar con valor la propia vida, hacer fortuna, mantener su linaje o crear otro con las armas en la mano; todo esto, era lo correcto y digno para los jóvenes cristianos. El ancestral llamado de la cruzada medieval estaba en el alma de los conquistadores del nuevo mundo.
La Cruz y la Espada eran el signo de la FE.
Salvar las almas de los paganos de América, aún contra su voluntad, extender el reinado de Jesucristo, eran los principales motivos de la Conquista; el llamado venía de Dios, los medios, de esos jóvenes, muchos de los cuales morirían en la aventura.
Hernán Cortés esa el prototipo de esa casta de guerreros natos, para quienes la vida no tenía otro sentido que empuñar la espada, montar a caballo y arriesgar su vida con valor. Ganar la fortuna del infiel y del pagano a cambio de llevar la luz de la verdadera FE, protegiendo a los religiosos en su labor evangelizadora.
A los 19 años de edad el joven hidalgo Hernán, se precipitó en el tumultuoso torrente humano que buscaba fortuna y honra o tal vez la muerte. Como tantos otros cruzó el océano tormentoso obedeciendo al llamado divino que marcó en Descubrimiento y la Conquista del nuevo mundo. SERVIR A DIOS Y AL REY era el lema.
Los hidalgos y gente llana que se embarcaban en Sevilla para las nuevas tierras descubiertas debían registrarse en La Casa de Contratación, estupendo filtro, que no permitía el ingreso de forajidos, perseguidos por la Justicia, dudosos cristianos, mujeres de mala vida y de quienes no pudiesen pagar su pasaje. Con los cientos de miles de documentos del Archivo sevillano se derriba la Leyenda Negra confeccionada por los enemigos de España con la que afirman maliciosamente, que los conquistadores del continente eran una banda de maleantes. La Corona española controló muy bien a sus emigrantes durante los 330 años que dominó en toda la Tierra Firme americana.
Todo lo contrario de la Corona inglesa, que desde principios del siglo XVII, vació sus cárceles y calles de sus ciudades de toda laya de indeseables, embarcando a cientos de miles para poblar las costas de Norteamérica. Propiciando, con esto, la extinción de los indios y la trata de esclavos negros arrancados del África.
En la mente de los conquistadores, los seres humanos se dividían en cristianos, infieles y: paganos; convertir a éstos a la FE de Jesucristo, a la luz de Su Revelación y someterlos al Rey Emperador de las Españas era un deber primordial. Al Rey se le debía lealtad por ser ministro de Dios en la Tierra para defender a los cristianos de sus enemigos jurados y visibles: los musulmanes; mientras que al Papa se le obedecía por ser el representante de Cristo para velar por la salud espiritual de los fieles y defenderlos de los enemigos de la FE: los judaizantes, los infieles y los herejes.
Hernán Cortés era hombre de FE probada; el soldado cronista Bernal Díaz del Castillo escribe en su “Historia Verdadera”:
“Cortés era muy religioso, rezaba todas las mañanas en su libro de oraciones y oía la Santa Misa con devoción”.
Antes de entrar en batalla con los nativos les hacía leer por medio de sus intérpretes, el Requerimiento legal; si aceptaban ser amigos se les daba la paz, en caso contrario, se les hacía la guerra.
Para entender a los conquistadores y, con ellos, a su más insigne representante hay que ser consciente de esta circunstancia: Toda la actuación de Cortés como conquistador, gobernante, político, poblador y constructor de la nueva nación mexicana, estaba impregnada del ideal medieval que creó la civilización cristiana, del amor que sentía por la tierra de su conquista, de la que hoy formamos parte y de su fidelidad al Rey. Hernán Cortés estaba convencido de la santidad de su empresa.
En noviembre de 1547 en Castilleja de la Cuesta, poco antes de fallecer, pide en la primera cláusula de su testamento que sus restos sean trasladados la villa de Coyoacán. Actualmente, éstos se encuentran ella iglesia anexa al Hospital de Jesús por él fundado en el centro de la ciudad de México.
Los hombres y mujeres del siglo XXI, sobre todo los que pontifican de historiadores oficiales, no ven o no quieren ver los antecedentes del nacimiento de la nación mexicana. Influenciados, como están, por los anti valores del cristianismo, como son: el ateísmo, el liberalismo, la indiferencia religiosa y el hedonismo; permeados por las corrientes destructoras de la mente y del espíritu; del mundialismo apabullante y su secuencia sensiblera, romántica, debilitadora de la educación y del carácter heredados de nuestros ancestros.
A los intelectuales que desprecian la verdad histórica, qué la han sustituido por otra falsa, fantasiosa y subjetiva, hago un llamado urgente: recobremos el conocimiento y la difusión de nuestro pasado mediterráneo. Somos el resultado de la Conquista española.
El nacimiento de lo que sería México comenzó cuando Cortés derribó los ídolos del templo mayor culhúa y luego el 13 de agosto de 1521 (la Conquista). Su FE de Bautismo se escribió el 12 de diciembre de 1531 (Aparición de la Virgen Santísima en el cerro del Tepeyac) y su Confirmación sería el 27 de septiembre de 1821 (La entrada del Ejército Trigarante con Agustín de Iturbide al frente).

miércoles, 29 de junio de 2011

EL CONTROVERTIDO FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS (2ª parte)

LA VIDA Y ESCRITOS DE FRAY BARTOLOMÉ, OBJETO DE LAS MÁS VARIADAS INTERPRETACIONES



Ya es bien sabido que, en general, Las Casas ha tenido una acogida muy favorable durante el ultimo siglo y medio, tanto fuera como dentro de España, y tanto de parte de eclesiásticos como de seglares, y aun de los enemigos del catolicismo. Como también es conocido que han sido pocos los que han conocido y leído sus obras mas importantes y voluminosas. Tanto la vida de don Antonio Maria Fabie, como antes la del poeta don Manuel José Quintana 10 son laudatorias, con ciertas reservas sobre su actitud antiespañola y el vértigo de los números. Entre las numerosas vidas o artículos publicados en el extranjero, el tono laudatorio rara vez abandona a los admiradores incondicionales de Las Casas, prácticamente todos. Solo más recientemente se han hecho tímidas correcciones y reservas. Entre los extranjeros que siguen la línea admirativa, pero muestran también determinados reparos que hacer a Las Casas historiador o a sus escritos, hay que contar a Lewis Hanke, en diversas obras y artículos, y a Marcel Bataillon, buenos historiadores y conocedores de la América hispana, pero arrastrados, tal vez demasiado, en conjunto, por su fervor lascasista. Su contribución al conocimiento de la vida y de los escritos del protector de los indios es considerable, con aciertos dignos de tenerse en cuenta. Pero creemos que también con ellos valen las observaciones que hace don Ramón Menéndez Pidal.
Entre los españoles, podemos contar entre los recientes panegiristas de Las Casas, especialmente a don Manuel Giménez Fernández y al padre Manuel Maria Martínez, O. P., en su obra Fray Bartolome de las Casas, el gran calumniado. Sin dedicarse del todo a su personaje, ha intervenido también bastante en su favor el padre Venancio D. Carro, O. P. Merece destacarse el Estudio preliminar, de don Juan Perez de Tudela, a las Obras escogidas de fray Bartolome de las Casas: pertenece al grupo lascasista, aunque también hace notar determinados errores de su biografiado, o exageraciones o desviaciones tanto en el mismo fray Bartolomé como en sus biógrafos. Es un estudio que hay que tener en cuenta, tanto en su aportación histórica como en el estudio de la personalidad del discutido obispo. Cierta dureza de estilo y prurito de filosofar oscurecen un poco las líneas del estudio, haciendo mas fatigosa su lectura; pero, en definitiva, es una buena aportación a estos estudios. Existe el grupo antilascasista, como gustan de llamarlo hoy los defensores, frecuentemente exagerados, de Las Casas, pero que generalmente tratan de hacer con él el criticismo que tanto practicó Las Casas con las cuestiones referentes a las Indias y las personas que intervinieron en ellas y tanto ponderan sus adictos. Creemos que es un deber histórico el hacerlo, con tal que se haga únicamente con argumentos y de modo digno, como lo pide la materia.
Solo que, de hecho, surge inevitablemente la polémica. Y no sabemos porqué haya de haber una especie de intangibilidad para un personaje discutido, que, a muy grandes méritos, une también algunos deméritos. Debería llegarse a un honrado examen del problema, sin acudir en seguida a expresiones injuriosas para los que disientan de nuestro parecer, como se ve, por desgracia, con no rara frecuencia. Así habría modo de entenderse y de llegar mejor a conclusiones históricamente aceptables y dentro de los respetos debidos a personas e instituciones.

Por lo que hace a los que ponen graves reparos al valor histórico de la Destrucción y, en parte, a otros de sus escritos, así como hacen resaltar el daño sobrevenido a España con su publicación, su lista es fuerte en España e Indias desde el siglo XVI, y, en otras partes, en tiempos mas recientes: Fray Toribio de Benavente (Motolonia), en Méjico, 1555, Bernal Díaz del Castillo, fray Vicente Palatino de Curcola, dálmata misionero en América, el virrey don Francisco de Toledo, el anónimo de Yucay, Juan de Castellanos, y el mismo padre fray Antonio de Remesal, por no hablar luego de León Pinelo o Bernardo Vargas Machuca. Entre los modernos, Menéndez Pelayo, Serrano y Sanz, Jerónimo Becker, Ángel Altolaguirre, Menéndez Pidal, académicos de la Historia, a los que habría que añadir el padre Constantino Bayle y el padre Sáenz de Santamaría.

Entre los modernos americanos son muchos también los que ponen serios reparos a Las Casas. Bayle cita a Carlos Pereira, Lucas Alamán, Mariano Cuevas, Otero d'Acosta, Riva Agüero, Porras Barrenechea, Enrique de Gandía, Baron y Castro y Carabia, a los que se puede añadir Félix Restrepo y Roberto Levillier, también académicos en sus patrias, o escritores de renombre.

Por lo demás, aun los «lascasistas», contribuyen también al criticismo de que venimos hablando. Entre los hispanoamericanos, se cita a Agustín Yañez y José Maria Chacón y Calvo. Entre los españoles, ya desde el mismo poeta don José Maria Quintana, don José Larra, Antonio Maria Fabie, don Antonio Ballesteros, don Juan Pérez de Tudela 25, señalan graves defectos históricos o personales.

Es frecuente en esta polémica no fijar bien las posiciones respectivas, y con ello se hace tanto más difícil la convergencia de opiniones. Especialmente cuando se trata de católicos, y, mas aún, de sacerdotes o religiosos, se debería llegar a un minimum de entendimiento en fijar las posiciones respectivas y a un maximum de caridad en interpretar al prójimo, sin extrañarse de que haya discordancias de pensar, pero si de que se trate tan duramente, como a veces se ve, a los que disienten del parecer propugnado por cada autor.

Por lo que hace a los extranjeros que tratan estos asuntos, fuera de los que se dedican de veras a ellos (Schafer, Bataillon, Hanke, etc.), que van siendo cada vez mas numerosos, es frecuente encontrar en ellos una ignorancia bastante caracterizada de las cosas españolas, históricas o aun actuales. Apenas han leido más que algunas páginas de la Destrucción, o lo que dicen diversos historiadores suyos, que, generalmente, no son, ni mucho menos, autoridad en la materia. Y, además, casi siempre tienen cierta animosidad consciente o inconsciente a lo hispánico; se dejan llevar de la simpatía al oprimido, sin fijarse bien en las características de la opresión combatida por Las Casas y de los medios con que lo hace. En los medios americanos, por creerle un campeón de su independencia, lo han idealizado demasiado. Ahora comienzan muchos de ellos a conocerle mejor.

En cuanto a los españoles, el problema es más complejo. Son pocos los que admiten sin más la verdad histórica de la Destrucción, fuera de algunas líneas generales del cuadro. Algunos se dejan arrastrar por la admiración al héroe de los oprimidos, sin descender a detalles, o llevados de algunas lecturas favorables. Otros, por afán de revisionismo histórico, o por tendencias doctrinales, o por la figura del héroe, constante en su batallar y en su postura doctrinal y práctica a pesar de ciertos ligeros retoques de ocasión, que se supone perseguido por los encomenderos y víctima propicia de su causa humanitaria. Pero, en conjunto, hay que confesar que estuvo más bien protegido por los poderosos, especialmente en la corte.

Resumiendo, la impresión que nos produce el gran personaje histórico y eclesiástico que ciertamente es Las Casas, hay que contar, entre sus cualidades y logros positivos, un gran amor al indígena y un gran deseo de su cristianización y salvación. Es el eje y el motor al mismo tiempo de su acción de cincuenta años en los campos más diversos y en las situaciones personales mas variadas. Una constancia invencible, tenacidad en el trabajo y en la consecución de sus planes, inventiva para defender su causa y presentarla a la mejor luz posible, gran laboriosidad, tanto en el estudio y composición de sus libros, folletos, memoriales, cartas, etc., como en asistir a consejos, reuniones, conversaciones privadas y públicas, sermones y disputas, siempre sobre el mismo tema de las Indias, de su perdición y del modo de salvarlas. Cierto desinterés personal, sugestión eficaz para persuadir sus ideas y aptitud subjetiva para la controversia, dentro de la cual cree poder dar la medida de su compleja personalidad.

Junto a estas indudables cualidades, que explican sus éxitos, hay que colocar otras que las desvirtúan en parte, a veces importante, y esterilizan también parcialmente en diversa medida los frutos que pretendía conseguir en favor de la Iglesia Católica, de sus protegidos y aun de España. Creemos que el que haya leído la obra de Menéndez Pidal, por más que no quiera admitir todas sus consecuencias y limite diversas afirmaciones del ilustre polígrafo, no tendrá mas remedio que reconocer una parte de realidad a las cualidades negativas, tanto por lo que hace a la vida eclesiástica o religiosa, que aspira al amor universal y a la perfección por Dios, cuanto a las circunstancias, móviles y comportamientos en aspectos mas humanos y terrenos.

Difícil será negar cierta autoestimación y suficiencia personal, algo pronunciadas en ocasiones (poco concorde con la humildad religiosa y aun cristiana a secas), y un apasionamiento constante y unilateral. Las Casas da con frecuencia la impresión de no distinguir sino dos géneros de hombres: los que admiten aunque sea con limitaciones la encomienda y diversos géneros de esclavitud con los indios americanos, y los que las niegan rotundamente. Y la calificación de las personas parece estar dominada por esa misma preocupación: los malos, los encomenderos y allegados, y los buenos, los otros. Teniendo buenas cualidades de historiador, como lo demuestra cuando no tropieza directamente con el problema del trato de los indios, v.gr., en la historia de Colon en sus principios y en otras diversas ocasiones en que es escrupuloso y concienzudo, sin que pueda admitirse la tesis de Carbia de falsificación a sabiendas, se ciega muchas veces cuando se cruza este problema y sus protagonistas, y parece poco capaz de comprender la postura y los argumentos de sus contrarios, que, en la práctica, no siempre estaban tan desviados del recto camino como él da a entender.

Recurrió en diversas ocasiones a proceder sin licencia expresa de sus superiores, o la consiguió en forma rara, como cuando pide, el 15 de diciembre de 1540, a Carlos V, entonces en Flandes, que encargue al provincial de los dominicos mande a Las Casas esperar en España el regreso de Su Majestad. Tiene rasgos de profetismo, teniendo como tema preferente la amenaza de la destrucción de España por su acción en Indias. No puede ocultar cierta aversión a sus paisanos, de los que no parece ver más que lo malo, sin tratar de buscar atenuantes, ni menos excusas o justificantes en su favor. Se podrá discutir sobre el alcance de todos estos capítulos negativos, y ahí si admitimos la dificultad de pronunciarse con acierto, por tratarse de un caso tan singular. Pero no de su existencia en algún grado, a veces pronunciado.

EL CONTROVERTIDO FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS (1ª parte)


ENSALZADO POR ALGUNOS HISTORIADORES Y MIRADO CON EXCEPTICISMO POR OTROS, LAS CASAS FUE RADICAL EN LA DEFENSA DE LOS INDIOS

La figura y la acción de fray Bartolomé de las Casas son inseparables de la historia de la América hispana en sus primeros decenios, no menos que de todo el criticismo que entonces y ahora trata de abordar los orígenes de la colonización española en las Indias occidentales. Pero da la casualidad de que esa figura, centro de tantos estudios y publicaciones, no acaba de definirse y de quedar colocada dentro de su real marco histórico, con los valores o deficiencias que le hicieron tan celebre entonces, y ahora tan amado o criticado. Por eso continúa siendo un verdadero problema histórico e ideológico, que, si tiene solucionados muchos de sus interrogantes, aguarda aun la solución que pudiera llamarse casi definitiva y que pudiera ser admitida por la mayoría de los estudiosos.

Nació en Sevilla en 1474 y murió en Madrid en 1566. En esos noventa y dos años de vida activísima asistió a la creación de la España moderna, con los Reyes Católicos, y de la América hispánica, en sus rasgos generales, que no parece que llegara a comprender y penetrar como un fenómeno irreversible y por muchos siglos definitivo, sin posibilidad de restauraciones indígenas que tanto parecía desear.


Licenciado en leyes, se embarcó en Sevilla en 1502 en la flota de Nicolás de Ovando, la más importante de las que hasta entonces se habían dirigido a América. Iban transcurridos diez años desde el descubrimiento, y ciertamente ricos en sucesos históricos, orientaciones descubridoras y colonizadoras y tentativas de introducción del cristianismo en las Antillas. Después de los primeros ensayos mineros comienza la encomienda, y el licenciado don Bartolomé conoce sus primeros pasos en la Española entre 1502 y 1512 como encomendero, tomando parte en las luchas y en el botín, y aunque él no tratara mal a los indios encomendados, tampoco se preocupaba por su cristianización ni por los demás deberes que le incumbían.

En 1510 llegaron los dominicos a la Española, o Santo Domingo-Haití, y en 1511 predicó el padre Antonio Montesinos su famoso sermón del cuarto domingo de Adviento, condenando el régimen imperante con los indios. Es el planteamiento oficial de la contienda sobre el trato debido a los indios americanos, que pasa en seguida a la corte española y condiciona durante varios decenios decisivos la política de la corte y del Consejo de Indias. Por esa época se ordena de sacerdote Las Casas, tal vez el primero en América. Al principio siguió en forma parecida, defendiendo las encomiendas y practicándolas, sin que le lograra convencer un fraile dominico de lo contrario, hasta su «conversión», Pentecostés de 1514. Desde entonces se convirtió en lo que siempre continuó siendo: el enemigo numero uno de toda clase de encomiendas, esclavitud y explotación de los indios americanos. Tenía cuarenta años y le esperaban otros cincuenta y dos de continuo batallar en pro de su idea fija y obsesionante.

Se unió a los dominicos, y, en 1515, ante el poco éxito con los encomenderos, viene a España, en su primera vuelta, con el padre Montesinos. Desde entonces será un personaje conocido en la corte, lo mismo con Fernando el Católico, que con Cisneros, Carlos V, cardenal Adriano, Felipe II y los consejeros de Indias. Choca con el poderoso don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, y alma del embrionario Consejo de Indias. Deja en mejor lugar al rey don Fernando, negocia luego con el cardenal Cisneros y comienza su infatigable vida como agente en la corte, bien a titulo propio, bien como agente especial, procurador de indios, obispo de Chiapa. Lo que fue esa actuación en diversas etapas ha comenzado a interesar profundamente a la moderna historiográfica sobre los primeros años del dominio español en América, y eso tanto entre los investigadores españoles como entre los extranjeros, y se ha manifestado en una toma de posiciones favorables o desfavorables a Las Casas, pues apenas se conocen atisbos de posturas medias con tan representativo personaje.

Lo malo en muchos casos, o en la mayoría de ellos, es que el principal testigo e historiador, que es el mismo Las Casas, bien como clérigo, como dominico o como obispo, es al mismo tiempo testimonio y parte abiertamente interesada, y ha conseguido hasta ahora encontrar mas bien benevolencia y generalmente muy pronunciada en su favor, olvidando o disminuyendo los factores adversos que llaman la atención en su testimonio. Cisneros trató con él benévolamente y preparó la misión investigadora y fiscalizadora de los padres jerónimos a la Española. Las Casas mereció ser nombrado informador de los reyes y consejero de los jerónimos. Un antecedente de su posición futura de protector y procurador de los indios, que dice comenzó entonces mismo de forma oficial. No convivieron mucho como amigos el clérigo y los jerónimos. El primero se les enfrentó en las islas y en la corte durante su efímera actuación. Al poco tiempo vuelve a España (agosto de 1517), visita a Cisneros, estudia derecho, se insinúa en la gracia de los consejeros flamencos de Carlos V, recién venido a España, y como no triunfa tanto con los consejeros españoles, no cesa de ponderar a los flamencos que le favorecen.

Resumiendo su vida desde entonces, vuelve a fines de 1520 a las Antillas con unos fantásticos planes sobre la costa de Cumaná, que fracasan por las violencias de algunos conquistadores, algunas deficiencias de la empresa colonizadora y evangelizadora, y los ataques de los indios. Poco después entra en la orden dominicana, ganado por el padre Betanzos, y tiene unos años de retiro, en los que se dedica más al estudio, pero de los que tenemos pocos informes, hasta 1531, a pesar de la importancia de la provisión general de Carlos V en Granada (17 de noviembre de 1526), en todo lo referente a los temas principales de la conquista, evangelización y encomiendas en Indias. Tiene alguna intervención en 1531-1534 en Santo Domingo y restablece su correspondencia con el Consejo de Indias, en la forma y con los argumentos con que la llenará incansablemente el resto de su vida.

Pensó ir al Perú, pero se desvió a Nicaragua en 1535 y luego a Guatemala, suscitando algunos incidentes y escribiendo diversos tratados, como De unico vocationis modo (1537). Misiona en Tezulutlan, parte de la futura Verapaz, pasa a Méjico y, con algunas cartas de recomendación, se embarca para España, adonde llega a principios de 1540. Como el emperador había partido para Flandes, espera en España más de dos años, tomando parte activa en la polémica indiana que, con las Relecciones del padre Francisco de Vitoria, O. P., en Salamanca, había entrado en una interesantísima fase. En ese tiempo escribió la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1541, con retoques en 1542 y 1546), el libro más discutido de Las Casas, y el único conocido durante mucho tiempo, junto con otros tratados breves.

Vuelto Carlos V a España, y aprovechando las diversas consultas del Consejo durante aquellos años, dictó el 20 de noviembre, en Barcelona, las llamadas Leyes nuevas, en las que aprobaba algunas de las ideas, o mejor tendencias, de Las Casas en favor de los indios, pero sin su totalitarismo y exageraciones, y se produce con ello una grave crisis en América, llegando a la rebelión armada en el Perú. A pesar de que el dedo popular las atribuya a Las Casas, este se mostró muy insatisfecho (febrero de 1543) en el momento mismo en que comenzó a negociarse un obispado para él en Indias. No admitió el del Cuzco, Perú (diciembre de 1542), pero sí el de la Chiapa, con la Verapaz futura, el 1 de marzo de 1543.

No había cumplido con ciertos deseos del obispo de Méjico, fray Juan de Zumárraga, O. F. M., del padre Betanzos y de otros que pensaban en misiones por las lejanas costas del Pacifico asiático. Después de una estancia tan laboriosa en España emprendió su cuarto y ultimo viaje a América el 4 de mayo de 1544. Su carácter episcopal daba un nuevo sesgo y eficacia a su acción, pero se enfrento con redobladas dificultades, no solo en la Española, donde estuvo de paso, sino especialmente en su diócesis de Chiapa y misión de Verapaz, debidas especialmente a su rigorismo con los encomenderos. Solo duró un año en su diócesis, que no quedaba del todo pacificada a su partida para Méjico, a principios de 1546. Participó en varias reuniones con religiosos y obispos con diversos roces, dio algunas disposiciones sobre su diócesis y volvió a España a principios de 1547, alcanzando a la corte en Aranda de Duero. Ya no volverá a salir de España.

Consigue diversos favores para la Verapaz, continúa en la redacción de sus libros y memoriales, renuncia a su obispado en 1550 y participa en las famosas juntas de Valladolid contra Sepúlveda en 1550 y 1551. En 1552 edita ocho trataditos en Sevilla, entre ellos el famoso de la Destrucción sin licencia, aprovechando los meses de estancia, mientras despide a una expedición de misioneros, y desde entonces alterna entre Valladolid y Madrid, interviniendo ante el Consejo como protector de indios, escribiendo sus voluminosos escritos, recibiendo cartas de América con informes diversos y manteniendo firme la postura adoptada de absoluta rigidez en punto a guerras a los indios, encomiendas, derechos de los caciques indios a su señorío político y económico y falta de base del dominio español, fuera de una soberanía especial, casi de solo nombre, fundada en el derecho a la evangelización concedido por Alejandro VI.

Al publicarse sus primeros escritos, sobrevino la polémica contra él de parte de fray Toribio de Benavente O. F. M., y aun, en parte, de algunos dominicos, aunque estos más bien estaban con él. Tiene correspondencia con el famoso arzobispo Carranza, se entera de las nuevas dificultades de su antigua diócesis, donde trata de mantener sus principios sobre la conquista y la evangelización, escribe en el mismo sentido al papa dominico San Pío V (1565-1572), y hasta su muerte, a la muy avanzada edad de noventa y dos años, continúa en la brecha, siguiendo una misma dirección ideológica e influyendo de algún modo en las cuestiones relacionadas con la administración eclesiástica y civil americana.

El éxito de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, único libro o folleto suyo que interesó durante bastante tiempo, fue enorme fuera de España. Y se comprende bien. Pues daba una serie de argumentos de primera fuerza contra la «tiranía española» allí donde ésta era combatida, especialmente en los Países Bajos, Alemania, Inglaterra, Francia e Italia. Ediciones y traducciones se sucedieron con rapidez en las lenguas de todas estas naciones y en latín, con el efecto que es de suponer en los lectores. Tenía la gran ventaja de ser el testimonio de un religioso y de un obispo, que había residido mucho tiempo en América y que había intervenido en los consejos generales de España. Además aparecía como testigo en muchos casos y como especialmente bien informado en otros. Lo demás les tenía sin cuidado a los divulgadores de esta obra, la más demoledora sobre España y escrita por un español de sus especiales características. Lo que menos importaba en el extranjero era el hacer la crítica de la obra. ¿Para qué, viniendo de quien venia, y siéndoles imposible a ellos el hacerla en aquellos primeros siglos?

En los primeros setenta años hubo 21 ediciones en holandés, 8 en italiano, 6 en francés, 4 en alemán, 2 en inglés y 2 en latín. En Barcelona se imprimieron en 1646 los folletos publicados en 1552 por Las Casas en Sevilla, con ocasión de su levantamiento (1640-1659) por el mismo motivo. Hubo traducciones diversas del folleto «Sobre los indios que se han hecho esclavos», mientras que el corsario Richard Hawkins,, prisionero en Lima, quería traducir a diversas lenguas los folletos lascasianos que conoció durante su cautividad, pensando conseguir con ello mas fama que Lutero.

Menéndez Pidal ha hecho resaltar bien el hecho de que en cada ocasión de guerras o levantamientos contra España se ha recurrido al mismo arsenal lascasiano para preparar los ánimos a las hostilidades. Eso se vio especialmente durante la independencia de los países hispanoamericanos y, durante la guerra de Cuba, en los Estados Unidos. Más tarde, por obra del nazismo y del comunismo, con distintos fines. Ninguna de las ediciones mencionadas ha tenido el mínimo empeño de examinar la verdad de los hechos delatados. Sólo mas recientemente han comenzado algunos autores extranjeros a hacer resaltar especialmente sus exageraciones, aunque sin ir nunca al fondo del asunto, ni siquiera los que más obligados parecía que estaban a ello, como el norteamericano Lewis Hanke o Marcel Bataillon.

En España, el virrey don Francisco de Toledo, el más insigne de los virreyes sudamericanos, mandó recoger en el Perú de su mando las obras impresas en 1552 por Las Casas, y pidió a España su prohibición y recogida en 1573, por las dificultades que creaban. Estas obras influyeron en las investigaciones históricas mandadas hacer en su virreinato por Toledo, para examinar los títulos de soberanía de los incas y caciques y consolidar mejor los de España. Ya antes de recibirse la petición del virrey Toledo, el 3 de noviembre de 1571, una real cédula firmada en Madrid por Felipe II ordenaba recoger todos los libros y papeles que fueron de Las Casas y se conservaban en el colegio de San Gregorio de Valladolid, y el 30 de diciembre de ese mismo año se aprueba la recogida efectuada por Toledo en el Perú. La Destrucción de las Indias fue prohibida en 1659 por la Inquisición española, a raíz de las desastrosas guerras sostenidas durante aquellos años en diversos continentes y en la misma península Ibérica. Las Casas tuvo diversos contradictores en Vargas Machuca (1597-1612), que no logró publicar su libro, y mas tarde en León Pinelo, don Juan de Solorzano Pereira y Fernando Ávila Sotomayor.

domingo, 8 de mayo de 2011

Llegada de Maximiliano de Austria en México



Desembarco de Maximiliano de México en el puerto de Veracruz. En el año 1864 este noble austríaco miembro de la Casa Imperial de los Habsburgo, llegó para tomar posesión del trono mexicano con el título de Emperador, que le ofrecía Napoleón III, y sostenido por tropas francesas y austríacas. Su aventura terminaría dramáticamente tres años después, con la derrota francesa y Maximiliano fusilado por los mexicanos.

lunes, 2 de mayo de 2011

Significado de la X en Mexico

Los criollos que escogieron ese nombre, tenían una visión particular de si mismos.

Primero debemos de saber que los criollos novohispanos, tenían una gran admiración por las culturas prehispánicas, (contrario a lo que muchos creen). Conocían el valor arqueológico de estas culturas (claro que no se sentían "aztecas"), aunque México como nación y entidad política nació en el siglo XIX. Algunos autores de la época virreinal se referían a sí mismos como meXicanos, pero no fue hasta después de la Independencia que se adoptó definitivamente el nombre de México para el país.


En el castellano del siglo XVI, la letra X e pronunciaba "Sh", como se hace actualmente en Gallego. Al llegar los nuestros antepasados conquistadores, a estas tierras, descubrieron que la capital del imperio azteca se llamaba "Meshico", que en lengua nahuatl significa "el ombligo de la luna". Los primeros españoles transcribieron el nombre de la ciudad (Meshico) como Me-xi-co. El castellano evolucionó y el sonido Sh se convirtió en J (shavon en castellano antiguo pasó a ser jabón, shuarez se convirtió en Juarez, ...). La pronunciación del nombré de la ciudad pasó de "Me-shico" á "Méjico" (cambio a esdrújula y substitución de la Sh por J moderna).


Sin embargo, la escritura de la palabra no cambió. Y hubo muchas razones:


- La bandera de Nueva España, era hasta esos tiempos era el pendón de San Andrés, la cual también tiene una "X" como símbolo principal. (En honor a este santo, San Andrés es quizá uno de los Apóstoles menos conocidos, según una tradición muy antigua, que data del siglo III, el Apóstol fue crucificado en Patras, en Grecia, donde fue amarrado a una cruz en forma de X, en donde padeció durante tres días, los cuales aprovechar para predicar a todos los que se acercaban. Es representación de humildad y sufrimiento y en heráldica simboliza caudillo invicto en combate. Es en esta base que la Cruz de San Andrés fue tomada por el Impero Español como su símbolo y es con la que llegan a México e imponen como lábaro con una afortunada casualidad.)


- El símbolo del centro del mundo en la escritura antigua de los mexicanos indígenas (pictogramas) era una "X", esto lo conocían los criollos perfectamente.


- A principios del siglo XIX, los novohispanos, querían que la capital del imperio español fuera trasladada de Madrid a México, la mayor ciudad del imperio y situada en medio de los territorios pertenecientes a la corona española. por ello seguían manteniendo la escritura con "X", el símbolo del centro.


- Al invadir Napoléon España invitaron a Fernando VII y al Papa a trasladarse a México. Estos se negaron...sin embargo al independizarse decidieron extender el nombre de México a todo el territorio novohispano. A partir de este momento los realistas comenzaron a escribir el nombre con "J" y los independentistas con "X".


- Una de las primeras banderas independentistas portaba una "X". Al obtenerse la independencia, se cambio el nombre de Nueva España por el de México, naturalmente con "X".


- La "X" también simboliza a Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, uno de los dioses favoritos de los mexicanos,


Es interesante la historia de como se fue dejando esta singular letra, como parte de la personalidad del nombre nuestro país. En fin, como verán estamos muy apegados a la X; Orgullosamente somos el único país cuyo nombre se escribe con X y nos agrada que los demás también empleen nuestra ortografía, que nos remonta a nuestros ancestros.


Este nombre poseía y posee aun un gran valor mágico-religioso para los mexicanos, pues según un antigua profecía, el dios solar Hechicero-Colibrí (Huitzilopochtli) profetizó que fundaría sobre el ombligo de la luna la capital de su imperio solar.


De esta manera los mexicas fundaron la ciudad de México sobre un lago en forma de conejo, justo en un islote que formaba su ojo. Este lago se llamaba Meztliapan, el lago de la luna, porque la luna tiene sobre su disco dibujado un conejo. El ojo del conejo es el centro ú ombligo de la luna. De ahí que la ciudad se llamara Me-Xic-Co (luna-ombligo-lugar ó "lugar en el ombligo de la luna"). España también es un país conejo. Al llegar los fenicios a la península ibérica encontraron a un animal rarisimo parecido a la liebre, En fenicio esta se llamaba "Ishpan", por lo que el país se convirtió en Hispania y luego en España. Este raro animal era llamado por los iberos "conejo" y lo romanos transformaron la palabra en el latín "cuniculus" (único caso de un palabra española que pasó al latín y no a la inversa.




Fuente(s):


Gutierre Tibón, "Historia del nombre y de la fundación de México", Fondo de Cultura Económica
Jacques Soustelle, "La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista española", FCE
Wikipedia
mexicocriollo

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuando Juárez traiciona a México

ABRUPTA INTERVENCIÓN MILITAR YANQUI FUE DECISIVA PARA QUE LOS LIBERALES GANARAN LA GUERRA DE REFORMA. ATENTADO EN LA BAHÍA DE ANTÓN LIZARDO EN MARZO DE 1860.
HASTA ENTONCES LA CONTIENDA HABÍA SIDO SÓLO GUERRA CIVIL ENTRE MEXICANOS. 
BUQUES MEXICANOS CAÑONEADOS Y APREHENDIDOS EN AGUAS MEXICANAS POR NAVES YANQUIS 
LA BANDERA DE LAS BARRAS Y LAS ESTRELLAS, REGALO PARA JUÁREZ
 Extracto tomado del libro “Episodios Desconocidos de México”
Autor: Luis Reed Torres


Al Empezar el año 1860, el país se encontraba virtualmente bajo el control de la  administración conservadora a pesar de que las carencias de todo tipo se habían convertido en su verdadero talón de Aquiles.
Con excepción de Morelia y Veracruz y de dos o tres poblaciones de mayor o menor importancia, que a veces ocupaban los liberales para luego evacuarlas ante la proximidad del enemigo, el resto del territorio nacional estaba firmemente adherido al régimen   que en la ciudad de México encabezaba el general Miguel Miramón quien, sin embargo, comprendía perfectamente la importancia que significaba el reconocimiento diplomático  de Washington al gobierno juarista una vez que Estados Unidos “desrreconoció” a los conservadores al convencerse de que por ese camino no lograría ventajas territoriales de ninguna índole, y,  que eso, más que eso, la tácita alianza entre ambos establecida a raíz de la firma del tratado Maclane-Ocampo.

Anhelante de liquidar en definitiva a los hombres de Veracruz que Juárez lideraba, Miramón planeó un ataque decisivo al puerto: Él avanzaría por tierra, mientras una escuadra bloquearía por mar una eventual fuga del enemigo. Juárez no tendría escapatoria. Para el efecto el gobierno conservador adquirió dos barcos en Cuba y los puso bajo las órdenes del contralmirante Tomás Marín.
“El general Miramón” y “el Marqués de la Habana” -que así fueron bautizados los buques- se aprestaron, pues, a la captura del último reducto constitucionalista  de importancia, sin que Miramón, Marín  ni las tripulaciones imaginaran, siquiera la desagradable sorpresa que Juárez les tenía preparada.
No resulta ocioso, por lo demás, puntualizar aquí que cuando se inició la guerra de Reforma o de los Tres Años la lucha se circunscribía a liberales mexicanos contra conservadores mexicanos. A medida que pasaron los meses, y en libre juego de las fuerzas nacionales, las armas juaristas padecieron severos reveses que dejaron en pésimas condiciones al gobierno que sostenían, y el propio don Benito se vio precisado a salir del país, a recorrer luego, las aguas de cinco naciones y a reaparecer finalmente en Veracruz, donde algún tiempo después fue reconocido por Estados Unidos, único país del mundo que por entonces adoptó semejante actitud.
Así las cosas, cuando aún no existía una lucha internacional sobre suelo mexicano, como ocurrió poco tiempo después, y en momentos en que el enfrentamiento continuaba exclusivamente entre nacionales, el general Miramón se dispuso a asestar el golpe final sobre Veracruz. Llevaba seis mil hombres y buena artillería; entretanto, los barcos de Marín fondearon Antón Lizardo en espera de atacar el puerto.
De pronto, cuando la operación marchaba dentro de lo planeado (6 de marzo de 1860), aparecieron como fantasmas de media noche, sin luces y sin bandera, los buques de guerra norteamericanos “Wave”, “Indianola” y “Saratoga”, que se lanzaron sobre las naves mexicanas conservadoras. Marín salió de su camarote e intentó desesperadamente organizar alguna defensa ante la violenta e inusitada acometida, pero el poder del fuego de la armada norteamericana, así como lo intempestivo de la acción fueron determinantes en la captura del contralmirante y de sus hombres. El cañoneo se prolongó por espacio de una hora y fue sucedido por el abordaje de la marinería yanqui.

 Tres de los pilotos del "General Miramón" fueron muertos en el ataque, y otros varios mexicanos resultaron heridos. Marín y su gente fueron llevados a Nueva Orleáns con todo y buques, donde fueron acusados ¡de piratería!, si bien finalmente quedaron absueltos. Al fin y al cabo el daño estaba consumado...

(Por cierto que don Ignacio de la Llave,  cuyo nombre aparece grabado en letras de oro en la Cámara de Diputados y quien a la sazón fungía de Ministro de Gobernación de  Juárez, estuvo a bordo del "Indianola" durante la refriega referida y quedó levemente herido).

Juárez, al demandar la intervención yanqui había declarado piratas a los buques conservadores mexicanos cuando se percató que lo iban a atacar. No cabe duda dice don Alejandro Villaseñor y Villaseñor que Juárez estaba en su derecho para calificar a sus enemigos como mejor le pareciera y para declararlos piratas; pero esta declaración sólo debía "surtir sus efectos y ser obedecida por los militares y marinos mexicanos que estaban a sus órdenes; pero de ninguna manera por fuerzas extranjeras que ningún participio debían tomar en la lucha y que debían permanecer neutrales". 

A su vez, Ralph Roeder, escritor norteamericano simpatizante de Juárez, reconoce que don Benito solicitó la ayuda extranjera para luchar contra los propios mexicanos y acepta que cuando el tribunal de Nueva Orleáns absolvió a don Tomás Marín y a sus hombres del infundado cargo de piratería, el Presidente James Buchanan abogó por el capitán Turner, jefe de los navíos americanos que habían intervenido en el Golfo de México, pues "reconoció que el comandante americano había obrado con su consentimiento y autorización".2
Otro autor contemporáneo de tendencias liberales radicales, don Alfonso Toro, asevera que lo ocurrido en Antón Lizardo "fue una intervención armada de los americanos en favor del Partido Liberal".3 
Y don Justo Sierra, panegirista del señor Juárez, asienta que Turner se había visto muy presionado por los liberales para que interviniese en su favor. "Lo asediaban -dice-las súplicas, las sugestiones, los planes rápidos de los jefes reformistas". Por cuanto a la captura de los buques conservadores por los norteamericanos, lo que dio al traste con los planes de Miramón,
Sierra anota categóricamente: "Esa noche quedó militarmente vencida la reacción"4
y el abogado don José González Ortega, nieto del general Jesús González Ortega, destacado jefe reformista, futuro vencedor de Miramón en Silao y Calpulalpan al final de la guerra de Reforma, refiriéndose, en el texto que escribió de su abuelo, sobre los sucesos de Antón Lizardo, asienta lo que sigue:

"¿Obro Juárez rectamente al acudir a tales medios (o sea al auxilio bélico norteamericano) para triunfar de su adversario Miramón?"

Busquemos la respuesta en un breve análisis.

Todo país que lucha contra otro está facultado para llamar en su ayuda a una tercera nación. El Derecho Internacional denomina este procedimiento, muy común en la historia del mundo, 'coalición' o 'alianza'. Pero un partido político que lucha contra otro dentro de un mismo país no puede llamar en su auxilio a ninguna fuerza extranjera, porque de hacerla atraerá sobre sí el dictado de traidor…..”
“Nunca podrán contestarse airosamente los cargos que se han formulado contra Juárez por lo de Antón Lizardo. No sólo gestionó la intervención de la bandera de las barras y las estrellas en beneficio de su persona y de la causa que defendía, sino que logró que los marinos de Norteamérica viniesen a ejercer actos de soberanía a nuestras aguas territoriales” José González Ortega, El golpe de estado de Juárez.

Por su parte el propio José Ma. Mata, ministro de Juárez en Washington, informó a don Benito de la impresión que los sucesos ocurridos en Antón Lizardo, causó en los Estados Unidos:

“Luego que se supo aquí -escribió- la captura de los buques de guerra que llevó Marín a Veracruz, por la corbeta “Saratoga”, cuya noticia fue recibida generalmente con entusiasmo, se pidió por Congreso al Presidente que informara sobre lo ocurrido. El Presidente mandó un mensaje acompañando los documentos relativos y diciendo que la conducta del capitán Jarvis (jefe de la armada estadunidense en el Golfo de México y superior de Turner, quien fue en persona el que encabezó el ataque) había merecido su aprobación….”

Contrariando la aprobación del presidente Buchanan, el senador Summer hizo una proposición en el Senado, para que se preguntara al gobierno:"con qué derecho había ordenado la captura de buques de guerra en aguas mexicanas, siendo así que los Estados Unidos están el paz con todo el mundo"

En cuanto toca al licenciado don Blas José Gutiérrez, catedrático que fue de la Escuela  de Derecho y Juez de Distrito del gobierno liberal en Veracruz  en la época de aquel suceso, asevera: “Esta disposición (la calificación de piratas dada por Juárez a los buques conservadores) viciosa a la luz del derecho y tan fatal, que puso a disposición del extranjero la vida de los mexicanos que tripulaban los buques de Marín, mexicanos cuya pérdida por manos extrañas".

Pero fueron  don Francisco Bulnes, poderoso polemista  e historiador liberal, y don Alejandro Villaseñor y Villaseñor, distinguido abogado católico, quienes realizaron sendos trabajos críticos, jurídicos e históricos de inmejorable calidad y solidez para tratar el asunto de Antón Lizardo.
Son concienzudos estudios de principios de siglo y su profundidad de erudición aún asombra a quienes se sumergen en ellos, tanto por el pasmoso poderío intelectual cuanto por la estricta lógica de que se hallan revestidos. De ambos trabajos, extraigo, pues, algunos párrafos en relación a la intervención armada estadunidense en Veracruz la medianoche del 6 de marzo de 1860.
"La piratería -puntualiza Bulnes- es un delito contra el derecho de gentes y por consiguiente todas las naciones tienen el derecho de castigar a los piratas, cualquiera que sea su nacionalidad; pero ninguna está obligada a castigar la piratería en virtud de la declaración de gobierno extranjero. Es, pues, un error grave de la declaración de Juárez decir  que los buques de las naciones amigas deben considerar y tratar a los buques de Miramón como piratas. No estando sujetas las naciones amigas a la soberanía de Juárez, la declaración de piratería no debe expresar obligación para ellas de acatar las declaraciones de Juárez".7

"Para los efectos de la soberanía exterior, ninguna nación puede dictar leyes imponiendo definiciones de  piratería o calificando como piráticos hechos que no son. La soberanía exterior de las naciones está limitada por el derecho de gentes y todas las naciones están obligadas para los efectos de su soberanía exterior a sólo considerar como piratas a los que así considera el derecho de gentes. Ninguna nación civilizada podía considerar ni tratar como piratas a los barcos de Miramón, por la razón de que no lo eran ni podían serlo".8
Gutiérrez Flores Alatorre, Bias José, Leyes de Reforma, Tomo lli, p. 24 citado por
7Bulnes, Juárez y las revoluciones..., p. 380.
8Bulnes Juárez y las revoluciones..., pp. 393-394. Cursivas en el original.

 A su vez, Villaseñor y Villaseñor, tras el exhaustivo análisis que efectuó sobre este atentado tan poco conocido por la generalidad del público, emite los juicios siguientes:

"Duro es aplicar un calificativo como el que vamos a estampar; pero cuando resulta merecido, después de estudiar fríamente los hechos, no se debe' retroceder en decido: Juárez, llamando a Jerwis para que lo ayudase a liberarse de sus enemigos, cometió un grave atentado contra la independencia y la dignidad de México, permitiendo que el extranjero apresase a mexicanos y que ejerciese actos de jurisdicción en el territorio nacional". 

Y nada puede atenuar ese calificativo: Juárez llamó a los norteamericanos nada más para salvarse él y para salvar a su partido, que hubiera quedado perdido con la toma de Veracruz. No envió al "Saratoga" a que persiguiese a los buques conservadores, sino únicamente a que los capturase en el punto donde estaban desde hacía horas anclados; y a título de que había declarado piratas a las naves de Marín, instigó al capitán Jerwis a que cometiese un verdadero acto de piratería.

"El atentado aludido se llama en derecho traición a la patria, y en vez de que pueda atenuarse en algo, dadas las circunstancias que concurrieron en el asalto, se agravó ese atentado, ese delito, con el de piratería cometido por el 'Saratoga' al abordar al 'General Miramón 'y al 'Marqués de La Habana " de la manera como lo hizo". 9

Empero, los liberales mexicanos en modo alguno mostraban arrepentimiento por haber recurrido a los Estados Unidos, su "natural aliado" en palabras de Justo Sierra, y por el contrario, el periódico de Veracruz Guillermo Tell no tuvo empacho en mostrar su alborozo el 12 de marzo de 1860, es decir apenas seis días después del atentado:

"No es sólo nuestra voz la que hoy se eleva para rendir un voto de gracias a la marina americana que, cumpliendo con las leyes del mar, ha hecho indirectamente un servicio inmenso a la República Mexicana... Veracruz (no sólo) aprecia en su justo valor la aprehensión del pirata Marín, sino que reconoce cuál es la mano generosa que libró a una ciudad de tanto desastre como se la esperaba con los pertrechos de guerra venidos de La Habana, y rinde una prueba de gratitud a su salvador. El señor comandante Turner, así como los demás jefes de los otros buques americanos, reciban nuestro recuerdo... El hecho será inolvidable para la República Mexicana, y en el corazón de los demócratas, el nombre de Turner y de los suyos vivirá eternamente". 10
 10 Junco, Alfonso, Un siglo de México, México, Editorial Jus, S. A, 5a. edición,
1963,241 p., p. 154. Cursivas en el original.

 El propio  Juárez,  por su parte, reconoció sin tapujos la realidad y la significación de estos acontecimientos -retórica partidista dejada de lado- en una importantísima carta que escribió al jefe liberal Epitacio Huerta el 25 de abril de 1860 y que, a mi juicio, resulta concluyente:

 "El triunfo de la sagrada causa que defendemos -apuntó don Benito- está asegurado. Un gran pueblo ha hecho alianza con nosotros, y esa alianza, desde el suceso plausible de Antón Lizardo ha dejado de ser un misterio. Siento, como usted, que la gran familia liberal no haya podido sola sin auxilio del extranjero pulverizar a la reacción y levantar sobre sus escombros los altares de la libertad. Amigo mío, si los tacubayistas no hubieran explotado el fanatismo de nuestras masas ¿cree usted que Benito Juárez habría pedido ayuda a los Estados Unidos para triunfar de sus enemigos? Nunca jamás. Mi amor a la libertad me hizo dar ese paso, y sabe Dios el inmenso sacrificio que me cuesta. Algunos liberales tibios reprueban mi conducta creyendo que sin los vientos del norte podía arribar a la capital de la República para encadenar bajo mis plantas a la hidra reaccionaria. Los que así piensan se engañan. Miramón había combinado perfectamente su plan de campaña sobre este puerto, baluarte de la libertad, de manera que si los vapores norteamericanos no capturan los buques de Marín y aprehenden a éste, la plaza se rinde y la nefanda reacción triunfa indefectiblemente. Me pregunta usted en su grata, que contesto, si puede anunciar ya de un modo oficial nuestra alianza con los hijos de Washington, y debo decirle que oficialmente no conviene todavía hacer tal declaración”
“El pueblo es muy susceptible, de todo se impresiona, y yo quiero mantenerlo en duda. Me acusan de traidor a la patria unos, y otros sabiendo que no hay traición de mi parte, sino una necesidad imperiosa que me obliga a no pararme en los medios para conseguir el fin, me hacen justicia”11
Carta de Juárez a Epitacio Huerta, 25 de abril de 1860, cuadro sinóptico citado por don Antonio Gibaja y Patrón, en su Comentario crítico a las revoluciones sociales de México, 1973.

De un rápido análisis de las líneas anteriores se desprende con claridad la firme convicción que Juárez albergaba de conseguir la victoria final merced a la ratificada connivencia de su grupo con los Estados Unidos; la certeza, de que, sin el auxilio exterior, hubiera resultado imposible para los liberales vencer a los conservadores; la nítida percepción de que la intervención de la flota americana en Antón Lizardo constituyó un factor decisivo para evitar, primero, la caída de Veracruz y conseguir, poco más adelante, el triunfo definitivo, a despecho de ciertos liberales que contemplaban con reticencia el apoyo yanqui;  y, finalmente, la intención de soslayar hasta lo último “nuestra alianza con los hijos de Washington”, al intuir que, con sobradas  históricas razones de por medio, semejante maridaje difícilmente podría ser grato a la generalidad de la nación mexicana.
Que Juárez, por lo demás, jamás desmintió sus arraigadas simpatías por la política norteamericana que tanto le favorecía, lo demuestra, entre otros textos,  éste que escribió años mas tarde del suceso de Antón Lizardo, el 25 de mayo de 1865,desde Chihuahua,  a su yerno Pedro Santacilia, a raíz del ascenso al poder de Andrew Johnson, en sustitución del recientemente asesinado Abraham Lincoln:

“Me he impuesto de todas las noticias importantes que me comunica de esa República y celebro mucho que Mr. Johnson sea partidario decidido de la Doctrina Monroe, pues esto solo basta para que el bandido coronado de la Francia abandone su inicuo plan de conquista sobre México”

Y tras relatar algunos pormenores militares a la causa imperial, Juárez decía a Santacilia: "En tales circunstancias han llegado las noticias de la pacificación de ese país (Estados Unidos) y de la entrada de Johnson a la Presidencia, lo que ha causado una sensación profunda en la Corte Imperial de Maximiliano, que a estas horas siente ya su incapacidad y su impotencia para conjurar la tormenta que ruge sobre su cabeza”

Ciertamente no se requiere un exhaustivo análisis de este documento por medio del cual se reitera en gozo que provocaba en los liberales mexicanos la aplicación de la Doctrina Monroe, la que colocaban de salvador escudo, herencia de la más pura tradición anglosajona puritana, de típico corte imperialista y racista, y expoliadora por antonomasia de las naciones del continente americano.

No es, pues, incurrir en hipérbole si se asevera que el Partido Liberal con Juárez a la cabeza, no solo no entonó jamás el mea culpa, salvo honrosas excepciones, por la serie de intervenciones armadas, diplomáticas, que pactó y aceptó una  otra vez con el poderoso vecino del norte, sino que, incluso, aún después de concluida la lucha con el triunfo final sobre el Imperio, semejantes actitudes fueron consideradas motivo de vanagloria, de satisfacción, de ufanía, pues no de otra manera puede interpretarse la siguiente carta que el 29 de enero de 1869, casi nueve años después de la intervención armada de la flota yanqui en Veracruz, escribió desde Nueva York el cubano Domingo de Goicuría, agente de Juárez en los Estados Unidos para la adquisición de armas, a su amigo don Benito y cuando Goicuría estaba a punto de embarcarse rumbo a Cuba.

“Amigo mío, como recuerdo histórico tengo el gusto de remitirle la bandera americana que tremoló en el “Indianola” la noche del  6 de febrero (marzo) de 1860, con marcas indelebles de aquella jornada y que bastante ayudó a la causa de la libertad. Recíbala para que en medio de las 'otras que deban concurrir el día de su cumpleaños me represente a su lado, como estuvimos en San Juan de Ulúa cuando 'triunfamos de la reacción, ya que esta vez no lo puedo hacer en persona como entonces, hágolo en trofeo.
"Seguro que pronto estaré entre mis hermanos revolucionarios, no quería dejar aquí esa memoria para que se perdiera en el olvido, así  recíbala como la cuelga que le envía su siempre y constante amigo". 13

En otras palabras y para concluir: la bandera de las barras y las estrellas, vista como símbolo sagrado por los liberales y que tanto les había ayudado "a la causa de la libertad", era remitida a Juárez como preciada cuelga de su futuro cumpleaños, pues Goicuría no podía enviársela más tarde porque se encontraba a punto de unirse a la lucha revolucionaria cubana y no fuera a ser que tocara la de malas y se extraviara...

13  Carta de don Domingo de Goicuría don Benito Juárez, Nueva York, 29 de enero de 1869, en Juárez, Benito, Documentos; discursos y correspondencia, selección y notas de Jorge L. Tamayo, México,'Editorial Libros de México; S. A, 2a. edición, . 1972, Tomo XIII, P. 800.

. I Para un detallado examen de estos hechos véanse los profundos análisis que sobre el particular realizaron don Alejandro Villaseñor y Villaseñor (Antón Lizardo, México, Jus,1962) y don Francisco Bulnes (Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma, México, Milenario, 1967).

 En cuanto a don Tomás Marin, era un hábil y distinguido marino mexicano que en anteriores ocasiones había propinado a los yanquis severos golpes: el 17 de abril de 1837 había batido y capturado al barco texano "Independence" con el capitán Wheelwrighi a bordo en aguas de Galveston el 11 de julio de 1843 hundió a los buques yanquis "Houston" y "Colorado" en Campeche, y detuvo al comandante Moore, promotor de desórdenes separatistas en la península; y el 15 de octubre de 1846 al mando del fuerte de la Barra de Alvarado, luchó siete horas contra una escuadra yanqui de ocho buques y finalmente rechazó el desembarco.