miércoles, 29 de junio de 2011

EL CONTROVERTIDO FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS (1ª parte)


ENSALZADO POR ALGUNOS HISTORIADORES Y MIRADO CON EXCEPTICISMO POR OTROS, LAS CASAS FUE RADICAL EN LA DEFENSA DE LOS INDIOS

La figura y la acción de fray Bartolomé de las Casas son inseparables de la historia de la América hispana en sus primeros decenios, no menos que de todo el criticismo que entonces y ahora trata de abordar los orígenes de la colonización española en las Indias occidentales. Pero da la casualidad de que esa figura, centro de tantos estudios y publicaciones, no acaba de definirse y de quedar colocada dentro de su real marco histórico, con los valores o deficiencias que le hicieron tan celebre entonces, y ahora tan amado o criticado. Por eso continúa siendo un verdadero problema histórico e ideológico, que, si tiene solucionados muchos de sus interrogantes, aguarda aun la solución que pudiera llamarse casi definitiva y que pudiera ser admitida por la mayoría de los estudiosos.

Nació en Sevilla en 1474 y murió en Madrid en 1566. En esos noventa y dos años de vida activísima asistió a la creación de la España moderna, con los Reyes Católicos, y de la América hispánica, en sus rasgos generales, que no parece que llegara a comprender y penetrar como un fenómeno irreversible y por muchos siglos definitivo, sin posibilidad de restauraciones indígenas que tanto parecía desear.


Licenciado en leyes, se embarcó en Sevilla en 1502 en la flota de Nicolás de Ovando, la más importante de las que hasta entonces se habían dirigido a América. Iban transcurridos diez años desde el descubrimiento, y ciertamente ricos en sucesos históricos, orientaciones descubridoras y colonizadoras y tentativas de introducción del cristianismo en las Antillas. Después de los primeros ensayos mineros comienza la encomienda, y el licenciado don Bartolomé conoce sus primeros pasos en la Española entre 1502 y 1512 como encomendero, tomando parte en las luchas y en el botín, y aunque él no tratara mal a los indios encomendados, tampoco se preocupaba por su cristianización ni por los demás deberes que le incumbían.

En 1510 llegaron los dominicos a la Española, o Santo Domingo-Haití, y en 1511 predicó el padre Antonio Montesinos su famoso sermón del cuarto domingo de Adviento, condenando el régimen imperante con los indios. Es el planteamiento oficial de la contienda sobre el trato debido a los indios americanos, que pasa en seguida a la corte española y condiciona durante varios decenios decisivos la política de la corte y del Consejo de Indias. Por esa época se ordena de sacerdote Las Casas, tal vez el primero en América. Al principio siguió en forma parecida, defendiendo las encomiendas y practicándolas, sin que le lograra convencer un fraile dominico de lo contrario, hasta su «conversión», Pentecostés de 1514. Desde entonces se convirtió en lo que siempre continuó siendo: el enemigo numero uno de toda clase de encomiendas, esclavitud y explotación de los indios americanos. Tenía cuarenta años y le esperaban otros cincuenta y dos de continuo batallar en pro de su idea fija y obsesionante.

Se unió a los dominicos, y, en 1515, ante el poco éxito con los encomenderos, viene a España, en su primera vuelta, con el padre Montesinos. Desde entonces será un personaje conocido en la corte, lo mismo con Fernando el Católico, que con Cisneros, Carlos V, cardenal Adriano, Felipe II y los consejeros de Indias. Choca con el poderoso don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, y alma del embrionario Consejo de Indias. Deja en mejor lugar al rey don Fernando, negocia luego con el cardenal Cisneros y comienza su infatigable vida como agente en la corte, bien a titulo propio, bien como agente especial, procurador de indios, obispo de Chiapa. Lo que fue esa actuación en diversas etapas ha comenzado a interesar profundamente a la moderna historiográfica sobre los primeros años del dominio español en América, y eso tanto entre los investigadores españoles como entre los extranjeros, y se ha manifestado en una toma de posiciones favorables o desfavorables a Las Casas, pues apenas se conocen atisbos de posturas medias con tan representativo personaje.

Lo malo en muchos casos, o en la mayoría de ellos, es que el principal testigo e historiador, que es el mismo Las Casas, bien como clérigo, como dominico o como obispo, es al mismo tiempo testimonio y parte abiertamente interesada, y ha conseguido hasta ahora encontrar mas bien benevolencia y generalmente muy pronunciada en su favor, olvidando o disminuyendo los factores adversos que llaman la atención en su testimonio. Cisneros trató con él benévolamente y preparó la misión investigadora y fiscalizadora de los padres jerónimos a la Española. Las Casas mereció ser nombrado informador de los reyes y consejero de los jerónimos. Un antecedente de su posición futura de protector y procurador de los indios, que dice comenzó entonces mismo de forma oficial. No convivieron mucho como amigos el clérigo y los jerónimos. El primero se les enfrentó en las islas y en la corte durante su efímera actuación. Al poco tiempo vuelve a España (agosto de 1517), visita a Cisneros, estudia derecho, se insinúa en la gracia de los consejeros flamencos de Carlos V, recién venido a España, y como no triunfa tanto con los consejeros españoles, no cesa de ponderar a los flamencos que le favorecen.

Resumiendo su vida desde entonces, vuelve a fines de 1520 a las Antillas con unos fantásticos planes sobre la costa de Cumaná, que fracasan por las violencias de algunos conquistadores, algunas deficiencias de la empresa colonizadora y evangelizadora, y los ataques de los indios. Poco después entra en la orden dominicana, ganado por el padre Betanzos, y tiene unos años de retiro, en los que se dedica más al estudio, pero de los que tenemos pocos informes, hasta 1531, a pesar de la importancia de la provisión general de Carlos V en Granada (17 de noviembre de 1526), en todo lo referente a los temas principales de la conquista, evangelización y encomiendas en Indias. Tiene alguna intervención en 1531-1534 en Santo Domingo y restablece su correspondencia con el Consejo de Indias, en la forma y con los argumentos con que la llenará incansablemente el resto de su vida.

Pensó ir al Perú, pero se desvió a Nicaragua en 1535 y luego a Guatemala, suscitando algunos incidentes y escribiendo diversos tratados, como De unico vocationis modo (1537). Misiona en Tezulutlan, parte de la futura Verapaz, pasa a Méjico y, con algunas cartas de recomendación, se embarca para España, adonde llega a principios de 1540. Como el emperador había partido para Flandes, espera en España más de dos años, tomando parte activa en la polémica indiana que, con las Relecciones del padre Francisco de Vitoria, O. P., en Salamanca, había entrado en una interesantísima fase. En ese tiempo escribió la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1541, con retoques en 1542 y 1546), el libro más discutido de Las Casas, y el único conocido durante mucho tiempo, junto con otros tratados breves.

Vuelto Carlos V a España, y aprovechando las diversas consultas del Consejo durante aquellos años, dictó el 20 de noviembre, en Barcelona, las llamadas Leyes nuevas, en las que aprobaba algunas de las ideas, o mejor tendencias, de Las Casas en favor de los indios, pero sin su totalitarismo y exageraciones, y se produce con ello una grave crisis en América, llegando a la rebelión armada en el Perú. A pesar de que el dedo popular las atribuya a Las Casas, este se mostró muy insatisfecho (febrero de 1543) en el momento mismo en que comenzó a negociarse un obispado para él en Indias. No admitió el del Cuzco, Perú (diciembre de 1542), pero sí el de la Chiapa, con la Verapaz futura, el 1 de marzo de 1543.

No había cumplido con ciertos deseos del obispo de Méjico, fray Juan de Zumárraga, O. F. M., del padre Betanzos y de otros que pensaban en misiones por las lejanas costas del Pacifico asiático. Después de una estancia tan laboriosa en España emprendió su cuarto y ultimo viaje a América el 4 de mayo de 1544. Su carácter episcopal daba un nuevo sesgo y eficacia a su acción, pero se enfrento con redobladas dificultades, no solo en la Española, donde estuvo de paso, sino especialmente en su diócesis de Chiapa y misión de Verapaz, debidas especialmente a su rigorismo con los encomenderos. Solo duró un año en su diócesis, que no quedaba del todo pacificada a su partida para Méjico, a principios de 1546. Participó en varias reuniones con religiosos y obispos con diversos roces, dio algunas disposiciones sobre su diócesis y volvió a España a principios de 1547, alcanzando a la corte en Aranda de Duero. Ya no volverá a salir de España.

Consigue diversos favores para la Verapaz, continúa en la redacción de sus libros y memoriales, renuncia a su obispado en 1550 y participa en las famosas juntas de Valladolid contra Sepúlveda en 1550 y 1551. En 1552 edita ocho trataditos en Sevilla, entre ellos el famoso de la Destrucción sin licencia, aprovechando los meses de estancia, mientras despide a una expedición de misioneros, y desde entonces alterna entre Valladolid y Madrid, interviniendo ante el Consejo como protector de indios, escribiendo sus voluminosos escritos, recibiendo cartas de América con informes diversos y manteniendo firme la postura adoptada de absoluta rigidez en punto a guerras a los indios, encomiendas, derechos de los caciques indios a su señorío político y económico y falta de base del dominio español, fuera de una soberanía especial, casi de solo nombre, fundada en el derecho a la evangelización concedido por Alejandro VI.

Al publicarse sus primeros escritos, sobrevino la polémica contra él de parte de fray Toribio de Benavente O. F. M., y aun, en parte, de algunos dominicos, aunque estos más bien estaban con él. Tiene correspondencia con el famoso arzobispo Carranza, se entera de las nuevas dificultades de su antigua diócesis, donde trata de mantener sus principios sobre la conquista y la evangelización, escribe en el mismo sentido al papa dominico San Pío V (1565-1572), y hasta su muerte, a la muy avanzada edad de noventa y dos años, continúa en la brecha, siguiendo una misma dirección ideológica e influyendo de algún modo en las cuestiones relacionadas con la administración eclesiástica y civil americana.

El éxito de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, único libro o folleto suyo que interesó durante bastante tiempo, fue enorme fuera de España. Y se comprende bien. Pues daba una serie de argumentos de primera fuerza contra la «tiranía española» allí donde ésta era combatida, especialmente en los Países Bajos, Alemania, Inglaterra, Francia e Italia. Ediciones y traducciones se sucedieron con rapidez en las lenguas de todas estas naciones y en latín, con el efecto que es de suponer en los lectores. Tenía la gran ventaja de ser el testimonio de un religioso y de un obispo, que había residido mucho tiempo en América y que había intervenido en los consejos generales de España. Además aparecía como testigo en muchos casos y como especialmente bien informado en otros. Lo demás les tenía sin cuidado a los divulgadores de esta obra, la más demoledora sobre España y escrita por un español de sus especiales características. Lo que menos importaba en el extranjero era el hacer la crítica de la obra. ¿Para qué, viniendo de quien venia, y siéndoles imposible a ellos el hacerla en aquellos primeros siglos?

En los primeros setenta años hubo 21 ediciones en holandés, 8 en italiano, 6 en francés, 4 en alemán, 2 en inglés y 2 en latín. En Barcelona se imprimieron en 1646 los folletos publicados en 1552 por Las Casas en Sevilla, con ocasión de su levantamiento (1640-1659) por el mismo motivo. Hubo traducciones diversas del folleto «Sobre los indios que se han hecho esclavos», mientras que el corsario Richard Hawkins,, prisionero en Lima, quería traducir a diversas lenguas los folletos lascasianos que conoció durante su cautividad, pensando conseguir con ello mas fama que Lutero.

Menéndez Pidal ha hecho resaltar bien el hecho de que en cada ocasión de guerras o levantamientos contra España se ha recurrido al mismo arsenal lascasiano para preparar los ánimos a las hostilidades. Eso se vio especialmente durante la independencia de los países hispanoamericanos y, durante la guerra de Cuba, en los Estados Unidos. Más tarde, por obra del nazismo y del comunismo, con distintos fines. Ninguna de las ediciones mencionadas ha tenido el mínimo empeño de examinar la verdad de los hechos delatados. Sólo mas recientemente han comenzado algunos autores extranjeros a hacer resaltar especialmente sus exageraciones, aunque sin ir nunca al fondo del asunto, ni siquiera los que más obligados parecía que estaban a ello, como el norteamericano Lewis Hanke o Marcel Bataillon.

En España, el virrey don Francisco de Toledo, el más insigne de los virreyes sudamericanos, mandó recoger en el Perú de su mando las obras impresas en 1552 por Las Casas, y pidió a España su prohibición y recogida en 1573, por las dificultades que creaban. Estas obras influyeron en las investigaciones históricas mandadas hacer en su virreinato por Toledo, para examinar los títulos de soberanía de los incas y caciques y consolidar mejor los de España. Ya antes de recibirse la petición del virrey Toledo, el 3 de noviembre de 1571, una real cédula firmada en Madrid por Felipe II ordenaba recoger todos los libros y papeles que fueron de Las Casas y se conservaban en el colegio de San Gregorio de Valladolid, y el 30 de diciembre de ese mismo año se aprueba la recogida efectuada por Toledo en el Perú. La Destrucción de las Indias fue prohibida en 1659 por la Inquisición española, a raíz de las desastrosas guerras sostenidas durante aquellos años en diversos continentes y en la misma península Ibérica. Las Casas tuvo diversos contradictores en Vargas Machuca (1597-1612), que no logró publicar su libro, y mas tarde en León Pinelo, don Juan de Solorzano Pereira y Fernando Ávila Sotomayor.

domingo, 8 de mayo de 2011

Llegada de Maximiliano de Austria en México



Desembarco de Maximiliano de México en el puerto de Veracruz. En el año 1864 este noble austríaco miembro de la Casa Imperial de los Habsburgo, llegó para tomar posesión del trono mexicano con el título de Emperador, que le ofrecía Napoleón III, y sostenido por tropas francesas y austríacas. Su aventura terminaría dramáticamente tres años después, con la derrota francesa y Maximiliano fusilado por los mexicanos.

lunes, 2 de mayo de 2011

Significado de la X en Mexico

Los criollos que escogieron ese nombre, tenían una visión particular de si mismos.

Primero debemos de saber que los criollos novohispanos, tenían una gran admiración por las culturas prehispánicas, (contrario a lo que muchos creen). Conocían el valor arqueológico de estas culturas (claro que no se sentían "aztecas"), aunque México como nación y entidad política nació en el siglo XIX. Algunos autores de la época virreinal se referían a sí mismos como meXicanos, pero no fue hasta después de la Independencia que se adoptó definitivamente el nombre de México para el país.


En el castellano del siglo XVI, la letra X e pronunciaba "Sh", como se hace actualmente en Gallego. Al llegar los nuestros antepasados conquistadores, a estas tierras, descubrieron que la capital del imperio azteca se llamaba "Meshico", que en lengua nahuatl significa "el ombligo de la luna". Los primeros españoles transcribieron el nombre de la ciudad (Meshico) como Me-xi-co. El castellano evolucionó y el sonido Sh se convirtió en J (shavon en castellano antiguo pasó a ser jabón, shuarez se convirtió en Juarez, ...). La pronunciación del nombré de la ciudad pasó de "Me-shico" á "Méjico" (cambio a esdrújula y substitución de la Sh por J moderna).


Sin embargo, la escritura de la palabra no cambió. Y hubo muchas razones:


- La bandera de Nueva España, era hasta esos tiempos era el pendón de San Andrés, la cual también tiene una "X" como símbolo principal. (En honor a este santo, San Andrés es quizá uno de los Apóstoles menos conocidos, según una tradición muy antigua, que data del siglo III, el Apóstol fue crucificado en Patras, en Grecia, donde fue amarrado a una cruz en forma de X, en donde padeció durante tres días, los cuales aprovechar para predicar a todos los que se acercaban. Es representación de humildad y sufrimiento y en heráldica simboliza caudillo invicto en combate. Es en esta base que la Cruz de San Andrés fue tomada por el Impero Español como su símbolo y es con la que llegan a México e imponen como lábaro con una afortunada casualidad.)


- El símbolo del centro del mundo en la escritura antigua de los mexicanos indígenas (pictogramas) era una "X", esto lo conocían los criollos perfectamente.


- A principios del siglo XIX, los novohispanos, querían que la capital del imperio español fuera trasladada de Madrid a México, la mayor ciudad del imperio y situada en medio de los territorios pertenecientes a la corona española. por ello seguían manteniendo la escritura con "X", el símbolo del centro.


- Al invadir Napoléon España invitaron a Fernando VII y al Papa a trasladarse a México. Estos se negaron...sin embargo al independizarse decidieron extender el nombre de México a todo el territorio novohispano. A partir de este momento los realistas comenzaron a escribir el nombre con "J" y los independentistas con "X".


- Una de las primeras banderas independentistas portaba una "X". Al obtenerse la independencia, se cambio el nombre de Nueva España por el de México, naturalmente con "X".


- La "X" también simboliza a Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, uno de los dioses favoritos de los mexicanos,


Es interesante la historia de como se fue dejando esta singular letra, como parte de la personalidad del nombre nuestro país. En fin, como verán estamos muy apegados a la X; Orgullosamente somos el único país cuyo nombre se escribe con X y nos agrada que los demás también empleen nuestra ortografía, que nos remonta a nuestros ancestros.


Este nombre poseía y posee aun un gran valor mágico-religioso para los mexicanos, pues según un antigua profecía, el dios solar Hechicero-Colibrí (Huitzilopochtli) profetizó que fundaría sobre el ombligo de la luna la capital de su imperio solar.


De esta manera los mexicas fundaron la ciudad de México sobre un lago en forma de conejo, justo en un islote que formaba su ojo. Este lago se llamaba Meztliapan, el lago de la luna, porque la luna tiene sobre su disco dibujado un conejo. El ojo del conejo es el centro ú ombligo de la luna. De ahí que la ciudad se llamara Me-Xic-Co (luna-ombligo-lugar ó "lugar en el ombligo de la luna"). España también es un país conejo. Al llegar los fenicios a la península ibérica encontraron a un animal rarisimo parecido a la liebre, En fenicio esta se llamaba "Ishpan", por lo que el país se convirtió en Hispania y luego en España. Este raro animal era llamado por los iberos "conejo" y lo romanos transformaron la palabra en el latín "cuniculus" (único caso de un palabra española que pasó al latín y no a la inversa.




Fuente(s):


Gutierre Tibón, "Historia del nombre y de la fundación de México", Fondo de Cultura Económica
Jacques Soustelle, "La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista española", FCE
Wikipedia
mexicocriollo

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuando Juárez traiciona a México

ABRUPTA INTERVENCIÓN MILITAR YANQUI FUE DECISIVA PARA QUE LOS LIBERALES GANARAN LA GUERRA DE REFORMA. ATENTADO EN LA BAHÍA DE ANTÓN LIZARDO EN MARZO DE 1860.
HASTA ENTONCES LA CONTIENDA HABÍA SIDO SÓLO GUERRA CIVIL ENTRE MEXICANOS. 
BUQUES MEXICANOS CAÑONEADOS Y APREHENDIDOS EN AGUAS MEXICANAS POR NAVES YANQUIS 
LA BANDERA DE LAS BARRAS Y LAS ESTRELLAS, REGALO PARA JUÁREZ
 Extracto tomado del libro “Episodios Desconocidos de México”
Autor: Luis Reed Torres


Al Empezar el año 1860, el país se encontraba virtualmente bajo el control de la  administración conservadora a pesar de que las carencias de todo tipo se habían convertido en su verdadero talón de Aquiles.
Con excepción de Morelia y Veracruz y de dos o tres poblaciones de mayor o menor importancia, que a veces ocupaban los liberales para luego evacuarlas ante la proximidad del enemigo, el resto del territorio nacional estaba firmemente adherido al régimen   que en la ciudad de México encabezaba el general Miguel Miramón quien, sin embargo, comprendía perfectamente la importancia que significaba el reconocimiento diplomático  de Washington al gobierno juarista una vez que Estados Unidos “desrreconoció” a los conservadores al convencerse de que por ese camino no lograría ventajas territoriales de ninguna índole, y,  que eso, más que eso, la tácita alianza entre ambos establecida a raíz de la firma del tratado Maclane-Ocampo.

Anhelante de liquidar en definitiva a los hombres de Veracruz que Juárez lideraba, Miramón planeó un ataque decisivo al puerto: Él avanzaría por tierra, mientras una escuadra bloquearía por mar una eventual fuga del enemigo. Juárez no tendría escapatoria. Para el efecto el gobierno conservador adquirió dos barcos en Cuba y los puso bajo las órdenes del contralmirante Tomás Marín.
“El general Miramón” y “el Marqués de la Habana” -que así fueron bautizados los buques- se aprestaron, pues, a la captura del último reducto constitucionalista  de importancia, sin que Miramón, Marín  ni las tripulaciones imaginaran, siquiera la desagradable sorpresa que Juárez les tenía preparada.
No resulta ocioso, por lo demás, puntualizar aquí que cuando se inició la guerra de Reforma o de los Tres Años la lucha se circunscribía a liberales mexicanos contra conservadores mexicanos. A medida que pasaron los meses, y en libre juego de las fuerzas nacionales, las armas juaristas padecieron severos reveses que dejaron en pésimas condiciones al gobierno que sostenían, y el propio don Benito se vio precisado a salir del país, a recorrer luego, las aguas de cinco naciones y a reaparecer finalmente en Veracruz, donde algún tiempo después fue reconocido por Estados Unidos, único país del mundo que por entonces adoptó semejante actitud.
Así las cosas, cuando aún no existía una lucha internacional sobre suelo mexicano, como ocurrió poco tiempo después, y en momentos en que el enfrentamiento continuaba exclusivamente entre nacionales, el general Miramón se dispuso a asestar el golpe final sobre Veracruz. Llevaba seis mil hombres y buena artillería; entretanto, los barcos de Marín fondearon Antón Lizardo en espera de atacar el puerto.
De pronto, cuando la operación marchaba dentro de lo planeado (6 de marzo de 1860), aparecieron como fantasmas de media noche, sin luces y sin bandera, los buques de guerra norteamericanos “Wave”, “Indianola” y “Saratoga”, que se lanzaron sobre las naves mexicanas conservadoras. Marín salió de su camarote e intentó desesperadamente organizar alguna defensa ante la violenta e inusitada acometida, pero el poder del fuego de la armada norteamericana, así como lo intempestivo de la acción fueron determinantes en la captura del contralmirante y de sus hombres. El cañoneo se prolongó por espacio de una hora y fue sucedido por el abordaje de la marinería yanqui.

 Tres de los pilotos del "General Miramón" fueron muertos en el ataque, y otros varios mexicanos resultaron heridos. Marín y su gente fueron llevados a Nueva Orleáns con todo y buques, donde fueron acusados ¡de piratería!, si bien finalmente quedaron absueltos. Al fin y al cabo el daño estaba consumado...

(Por cierto que don Ignacio de la Llave,  cuyo nombre aparece grabado en letras de oro en la Cámara de Diputados y quien a la sazón fungía de Ministro de Gobernación de  Juárez, estuvo a bordo del "Indianola" durante la refriega referida y quedó levemente herido).

Juárez, al demandar la intervención yanqui había declarado piratas a los buques conservadores mexicanos cuando se percató que lo iban a atacar. No cabe duda dice don Alejandro Villaseñor y Villaseñor que Juárez estaba en su derecho para calificar a sus enemigos como mejor le pareciera y para declararlos piratas; pero esta declaración sólo debía "surtir sus efectos y ser obedecida por los militares y marinos mexicanos que estaban a sus órdenes; pero de ninguna manera por fuerzas extranjeras que ningún participio debían tomar en la lucha y que debían permanecer neutrales". 

A su vez, Ralph Roeder, escritor norteamericano simpatizante de Juárez, reconoce que don Benito solicitó la ayuda extranjera para luchar contra los propios mexicanos y acepta que cuando el tribunal de Nueva Orleáns absolvió a don Tomás Marín y a sus hombres del infundado cargo de piratería, el Presidente James Buchanan abogó por el capitán Turner, jefe de los navíos americanos que habían intervenido en el Golfo de México, pues "reconoció que el comandante americano había obrado con su consentimiento y autorización".2
Otro autor contemporáneo de tendencias liberales radicales, don Alfonso Toro, asevera que lo ocurrido en Antón Lizardo "fue una intervención armada de los americanos en favor del Partido Liberal".
Y don Justo Sierra, panegirista del señor Juárez, asienta que Turner se había visto muy presionado por los liberales para que interviniese en su favor. "Lo asediaban -dice-las súplicas, las sugestiones, los planes rápidos de los jefes reformistas". Por cuanto a la captura de los buques conservadores por los norteamericanos, lo que dio al traste con los planes de Miramón,
Sierra anota categóricamente: "Esa noche quedó militarmente vencida la reacción"4
y el abogado don José González Ortega, nieto del general Jesús González Ortega, destacado jefe reformista, futuro vencedor de Miramón en Silao y Calpulalpan al final de la guerra de Reforma, refiriéndose, en el texto que escribió de su abuelo, sobre los sucesos de Antón Lizardo, asienta lo que sigue:

"¿Obro Juárez rectamente al acudir a tales medios (o sea al auxilio bélico norteamericano) para triunfar de su adversario Miramón?"

Busquemos la respuesta en un breve análisis.

Todo país que lucha contra otro está facultado para llamar en su ayuda a una tercera nación. El Derecho Internacional denomina este procedimiento, muy común en la historia del mundo, 'coalición' o 'alianza'. Pero un partido político que lucha contra otro dentro de un mismo país no puede llamar en su auxilio a ninguna fuerza extranjera, porque de hacerla atraerá sobre sí el dictado de traidor…..
“Nunca podrán contestarse airosamente los cargos que se han formulado contra Juárez por lo de Antón Lizardo. No sólo gestionó la intervención de la bandera de las barras y las estrellas en beneficio de su persona y de la causa que defendía, sino que logró que los marinos de Norteamérica viniesen a ejercer actos de soberanía a nuestras aguas territoriales” José González Ortega, El golpe de estado de Juárez.

Por su parte el propio José Ma. Mata, ministro de Juárez en Washington, informó a don Benito de la impresión que los sucesos ocurridos en Antón Lizardo, causó en los Estados Unidos:

“Luego que se supo aquí -escribió- la captura de los buques de guerra que llevó Marín a Veracruz, por la corbeta “Saratoga”, cuya noticia fue recibida generalmente con entusiasmo, se pidió por Congreso al Presidente que informara sobre lo ocurrido. El Presidente mandó un mensaje acompañando los documentos relativos y diciendo que la conducta del capitán Jarvis (jefe de la armada estadunidense en el Golfo de México y superior de Turner, quien fue en persona el que encabezó el ataque) había merecido su aprobación….”

Contrariando la aprobación del presidente Buchanan, el senador Summer hizo una proposición en el Senado, para que se preguntara al gobierno:"con qué derecho había ordenado la captura de buques de guerra en aguas mexicanas, siendo así que los Estados Unidos están el paz con todo el mundo"

En cuanto toca al licenciado don Blas José Gutiérrez, catedrático que fue de la Escuela  de Derecho y Juez de Distrito del gobierno liberal en Veracruz  en la época de aquel suceso, asevera: “Esta disposición (la calificación de piratas dada por Juárez a los buques conservadores) viciosa a la luz del derecho y tan fatal, que puso a disposición del extranjero la vida de los mexicanos que tripulaban los buques de Marín, mexicanos cuya pérdida por manos extrañas".

Pero fueron  don Francisco Bulnes, poderoso polemista  e historiador liberal, y don Alejandro Villaseñor y Villaseñor, distinguido abogado católico, quienes realizaron sendos trabajos críticos, jurídicos e históricos de inmejorable calidad y solidez para tratar el asunto de Antón Lizardo.
Son concienzudos estudios de principios de siglo y su profundidad de erudición aún asombra a quienes se sumergen en ellos, tanto por el pasmoso poderío intelectual cuanto por la estricta lógica de que se hallan revestidos. De ambos trabajos, extraigo, pues, algunos párrafos en relación a la intervención armada estadunidense en Veracruz la medianoche del 6 de marzo de 1860.
"La piratería -puntualiza Bulnes- es un delito contra el derecho de gentes y por consiguiente todas las naciones tienen el derecho de castigar a los piratas, cualquiera que sea su nacionalidad; pero ninguna está obligada a castigar la piratería en virtud de la declaración de gobierno extranjero. Es, pues, un error grave de la declaración de Juárez decir  que los buques de las naciones amigas deben considerar y tratar a los buques de Miramón como piratas. No estando sujetas las naciones amigas a la soberanía de Juárez, la declaración de piratería no debe expresar obligación para ellas de acatar las declaraciones de Juárez".7

"Para los efectos de la soberanía exterior, ninguna nación puede dictar leyes imponiendo definiciones de  piratería o calificando como piráticos hechos que no son. La soberanía exterior de las naciones está limitada por el derecho de gentes y todas las naciones están obligadas para los efectos de su soberanía exterior a sólo considerar como piratas a los que así considera el derecho de gentes. Ninguna nación civilizada podía considerar ni tratar como piratas a los barcos de Miramón, por la razón de que no lo eran ni podían serlo".8
Gutiérrez Flores Alatorre, Bias José, Leyes de Reforma, Tomo lli, p. 24 citado por
7Bulnes, Juárez y las revoluciones..., p. 380.
8Bulnes Juárez y las revoluciones..., pp. 393-394. Cursivas en el original.

 A su vez, Villaseñor y Villaseñor, tras el exhaustivo análisis que efectuó sobre este atentado tan poco conocido por la generalidad del público, emite los juicios siguientes:

"Duro es aplicar un calificativo como el que vamos a estampar; pero cuando resulta merecido, después de estudiar fríamente los hechos, no se debe' retroceder en decido: Juárez, llamando a Jerwis para que lo ayudase a liberarse de sus enemigos, cometió un grave atentado contra la independencia y la dignidad de México, permitiendo que el extranjero apresase a mexicanos y que ejerciese actos de jurisdicción en el territorio nacional". 

Y nada puede atenuar ese calificativo: Juárez llamó a los norteamericanos nada más para salvarse él y para salvar a su partido, que hubiera quedado perdido con la toma de Veracruz. No envió al "Saratoga" a que persiguiese a los buques conservadores, sino únicamente a que los capturase en el punto donde estaban desde hacía horas anclados; y a título de que había declarado piratas a las naves de Marín, instigó al capitán Jerwis a que cometiese un verdadero acto de piratería.

"El atentado aludido se llama en derecho traición a la patria, y en vez de que pueda atenuarse en algo, dadas las circunstancias que concurrieron en el asalto, se agravó ese atentado, ese delito, con el de piratería cometido por el 'Saratoga' al abordar al 'General Miramón 'y al 'Marqués de La Habana " de la manera como lo hizo". 9

Empero, los liberales mexicanos en modo alguno mostraban arrepentimiento por haber recurrido a los Estados Unidos, su "natural aliado" en palabras de Justo Sierra, y por el contrario, el periódico de Veracruz Guillermo Tell no tuvo empacho en mostrar su alborozo el 12 de marzo de 1860, es decir apenas seis días después del atentado:

"No es sólo nuestra voz la que hoy se eleva para rendir un voto de gracias a la marina americana que, cumpliendo con las leyes del mar, ha hecho indirectamente un servicio inmenso a la República Mexicana... Veracruz (no sólo) aprecia en su justo valor la aprehensión del pirata Marín, sino que reconoce cuál es la mano generosa que libró a una ciudad de tanto desastre como se la esperaba con los pertrechos de guerra venidos de La Habana, y rinde una prueba de gratitud a su salvador. El señor comandante Turner, así como los demás jefes de los otros buques americanos, reciban nuestro recuerdo... El hecho será inolvidable para la República Mexicana, y en el corazón de los demócratas, el nombre de Turner y de los suyos vivirá eternamente". 10
 10 Junco, Alfonso, Un siglo de México, México, Editorial Jus, S. A, 5a. edición,
1963,241 p., p. 154. Cursivas en el original.

 El propio  Juárez,  por su parte, reconoció sin tapujos la realidad y la significación de estos acontecimientos -retórica partidista dejada de lado- en una importantísima carta que escribió al jefe liberal Epitacio Huerta el 25 de abril de 1860 y que, a mi juicio, resulta concluyente:

 "El triunfo de la sagrada causa que defendemos -apuntó don Benito- está asegurado. Un gran pueblo ha hecho alianza con nosotros, y esa alianza, desde el suceso plausible de Antón Lizardo ha dejado de ser un misterio. Siento, como usted, que la gran familia liberal no haya podido sola sin auxilio del extranjero pulverizar a la reacción y levantar sobre sus escombros los altares de la libertad. Amigo mío, si los tacubayistas no hubieran explotado el fanatismo de nuestras masas ¿cree usted que Benito Juárez habría pedido ayuda a los Estados Unidos para triunfar de sus enemigos? Nunca jamás. Mi amor a la libertad me hizo dar ese paso, y sabe Dios el inmenso sacrificio que me cuesta. Algunos liberales tibios reprueban mi conducta creyendo que sin los vientos del norte podía arribar a la capital de la República para encadenar bajo mis plantas a la hidra reaccionaria. Los que así piensan se engañan. Miramón había combinado perfectamente su plan de campaña sobre este puerto, baluarte de la libertad, de manera que si los vapores norteamericanos no capturan los buques de Marín y aprehenden a éste, la plaza se rinde y la nefanda reacción triunfa indefectiblemente. Me pregunta usted en su grata, que contesto, si puede anunciar ya de un modo oficial nuestra alianza con los hijos de Washington, y debo decirle que oficialmente no conviene todavía hacer tal declaración”
“El pueblo es muy susceptible, de todo se impresiona, y yo quiero mantenerlo en duda. Me acusan de traidor a la patria unos, y otros sabiendo que no hay traición de mi parte, sino una necesidad imperiosa que me obliga a no pararme en los medios para conseguir el fin, me hacen justicia”11
Carta de Juárez a Epitacio Huerta, 25 de abril de 1860, cuadro sinóptico citado por don Antonio Gibaja y Patrón, en su Comentario crítico a las revoluciones sociales de México, 1973.

De un rápido análisis de las líneas anteriores se desprende con claridad la firme convicción que Juárez albergaba de conseguir la victoria final merced a la ratificada connivencia de su grupo con los Estados Unidos; la certeza, de que, sin el auxilio exterior, hubiera resultado imposible para los liberales vencer a los conservadores; la nítida percepción de que la intervención de la flota americana en Antón Lizardo constituyó un factor decisivo para evitar, primero, la caída de Veracruz y conseguir, poco más adelante, el triunfo definitivo, a despecho de ciertos liberales que contemplaban con reticencia el apoyo yanqui;  y, finalmente, la intención de soslayar hasta lo último “nuestra alianza con los hijos de Washington”, al intuir que, con sobradas  históricas razones de por medio, semejante maridaje difícilmente podría ser grato a la generalidad de la nación mexicana.
Que Juárez, por lo demás, jamás desmintió sus arraigadas simpatías por la política norteamericana que tanto le favorecía, lo demuestra, entre otros textos,  éste que escribió años mas tarde del suceso de Antón Lizardo, el 25 de mayo de 1865,desde Chihuahua,  a su yerno Pedro Santacilia, a raíz del ascenso al poder de Andrew Johnson, en sustitución del recientemente asesinado Abraham Lincoln:

“Me he impuesto de todas las noticias importantes que me comunica de esa República y celebro mucho que Mr. Johnson sea partidario decidido de la Doctrina Monroe, pues esto solo basta para que el bandido coronado de la Francia abandone su inicuo plan de conquista sobre México”

Y tras relatar algunos pormenores militares a la causa imperial, Juárez decía a Santacilia: "En tales circunstancias han llegado las noticias de la pacificación de ese país (Estados Unidos) y de la entrada de Johnson a la Presidencia, lo que ha causado una sensación profunda en la Corte Imperial de Maximiliano, que a estas horas siente ya su incapacidad y su impotencia para conjurar la tormenta que ruge sobre su cabeza”

Ciertamente no se requiere un exhaustivo análisis de este documento por medio del cual se reitera en gozo que provocaba en los liberales mexicanos la aplicación de la Doctrina Monroe, la que colocaban de salvador escudo, herencia de la más pura tradición anglosajona puritana, de típico corte imperialista y racista, y expoliadora por antonomasia de las naciones del continente americano.

No es, pues, incurrir en hipérbole si se asevera que el Partido Liberal con Juárez a la cabeza, no solo no entonó jamás el mea culpa, salvo honrosas excepciones, por la serie de intervenciones armadas, diplomáticas, que pactó y aceptó una  otra vez con el poderoso vecino del norte, sino que, incluso, aún después de concluida la lucha con el triunfo final sobre el Imperio, semejantes actitudes fueron consideradas motivo de vanagloria, de satisfacción, de ufanía, pues no de otra manera puede interpretarse la siguiente carta que el 29 de enero de 1869, casi nueve años después de la intervención armada de la flota yanqui en Veracruz, escribió desde Nueva York el cubano Domingo de Goicuría, agente de Juárez en los Estados Unidos para la adquisición de armas, a su amigo don Benito y cuando Goicuría estaba a punto de embarcarse rumbo a Cuba.

“Amigo mío, como recuerdo histórico tengo el gusto de remitirle la bandera americana que tremoló en el “Indianola” la noche del  6 de febrero (marzo) de 1860, con marcas indelebles de aquella jornada y que bastante ayudó a la causa de la libertad. Recíbala para que en medio de las 'otras que deban concurrir el día de su cumpleaños me represente a su lado, como estuvimos en San Juan de Ulúa cuando 'triunfamos de la reacción, ya que esta vez no lo puedo hacer en persona como entonces, hágolo en trofeo.
"Seguro que pronto estaré entre mis hermanos revolucionarios, no quería dejar aquí esa memoria para que se perdiera en el olvido, así  recíbala como la cuelga que le envía su siempre y constante amigo". 13

En otras palabras y para concluir: la bandera de las barras y las estrellas, vista como símbolo sagrado por los liberales y que tanto les había ayudado "a la causa de la libertad", era remitida a Juárez como preciada cuelga de su futuro cumpleaños, pues Goicuría no podía enviársela más tarde porque se encontraba a punto de unirse a la lucha revolucionaria cubana y no fuera a ser que tocara la de malas y se extraviara...

13  Carta de don Domingo de Goicuría don Benito Juárez, Nueva York, 29 de enero de 1869, en Juárez, Benito, Documentos; discursos y correspondencia, selección y notas de Jorge L. Tamayo, México,'Editorial Libros de México; S. A, 2a. edición, . 1972, Tomo XIII, P. 800.

. I Para un detallado examen de estos hechos véanse los profundos análisis que sobre el particular realizaron don Alejandro Villaseñor y Villaseñor (Antón Lizardo, México, Jus,1962) y don Francisco Bulnes (Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma, México, Milenario, 1967).

 En cuanto a don Tomás Marin, era un hábil y distinguido marino mexicano que en anteriores ocasiones había propinado a los yanquis severos golpes: el 17 de abril de 1837 había batido y capturado al barco texano "Independence" con el capitán Wheelwrighi a bordo en aguas de Galveston el 11 de julio de 1843 hundió a los buques yanquis "Houston" y "Colorado" en Campeche, y detuvo al comandante Moore, promotor de desórdenes separatistas en la península; y el 15 de octubre de 1846 al mando del fuerte de la Barra de Alvarado, luchó siete horas contra una escuadra yanqui de ocho buques y finalmente rechazó el desembarco.

lunes, 21 de febrero de 2011

Joel Roberts Poinsett

Primer embajador norteamericano en México


Apenas independizado México de España por Agustín de Iturbide en 1821, llegó al país como enviado oficioso de los Estados Unidos, Joel Roberts Poinsett, para hacer gestiones tendientes a beneficiar a su país, y tuvo tal influencia en nuestros asuntos políticos y sociales, que marcó el rumbo de nuestra nación hasta nuestros días.


Formación


Poinsett nació el 2 de marzo de 1779 en  Charlestón, Carolina del Sur; su familia descendía de hugonotes franceses. Estudió en la Universidad de Edimburgo y en la Academia Militar de Woolwich. Practicó el Derecho. Viajó por Suiza, Francia, Italia, Suecia, Finlandia, Rusia y Prusia, todo lo cual le proporcionó conocimientos invaluables que habrían de servirle como agente al servicio de su patria. Empezó en Argentina en 1810, donde no tuvo éxito; continuó en Chile, promoviendo y participando en revueltas contra los españoles, por lo cual fue expulsado de ese país en 1815.


Poinsett e Iturbide


El Secretario de Estado, Henry Clay lo nombró como agente no oficial ante el gobierno de Iturbide, y llegó a México por primera vez el 28 de Octubre de 1822. Seis días después de su llegada se entrevistó con el Emperador, quién lo recibió cortés pero fríamente, debido a que desconfiaba del visitante. Desde el primer momento hubo una mutua antipatía, dadas las características de ambos personajes: Iturbide católico, militar, acostumbrado al gobierno monárquico español, y Poinsett protestante, masón, anti-católico, anti-español y anti-monárquico furibundo, fanático de su sistema norteamericano republicano y novedosamente democrático, pero sobre todo agente secreto de su país, que venía dispuesto a obtener el mayor provecho posible de la situación política que se vivía en México a raíz de la Independencia.


Poinsett propuso a Iturbide que adoptara para México un sistema de gobierno republicano como el de los Estados Unido; Iturbide le contestó que esa forma de gobierno era desconocida en nuestro país y no era apta para la nación, que desde la Colonia se había regido por la monarquía española. Tal respuesta molestó mucho a Poinsett, quien, al igual que sus compatriotas, era fanático de su sistema político, como sucede en nuestro días, en que los Estados Unidos insiste para que en todo el mundo se implante su forma de gobierno, sin tomar en cuenta las características sociales y políticas de cada país. Tal negativa de Iturbide aumentó la antipatía que Poinsett tenía hacia él.


El enviado oficioso proponía al gobierno mexicano lo siguiente: Ajuste de las fronteras de ambos países (favorable a los Estados Unidos), un tratado comercial y que se les vendieran Texas, Nuevo México, Coahuila, Nuevo León, Sonora y las Californias. 
El rechazo por parte de Iturbide y del Sr. Azcárate, encargado para tratar con Poinsett, fue total. Esto fue un duro golpe para el enviado, quien además traía otras instrucciones confidenciales: si Iturbide aceptaba sus propuestas, se reconocería a su gobierno, pero en caso contrario, como sucedió, habría que derrocarlo.


Fracasada su misión, Poinsett regresó a los Estados Unidos, quince días después de su llegada a México. Luego de lo anterior, sucedieron los trascendentales hechos políticos de la abdicación y exilio de Iturbide así como su fusilamiento al regresar, en el pueblo de Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824, por decreto del Congreso  que lo había derribado.
Los historiadores coinciden en que la caída de Iturbide se debió a las intrigas de Poinsett junto con las logias masónicas, por haberse negado a las propuestas norteamericanas anteriormente citadas.




Fundador del Rito Yorkino en México






Al caer el Imperio, gobernó al país un organismo llamado Supremo Poder Ejecutivo, que actuó el 30 de marzo de 1823 al 10 de octubre de 1824, integrado por tres generales: Pedro Celestino Negrete, Nicolás Bravo, Guadalupe Victoria, con otros tantos suplentes y sus respectivos ministros. La nación quedó en gran desorden político, se separó Centroamérica, y otras provincias también intentaban hacerlo. Se integró un nuevo Congreso, que aprobó el régimen republicano y federal, confirmado con la Constitución del 4 de octubre de 1824, donde se impuso el criterio del destacado miembro de la masonería, canónigo de la catedral de Puebla, Miguel Ramos Arizpe, quien hizo el proyecto de la Constitución y puso nombre al país como Estados Unidos Mexicanos imitando a nuestros vecinos del Norte.
En esta situación aparece de nuevo Poinsett, pero como ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, y el 1º de julio de 1825 presentó sus credenciales al ya nombrado primer Presidente de México: Guadalupe Victoria.
En ese tiempo era decisiva la influencia de la masonería escocesa, quien había provocado la caída de Iturbide, aún cuando muchos de sus miembros simpatizaban con algunas de sus ideas, tales como un gobierno centralista y la unión de todas las razas y clases sociales. Todo esto chocaba con los planes de Poinsett, y el rito escocés ya no le resultaba útil, por lo cual decidió fundar uno nuevo, el de York; pidió autorización al Gran Maestre de Filadelfia Thomas Kittera, e instaló el nuevo rito en su casa el 29 de septiembre de 1825, adhiriéndose a él mucha gente inexperta pero ambiciosa que deseaba poder y dinero. Fueron mienbros distinguidos de esta logia el yucateco Lorenzo de Zavala, el canónigo Ramos Arizpe, el Secretario de Hacienda Ignacio Esteva y el sacerdote José M. Alpuche.


El nuevo rito fue núcleo del Partido Popular, base a su vez del Partido Americano y luego del Partido Liberal. Quizás fue éste el hecho más trascendental, social e inclusive religioso, hasta nuestros días.


"El carácter nefasto de la nueva fundación masónica no radicaba tanto en su propia naturaleza, cuanto en la guerra sin cuartel que habría de provocarse luego entre ambos ritos enemigos. En el momento en que la seguridad de la nueva nación exigía la supresión de los odios y banderías de secta, vino a arrojarse la semilla que daría por fruto no transitorias disidencias, sino una constante guerra civil. Frente a este hecho, reconocido aún por quienes mantienen ciertos lazos de afinidad con los grupos que Poinsett auspició, resultan pueriles los alegatos del más fervoroso biógrafo del charlestoniano (Lorenzo de Zavala) quien asegura que Poinsett no estableció el Rito de York para que chocara con los escoceses, sino exclusivamente para extender a México una jerarquía masónica más elevada".1

Las divisiones políticas entre yorkinos y escoceses, llevaron a motines y pronunciamientos como el de La Acordada, el saqueo de Parián y la toma del Palacio Nacional, para poner en la presidencia al Gran Maestre yorkino Vicente Guerrero, con las consiguientes perdidas humanas y materiales, todo alentado por el Embajador americano y sus seguidores.


Expulsión de los Españoles de México 


Poinsett fomentó la Leyenda Negra anti española, exaltó la "gran cultura indígena" destruida por los españoles en el siglo XVI, que implantaron el robo y el asesinato en lugar de las nobles costumbre indígenas; la horrible inquisición, los Autos de Fe, etc.


En estas ideas anti-españolas,-que han llegado hasta nuestros días- se pueden ver las intenciones de desquiciamiento del país: aniquilados los españoles de sangre y cultura, los indígenas podrían ser presa fácil; y si aquí se había logrado el mestizaje, era forzoso separar las razas para dominarlos. En medio de esa efervescencia, el descubrimiento de una conjura promovida por el clérigo español Joaquín Arenas para restaurar el gobierno español, sirvió de pretexto para la persecución y expulsión posterior de los españoles. Esta conspiración, manipulada por los yorkinos con falsos testimonios y propaganda, aumentó el odio contra los españoles, "que era uno de los fines perseguidos por Poinsett para hacer caer a México bajo su influencia, separándole del predominio europeo".2


La expulsión total de españoles ocurrió el 20 de marzo de 1829, ocasionándole un triple perjuicio al país:



  • Demográfico, por pérdida de habitantes en varias regiones.
  • Económico, por pérdida de capitales, industrias y tierras productivas útiles para el desarrollo del país.
  • Religioso, por la pérdida de sacerdotes y religiosos, y de las misiones de Nuevo México, California y otras regiones volviendo a caer en la barbarie los indígenas semi-civilizados.

Acerca de lo anterior escribió el famoso historiador Alberto María de Bustamante en su Gabinete Mexicano, citado por Alberto María Carreño: "En esta sazón apareció Poinsett con el depravado designio de fomentar la desunión, no sólo entre los mexicanos y españoles, sino entre los mismos mexicanos, diseminó a todos sus agentes por toda la República, que correspondieron exactamente a su misión, sembrando la discordia entre hermanos. Nuestra República era entonces la imagen del infierno, pues todos se hostilizaron sin piedad; logró por fin, no sólo dividirnos para que su misión sacase todo el partido posible de nuestra desunión, desmembrándose la integridad de nuestra República, sino que se diese la ley de expulsión de españoles, para que emigrando a Norteamérica con sus inmensos capitales, aumentasen la riqueza de su nación..."3


Poinsett Expulsado de México


Tanta inestabilidad provocó Poinsett en el país, que se levantó un clamor popular exigiendo su expulsión. El ministro de Asuntos Exteriores, José María Bocanegra, por órdenes del presidente Guerrero pidió el retiro del embajador el 1° de enero de 1830. En ese mismo mes y año, Poinsett salió de México para no regresar más, pero dejaba al irse 120 logias yorkinas, que habrían de continuar su obra a todo lo largo de nuestra historia.


"La atención pública se entretuvo con la salida de México del famoso Poinsett, que El Sol anunció el día 4 diciendo: 'El domingo 3 de enero salió de México Poinsett: al huir de entre nosotros este famoso autor del yorkismo iba acompañado de millones de maldiciones..."4


Así salió Poinsett de México, luego de haber ejercido una gran influencia política al servicio de intereses expansionistas de su país por medio de las logias yorkinas supeditadas a las norteamericanas, y es triste constatar que muchos mexicanos de diversas categorías estuvieron a sus órdenes y sirvieron incondicionalmente a sus fines, tal vez por ignorancia o ambiciones personales.


En nuestra historia, sobre todo la oficial, se habla muy poco de este personaje tan importante para explicar muchos acontecimientos que nos afectan hasta nuestra época actual.






1.- José Fuentes Mares, Historia de una gran intriga, Editorial Jus, México 1975, pág. 130.
2.- Alfonso Toro, Historia de México, Editorial Patria, México 1961, pág. 289
3.- Alberto María Carreño, México y los Estados Unidos de América, Editorial Jus, México, 1962, pág. 122.
4.- México a través de los siglos, t IV; México independiente, Editorial cumbre, México, 1975, pág. 231.
Juan B. Íñiguez Dios nunca muere Otoño 2005 N° 22

domingo, 13 de febrero de 2011

EL VIRREINATO DE NUEVA ESPAÑA SIGLOS XVI, XVII Y XVIII


A MANERA DE PRÓLOGO Y ADVERTENCIA
Para entender la historia de nuestro país, México, y adquirir la Conciencia Histórica necesaria e indispensable en esta época de principios del tercer milenio, signada por la confusión inducida, por mentes ajenas, en el pueblo mexicano con respecto a su origen, sus valores morales y su futuro como nación respetable, hemos de situarnos en el momento de su nacimiento: la Conquista de Hernán Cortés.
Es común encontrarnos con intelectuales que han leído a los cronistas antiguos y modernos de la Conquista del siglo XVI, que repiten sin embozo los errores de la historia oficial y de los historiadores a sueldo del Sistema.
La mayor parte de los historiadores extranjeros y sus corifeos nacionales, continúan dando alas a la LEYENDA NEGRA antiespañola que apareció en las provincias italianas del siglo XVI y continuó en los países que adoptaron el protestantismo luterano, anglicano y calvinista en ese mismo siglo. Ellos quitaban la intención evangelizadora en la Conquista del Nuevo Mundo y “aparecía el caso de un pueblo poderoso que se enfrenta a pueblos débiles, los vence, los explota lo más posible, y de este modo acrecienta su patrimonio”, es esta concepción, el aspecto religioso pasa a ser anecdótico o también, resultado del “atraso secular” de España. El pragmatismo económico de los pueblos nórdicos protestantes coloca en primer término de toda actividad humana a la ganancia monetaria sobre el ideal religioso. No podían entender el espíritu todavía medieval de la Cristiandad española. A ellos se sumaron los escritos fantasiosos de Bartolomé de las Casas, un caso especial de distorsión de la Historia.
Por tanto, siguiendo la Verdad Histórica nuestra conciencia nos obliga a adecuar nuestro ser contemporáneo al momento de la Conquista militar y espiritual de Nuevo Mundo; a las ideas y acciones que se tomaron desde las últimas décadas del siglo XV y las primeras del XVI. Ser consciente de nuestra historia, es tratar de entender aquella gesta única, despojarnos de nuestros prejuicios más comunes hoy en día como son: el subjetivismo protestante, el romanticismo decimonónico, el pernicioso indigenismo, el materialismo dialéctico y el pragmatismo económico que ensombrecen la mente de casi todos los pensadores contemporáneos, principalmente, los que se refieren a la historia de la Conquista española.
Nuestra conciencia histórica nos revela, también, que a pesar del paso de los cinco siglos que nos separan de los actores de aquella epopeya, nos une con ellos, el hilo conductor de la misma religión y de la misma cultura.
Es por esto, que no nos es difícil encofrarnos en personajes como Hernán Cortés y sus capitanes; en Fray Toribio de Benavente Motolinía y los evangelizadores, en Bernal Díaz del castillo y los numerosos cronistas que dejaron sus memorias de aquel acontecimiento.
Como resultado de la Conquista y los tres siglos del Virreinato, los nativos americanos fueron arrancados de su oprobioso paganismo carente de toda caridad para con sus semejantes, de su aislamiento milenario y fueron puestos en la corriente de la civilización cristiana, a diferencia de lo que hicieron los colonizadores protestantes, quienes en la regiones donde se asentaron, eliminaron sin más a las poblaciones nativas.
Está claro que entre los conquistadores hubo actos heroicos, edificantes, caritativos y sombríos, características éstas, inherentes al ser humano. Que el choque que se produjo causó muchos perjuicios a los pueblos conquistados, de acuerdo, pero también España se despobló de sus mejores hijos, de los más valientes, de los más emprendedores, de los que se atrevieron a cruzar el océano tormentoso sin miedo a la muerte.
Con la Conquista española del siglo XVI comenzaron a nacer sociedades construidas sobre tierras y pueblos dispares; se ensanchó el mundo occidental poniendo los fundamentos de nuevas naciones afines a la gran cultura mediterránea greco-latina. Durante trescientos años, el Imperio español católico englobó a individuos de todas las razas humanas bajo una misma religión, un mismo idioma y una misma manera de ver la vida.
También, hay que recalcar que por trescientos años que duró el Imperio español en América, no se necesitaron ejércitos militares porque no hubo guerras. ¡Caso único en el mundo! Solamente las milicias situadas en diversos puntos del inmenso territorio mantuvieron el orden y los castillos fuertes de los principales puertos defendieron a la población de los ataques de los piratas ingleses y franceses.
La gran mayoría de los españoles que participaron en la Conquista y poblamientos del siglo XVI se quedaron para siempre en los territorios americanos y mezclaron su sangre con los nativos formando razas nuevas. De los cientos de miles que se asentaron en el Continente, a lo largo de trescientos años, los hispanoamericanos contemporáneos somos sus descendientes.
Hay por tanto, una continuidad cultural y también genética entre los hispanoamericanos actuales y los habitantes de la España actual. La misma religión, iguales nombres y apellidos, el mismo idioma castellano, costumbres y afinidad mental, salidos todos de la cultura latina original.
En cambio, esa continuidad no la tenemos con los pueblos nativos anteriores a la Conquista, aunque en cierta medida la haya en lo genético. Para el mexicano e hispanoamericano actuales, las culturas prehispánicas son tan ajenas como para cualquier otro individuo contemporáneo. 
La historia de esas culturas prehispánicas no es nuestra historia; la nuestra comienza en el siglo XVI. México no existía antes de la conquista de Hernán Cortés. Comienza a formarse en 1521 con la caída del poder culúa y la prisión de su último monarca Cuauhtémoc. 


ANTECEDENTES DEL IMPERIO Y DE LA HISPANIDAD 
EL IMPERIO ESPAÑOL



Muchos años antes de Carlos I de España y V de Alemania, durante la época visigótica en la Península Ibérica hubo uno de sus reyes que habiendo conquistado casi todo el territorio peninsular le llamaron “emperador”; siglos mas tarde, en 1256-57 al rey Alfonso X el Sabio la ciudad de Pisa le ofreció el Sacro Imperio Germánico y al año siguiente fue elegido Emperador, pero sin llegar nunca a poseerlo. 
La idea del Imperio surgió una vez más con la unión de los Reinos de Castilla y Aragón en las personas de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, tanto fue así que el gramático don Antonio de Nebrija al entregarle a la reina doña Isabel su nueva gramática castellana y el diccionario latín-castellano llegó a decirle: “Alteza, la Lengua es compañera del Imperio”
Con la expulsión de los judíos, la derrota de los musulmanes del Reino de Granada y el Descubrimiento del continente americano por Cristóbal Colón el imperio se concretaba, solamente faltaba la persona que fuese su cabeza.
En 1519 recayó la elección en Carlos de Habsburgo, nieto del emperador Maximiliano I de Alemania y María de Borgoña; del rey Fernando de Aragón y de la reina Isabel de Castilla. 
Carlos V de Alemania fue emperador de todas las posesiones que le heredaron sus abuelos pero, siendo Rey Carlos I de España y habiendo abdicado el título de emperador en su hermano don Fernando, sus sucesores los reyes españoles nunca se nombraron emperadores de España; sin embargo, el conjunto de tierras y países gobernados por los reyes de España fueron designados como Imperio Español, y sus posesiones reinos y provincias de ultramar. El apogeo del Imperio Español estuvo entre los años de 1580 y 1640, por la inclusión en la persona del Rey don Felipe II, del llamado Imperio Portugués.
“La idea tradicional de Imperio exige que sus miembros constituyan una sola familia, unidos por el culto a un mismo Dios, la misma cultura, la misma economía”, escribió don Alfredo Sáenz. Esa fue la idea de los Reyes Católicos al recibir del Papa Alejandro VI la misión de evangelizar a los naturales de las tierras recién descubiertas y de tratarlos como súbditos, en contestación a sus dudas morales sobre los derechos de soberanía, que los monarcas españoles tendrían a partir del Descubrimiento.


Doña Isabel deja consignado en su Testamento que: “Nuestra principal intención fue, de procurar inducir los vecinos y moradores de dichas islas a nuestra santa fe Católica y enviar a dichas islas y tierras firmes, prelados y religiosos y otras personas temerosas de Dios para los instruir, los adoctrinar y enseñar buenas costumbres….” Y suplica a sus sucesores que ése sea el principal fin de la Conquista y población de las nuevas tierras.
La idea imperial estaba clara; era la compenetración de los dos poderes que durante la Edad Media habían gobernado a los pueblos de Europa dando por resultado la construcción de la Cristiandad. En el caso de la naciente España Imperial era la Cristiandad pero con sello español
La Cristiandad europea, entibiada por el Humanismo y el Renacimiento en los países europeos del siglo XV, se robustecía en los Reinos de Castilla, Aragón y Navarra libres ya del judío y del moro; verdaderos tumores extraños a la Fe y sentir de los españoles. Nacía un desconocido patriotismo imperial formado por: una sola familia poblacional, un mismo culto a Dios, igual cultura e iguales intereses económicos. A ese, antes desconocido patriotismo, hemos de llamarle HISPANIDAD.


LA HISPANIDAD
La Hispanidad va a aglutinar en un mismo ideal a los pueblos del Reino de Castilla y del Reino de Aragón tanto de la península como del Mediterráneo. Ya se puede hablar de “las Españas” o más concretamente de una sola España.
Don Carlos I de España y V Emperador de Alemania en 1519, con su elección, va a abolir las Coronas de Castilla y Aragón para llamar a ambos simplemente España. Sus sucesores los reyes de la Casa de Austria; Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II respetaron los fueros aragoneses hasta su derogación en 1707 por Felipe V primer rey de la Casa de Borbón.
Esta aclaración dinástica nos lleva entender el momento y la finalidad principal del país que se empeñó en la Conquista y Poblamiento de los territorios descubiertos a partir de 1492.
La monarquía, recién nombrada española, va a tener como principal motivo de las exploraciones y conquista de los territorios en el continente americano, la EVANGELIZACIÓN de los naturales y la FUNDACIÓN de pueblos y villas, a ellas, quedaron supeditadas todas las demás actividades humanas. Con este pensamiento aparecieron, providencialmente en 1519, Hernán Cortés y sus seguidores para conquistar y fundar un nuevo país: la Nueva España.


HERNÁN CORTÉS ES CONFUNDIDO CON QUETZALCÓATL
Según la fuente más antigua que se ha encontrado, “Anales históricos de la nación mexicana” escrita en náhuatl en 1528 por autores anónimos de Tlatelolco, relata en su parte final los acontecimientos que se fueron sucediendo a partir del año 13-conejo (1518) la llegada de Cortés y sus capitanes: “entonces fueron vistos los españoles encima del agua”
Año 1-caña (1519), “Los españoles salieron por el rumbo de Tecpan Tlayácac, luego apareció su Capitán, cuando ya estaban en Tecpan Tlayácac fue a darle la bienvenida el Cuetlaxteca, fue a entregarle dos soles de metal precioso, uno de metal amarillo, y otro blanco. También un espejo para colgarlo sobre su espalda, una gran bandeja de oro, un jarro de oro, abanicos, adornos de plumas de quetzal y escudos de concha de nácar”
“Delante del agua (en la playa) se hicieron sacrificios. Por esto mucho se irritó porque le daban sangre en un vaso del águila. Por esto hirió al que le daba la sangre; le dio golpes con su espada. En seguida se desbandaron en desorden los que habían ido a darle la bienvenida. Todo esto, habían llevado al Capitán por órdenes de Motecuhzoma. Había ido a cumplir este oficio el Cuetlaxteca”
En el libro XII de la Obra de Fray Bernardino de Sahagún basado en esas crónicas tlatelolcas cita varios relatos al respecto:
“Era como si pensara que el recién llegado era nuestro príncipe Quetzalcóatl…. Vendrá, tal vez, él para saber de su trono y su solio…. Moctecuzoma envió cinco que lo fueran a encontrar, que le fueran a ofrecer sus dones, los guiaba un sacerdote. Dicen que otra vez ha salido a tierra el Señor nuestro. Id a su encuentro….. poned buena oreja a lo que él os diga. He aquí con lo que habéis de llegar al Señor nuestro, este es el tesoro de Quetzalcóatl. Una máscara de serpiente, de hechura de turquesas. Un travesaño para el pecho hecho de plumas de quetzal. Un collar con un disco de oro en medio. Un escudo con travesaños de oro y concha de nácar”
“También la manta con que se cubre el dios con ribetes rojos, asimismo el cayado de Ehécatl, curvo por arriba con piedras preciosas blancas….”
“A los cinco enviados dio órdenes. Haced acatamientos al Señor nuestro el dios, decidle que os envía el que ocupa su lugar, Motecuhzoma: He aquí lo que te da en ofrenda al llegar a tu casa….”
Al decir de los informantes, el propio don Hernando dejó que los indios le pusieran todo aquello que lo convertía de hecho en una representación viviente de Quetzalcóatl, y a través de sus traductores Jerónimo de Aguilar y Malintzin pudo enterarse de la leyenda del dios que se había ido por el oriente y prometido regresar algún día. A Cortés con sus acompañantes los sahumaban con resinas quemadas, los creían dioses y a los hombres negros que traían, les llamaron “dioses sucios” y trataban de limpiarlos.
Los enviados de la siguiente embajada de Moctezuma trataron de practicar en honor de Cortés el rito de los sacrificios humanos para que bebiera de la sangre recién obtenida de alguna víctima.
El texto de Tlatelolco describe con detalle la reacción de Cortés y sus compañeros: “Cuando los españoles vieron esto sintieron mucho asco, escupieron, se restregaron las pestañas, cerraban los ojos, agitaban las cabezas. La comida estaba manchada de sangre, algunos vomitaron…”
Bernardino de Sahagún en su obra citada asienta “Los que fueron conquistados supieron y dieron relación de muchas cosas que pasaron entre ellos durante la guerra, las cuales ignoraron los que conquistaron. Por cuales razones, me parece, que no ha sido trabajo superfluo el haber escrito los que eran vivos, y ellos dieron esta relación, y personas principales y de buen juicio, y tienen por cierto que dijeron toda verdad”


HERNÁN CORTÉS CREADOR DE LA NUEVA ESPAÑA
En su segunda Carta de Relación, fechada el 30 de octubre de1520, en Segura de la Frontera en esta Nueva España. Cortés pide al Emperador que estas tierras se llamen NUEVA ESPAÑA.
El mismo Cortés, padre y fundador, la bautizó con el nombre más apropiado no solo a sus características físicas y climatológicas, sino a la fisonomía espiritual y a la misión histórica que le estaba reservada:
“Por lo que he visto y comprendido de la similitud que toda esta tierra tiene a España, así en la fertilidad como en la grandeza y fríos que en ella hace, así como en muchas otras cosas que la equiparan a ella, me pareció que el más conveniente nombre para esta dicha tierra era llamarse La Nueva España del Mar Océano; y así, en nombre de vuestra majestad se le puso aqueste nombre. Humildemente suplico a vuestra Alteza lo tenga por bien y mande que se nombre así”


A partir de la caída del poder culúa el 13 de agosto de 1521, Hernán Cortés pone manos a la obra de organizar un nuevo país que está desarrollándose con las continuas pacificaciones, exploraciones y conquistas de más y más pueblos tierras y señoríos indígenas. Para todos los rumbos parten expediciones integradas por los capitanes antiguos y los nuevos aventureros principalmente de las islas antillanas y de España misma. El talento organizador de Cortés, quien había recibido del Emperador el nombramiento de Gobernador, Adelantado y Capitán General, se extiende en todos los órdenes necesarios de la civilización cristiana para nutrir con las instituciones seculares españolas a la nueva criatura: LA NUEVA ESPAÑA DEL MAR OCÉANO.
Se consolida y extiende la Conquista, Se hacen los primeros mapas de la tierra y se inician las investigaciones geográficas y geológicas del territorio.
Se encuentra oro, hierro, cobre, estaño y azufre. Se fabrican pólvora, barcos, cañones, herrajes y armas. Se crea un parque de artillería. Se organizan fuerzas de a pie y de a caballo y se garantiza el orden, la defensa y posesión del país emprendiendo la conquista de los otros señoríos. Se fundan nuevos pueblos y se exploran las costas y los ríos.
Grandes extensiones de tierras se abrieron a los nuevos cultivos, como la caña de azúcar y el trigo, árboles frutales y nuevas plantas, así como toda clase de ganado menor y mayor fueron llegando en los años de gobierno de Cortés. Todo lo abarcaba el genio y la Fe de Cortés. En beneficio directo de los indios, gestionó la venida de los primeros misioneros para que los evangelizaran, civilizaran, cultivaran y los protegieran. Son famosos los 12 franciscanos que llegaron encabezados por Fray Martín de Valencia, del grupo sobresale Fray Toribio de Benavente alias Motolinía. Entre los colegios que fundaron destaca el de Santa Cruz Tlatelolco, para hijos de los cacíques indígenas.
En 1524 Hernán Cortés emprende la exploración a las Hibueras, para “conocer el secreto de la tierra” y para castigar a Cristóbal de Olid por su infidelidad. Lamentablemente la expedición resultó un desastre en la que se perdieron muchas vidas y el propio Cortés estuvo a punto de morir. Fueron dos años desperdiciados. Cuando regresó, a la recién construida capital del reino, volvió a tomar el gobierno pero se le abre Juicio de residencia. En 1526 tiene que entregar la “Vara de mando” al Lic. Luis Ponce de León. A la muerte de Ponce de León, el gobierno quedó en manos sucesivas de Marcos de Aguilar, Gonzalo de Sandoval y Alonso de Estrada.
Cortés es desterrado de la ciudad de México y se marcha hacia Tehuantepec para construir un astillero y varias naves que auxilien a la Armada que García de Loaisa conduce a las islas Molucas. Esas naves sirvieron para que su primo Álvaro de Saavedra Cerón lograra llegar a las islas Molucas (Nueva Guinea) en 1527.
Hay que recalcar que a 6 años de la caída del poder colúa se construyeron barcos que saliendo de las costas del Pacífico atravesaron ese inmenso océano. Ahora, en el siglo XXI, México no tiene astilleros para construir ni un pesquero de regular tamaño.
En 1528 el Emperador don Carlos V, envió instrucciones a Cortés para que viajara a España. Éste salió de Veracruz a mediados de abril cumpliendo con el mandato del monarca. También, a fines de ese mismo año llegó a Nueva España, para gobernarla, la primera Audiencia nombrada por la Corona presidida por Nuño de Guzmán de ingrata memoria, por tantas quejas e injusticias que cometió contra toda la población, incluidos a los parientes y amigos de Cortés a quienes Guzmán arrebató todas sus propiedades y cargos que tenían desde los días de la Conquista.
Cuando Hernán Cortés regresó a Nueva España en 1530 se detuvo en el convento de Texcoco para evitar enfrentamientos con esa 1ª Audiencia, pero los oidores lo pusieron preso junto a los más de cuatrocientos acompañantes que lo habían seguido desde España. Entre agosto de 1530 y enero de 1531 murieron de hambre y enfermedades más de doscientos de ellos entre los cuales estuvieron su hijo Luis y su madre doña Catalina.
El 9 de enero de 1531 entró a la ciudad de México la 2ª. Audiencia, llegó con ellos como oidor Don Vasco de Quiroga, y de inmediato libertaron a Cortés y sus sobrevivientes.
El 12 de diciembre de 1531, es el año de las apariciones de la Virgen María en el cerro del Tepeyac, hecho que marcaría para siempre a los habitantes de la Nueva España.
Cortés se instaló con su mujer doña Juana Ramírez de Arellano y su familia en Cuernavaca y se aprestó a cumplir las capitulaciones firmadas con la Emperatriz Isabel referentes a las exploraciones marítimas al océano Pacífico llamado, en aquel tiempo, Mar del Sur. 
Mientras la 2ª. Audiencia gobernaba sabia y pacíficamente, Hernán Cortés desplegó una actividad civilizadora y empresarial increíble: La Audiencia le da posesión de Cuernavaca, Tehuantepec y Tuxtla y las facilidades para sus exploraciones en la Costa del Sur desde 1531 a 1539.
En ocho años organizó seis expediciones marítimas, cuatro de ellas para explorar el litoral del Pacífico norte, descubriendo las islas Revillagigedo y la Península de California hasta la desembocadura del río Colorado, atravesando él mismo en persona dos veces el justamente llamado Mar de Cortés. Sus marinos reconocieron los dos litorales del golfo y la parte exterior de la Península, tomando posesión de todas esas tierras e islas en nombre del Emperador. 
Las otras dos expediciones marítimas fueron: una al Perú para auxiliar a su primo Francisco Pizarro en la Conquista de esas tierras y la otra para comerciar con Panamá.
Los astilleros de Tehuantepec trabajaban febrilmente construyendo toda clase de navíos, cuando en agosto de 1539, el primer virrey Antonio de Mendoza tomó el control de ellos y suprimió su actividad.
A principios del año de 1540 Hernán Cortés viajó a España con su hijo Martín el 2º, para responder a su Juicio de Residencia, llegando allá se entera de que no puede volver a Nueva España hasta que el juicio se resolviese. ¡Y nunca se resolvió! 
No pudo regresar a la tierra de su conquista y murió el 2 de diciembre de 1547 con todos los auxilios espirituales, en Castilleja de la Cuesta, cerca de Sevilla, cuando intentaba embarcarse para reunirse con su mujer la Marquesa y sus hijas que habían quedado en Cuernavaca.
Su cadáver fue enterrado en el Monasterio de San Isidoro del Campo, Sevilla y trasladado a Nueva España en 1566 por su hijo el 2º Marqués. 
Otro de los aspectos que se debe a su espíritu, y que dejó bien asentado, fue el de las instituciones de Caridad o Beneficencia. Como ejemplo, está el Hospital de la Limpia Concepción o de Jesús en la ciudad de México. En la capilla aneja al Hospital se conservan sus restos mortales. Este Hospital fue fundado por él en 1524 y desde entonces, es el único en todo el Continente Americano que no ha dejado de prestar servicios ni un solo día en 487 años.


EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA
Nuestro propósito de esta exposición referente al Virreinato de la Nueva España es mostrar de manera general y escueta, la importancia invaluable que para el conocimiento del pueblo mexicano tiene estudiar e investigar los tres siglos del Virreinato, cuyos valores han sido los fundamentos de nuestra historia. 
No vamos a detallar la vida virreinal, porque ya se han escrito y publicado miles de libros al respecto, simplemente haremos un esbozo del ambiente en que se movieron nuestros ancestros.
El obispo Fray Juan de Zumárraga en sus gestiones ante la Corona recomienda a la persona ideal que debía gobernar el nuevo país: “Debe ser un hombre que por la nobleza de su alcurnia, natural prudencia y experiencia, mejor semejase a la del monarca que representaba, y pudiese poner orden, concierto y buen gobierno….” , en el año de 1535 el Rey Carlos I nombró a don Antonio de Mendoza, de una de las familias más aristocráticas de España, como primer Virrey de Nueva España (El otro Yo del Rey) como alguien acertadamente dijo. Y este fue el sistema de gobierno definitivo por casi trescientos años hasta la Independencia. 
La Nueva España no era una colonia, sino uno de los Reinos que formaban el Imperio Español, independiente y al mismo nivel de los otros Reinos, solo vinculado a ellos por la Religión, el idioma y el gobierno de la Monarquía. 
Ya hemos visto que el Reino de la Nueva España era gobernado por el Virrey, nombrado directamente por el Rey de España. El Virreinato de Nueva España era el de mayor extensión territorial y el más antiguo de los cuatro que se crearían con los años en el Continente americano. A éste, le seguirían el del Perú, y muy tardíamente el de Nueva Granada y el de la Plata.
Para todo el Imperio Español y en particular para Nueva España su gobernante supremo era el Rey de España. Durante los dos primeros siglos cinco Reyes de la Casa de Austria: Carlos I, Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II. Y los virreyes fueron 32, desde 1535 a 1701.
En el siglo XVIII y principio del XIX seis Reyes de la Casa francesa de Borbón: Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y Fernando VII. Y los virreyes fueron 29, desde 1702 al 28 de septiembre de 1821. 
En total 61 gobernantes locales; buenos, regulares y algunos malos, pero el Gobierno Civil se ejerció de acuerdo con el Gobierno Eclesiástico, como ya no se hacía en Europa desde el siglo XVI.
Esta sabia combinación de poderes, sin demasiadas fricciones y enfrentamientos pudo conformar una Cristiandad española semejante a la Cristiandad medieval que había creado la civilización europea, dando buenos frutos tanto materiales como espirituales; fomentando la construcción de pueblos y ciudades donde antes había barbarie, explotando las minas y las inmensas tierras incultas, llenando nuestro territorio con obras hidráulicas admirables como los acueductos, algunos de éstos tan increíbles como el acueducto del Padre Tembleque en Otumba de más de cuarenta kilómetros de largo; aún hoy día en pié, con varios de sus arcos de los de mayor altura en el mundo.
Hay que mencionar, la construcción de caminos de la Capital hacia los litorales y hacia el interior y norte del territorio a medida que se engrandecía el país con nuevas Provincias. Muchos de estos caminos eran modelo aún para los países europeos, por su trazado y mantenimiento. La explotación de las minas de plata creo una riqueza sin precedente fomentando la fundación de grandes ciudades y acuñando las monedas que circulaban por todo el Imperio y fuera de él. Floreció el Comercio con las otras provincias continentales, con España y con el Asia hasta donde llegaban las naves construidas en Nueva España; desde aquí se preparó la Conquista de las islas Filipinas y por medio de las naos hubo comunicación con ellas hasta 1815. 
El Virreinato permitió y promovió la evangelización y civilización de los naturales trashumantes con las Misiones y los Presidios para proteger los nuevos asentamientos, de los indios bárbaros. Se fundaron todas las ciudades principales de lo que ahora es México.
Desde la ciudad de México se administraban territorios tan lejanos como las Floridas, oriental y occidental, el Nuevo México, la Alta California, toda Centroamérica y las numerosas islas filipinas.
El Virreinato novohispano, con los defectos inherentes a toda obra humana, mantuvo a los pueblos en paz, sin ejércitos porque no hubo guerras, solamente las guardias del Virrey y las Milicias eran necesarias para mantener el orden y sofocar alguna esporádica rebelión.
No obstante las calumnias de los extranjeros, la Iglesia y la Monarquía, desde los primeros años del Descubrimiento y Conquista del continente, se preocuparon constantemente no en proclamar o reivindicar derechos de los súbditos, sino en exigir la observancia y cumplimiento de los deberes de los descubridores, conquistadores y pobladores en sus relaciones con los naturales, plasmándolos en sabias y prudentes leyes y vigilando escrupulosamente su cumplimiento, lo cual lograron con las excepciones inevitables por la caída naturaleza humana. Las ideas fundamentales que los Reyes Católicos y su Consejo tuvieron para el trato con los indios se condensaron en el código llamado “Leyes de Indias” que rigió la vida de los nativos americanos en los dos primeros siglos virreinales. 


ORGANIZACIÓN DE UNA NUEVA SOCIEDAD
Hernán Cortés había fundado el primer Cabildo o Ayuntamiento de lo que sería la Nueva España entre el 15 y 25 de mayo de 1519 y con los títulos de Capitán y Justicia mayor gobernó los años cruciales de la Conquista fundando Veracruz, Medellín, Segura de la Frontera (Tepeaca), Coyoacán y la ciudad de México, dotándolas de cabildos para su gobierno y defensa. Muy importante fue ésta por la precaria seguridad de las continuas conquistas y descubrimientos que los capitanes hacían, por su mandato, hacia todos los rumbos de los nuevos territorios.
El historiador don Carlos Martínez Marín escribe en su investigación sobre el tema escribe: “El gobierno de Cortés que duró hasta el 22 de diciembre de 1524, se ocupó de la expansión de la Conquista y su consolidación, el repartimiento de la riqueza mueble e inmueble, de las encomiendas y mercedes de tierras y de la introducción a Nueva España de semillas, frutos, cultivos, herramientas y nuevas técnicas de construcción. Además, reglamentó todos los aspectos de la vida política, con ordenanzas para los Consejos, para los moradores y para la milicia” 
Después vinieron cinco años de malos gobernantes incluida la 1ª. Audiencia, a continuación la 2ª.Audiencia con cuatro años de buena administración.
A partir de 1535, con la llegada del primer Virrey don Antonio de Mendoza y los siguientes virreyes, se completó y ajustó lo que se había conquistado en tiempos de Cortés. Se introdujeron en los pueblos de indios los cabildos tal cual ya funcionaban en las villas de españoles y se fue centralizando el poder del Monarca en los territorios americanos. A pesar de la lejanía, este sistema fue lo suficientemente eficiente durante los tres siglos del Virreinato.
“El Virrey era el astro mayor en el gobierno de Nueva España. Su jurisdicción abarcó un inmenso territorio que desbordaba los límites del Reino: desde la Florida en el noreste y Nuevo México en el noroeste hasta la península de Yucatán y la capitanía general de Guatemala, que limitaba con Panamá en el sur. Sus atribuciones eran amplias, todas las que el Rey había delegado como su representante personal: gobernador; presidente en los acuerdos con los otros Cuerpos, capitán general en lo militar y vice patrono de la Iglesia. Pero observando las condiciones en que el Virrey tenía que desenvolverse encontramos los límites de su autoridad” 
“Esas amplias facultades de gobierno le permitían atraerse a débiles y poderosos, pues podía otorgar mercedes de tierras como recompensa a servicios personales, conceder pensiones a las viudas e hijos de los conquistadores, nombrar autoridades locales" etc.. Al mismo tiempo sus actos eran vigilados por otras autoridades locales y por particulares celosos o resentidos, que siempre estaban en contra de lo que ordenaba y se quejaban ante la Real Audiencia u el Consejo de Indias. De acuerdo con Virrey, y en ocasiones en contra permaneció la Real Audiencia como otro cuerpo jurídico que equilibraba el poder virreinal. 
Había, por tanto una pugna entre el Virrey y la Audiencia, una especie de balanceo pero que excepcionalmente llegó a romperse. Sin embargo, había un tercer cuerpo de gobierno que ni el Virrey ni la Real Audiencia podían ignorar, ni mucho menos contraponerse a él. Este era el poder espiritual que representaba la Iglesia Católica. Muy a pesar del Patronato Real que representaba el Virrey, con el cuál podía y debía ejercer su autoridad sobre el clero secular y las Órdenes religiosas.
En la realidad nunca pudieron los virreyes ejercer esta facultad, ya que los hombres de la Iglesia eran celosos en extremo y sorteaban su autoridad llevando sus quejas directamente al Rey o al Consejo de Indias.
El sistema virreinal de gobierno, con los defectos de toda obra humana, funcionó exitosamente por tres siglos para el bien general de sus gobernados; impidiendo que alguna persona o cuerpo moral abusara de su autoridad. Algo que en los casi doscientos años que llevamos de gobiernos mexicanos, supuestamente independientes, no se ha logrado.
El historiador don Pedro Sánchez Ruiz escribe en su Historia del Reino de la Nueva España:
“Los principios que garantizaban los derechos humanos fundamentales, fueron constante y escrupulosamente observados por la católica Monarquía española en todos los Reinos que constituían el Imperio, y aplicados a todos los súbditos sin distinción de razas o clases sociales, alcanzando, a pesar el de las naturales deficiencias humanas, un grado de perfección superior a todas las otras naciones extranjeras. Firmemente establecida la autoridad que aseguraba el orden, la estabilidad, el progreso y el bien común del Imperio con sus diversos Reinos, estaba sin embargo, por el derecho divino y natural, por las leyes sancionadas por la costumbre y por la certidumbre de cumplir su misión de velar por la salvación de las almas”
La esclavitud fue formalmente prohibida en 1530 y posteriormente por el Real Decreto de 1542 se reafirmó la prohibición bajo cualquier pretexto. El virrey don Luis de Velasco aplicó íntegramente las leyes de libertad de los indios.


LA REAL AUDIENCIA
Era el máximo tribunal de Nueva España, controlaba los actos de las autoridades de todo distrito, a veces de acuerdo con el Virrey y más frecuentemente de manera independiente. Su jurisdicción abarcaba todos los actos de los súbditos del Virreinato; débiles y poderosos. Deshaciendo agravios por vía de apelación, llegó a privar los efectos decisivos de las autoridades temporales y eclesiásticas. La Audiencia concedía a los vasallos del Rey provisiones para librarlos de las sanciones que les imponían los obispos. Los oidores recopilaron las disposiciones más importantes para el gobierno y administración de justicia llamado “El Cedulario de Puga”, proporcionando así el repertorio legislativo que se aplicaba en Nueva España. Después de las decisiones de la Real Audiencia sólo se podía apelar ante el Consejo de Indias.


EL CONSEJO DE INDIAS
Nació el 1519 como parte del Consejo de Castilla; pero en 1524 se constituyó una especie de consejo autónomo, encabezado por un presidente, bajo el cual estaban los consejeros, los fiscales, los abogados y otros oficiales, como un cosmógrafo y un cronista, encargados de reunir la información geográfica e histórica que se juzgaba indispensable para la buena administración de los reinos y provincias de ultramar.


LOS ALCALDES MAYORES
Los Alcaldes Mayores se introdujeron en Nueva España para que se hicieran cargo de la administración de justicia, lo cual era de su especial incumbencia en la Península Ibérica. Sus decisiones eran apelables ante la Real Audiencia, y en lo relativo al gobierno quedaban bajo la autoridad del Virrey, aunque los nombramientos eran dados por el propio Rey. “Los Alcaldes Mayores, a parte de lo jurisdiccional, sus facultades administradoras se extendían a todos los aspectos de la vida: recolectaban el tributo de los indios, vigilaban a los encomenderos a los encomenderos, disponían sobre caminos y transportes, cuidaban de la moral pública y de la religión e intervenían como representantes de las autoridades centrales, en el gobierno local de las ciudades y villas de españoles y de los pueblos de indios” Con los Alcaldes Mayores trabajaron de común acuerdo Los Corregidores.
Los Corregidores se introdujeron para atender la administración de los pueblos de indios que no estaban encomendados, es decir, que tributaban directamente a la Corona. 


LOS VISITADORES
Para controlar a los funcionarios públicos, desde la persona del Rey y su Consejo Real hubo dos medios principales: uno de fiscalización y otro de enjuiciamiento.
“La visita se encargaba a un funcionario especial, que se trasladaba a los diferentes Reinos de ultramar y recorría la tierra recabando información y quejas existentes sobre la actuación del Virrey, de la Real Audiencia y de todos los magistrados, de lo que el visitador debía dar cuentas al Consejo de Indias.”


EL JUICIO DE RESIDENCIA
Al concluir el desempeño del cargo, los virreyes y los oidores tenían que rendir cuentas, a esta acción se le llamaba “Juicio de Residencia” .
La persona en cuestión así se tratara del Virrey, Arzobispo, Obispo, Oidor y quien hubiese ocupado algún cargo público, debía salir de la ciudad de México donde se ventilaban los juicios y pagar una fianza determinada.
En el caso específico del gobernante de Nueva España, Virrey o del presidente de la Audiencia, una persona era especialmente designada y con el conjunto de los oidores se encargaban del Juicio. A continuación se abría un período de acusación o proceso a todo aquel que hubiese gobernado, y se pregonaba por todo el reino, y para quienes tenían quejas del Virrey o del Oidor procesado acudieran a informar. 
Concluido el período de información el Juez sentenciaba. Era la Residencia un verdadero juicio de responsabilidad para los más altos funcionarios, que también se seguía para las autoridades distritales cuando eran suspendidas en sus cargos. Estos medios de fiscalización y enjuiciamiento sirvieron para atenuar y muchas veces para sancionar con rigor la arbitrariedad de las autoridades tanto altas como inferiores.
“Conocer estos procedimientos judiciales, pues por muchos que fueran los males y sus persistencias, hay que tener en cuenta que es posible conocerlos para juzgar en nuestros días el período virreinal” 
“Precisamente porque estuvo abierta la posibilidad de informar y de quejarse a autoridades superiores empeñadas en lograr, el buen gobierno de Nueva España; medios de queja efectivos, que regímenes posteriores se han encargado de eliminar o de hacer inoperantes” Escribe don Andrés Lira.
“Hubo siempre el propósito de recoger y sistematizar las experiencias del gobierno, no solo de Nueva España, sino de todos los dominios españoles del Nuevo Mundo. Las mayores obras en este sentido son: en materia jurídica, LA POLÍTICA INDIANA de Juan de Solórzano Pereira, publicada en 1647. En legislación, LA RECOPILACIÓN DE LEYES DE LOS REINOS DE INDIAS, publicada en 1680, estas obras son un repertorio vivo de la vida social y política del Imperio Español, frutos del enjuiciamiento y del afán de idear medios óptimos para el buen gobierno de pueblos y lugares tan diversos.” 


LA IGLESIA CATÓLICA DE NUEVA ESPAÑA
El Regio Patronato Indiano consistía en diversos privilegios que la Santa Sede había concedido a los Reyes Católicos, Isabel y Fernando y a sus sucesores, en relación a los descubrimientos americanos. El papa Alejandro VI en sus bulas “Inter caetera” en 1493 y otra en 1501 así como la del papa Julio II en 1508, por la donación que hicieron a los monarcas españoles de las islas y Tierra firme, para que evangelizaran a sus habitantes y a erigir iglesias. Al rey de España se le consideró patrono y al virrey de Nueva España vice patrono. La obligación de los reyes era evangelizar a los indígenas, autorizar y organizar misiones, costear los gastos, proponer a las personas de la jerarquía desde obispos y canónigos hasta capellanes, y percibir los diezmos reteniendo una parte de ellos. Construir desde una catedral hasta la más humilde capilla. Las sentencias de los tribunales eclesiásticos podían ser revisadas por funcionarios de la Corona, también podía fiscalizar las bulas y breves papales. Por su parte la Santa Sede se limitaba a confirmar y aprobar lo que decidía la Corona. Todo esto era por el hecho de ser el Imperio Español la espada del catolicismo en su lucha contra los protestantes. El Concilio de Trento fue de hecho un “concilio español”.
La Iglesia Católica en Nueva España fue uno de los dos pilares creadores y civilizadores del nuevo país. Para la formación de México fue indispensable y sus frutos fueron los mayores por la conversión de los paganos a la Doctrina de Cristo. En los trescientos años del Virreinato moldeo la mente del pueblo en el temor de Dios el Creador, instituyo la caridad para con los semejantes motivando la construcción de innumerables Casas de Beneficencia, Hospitales, Monasterios y Conventos y Casas de Instrucción, Templos y Catedrales que se llenaron de obras de arte invaluables, demostrando con ello el nivel de civilización y cultura alcanzado por las clases altas y medianas de la sociedad. 
Después de doscientos años de revoluciones y robos, expolios y destrucción en los siglos XIX y XX, del rico patrimonio virreinal, se pueden ver aún muestras de tal riqueza. Sería labor de cientos de libros de Arte, recopilar imágenes de lo que todavía se puede encontrar a lo largo y ancho de nuestro país.
La Iglesia Católica en Nueva España comenzó con los clérigos que llevó Cortés consigo en su Conquista; Fray Bartolomé de Olmedo y el padre Juan Díaz; luego fueron llegando muchos a medida que se iba consolidando ésta.
Las primeras Diócesis fueron: la Carolense en 1518 con el obispo Fray Julián Garcés, la de México con el obispo Juan de Zumárraga, la Michoacán con el obispo Vasco de Quiroga y la Chiapas con Fray Bartolomé de las Casas. 
Atendiendo a repetidas instancias de los colonos y pobladores de Nueva España, el Rey don Felipe II creó el Tribunal del Santo Oficio en Nueva España y otro en el Perú, por real cédula del 25 de enero de 1569 y comprendía todo el Virreinato de Nueva España e incluía a las Islas Filipinas, Guatemala y el obispado de Nicaragua, el Tribunal de la Inquisición se asentaba en las mismas bases del de España.
En los tres siglos del Virreinato y de los territorios del continente se sucedieron miles de clérigos de todas las jerarquías dejando la Iglesia perfectamente asentada y preparada para afrontar los ataques de los revolucionaros angloamericanos y franceses que queriendo destruirla solamente la hirieron aunque no de muerte.


LOS COLEGIOS Y LA EDUCACIÓN
Fray Pedro de Gante, tío del emperador Carlos V, ha sido considerado sin discusión como el más antiguo educador de la niñez indígena.
También Fray Pedro de Gante y Fray Juan de Tecto fundaron en Texcoco la primera escuela hacia fines de 1523. No solamente la Doctrina, sino a leer y escribir en latín, tañer instrumentos musicales y labores manuales. Y el 1526 fundaron el Colegio de San José de los Naturales que llegó a tener cientos de alumnos siendo una verdadera Academia de artes y oficios.
El Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco fue fundado en 1536 por las mayores autoridades de recién creado Virreinato; don Antonio de Mendoza, Fray Sebastián Ramírez de Fuenleal presidente de la Real Audiencia y Fray Juan de Zumárraga el primer Obispo de la ciudad. Y sirvió a la educación superior de los jóvenes que 15 años antes habían nacido en el paganismo.
Pronto la ciudad de México y otras poblaciones importantes como Guadalajara, Puebla, Pátzcuaro, Valladolid, Oaxaca y Tepotzotlán contaron con muchos monasterios y colegios para todas las clases de la población. Llegaron a Nueva España las otras Órdenes religiosas, los agustinos, dominicos y jesuitas. Los Jesuitas a poco de su llegada fundaron el Colegio de San Ildefonso. Lo que sería Real y Pontificia Universidad de México se fundó en 1551 casi al mismo tiempo que la Universidad de Lima, Perú.
Para ejemplo de lo que debía ser un maestro de cátedra.
Cuando éste obtenía una Cátedra por cuatro años; debía pagar derechos, hacía el juramento de desempeñar bien su cargo, prometiendo observar una conducta retraída, NO ASISTIR a bailes, teatros, vítores ni a otros espectáculos, como manifestaciones públicas ni corridas de toros.
Hacia fines del siglo XVI el Virreinato de Nueva España presentaba el aspecto de un Reino cuya civilización y cultura iban en aumento y en expansión. ¿Qué otra nación europea podía presentar ante el mundo tales logros con sus posesiones ultramarinas?

INSTITUCIONES DE CARIDAD Y HOSPITALES
Ya mencionamos antes que el primer Hospital de la América continental lo había fundado Hernán Cortés en 1524 y que hasta la fecha, principios del siglo XXI sigue funcionando. A partir de entonces se irían fundando muchos más en las ciudades y villas de todo el Imperio Español de América. Se necesitaría todo un extenso tratado referir la creación y funcionamiento de las Instituciones de Caridad y Beneficencia solamente en Nueva España. 

LA AGRICULTURA, GANADERÍA Y LAS MINAS
Otro aspecto en el que Nueva España llegó a ser una potencia fue la explotación del suelo, superficialmente por la agricultura y la ganadería mayor y menor, e interiormente por toda suerte de metales que el extenso territorio guardaba en sus entrañas. Principalmente las minas de plata dieron fama de riqueza a Nueva España propiciando la fundación de las ciudades de Zacatecas, Taxco, San Luis, Guanajuato, Chihuahua y muchas otras menores.

LA ARQUITECTURA, LAS ARTES, LAS LETRAS Y LA CIENCIA
Varios tratados nos llevarían a escribir, sólo mencionando, cada una de estas materias. Para las personas interesadas en estos rubros vamos a citar una lista bibliográfica de los más importantes.
Para la Arquitectura: “El arte colonial en México”: Manuel Toussaint. Para las Artes: “El arte en México durante el Virreinato”: Manuel Romero de Terreros. Para las Letras: “Letras de Nueva España”: Alfonso Reyes. Para la Música: “Música y músicos de la época virreinal”: J. Estrada. Para la Ciencia: “La Ciencia en México”: J. Bravo Ugarte. y Enrico Martínez, cosmógrafo e impresor en Nueva España”: Francisco de la Maza

EL SIGLO XVIII, LA NUEVA DINASTÍA Y LAS NUEVAS IDEAS
Los siglos XVI y XVII habían sido el tiempo de la Conquista, nacimiento y consolidación del nuevo país llamado por Hernán Cortés Nueva España, doscientos años de implantar a pueblos paganos una Cristiandad al estilo español, la Fe en Cristo, llevada a un punto tan alto, como la alcanzada por la Europa de la Alta Edad Media por santos evangelizadores que habían recorrido lejanos territorios fertilizándolos con su trabajo, sangre y muchas vidas, trocando en civilización cristiana la oscura barbarie.
El siglo XVIII del Virreinato de la Nueva España requiere una exposición muy extensa para tratarla en esta conferencia. Solamente hay que recalcarla como una época de grandes contrastes sociales, políticos y económicos.
La evangelización y civilización de los indios bárbaros se comenzó pero no se terminó, continuaron las exploraciones sin conquista, convertidas en exploraciones “científicas” que tomaron notas de lo recorrido en el litoral del Pacífico y en interior del continente, pero sin establecerse. Tres exploraciones tocaron el litoral de Alaska hasta el grado 61 dejando constancia de dos lugares: Córdoba y Valdés, anotando de que los rusos se habían establecido ya. Se levantaron los mejores mapas de que dispusieron los científicos.
La Medicina alcanzó los niveles de Europa y el rey Carlos IV mandó la vacuna contra la malaria en 1804 con el Dr. Fco. Javier Balmis. Todos los adelantos de la Ciencia europea llegaron a tener su representación en el Virreinato. De igual manera, las corrientes artísticas de Europa llegaron con maestros tan completos como Manuel Tolsá. Las principales ciudades se pusieron al día con palacios, edificios civiles y templos del Neoclásico, estilo en boga. Se construyeron nuevos caminos y reforzaron los antiguos. Sin embargo se descuidó la educación del pueblo que no tuvo acceso a lo más elemental.

LA DINASTÍA FRANCESA DE LOS BORBONES
Al finalizar el siglo XVII el último Rey de la Casa de Austria, don Carlos II, débil, enfermo su cuerpo y sin haber tenido descendencia, pero con la mente lúcida, se da cuenta de que estaba por finalizar con él la dinastía de su estirpe. No había ya, ningún heredero o heredera a quien dejar la Corona ceñida por los Reyes Católicos, Carlos I y los tres Felipes anteriores. El pariente más cercano era su primo Luis XIV rey de Francia con su descendencia. En su testamento otorgó el Imperio Español a Luis de Anjou segundo nieto de Luis XIV, por esta decisión, a la muerte del último Austria, los eternos enemigos de España; Inglaterra y los Países Bajos apoyaron a Carlos de Austria como pretendiente a la Corona. Una sangrienta guerra que duró 15 años contrapuso al Imperio Español y Francia contra Inglaterra, Holanda, Austria y el Reino de Aragón. A su término España había perdido Gibraltar, todo el Imperio se había conmovido y Nueva España había visto destruida su flota en el Golfo a manos de los ingleses.

LAS NUEVAS IDEAS
Con la nueva dinastía francesa al mando del Imperio comenzaron a llegar las nuevas ideas, un progresivo afrancesamiento fue tomando posiciones entre la aristocracia criolla. A lo largo de siglo XVIII y con mayor intensidad durante el largo reinado de Carlos III (1759-1788), la Nueva España recibió la influencia de los filósofos enciclopedistas e ilustrados que Francia había recibido, a su vez, de la Inglaterra protestante. Con los diversos virreyes, entre sus acompañantes fueron llegando los exponentes del Arte, la Ciencia, las Letras y la Filosofía, pero también las costumbres mundanas y licenciosas de las cortes europeas. Así como los libros prohibidos por el Santo Oficio. Clandestinamente, llegaban las obras de los precursores de los revolucionarios liberales. 
Dos hechos aparentemente desconectados, pero en su origen, bien unidos, marcaron la mentalidad de la clase novohispana pensante de la segunda mitad de ese siglo: La expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 y la independencia de los rebeldes angloamericanos entre 1775 y 1783, provocaron entre la clase criolla del Imperio Español dos sentimientos diferentes que desembocarían en su separación de mismo.
La expulsión por la fuerza de sus queridos padres jesuitas causó gran resentimiento contra la Corona y el decaimiento de la educación que la Compañía de Jesús hacía entre todos los habitantes del Imperio. Fue un golpe del que no se recuperaría la población.
La independencia de los angloamericanos de la Monarquía inglesa se vio entre la clase criolla de todo el Imperio como el ejemplo práctico de un pueblo empeñado a seguir su propia senda. Pero sin recapacitar que los revolucionarios yanquis llevaban el Plan de Destruir el Imperio Español de América fraccionándolo en muchos países, para después colonizarlo, era ese Plan de Benjamín Franklin llamado su “Destino Manifiesto”, estaban apoyados por la unión de todos los enemigos de la propia religión y de la cultura novohispanas.
Es preciso recordar la reflexión que hizo el conde de Aranda, ministro del rey Carlos III, aludiendo a la ayuda de la Corona española a G. Washington y sus tropas. Ayuda que salió de Nueva España en tropas, dinero y ganado en pié.
El conde Aranda escribió en 1783 su carta al Rey Carlos III en estos términos:
“He firmado en París por la orden V.M. un tratado de paz con Inglaterra….
La independencia de las Colonias inglesas ha sido reconocida, y esto mismo es para mí un motivo de dolor y de temor….por los peligros que nos amenazan de parte de la nueva potencia que acabamos de reconocer, en un continente que no existe ninguna otra en estado de contener sus progresos. Esta república federal ha nacido pigmea, por decirlo así, y ha tenido necesidad de apoyo y de las fuerzas de dos potencias tan poderosas como la España y la Francia para conseguir su independencia. Vendrá un día que será un gigante, un coloso temible en esas comarcas, olvidará nuestra ayuda. Y no pensará más que en su engrandecimiento….aspirará a la conquista de la Nueva España ese hermoso y rico país…. ¿Como podremos, entonces, defenderla estando él en el mismo continente y a más de eso limítrofe?
A pocos años del reconocimiento de la Monarquía española a los angloamericanos, se desencadenó la Revolución en Francia y la cabeza del rey Luis XVI, sobrino de Carlos IV, rodó en la guillotina. Éste ordenó cerrar el Imperio Español a las ideas revolucionarias sin conseguirlo, muy al contrario, fueron llegando sus agentes a todos los ilustrados del Reino incluidos numerosos eclesiásticos.
El fin de siglo y principios de XIX, el Virreinato de Nueva España experimentó un aumento sensible de la riqueza por el libre comercio con Europa y el interés por las Ciencias y las Artes. Todo parecía florecer, pero la Fe religiosa que se debilitaba y las costumbres se corrompían. Las nuevas ideas liberales habían minado la conciencia de los habitantes con el falso espejismo de la Libertad, propiciando que los ilustrados se afiliaran a la masonería y a las sociedades secretas sin saber de donde procedían y quienes movían los hilos. Para 1808, en todas las ciudades españolas del Continente se conspiraba contra el dominio español. En Nueva España, el grito de los revolucionarios de 1810 marcó el principio del final, del Virreinato, que se concretaría, el 27 de septiembre de 1821 después de una guerra civil desastrosa y sangrienta, derrumbando los valores sobre los que se había creado la Nueva España. 
Esta vez, era el antiguo pigmeo convertido en poderoso, que junto con Inglaterra y Francia habían auspiciado y ayudado a los súbditos del Imperio a rebelarse, formando nuevos Estados que en poco tiempo los dominarían.

Jesús Batista




BIBLIOGRAFÍA




HISTORIA DE MÉXICO; Alamán Escalada Lucas
HISTORIA DE LAS INDIAS DE NUEVA ESPAÑA; Benavente (Motolinia) Fray Toribio
LA CIENCIA EN MÉXICO; Bravo Ugarte José
HISTORIA DE LAS REVOLUCIONES EN MÉXICO; Gibaja y Patrón Antonio
HISTORIA DE MÉXICO; Salvat Mexicana de Ediciones S.A. de C.V.
NACIMIENTO, GRANDEZA, DECADENCIA Y RUINA DE LA NACIÓN MEXICANA; Sánchez Ruiz Pedro