viernes, 9 de julio de 2010

Don Vasco de Quiroga (1470-1565)

Don Vasco de Quiroga fue sin duda alguna el personaje más importante e influyente para la historia de Pátzcuaro a principios de la época colonial. Nació en la villa Madrigal de las Altas Torres en España. Fue instruido como abogado. Este hombre sabio y dedicado llegó a la Nueva España en el año 1531, a la edad de 60 años y como miembro de la segunda Audiencia, un cuerpo administrativo y judicial enviado por la corona para gobernar la colonia. Dicho grupo fue comisionado para organizar el territorio y reparar el daño hecho por la primera Audiencia, presidida por el inescrupuloso Nuño de Guzmán, quien fue capaz de utilizarla para obtener el poder y control que luego aplicó en su beneficio personal. Fueron las noticias de la llegada de la segunda Audiencia las que provocaron la brutal estampida de Guzmán hacia lo que ahora es Michoacán.

Dos años después de su llegada, en 1533, don Vasco de Quiroga organizó su primer pueblo experimental llamado Santa Fe de México, nombrado así por su ubicación cerca de la ciudad capital. En ese mismo año fundó otro en la ribera del Lago de Pátzcuaro y lo llamó Santa Fe de la Laguna, lugar que puede ser visitado y admirado aún en la actualidad. Posteriormente fundó los hospitales de Tzintzuntzan, Pátzcuaro, Uruapan, Acámbaro y Cuitzeo. Este tipo de comunidades fueron esencialmente centros para peregrinos provenientes de otros lugares del país.

Siguiendo su nombramiento como el primer Obispo de Michoacán, hacia 1538, don Vasco tuvo la oportunidad de llevar a cabo plenamente sus intenciones de rehabilitar a los Purhépechas y elevar sus niveles de vida y cuidados. Sus planes incluían el reforzar las comunidades, en las cuales la tierra pertenecía a todos y cada familia tenía su propia vivienda y parcela privados. La labor en los campos y granjas comunales se realizaba de manera rotatoria, lo que permitía a los indígenas ser autosuficientes y a la vez tener tiempo libre para recibir instrucción y práctica espiritual, también para trabajar en industrias especializadas, a través de las cuales podían negociar mutuamente.

Así, don Vasco - luego mejor conocido cariñosamente entre los nativos como "tata" (papá) Vasco - continuó estimulando a los desmoralizados Purhépechas para formar comunidades y desarrollar diferentes actividades en cada una. No pasó mucho tiempo antes de que cada población se dedicara a un determinado producto o artesanía, enriqueciendo algunas de las técnicas introducidas por "tata" Vasco con las propias técnicas prehispánicas y viceversa. Aún ahora y a través de los siglos es posible admirar el policromado de las lacas de Uruapan (cuya técnica es prehispánica), escuchar el rítmico golpear de los marros que forjan el cobre en Santa Clara (hoy Villa Escalante). Es más: en algunos de los comedores más elegantes de nuestro país y del extranjero se sirven las viandas en la finísima loza de Patamban y los excelentes trabajos que se realizan en madera y cerámica dan vida a la decoración de miles de hogares en muchos lugares del mundo.

Don Vasco de Quiroga murió en la ciudad de Pátzcuaro el 14 de marzo de 1565 a la edad de 95 años, con lo que se cerró uno de los más importantes capítulos de la historia de Michoacán, pues a su muerte la sede de la diócesis fue transferida a Valladolid, ciudad favorecida por los virreyes para convertirse en la nueva capital de la provincia.

Sus restos descansan ahora en la Basílica de la Virgen de la Salud, que el mismo fundó en Pátzcuaro. Según la creencia de los naturales de la región, el espíritu de "tata" Vasco aún se percibe por los lagos, valles y montañas de esta tierra que tanto amó.Ha habido pocas personas a través del tiempo que hayan logrado tanto en lo que pudiéramos llamar el "ocaso" de la vida. La veneración que el pueblo Purhépecha prodiga a don Vasco hace de él mucho más que una figura del pasado histórico. Su memorable ejemplo, las instituciones, especialidades y comercio que él creó aún persisten y se han enriquecido de diferentes maneras, lo que hace de este hombre, alguien fuera de lo común, que forma parte de un vivo presente.
Misión y civilización

En su libro Misión y evangelización en América, Pedro Borges pone de manifiesto tres cosas muy importantes: Primera, que en las Indias el esfuerzo evangelizador fue siempre acompañado por un denodado esfuerzo civilizador, según el cual se adiestraba a los indios en letras y oficios diversos, tratando de elevarlos a formas de vida personal y comunitaria más perfectas. Segunda, que ese empeño civilizador no trató de hispanizar al indígena, sino de introducirlo en una civilización mixta. Y tercera, que toda esa obra educadora de los indígenas fue directamente destinada a la fe, pues estaban convencidos los evangelizadores de que un cierto grado mínimo de elevación humana era condición necesaria para el cristianismo.

En 1552 escribía al respecto Francisco López de Gómara: «Tanta tierra como tengo dicho han descubierto, andado y convertido nuestros españoles en sesenta años de conquista. Nunca jamás rey ni gente anduvo y sujetó tanto en tan breve tiempo como la nuestra, ni ha hecho ni merecido lo que ella, así en armas y navegación, como en la predicación del santo Evangelio y conversión de idólatras; por lo cual son los españoles dignísimos de alabanza en todas las partes del mundo. ¡Bendito Dios, que les dio tal gracia y poder! Buena loa y gloria es de nuestros reyes y hombres de España, que hayan hecho a los indios tomar y tener un Dios, una fe y un bautismo, y quitándoles la idolatría, los sacrificios de hombres, el comer carne humana, la sodomía y otros grandes y malos pecados, que nuestro buen Dios mucho aborrece y castiga. Hanles también quitado la muchedumbre de mujeres, envejecida costumbre y deleite entre todos aquellos hombres carnales; hanles mostrado letras, que sin ellas son los hombres como animales, y el uso del hierro, que tan necesario es al hombre; asimismo les han mostrado muchas buenas costumbres, artes y policía para mejor pasar la vida; lo cual todo, y aun cada cosa por sí, vale, sin duda ninguna, mucho más que la pluma ni las perlas ni la plata ni el oro que les han tomado, mayormente que no se servían de estos metales en moneda, que es su propio uso y provecho, aunque fuera mejor no les haber tomado nada» (Hª de las Indias, I p., in fine).

Y en 1563 decía Martín Cortés al Rey en una carta: «Los frailes, ya V. M. tiene entendido el servicio que en esta tierra han hecho y hacen a Nuestro Señor y a Vuestra Majestad que, cierto, sin que lo pueda esto negar nadie, todo el bien que hay en la tierra se debe a ellos, y no tan solamente en lo espiritual, pero en lo temporal, porque ellos les han dado ser y avezádoles a tener policía y orden entre ellos y aun obedecer a las audiencias» (+P. Borges, Misión VII).

Pues bien, uno de los modelos más perfectos en México de esta acción a un tiempo civilizadora y evangelizadora lo hallamos en don Vasco de Quiroga. Éste fue el primer obispo de Michoacán.




La atractiva figura de Vasco de Quiroga ha sido objeto de muchos estudios modernos.

Entre ellos cabe destacar los artículos de Fintan Warren, Vasco de Quiroga, fundador de hospitales y Colegios; Manuel Merino, V. de Q. en los cronistas agustinianos; Fidel de Lejarza, V. de Q. en las crónicas franciscanas; y Pedro Borges, V. de Q. en el ambiente misionero de la Nueva España; así como la biografía Tata Vasco, un gran reformador del siglo XVI, escrita por Paul L. Callens. También hemos de recordar el precioso estudio de Paulino Castañeda sobre la Información en derecho de Vasco de Quiroga.

Don Vasco, nacido hacia 1470 en Madrigal de las Altas Torres -donde nació la reina Isabel y donde murió fray Luis de León-, provincia de Avila, es un jurista de gran prestigio. Fue juez de residencia en Orán, y representó a la Corona en los tratados de paz con el rey de Tremecén (1526). Ejerce ahora un alto cargo en la Cancillería real de Valladolid, y sigue con particular atención la aventura hispana de las Indias.

«Tenía 22 años de edad, dice Callens, cuando Cristóbal Colón desembarcó en la isla de Guanahaní. Tenía 43 cuando Vasco Núñez de Balboa divisó por primera vez el Océano Pacífico. Tenía 51 cuando Cortés terminó su conquista de México. Poco a poco y a medida que llegaban nuevos datos y crónicas de los nuevos descubrimientos, se iban haciendo nuevos mapas que guardaba como precioso tesoro» (23).

Como buen jurista, formado probablemente en Salamanca, posee también una excelente formación en cánones y en teología dogmática. Era, en fin, a sus 60 años, un distinguido humanista cristiano, al estilo de su gran contemporáneo, el canciller inglés Santo Tomás Moro.
Carta de la reina Isabel

El 2 de enero de 1530 estalló en las manos de Don Vasco una carta que iba a cambiar su vida. La reina Isabel, esposa de Carlos I, escribe a «su muy amado súbdito» proponiéndole formar parte de la nueva Audiencia que en breve partiría para la Nueva España, donde las cosas iban de mal en peor. Cartas semejantes recibieron altas personalidades del Reino, y más de uno se dio por excusado: aquélla era una aventura demasiado dura y arriesgada, en la que no había mucho por ganar...

Vasco de Quiroga aceptó la propuesta inmediatamente, y a principios de setiembre de ese año se reúne en Sevilla con los otros tres oidores, Alonso Maldonado, Francisco Ceynos y Juan de Salmerón. Mientras don Antonio de Mendoza arreglaba sus asuntos personales, el obispo de Santo Domingo, Sebastián Ramírez de Fuenleal, sería el presidente de esta Real Audiencia.
Segunda Audiencia en México

El 9 de enero de 1531, los nuevos oidores, vestidos con sus elegantes capas negras, a la española, con las insignias de su oficio real y haciendo guardia al Sello Real, llevado en caja fuerte a lomos de una mula ataviada de terciopelo y oro, hacen su solemne entrada en la ciudad de México. La ciudad, víctima de tantos atropellos en los últimos años, se engalana tímidamente, y la recepción oficial, harto tensa, corre a cargo de fray Juan de Zumárraga, obispo electo, y de los miserables Delgadillo y Matienzo. En torno a aquel puñado de españoles, una inmensa muchedumbre de indios, muchos de ellos afectados por las infamias de la primera Audiencia, se mantiene cortés, distante y a la expectativa.

En la ciudad se mezclan innumerables ruinas, especialmente las de los imponentes teocalis derruidos, y un gran número de casas y templos en construcción, algunos grandiosos, en la piedra gris y la volcánica rojiza que se trae de las próximas sierras de Santa Catalina.
Dificultades abrumadoras

Indios y españoles, amigos o enemigos éstos de Cortés, se dan cuenta luego de que la segunda Audiencia no es en nada semejante a la primera. Ésta viene a escuchar sinceramente las quejas de unos y otros, decidida a imponer la justicia, castigando a quien sea si lo ha merecido, y está empeñada sobre todo en restaurar el prestigio de la Corona española, que con los abusos y atropellos de los últimos años está por los suelos.

En esa primera fase, Don Vasco y los otros oidores tienen ocasión de informarse bien acerca de la situación de la Nueva España, pues oyendo quejas, acusaciones y defensas, pasan casi todo el día y a veces parte de la noche, de modo que apenas logran dormir lo necesario. Es necesario imponer restituciones enormes, pues enormes habían sido los robos en los terribles años anteriores. Se hace preciso sofocar intentos, más o menos abiertos, de esclavizar a los indios. Es urgente sanear una economía completamente anárquica, y establecer una Casa de la Moneda. Y estando ocupados en tan graves problemas, indios amotinados tratan una noche de asaltar la sede de los oidores, aunque son dispersados por los soldados españoles.

Tras los años terribles de la primera Audiencia, las cosas han quedado en situación pésima, y hay que empezar todo de nuevo, cosa que, como ya vimos, se hace por medio de una Junta en la que se reúnen las primeras personalidades de México. En aquel mundo inmenso y revuelto, poblado por innumerables naciones hostiles entre sí y de lenguas diversas, parece casi imposible que un grupo pequeño de españoles sea capaz de amalgamar una grande, única y próspera nación.

Solamente los frailes misioneros parecen saber en ese momento lo que debe hacerse, y lo van haciendo por su parte. Pero incluso a ellos es preciso refrenar, pues en la anterior Audiencia habían tomado ya la costumbre de criticar continuamente desde los púlpitos los actos de las autoridades civiles. La nueva Audiencia se ve obligada a prohibir esto expresamente, y refiere Salmerón en una carta de 1531: «Hízosele sobre lo pasado al dicho prior una reprensión larga, de que él quedó confuso»...

Vasco de Quiroga ve en la Nueva España un mundo de posibilidades inmensas, trabado por sin fin de dificultades enormes, y no cesa de pensar en posibles soluciones. Los franciscanos han construído ya muchas iglesias, y como escribe Zumárraga en 1531 al capítulo franciscano reunido en Tolosa, «cada convento de los nuestros tiene otra casa junto para enseñar en ella a los niños, donde hay escuela, dormitorio, refectorio y una devota capilla». Todos los muchachos llevan un régimen de vida muy religioso -«levántanse a media noche a los maitines»-, y los más aprovechados de ellos son enviados de vez en cuando como misioneros de los suyos, para enseñarles la verdad y quitarles los ídolos, «por lo cual algunos han sido muertos inhumanamente por sus propios padres, más viven coronados en la gloria con Cristo» (Mendieta V,30).

No, este sistema heroico a Don Vasco no le acaba de convencer. Ocasiona un contraste demasiado violento entre los niños y muchachos profundamente cristianizados, y la masa innumerable de sus familias, todavía a medio evangelizar... Sin rechazar estas escuelas conventuales, habría que pensar en otros modos de evangelizar y civilizar a los indios.
Pueblos-hospitales

El 14 de agosto de 1531, a los seis meses de su llegada, Vasco de Quiroga escribe al Consejo de Indias pidiendo licencia para organizar pueblos de indios. En esos meses, escuchando tantas quejas de los indios, había conocido su mala situación, y «teniendo siempre en cuenta la dignidad humana de los indios», escribe al Consejo proponiendo la creación de unos pueblos indígenas, una institución original que educaba al indígena dentro de una convivencia humana y cristiana.

No debe engañarnos hoy el sentido moderno del término hospital, ya que estos hospitales de indios fundados por Quiroga eran a un tiempo pueblo para vivir, hospital y escuela, centros de instrucción misional, artesanal y agraria, y también albergue para viajeros.

Deseoso Quiroga de llevar sus proyectos a la práctica cuanto antes, sin esperar la respuesta a su carta, busca dos docenas de indios cristianos y de vida honesta, compra en 1532 unas tierras a dos leguas de la capital, hace acopio de bastimentos para los indios que habían de dedicarse un tiempo a la construcción de casas, levanta una gran cruz y funda así su primer población indígena, dándole el nombre de Santa Fe.

Frente al pueblo, construye Quiroga un pequeño oratorio, para poder estar cerca de los indios. Allí ora, hace largas lecturas meditativas, estudia el náhuatl, y escribe los sermones que se habían de leer en la iglesia. La original experiencia de Santa Fe va adelante con gran prosperidad, llega a contar 30.000 habitantes, y da ocasión a que miles de indios reciban el bautismo, constituyan cristianamente sus matrimonios, se hagan ordenados y laboriosos, practiquen con gran devoción oraciones y penitencias, obras de caridad y cultos litúrgicos, al tiempo que en el hospital acogen a indios que a veces vienen de lejos, y ya convertidos, llevan lejos noticia de aquel pueblo admirable.

Escribiendo Zumárraga al Consejo de Indias (8-2-1537), trata de Vasco de Quiroga, todavía oidor, y habla del «amor visceral que este buen hombre les muestra a los indios»; en efecto, «siendo oidor, gasta cuanto S. M. le manda dar de salario a no tener un real y vender sus vestidos para proveer a las congregaciones cristianas que tiene..., haciéndoles casas repartidas en familias y comprándoles tierras y ovejas con que se puedan sustentar».

Conviene señalar, por otra parte, como lo hace Paulino Castañeda, que «para cuando Quiroga exponía su punto de vista, la idea de las reducciones era un clima de opinión y abundaban las Cédulas reales». Concretamente en Nueva España, nos consta la solicitud de fray Juan de Zumárraga para que «los pueblos se junten y estén en policía y no derramados por las sierras y montes en chozas, como bestias fieras, porque así se mueren sin tener quien les cure cuerpo ni alma, ni hay número de religiosos que baste a administrar sacramentos ni doctrinas a gente tan derramada y distante» (108-109). Y las disposiciones de la Corona española, ya desde un comienzo, sobre la conveniencia de agrupar a los indios en poblados -1501, 1503, 1509, 1512, 1516, etc.- fueron continuas (P. Borges, Misión 80-88).
Una utopía cristiana

El mayor mérito de Vasco de Quiroga está en haber soñado y realizado un alto ideal evangélico de vida comunitaria entre los indios. Acierta Marcel Bataillon, el historiador francés, cuando dice que «más que a una sociedad económicamente feliz y justa, aspira Quiroga a una sociedad que viva conforme a la bienaventuranza cristiana. O mejor dicho, no hace distinción entre los dos ideales.

Para él, como para otros, se trata de cristianizar a los naturales de América, de incorporarlos al cuerpo místico de Cristo, sin echar a perder sus buenas cualidades. Así se fundará en el Nuevo Mundo una «Iglesia nueva y primitiva», mientras los cristianos de Europa se empeñan, como dice Erasmo, en «meter un mundo en el cristianismo y torcer la Escritura divina hasta conformarla con las costumbres del tiempo», en vez de «enmendar las costumbres y enderezarlas con la regla de las Escrituras»» (Erasmo y España 821).

Diversos autores, y uno de los primeros Silvio A. Zavala, en La «Utopía» de Tomás Moro en la Nueva España, han estudiado la inspiración utópica de la gran obra de Vasco de Quiroga. Este tuvo, en efecto, y anotó profusamente la obra de Moro en la edición de Lovaina de 1516. Si lo tópico (de topos, lugar) es lo que existe de hecho en la realidad presente, lo utópico es aquello que no tiene lugar en la realidad existente, aunque sería deseable que lo tuviera. Quiroga cita a Moro, y hay sin duda numerosos puntos de contacto entre los planteamientos de uno y otro.

Pero en tanto que en la Utopía de Moro sólo hay una fantasía de ideales apenas realizables, de inspiración renacentista y sin huellas cristianas del mundo de la gracia -el único mundo en el que los más altos sueños pueden hacerse realidades-, los pueblos-hospitales de Quiroga tienen planteamientos muy realistas y netamente cristianos. La Utopía de Moro nunca se realizó, pero la de Quiroga, como veremos, tuvo numerosas y durables realizaciones, especialmente en Michoacán.

Por lo demás, la inspiración primaria del utopismo de Quiroga no viene de Moro, sino del Evangelio. No es un sueño impracticable, sino históricamente realizado. No se fundamenta sólo en las fuerzas de la naturaleza humana, sino principalmente en el don de la gracia de Cristo. En efecto, Vasco de Quiroga, ya en la primera exposición de su proyecto, en la carta del 14 de agosto de 1531, dice que una vez fundados los pueblos «yo me ofrezco con la ayuda de Dios a plantar un género de cristianos a las derechas, como todos debíamos ser y Dios manda que seamos, y por ventura como los de la primitiva Iglesia, pues poderoso es Dios tanto agora para hacer cumplir todo aquello que sea servido y fuere conforme a su voluntad».

Muchos de los misioneros que pasaron al Nuevo Mundo tenían estos mismos sueños, pero es probable que, al menos en sus formas de realización comunitaria, la más altas realizaciones históricas del utopismo evangélico fueron en las Indias los pueblos-hospitales de Vasco de Quiroga y las reducciones jesuitas del Paraguay, de las que en otra parte trataremos.
La región rebelde de Michoacán

En cuanto la segunda Audiencia fue arreglando las cuestiones más urgentes, pensó en afrontar otras que estaban pendientes de solución, y entre ellas la pacificación de Michoacán, región próxima a la capital, al oeste. La Real Audiencia eligió enviar como Visitador a don Vasco de Quiroga, que en Santa Fe y en otras ocasiones había mostrado grandes cualidades en su trato con los indios. Aún así, la empresa se presentaba como algo sumamente difícil.

En efecto, poco después de la caída del poder azteca, el rey Caltzontzin reconoció en Michoacán, sin resistencia armada, la autoridad de la Corona española, y pidió el bautismo, seguido de muchos de los suyos. Todo hacía pensar que la obra de la Corona y de la Iglesia en la región de los tarascos no iba a encontrar especiales dificultades. Pero en seguida se vinieron abajo tan buenas esperanzas, cuando Nuño de Guzmán, en los años terribles de su Audiencia, queriendo quizá emular las obras de Cortés, o deseando más bien destrozarlas, hizo incursión armada en aquella región, cometiendo toda clase de abusos y atropellos, apresando a Caltzontzin y a sus nobles, y exigiendo siempre oro y más tributos.

En el Proceso de residencia instruido contra Nuño de Guzmán en averiguación del tormento y muerte que mandó dar a Caltzontzin, rey de Michoacán, se recogen testimonios que narran en términos macabros cómo Guzmán, por su avidez de riquezas, mandó atarlo a un palo y quemarle los pies a fuego lento, en tanto que el rey repetía que «lo mataban con injusticia. Con lágrimas llamaba a Dios y a Santa María. Llamó a un indio, don Alonso, y le habló un poco», disponiendo que «después de quemado, cogiese los polvos y cenizas de él que quedasen, y los llevase a Michoacán... y que lo contase todo, y que viesen el galardón que le daban los cristianos, y que les mostrase su ceniza, y que las guardasen y tuviesen en memoria» (+Callens 35).

Tras este suceso horrible, muchos de los indios tarascos nada más quisieron oir de cristianismo, volvieron a sus ídolos, se internaron en bosques y montañas, y se mostraron dispuestos a la muerte antes que sujetarse a la Corona española. Y éste era el problema que Quiroga debía solucionar...
Pacificación de Michoacán

Vasco de Quiroga tenía ya 63 años cuando, haciéndose acompañar sólamente por un secretario, un soldado y algunos intérpretes, acomete la empresa de adentrarse en Michoacán, región apenas conocida, para ofrecer la paz y el Evangelio. Una vez en Tzintzuntzan, presentó sus respetos al jefe Pedro Ganca y a sus oficiales, saludándoles en el nombre del Rey de España. En prolongadas conversaciones, Quiroga les hace entender que la Corona deplora profundamente los crímenes hasta entonces cometidos allí, promete dar justo castigo a los culpables, y de nuevo ofrece su amistad. Los indios acogen con sorpresa y agrado aquella embajada tan llena de dignidad y buenos sentimientos. Y escuchan a Quiroga cosas aún más concretas:

«Solamente tengo amor y afecto para con la nación indígena. Los mexicanos que vienen en mi compañía pueden testificar de esto y deciros cómo miles de personas viven en la actualidad felices en poblaciones que yo he edificado para ellos. Lo que hice en Santa Fe, deseo hacerlo aquí también. Pero necesito vuestra cooperación. Vuestra práctica de tomar varias esposas debe desaparecer. Debéis aprender a vivir felices con una sola mujer que os sea fiel, de la misma manera que vosotros le seáis fieles a ella. Debéis también renunciar a vuestros ídolos y adorar al único verdadero Dios. Esas informes masas que vosotros habéis fabricado con vuestras propias manos no pueden protegeros. No pueden protegerse ni a sí mismas. Traédmelas, de manera que yo pueda destruirlas y al mismo tiempo libertaros de las cadenas con que el demonio, príncipe de la mentira, os tiene atados» (R. Aguayo Spencer, Don Vasco de Quiroga. Documentos 46-47; +Callens 63-65).

Se difundió pronto entre los indios de Michoacán la propuesta pacífica y positiva que aquella alta autoridad hispana les hacía, y muchos la acogieron, empezando por el jefe Don Pedro, que de sus cuatro esposas despidió a tres y se casó con una solemnemente en la Iglesia. La personalidad de Don Vasco les resultaba desconcertantemente atractiva. En una ocasión en que algunos indios conversaban con él, y le contaban las vejaciones que habían sufrido en las incursiones de Guzmán, mostrándoles dibujos hechos en lienzos, quedaron conmovidos no sólo al comprobar que Quiroga entendía aquellos pictogramas, sino al ver que se echaba a llorar...

A los indios resentidos, que no se fiaban, sino que preferían seguir su vida nómada, Don Vasco trataba de persuadirles: «Si rehusáis seguir mi consejo, les decía, e insistís en esconderos en los bosques, muy pronto os vais a asemejar a las bestias salvajes que viven con vosotros. El Dios que hizo los bosques, también hizo los hermosos valles con sus resplandecientes lagos. Con un poco de cuidado y cultivo, vuestro suelo puede convertirse en uno de los más fértiles y proveeros de todo el alimento que necesitéis. Esta tierra es vuestra, es vuestra para que la gocéis bajo mi protección» (ib.).

Con la colaboración que algunos franciscanos y agustinos prestaron, acudiendo a la llamada de Don Vasco, en tres o cuatro años se logra la pacificación completa de Michoacán.

Ya entonces, en setiembre de 1533, antes del obligado regreso de Vasco a la capital, fundó un poblado-hospital con el nombre de Santa Fe de la Laguna, o de Michoacán, al norte de la laguna de Páztcuaro, quedando Rector de él Francisco de Castilleja, intérprete del tarasco. El poblado prosperó, y «no sólo proporcionaba instrucción y asistencia a los indios tarascos, sino hasta a los chichimecas mismos, tribus nómadas conocidas por su desnudez y agresividad. Acerca de estos últimos afirma Castilleja, tan pronto como en 1536, que hubo día en el que se hicieron cristianos en el hospital más de quinientos de ellos. Quiroga prosiguió atendiendo con especial cuidado a la conversión de los chichimecas, aun con posterioridad a su consagración, en 1538, como obispo de Michoacán» (Warren 34).
Primer obispo de Michoacán (1538)

Asegurada la paz, urgía establecer en Michoacán una diócesis distinta a la de México, y una vez conseguidas las autorizaciones pertinentes del Consejo de Indias, en 1535, por sugerencia del obispo Zumárraga, se propone a Carlos I como posible obispo a Vasco de Quiroga. No obstante ser un hombre seglar y ya de 68 años -muy viejo para la media de vida de aquella época-, son grandes su cualidades y también sus méritos en el trato con los indios, concretamente con los de Michoacán.

En 1536 se aprueba en Roma al candidato presentado, y en 1537 llegan a México las Bulas correspondientes de Pablo III. Los frailes de la Nueva España reciben la noticia con alegría, en tanto que no pocos españoles civiles muestran su recelo ante lo que pueda hacer un obispo que asume con tanto valor y eficacia la causa de los indios... En rápida sucesión recibe Don Vasco las órdenes sagradas menores y mayores, y en diciembre de 1538, en la capital de México, es consagrado obispo por fray Juan de Zumárraga. Y poco después parte para su diócesis, que está todavía sin hacer.
La sede episcopal de Pátzcuaro

Quiroga, de su tiempo de Visitador real, ya conocía bastante bien Michoacán, región bellísima en la que alternan prados, bosques y montañas. Y no vaciló en situar su sede en Pátzcuaro, a orillas del lago de su nombre, poco debajo de Tzintzuntzan, localidad entonces más importante, pero más oscura, situada entre dos grandes montañas. En la iglesia franciscana de esta población tomó posesión de su sede el 6 de agosto de 1538.

Pronto se estableció en su sede de Pátzcuaro, y quiso hacer una grandiosa Catedral de cinco naves, distribuidas como los dedos de una mano, para lo que recabó ayudas del Emperador y de los colonizadores españoles. Pero un informe negativo, acerca del terreno poco firme por la proximidad del lago, redujo el proyecto a una sola nave.

Una de las primeras iniciativas del obispo Quiroga fue encargar, a los mismos antiguos fabricantes de los ídolos, que hicieran, según sus instrucciones, pero con su técnica tradicional, una imagen de la Santa Madre de Dios. Así lo hicieron, con caña de maíz bien seca y molida, resultando una bella y ligerísima imagen. Vestida y decorada, comenzó a recibir culto en el Hospital de Santa Marta, en Páztcuaro, donde realizó varias curaciones y recibió el nombre de Nuestra Señora de la Salud. Pasó después a la Catedral proyectada, que con el tiempo fue Basílica, y allí recibe un culto muy devoto hasta el día de hoy.

El obispo Quiroga siempre tuvo especial afecto por la zona de Páztcuaro, donde fundó su Catedral y sede episcopal. Y así, cuando el Virrey Mendoza fundó con 60 familias que había traído de España la ciudad que nombró como Valladolid, el obispo Quiroga se apresuró a defender la supremacía de Páztcuaro y Tzintzuntzan. La historia, sin embargo, hizo de Valladolid, hoy Morelia, la bella capital de Michoacán.
El Seminario «Colegio de San Nicolás»

Allí también, en Pátzcuaro, fundó en 1542 el obispo Quiroga, el Colegio de San Nicolás. En este Seminario, uno de los primeros de América, anterior al concilio de Trento, convivían indios y españoles, que aprendían latín, teología dogmática y moral, y se ejercitaban en la vida espiritual. Comulgaban una vez al mes, hacían diariamente oraciones y lecturas espirituales, y sólo salían de la casa de día y con un compañero. Casi todos hablaban tanto el español como el tarasco.

Con gran pena de Don Vasco, sin embargo, ningún indio llegó a la ordenación, pues, como decía Zumárraga, expresando la experiencia primera de las tres órdenes, «estos nativos pretenden más al matrimonio que a la continencia». En todo caso, el Seminario, bajo los continuos cuidados de su fundador, dio grandes frutos, pues para 1576 eran ya más 200 los sacerdotes seculares y otros tantos los religiosos que de él habían salido.

Y también bajo la protección de don Vasco floreció la Casa de Altos Estudios en Tiripetío, cuya dirección encargó a su amigo agustino fray Alonso de la Vera Cruz.
Fundador de pueblos cristianos

A los 77 años, en 1547, fue a España, donde consiguió ayudas para sus fundaciones, gestionó en favor de los indios, y procuró reclutar sacerdotes misioneros. Hasta entonces su diócesis se había apoyado fundamentalmente en los religiosos, sobre todo en los agustinos, sus colaboradores más próximos. Pero, como los otros obispos mexicanos de aquellos años, tuvo Quiroga con los religiosos pleitos interminables y sumamente enojosos (Ricard, Conquista III,1: 364-376). Quería, pues, Don Vasco disponer de un clero propio. Conoce también en Valladolid a Pedro Fabro, uno de los jesuitas más próximos a San Ignacio, hace los ejercicios espirituales y trata con insistencia de conseguir jesuitas para su diócesis; pero éstos no llegarán a Michoacán sino siete años después de su muerte.

En 1555 participa Quiroga en el primer Concilio de México, convocado por Montúfar, el sucesor de Zumárraga; Concilio de gran importancia, precedente inmediato a los grandes Concilios que en Lima presidieron Loayza y Santo Toribio de Mogrovejo.

En seguida, contando ya Don Vasco con los sacerdotes que van saliendo del Colegio de San Nicolás, con la colaboración de los religiosos, agustinos sobre todo, y con los sacerdotes por él traídos de España, da un impulso nuevo a la fundación de pueblos-hospitales y nuevas parroquias.

Según informan las Relaciones geográficas de Michoacán, hacia 1580, hubo un gran número de hospitales fundados por el obispo Quiroga. Al parecer, «el mayor número de fundaciones efectuadas personalmente por el obispo correspondió a la parte oriental de la Diócesis, mientras que en la occidental muchos de los hospitales debieron su existencia a los religiosos que atendían espiritualmente los pueblos. En el distrito de Ajuchitlán hubo sendos hospitales en cada una de sus cuatro cabeceras, y catorce en los aledaños, todos fundados por Quiroga. A él se le atribuyen también los de Chilchota, Taimeo y Necotlán»... Los hospitales se multiplicaron tanto «que el obispo Juan de Medina afirmaba en 1582 que apenas había en la Diócesis una villa con veinte o treinta casas que no se gloriara de poseer su propio hospital. El número total de los existentes en la Diócesis lo calculaba en superior a doscientos» (Warren 38).

Al obispo Quiroga sus feligreses le llaman con toda razón Tata Vasco (tata, en tarasco, papá, padrecito). A los 93 años todavía asiste a la colocación de los fundamentos de nuevas construcciones. Y «una vez que una iglesia y un hospital han sido construidos en un cierto lugar [esto era lo más costoso], no hay mayor problema en inducir a la población indígena a que venga y construya sus casas en los alrededores, y así formar bien ordenadas y pacíficas comunidades cristianas» (Callens 119). Con todo esto, una buena parte de la actual geografía urbana de Michoacán debe su existencia al impulso de Don Vasco.

El obispo Quiroga tenía un extraordinario sentido práctico para promover en los indios su bien espiritual y material. En Michoacán, el cultivo de los plátanos y de otras semillas, la importación de especies animales, así como el aprendizaje de variadas artes y oficios, tienen en Tata Vasco su origen, reconocido por el agradecimiento. A él se debe también que cada pueblo tuviera una o algunas especialidades artesanales, y que en los mercados unos y otros pueblos hicieran trueque justo de sus productos.

Como refiere Alfonso Trueba, «ordenó que sólo en un pueblo se ocupasen de cortar madera (Capula); que sólo en otro (Cocupao, hoy Quiroga) estas maderas se labrasen y pintasen de un modo original y primoroso; que otro (Teremendo) se ocupase únicamente en curtir pieles; que en diversos lugares (Patamban y Tzintzuntzan) sólamente hicieran utensilios de barro; que otro se dedicara al cobre (Santa Clara del Cobre); y finalmente que otro se especializara en los trabajos de herrería (San Felipe de los Herreros). De esta manera consiguió que los hijos tomasen el oficio de los padres y que éstos les comunicasen los secretos de su arte. El plan de don Vasco se ha observado casi hasta nuestros días, y es argumento de la veneración en que se tiene la memoria del fundador» (Don Vasco, IUS, México 1958,39). Si visitando hoy aquellos preciosos pueblos, advertimos en las tejas de las casas el brillo de un barniz especial, y preguntamos a los paisanos de quién procede aquella técnica y estilo, nos dirán: «Del Tata Vasco».
«Información en derecho», y en amor

Al poco tiempo de su llegada a México como oidor, Vasco de Quiroga redactó una Información en derecho, dirigida probablemente a algún alto funcionario del Consejo de Indias. Llegaban a España por entonces «muchos informes, a veces contradictorios, provocando multitud de cédulas reales, a veces contradictorias» (P. Castañeda 42). Pues bien, frente a las informaciones torcidas, que habían dado lugar a una cédula real (20-2-1534) en la que se permitía que los indios fueran «herrados y vendidos o comprados», y que era así « revocatoria de aquella [otra del 5-11-1529] santa y bendita», escribe Quiroga una información en derecho, es decir, verdadera (ed. P. Castañeda; +V. de Q. y Obispado de Michoacán 27-51; Xirau 143-154).

Es éste un documento en el que se refleja muy bien el amor de Vasco de Quiroga a los indios, un alto sentido de la justicia, de la pacificación y de la evangelización de las Indias, al mismo tiempo que un sano utopismo cristiano, por el que desea con toda esperanza para el Nuevo Mundo una renovación de la edad dorada y de la Iglesia primitiva de los apóstoles.

«Creo cierto que aquesta gente de toda esta tierra y Nuevo Mundo, que cuasi toda es de una calidad, muy mansa y humilde, tímida y obediente, naturalmente más convendría que se atrajesen y cazasen con cebo de buena doctrina y cristiana conversación, que no que se espantasen con temores de guerra y espantos de ella». Son los primeros años de la conquista en México, y los siniestros años de la primera Audiencia han dejado una horrible huella. «Esto digo porque al cabo por estas inadvertencias y malicias y inhumanidades, esto de esta tierra temo se ha de acabar todo, que no nos ha de quedar sino el cargo que no lleve descargo ni restitución ante Dios, si El no lo remedia, y la lástima de haberse asolado una tierra y nuevo mundo tal como éste. Y si la verdad se ha de decir, necesario es que así se diga, que... disimular lo malo y callar la verdad, yo no sé si es de prudentes y discretos, pero cierto sé que no es de mi condición, mientras a hablar me obligare mi cargo».

Todo se puede conseguir con los indios «yendo a ellos como vino Cristo a nosotros, haciéndoles bienes y no males, piedades y no crueldades, predicándoles, sanándoles y curando los enfermos, y en fin, las otras obras de misericordia y de la bondad y piedad cristianas..., porque de ver esta bondad se admirasen, y admirándose creyesen, y creyendo se convirtiesen y edificasen, et glorificent Patrem nostrum qui in coelis est [Mt 5,16]». Es justamente lo que en Michoacán hizo don Vasco, en lugar de los crímenes de Guzmán.

«En esta edad dorada de este Nuevo Mundo»... Don Vasco de Quiroga, como muchos otros misioneros, como los franciscanos, concretamente, veía la acción de Cristo en las Indias con una altísima esperanza, pues confiaba que se realizara «en esta primitiva nueva y renaciente Iglesia de este Nuevo Mundo, una sombra y dibujo de aquella primitiva Iglesia del tiempo de los santos apóstoles, porque yo no veo en ello ni en su manera de ellos [los indios] cosa alguna que de su parte lo estorbe ni resista, si de nuestra parte no se impide, porque... aquestos naturales vémoslos todos naturalmente inclinados a todas estas cosas que son fundamento de nuestra fe y religión cristiana, que son humildad, paciencia y obediencia, y descuido y menosprecio de estas pompas, faustos de nuestro mundo y de otras pasiones del ánima, y tan despojados de todo ello, que parece que no les falta sino la fe, y saber las cosas de la instrucción cristiana para ser perfectos y verdaderos cristianos». En efecto, estos indios están «casi en todo en aquella buena simplicidad, obediencia y humildad y contentamiento de aquellos hombres de oro del siglo dorado de la primera edad, siendo como son por otra parte de tan ricos ingenios y pronta voluntad, y docilísimos y hechos de cera para cuanto de ellos se quiera hacer».

Por otra parte, el optimismo casi milenarista de Vasco de Quiroga no le lleva a sueños paganos de una Arcadia renacentista, ni incurre tampoco en esas ingenuidades rousseaunianas que tantos estragos han causado a la humanidad con sus esperanzas naturalistas. El piensa, en cristiano, que «aunque es verdad que sin la gracia y clemencia divina no se puede hacer, ni edificar edificio que algo valga, pero mucho y no poco aprovecha cuando éste cae y dora sobre buenos propios naturales que conforman con el edificio». Así pues, ya que tantas cosas buenas hay en los indios, «trabajemos mucho [para] conservarnos en ellas y convertirlo todo en mejor con la doctrina cristiana, restauradora de aquella santa inocencia que perdimos todos en Adán, quitándoles lo malo y guardándoles lo bueno».

Es ésta una convicción fundamental. Los cristianos han de obrar con los indios «convirtiéndoles todo lo bueno que tuviesen en mejor, y no quitándoles lo bueno que tengan suyo, que nosotros deberíamos tener como cristianos, que es mucha humildad y poca codicia; y [no] poniéndoles lo nuestro malo, en que hacemos más daño en esta nueva Iglesia con ejemplos malos que les damos, que por ventura hacían en la primitiva Iglesia los infieles con crueldades y martirios, porque aquéllos eran infieles, y no era maravilla, y nosotros somos cristianos».

En fin, «si todo esto es así según y como dicho es se entiende, pienso con la ayuda de Dios que no se hará poco en lo que toca el bien común de toda la república de este Nuevo Mundo... [y que cuanto se haga servirá] al servicio de Dios Nuestro Señor y al de su Majestad, y a la utilidad de conquistadores y pobladores, y al descargo de la conciencia de todos, y al sano entendimiento de un tan grande y tan intrincado negocio como éste, que no sé yo si otro de más importancia hay hoy en todo el mundo, aunque no dejo de conocer también que nada de esto ha de ser creído si no fuese primero experimentado y visto».

Al extractar la prosa de Vasco de Quiroga la hemos aliviado de sus interminables redundancias, propias del estilo preciso y pesado de los textos jurídicos. El mismo es consciente de su estilo desmañado, que hace de sus escritos una «ensalada mal guisada y sin sal». Sin embargo, en los textos de don Vasco surge en ocasiones el destello de expresiones felices, como no podría ser menos habiendo nacido aquéllos de una mente lúcida y de un corazón apasionado.
Reglas y ordenanzas de los pueblos-hospitales

El pensamiento concreto de Vasco de Quiroga sobre los pueblos de indios por él fundados se expresa en las Reglas y Ordenanzas para el gobierno de los hospitales de Santa Fe de México y Michoacán, dispuestas por su fundador, el Rvmo. y venerable Sr. D. Vasco de Quiroga, Obispo de Michoacán (AV, V. de Q. y Obispado de Michoacán 153-171; +Xirau, Idea 125-137). En pocas páginas, da el obispo Quiroga normas de vida comunitaria al mismo tiempo altas y practicables, en las que se funden hábilmente ideales utópicos cristianos y costumbres indígenas y españolas. La sabiduría de estas disposiciones se ha visto probada por su larga vigencia histórica.

En cada pueblo hay indios que viven en el mismo caserío, y otros que habitan en el campo; pero la organización es semejante en unos y otros. Cada grupo familiar, «abuelos, padres, hijos, nietos y bisnietos», se sujetan a la autoridad patriarcal de «el más antiguo abuelo», y pueden llegar a ser «hasta ocho o diez o doce casados» que conviven en un gran edificio; pasando de ahí, habrán de construir otra casa y grupo familiar. Se forma así como un gran árbol, en el que la autoridad va de la raíz hacia las ramas, y así también, en dirección inversa, va la obediencia y el servicio, de modo que «se pueda excusar mucho de criados y criadas y otros servidores».

Bajo la alta dirección de un Rector, único español y eclesiástico del poblado, gobierna un Principal, que es elegido para tres o seis años por todos los padres de familia de «la República del Hospital», haciendo la elección muy en conciencia y «dicha y oída primero la misa del Espíritu Santo». Con éste Principal, «elijan tres o cuatro Regidores, y que éste se elijan cada año, de manera que ande la rueda por todos los casados hábiles». Si hay conflictos y quejas, «entre vosotros mismos, con el Rector y Regidores, lo averiguaréis llana y amigablemente, y todos digan verdad y nadie la niegue, porque no hay necesidad de ser ir a quejar al juez a otra parte, donde paguéis derechos, y después os echen a la cárcel. Y esto hagáis aunque cada uno sea perdidoso; que vale más así, con paz y concordia, perder, que ganar pleiteando y aborreciendo al prójimo, y procurando venderle y dañarle, pues habéis de ser en este Hospital todos hermanos en Jesucristo» (+1Cor 6,1-8).

Mientras los indios viven como miembros del pueblo, gozan del usufructo de las huertas y tierras, que son de propiedad comunal. Y toda «cosa que sea raíz, así del dicho Hospital como de los dichos huertos y familias, no pueda ser enajenada, sino que siempre se quede perpetuamente inajenable en el dicho Hospital y Colegio de Santa Fe, para la conservación, mantención y concierto de él y de su hospitalidad». Los trabajos han de ser realizados por todos, «con toda buena voluntad y ofreciéndoos a ello, pues tan fácil y moderado es y ha de ser».

En efecto, normalmente serán suficientes «las seis horas del trabajo en común», que debe repartirse entre todos. Y lo así ganado, «se reparta entre vosotros todos cómoda y honestamente, según que cada uno, según su calidad y necesidad, lo haya menester para sí y para su familia; de manera que ninguno padezca en el Hospital necesidad. Cumplido todo estos, y las otras cosas y costas del Hospital, lo que sobrare de ello se emplee en otras obras pías y remedio de necesitados», y así, acordándose de los indios pobres, vivan «en este Hospital y Colegio con toda quietud y sosiego, y sin mucho trabajo y muy moderado, y con mucho servicio de Dios Nuestro Señor».

Los muchachos cásense «de catorce años para arriba, y ellas de doce,... y si posible es, con la voluntad de los padres». Mientras que los oficios y artes serán particulares, «ha de ser este oficio de la agricultura común a todos», y los niños han de ejercitarse en él desde la escuela, de modo que «después de las horas de la doctrina, se ejerciten dos días de la semana, sacándolos su maestro al campo, en alguna tierra señalada para ello, y esto a manera de regocijo, juego y pasatiempo, una hora o dos cada día, que se menoscabe aquellos días de las horas de la doctrina, pues esto también es doctrina y moral de buenas costumbres». Busca ante todo Don Vasco una vida sencilla, sin pleitos ni gastos evitables, sin actividades ni trabajos innecesarios. Y así, por ejemplo, «los vestidos sean, como al presente los usáis, de algodón y lana, blancos, limpios y honestos, sin pinturas, sin otras labores costosas y demasiadamente curiosas. Y de éstos, dos pares de ellos, unos con que pareceréis en público en la plaza y en la iglesia, los días festivos; y otros no tales, para el día de trabajo; y en cada familia los sepáis hacer, como al presente lo hacéis, sin ser menester otra costa de sastres y oficiales; y si posible es, os conforméis todos en el vestir de una manera lo más que podáis, porque sea causa de más conformidad entre vosotros, y así cese la envidia y soberbia de querer andar vestidos y aventajados los unos más y mejor que los otros»...

En fin, «la fiesta de la Exaltación de la Cruz tengáis en gran y especial veneración, por lo que representa, y porque entonces, sin advertirse antes en ello, ni haberlo pensado, fue Nuestro Señor servido que se alzasen en cada uno de los Hospitales de Santa Fe, en diversos años, las primeras cruces altas que allí se alzaron, forte [por fortuna] no sin misterio, porque, como después de así alzadas se advirtió en ello, creció más el deseo de perseverar en la dicha obra y hospitalidad y limosna».
Muerte pacífica

Ya al final de su vida, Tata Vasco se había hecho familiar en todos los pueblos y casas, en parroquias y mercados, y en cualquier lugar estaba como en su casa: todos, indios y españoles, conocían y querían a aquel anciano obispo, a quien principalmente se debía la fisonomía del Michoacán renovado.

Un día de enero de 1565, llega un día Tata Vasco a la encantadora población de Uruapan, uno de los más bellos lugares de Michoacán -que ya es decir-. Él mismo había trazado el plano de sus calles y canalizaciones de agua, y había construido allí iglesia, hospital y escuela. A su iniciativa se debía también la especialización del pueblo en trabajos de esmaltes y lacas. A él acuden aquel día sus diocesanos para besarle la mano y pedirle su bendición.

Pero el buen viejito de 95 años, que ya lleva veintisiete años de obispo, se siente desfallecer. Lo llevan al Hospital del Santo Sepulcro, donde queda recluido, y allí, en una tarde de marzo, entrega su alma al Creador. Entre llantos y oraciones, llevan su cuerpo en cortejo fúnebre a la Catedral de Páztcuaro, donde yace este gran renovador cristiano del mundo presente, a la espera de Cristo, el Señor, que cuando venga establecerá «un cielo nuevo y una nueva tierra» (Ap 21,1; +2Pe 3,13). Hacemos nuestras, para terminar, las palabras del mexicano Nemesio Rodríguez

Lois sobre Don Vasco de Quiroga: «Es él una figura excepcional, única, cuya vida hay que leer de rodillas y con el sombrero en la mano»




Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566)

Nació en Sevilla el año 1484. Estudio en Salamanca y recién graduado de abogado, vino a América junto con su padre, llegando el 15 de abril de 1502 a La Española. Venía, como la mayoría, motivado por el espíritu aventurero y el ansia de riqueza. Durante 8 años tomó parte en la guerra contra los indios y los empleó para explotar la tierra. Fue encomendero, pues.

Después de un corto regreso a Europa, como tenía ya los estudios necesarios, se le concedió ser ordenado sacerdote (diocesano), el primero en el Nuevo Mundo (1507). En 1510 llegan los primeros dominicos, liderados por fr. Pedro de Córdoba. Bartolomé hizo algún tiempo de intérprete para su predicación a los indios. Fr. Antonio de Montesinos predica el famoso sermón del 1er. domingo de Adviento, en el que pregunta: "Y éstos no son personas...?", lo cual le impacta tremendamente, aunque no estaba de acuerdo con su doctrina.

Pasó a Cuba como capellán del ejército y recibió nuevos indios y tierras, a los que trató siempre con bondad, pero vio que los demás no eran así, sino que los hombres perecían en las minas, las mujeres eran abusadas, ancianos y niños morían de hambre y familias enteras se suicidaban para escapar a la brutal explotación.

En Pentecostés de 1514 renunció públicamente a sus encomiendas y empezó a predicar contra todo aquel sistema.

Fue con Montesinos a Sevilla en 1516; ambos iban a "amonestar al rey" de que la conquista y la esclavitud estaban acabando con los naturales, por lo que solicitaban reformas profundas. Muerto el rey Fernando, presenta sus memoriales "Abusos"y "Remedios" al Cardenal Cisneros, pidiendo que los indígenas vivan en pueblos con tierras comunes, organizados por un administrador, pagando tributos a la corona. Fue nombrado "Protector de los indios".

En 1517 presenta al nuevo rey Carlos I un proyecto para repoblar el continente con labradores en lugar de soldados. Salió con muchos campesinos hacia Venezuela, pero casi todos le abandonaron para dedicarse a la lucrativa trata de esclavos. Unos indios se levantaron y mataron a algunos frailes y oficiales. Tuvo que renunciar a su plan de colonización pacífica. Su proyecto de "comunidades", años después se transformó en el "corregimiento" o pueblo libre bajo la corona.

Frustrado en sus planes, en 1522 ingresó a la Orden Dominicana en Santo Domingo, capital de La Española. Por seis años estudió ampliamente -en Vega Real- teología, patrística y sagrada escritura, y luego fue nombrado prior en Puerto Plata. Desde allí escribe cartas apasionadas al Consejo de Indias, denunciando la trata mortífera a los naturales. Esto da lugar a una ley en 1530 prohibiendo la esclavitud de los indios. Sus sermones pidiendo buen trato e incluso la libertad de los indios, fueron considerados 'escandalosos' por muchos españoles, así como sus consejos en el confesionario, y se quejaron a las autoridades, por lo cual la Audiencia le prohibió predicar por dos años. Entonces fue juntando material para su vasta "Historia general de las Indias".

Junto con otro fraile fue a visitar en su campamento a Enriquillo, un indio guerrillero, y le convencieron de que abandonase su posición. Así demostró que con amor se podía atraer a cualquiera a la fe cristiana. A raíz de esta experiencia compuso su primer gran tratado: "El único modo de atraer a todas las gentes a la verdadera fe". En él expone que los naturales eran seres racionales y muy capaces. Y que la conquista a fuego y espada era un método equivocado. La conversión debía ser fruto de la prédica y del buen ejemplo, con respeto a los derechos de los nativos, sobre todo su libertad y su propiedad.

En 1531 escribe un largo "Memorial para el Consejo de Indias" y se fue secretamente a España, regresando con una ley favorable a los nativos; luego salió a presentarla en México y después en Perú. Las Casas pide luego que le dejen repetir la experiencia pacificadora en Tezulutlán (tierra de guerra), Guatemala, y con los padres Cáncer y Angulo se internó en la zona, obteniendo su conversión en apenas dos años, en base a exponer en su lengua las verdades de la fe con versos, música y canto; no se derramó ni una gota de sangre. Aquella zona es llamada desde entonces Verapaz.

A fines de 1539 vuelve a España para buscar más misioneros y sigue cabildeando a favor de los indígenas. De modo que en 1542 una Junta Magna en Valladolid publica las famosas Leyes Nuevas de Indias, inspiradas en su pensamiento, que no gustaron a las autoridades del Nuevo Mundo, que hicieron todo lo posible por no cumplirlas y desacreditar a su inspirador. Por este tiempo acabó de escribir su "Brevísima relación de la destrucción de las Indias". Como en todas sus obras, demuestra una gran erudición: manejo de autoridades clásicas, así como un conocimiento detallado -por lo que él vio o por lo que le contaron de primera mano-, que respalda sus afirmaciones (a pesar de lo cual fue tachado de exagerado, porque las cifras y datos son verdaderamente escalofriantes).

Su pensamiento de avanzada llega a afirmar que es preferible que los indígenas anden desnudos y adoren a sus dioses, e incluso tengan sus sacrificios humanos de buena fe, antes que hacerles la guerra cruelmente y despojarles de sus tierras, de sus valores y de su dignidad, lo cual demuestra un pensamiento más atrasado, sustentado en la fuerza bruta. Admira las grandes ciudades, el orden político y social de las sociedades americanas, el carácter agradable y pacífico de las gentes, frente a la brutalidad, el egoísmo y la mentira de los conquistadores. Por eso algunos en España le acusaron de antipatriota, en lugar de percatarse de dónde estaba la verdad.

Fue elegido para obispo de Cusco, en Perú, pero rehusó, diciendo que él sólo obraba por servir a Dios y a Su Majestad y no por buscar mercedes. Poco después fue obligado a que aceptase el nombramiento de obispo de Chiapas, siendo consagrado en 1544 en Sevilla. Llegó con 45 frailes dominicos y un equipo laico de 5 personas, el mayor contingente misionero jamás reunido hasta entonces. Quería hacer una diócesis modelo. Vivía pobremente, vestido con su hábito blanco, comiendo poco para no recargar sobre las gentes, etc. Y tuvo el consuelo de que ya otros frailes, como los franciscanos, aceptaban sus ideas liberadoras. Pero las personas 'importantes' le hacían la vida imposible, cegados por la ambición y la prepotencia, amenazando incluso con matarle, por lo cual renunció en 1547 (residió en Chiapas poco más de seis meses) y regresó a España, para entrevistarse con el príncipe Felipe. En ese intervalo estuvo consagrando obispo, en Gracias a Dios (Honduras) a Mons. Antonio Valdivieso OP, obispo de León (Nicaragua). Estuvo en Granada y en El Realejo, Nicaragua, donde intentó armar una expedición evangelizadora al Perú, que parece no llegó a su fin.

En 1550 tuvo grandes discusiones con el teólogo esclavista Sepúlveda; en esas discusiones siempre contó con la ayuda de sus hermanos dominicos, como Melchor Cano, etc. Siempre estaba escribiendo, retirado en algún convento, escribiendo cartas a numerosos personajes o presentando ponencias en alguna Junta real. Y era frecuentemente consultado en la Corte sobre cuestiones de América.

Murió santamente en 1566, en el convento de Atocha (Madrid), a los 82 años.

Discutido y calumniado por algunos, la posteridad le ha hecho justicia, viendo en él a un insigne evangelizador de los pobres (los indígenas) y a un incansable luchador por la justicia. En sus últimos tiempos lamentó amargamente el que durante un tiempo había aceptado la esclavitud de los negros, para reemplazar a los indígenas en los trabajos pesados, aunque luego se arrepintió y pensó siempre lo contrario: que la dignidad es igual para todos los seres humanos. Creyó, como siempre, que había fracasado, pero, como siempre también, su efecto fue positivamente incalculable. Es un ejemplo para todos, pues contó con armas poderosas: un vasto conocimiento de América, dominio del derecho y la teología, elocuencia abrumadora, pluma fácil y una fuerza de voluntad incansable. Durante su larga vida "fue sucesivamente sacerdote, fraile, obispo, obispo jubilado y estadista en la Corte. Defendió la causa de los indios ante cuatro soberanos españoles; influyó en las decisiones de tres papas; fue ayudado por oficiales, juristas, caciques nativos. Escribió miles de páginas, compareció ante incontables comisiones, redactó leyes protectoras, cruzó el Atlántico al menos diez veces. En total, Bartolomé de las Casas consumió 'cincuenta años mortales' dirigiendo quizás el mayor esfuerzo para los derechos civiles y la justicia racial en la historia de la humanidad" 


FRAY TORIBIO DE BENAVENTE, «MOTOLINÍA» (1491-1569)

El franciscano fray Toribio de Benavente, conocido también como «Motolinía» por su vida sencilla y pobre, nació en Benavente (Zamora, España) a finales del siglo XV, y murió en México, después de haber desarrollado una inmensa labor evangelizadora. Fue uno de «los doce apóstoles de México».

Su apellido era Paredes; adoptó el de su villa natal en la Orden franciscana y el apodo de Motolinía, «el pobre», con que es más conocido en Nueva España, al oírse llamar así por los indios. Ingresó en la Orden a los diecisiete años, y, amigo de fray Martín de Valencia, le llevó éste a Méjico como predicador y confesor en el grupo de doce frailes que, para implantar definitivamente el cristianismo en Nueva España, partieron en 1524, siendo recibidos con suma reverencia por Hernán Cortés para impresionar a los indios con ella en contraste con la humildad de su aspecto. Quedó Motolinía, al parecer, de guardián del convento de la capital, y durante la expedición de Cortés a Honduras, junto con fray Martín de Valencia, sufrió las persecuciones del factor [oficial recaudador] Gonzalo de Salazar, por su defensa de los indios.

De 1527 a 1529 estuvo en Guatemala para estudiar la fundación de las misiones, llegando hasta Nicaragua, y desarrolló una amplia acción evangelizadora. Vuelto al convento de Huejotzingo, de nuevo hubo de amparar a los indios contra los atropellos de Nuño de Guzmán, incitando a los caciques a quejarse a fray Juan de Zumárraga, primer obispo de Méjico, atrayéndose una acusación de intentar la independencia de Nueva España, en forma de Estado indígena dirigido por los misioneros bajo la soberanía del rey de España y con exclusión de los colonos españoles. El cargo era falso, pero aconsejó Motolinía el gobierno del país por infantes españoles. Pasó, en 1530, al convento de Tlaxcala y contribuyó activamente a la fundación de la ciudad de Puebla de los Angeles (1531). Desenvolvió luego su acción misionera en Tehuantepec, con el padre Valencia; en Guatemala de nuevo (1534), en Yucatán, con fray Jacobo de Testera, y por tercera vez en Guatemala (1543), para organizar la custodia de este país y de Yucatán.

Surgida la cuestión de las Nuevas Leyes, se colocó Motolinía enfrente de los dominicos y de Las Casas, pues no obstante su amor a los indios, no compartía el optimismo ni los puntos de vista en exceso idealistas de aquél, ateniéndose a las realidades creadas. El ayuntamiento y los colonos de Guatemala le pidieron que volviera y los defendiera contra Las Casas, cuando renunció en 1545, pero se negó, como también rehusó un obispado que le ofreció Carlos V. De 1548 a 1551 fue ministro provincial de su Orden. Se retiró de las labores misioneras, pero aún fundó varios conventos, de los que fue guardián; en 1555 escribió una célebre carta al emperador contra Las Casas en defensa de la Conquista, de los colonos y de la evangelización, y censurando sus inexactitudes y sus desaforados ataques a los españoles. Residió los últimos años de su vida en la capital, donde falleció en 1565, y no en 1569, como se ha supuesto.

Había consagrado toda su vida a los indios, a los que amó hondamente, los comprendió y defendió en el terreno de las realidades y de modo práctico, dejando fama de uno de los más celosos y piadosos misioneros de los primeros tiempos. Buen conocedor del idioma, costumbres y pasado indígena, le encomendó la Orden, en 1536, que escribiera el relato de las antigüedades mejicanas y la historia de la conversión, lo que efectuó Motolinía en los años siguientes; permaneció inédita la obra, conocida con el título convencional de Historia de los indios de la Nueva España, hasta que la publicó fragmentariamente lord Kingsborough, en 1848, y completa García Icazbalceta en la Colección de documentos para la Historia de México, en 1858. La precede una Epístola proemial al conde de Benavente, sobre la historia azteca. En lenguaje castizo y con mucho escrúpulo crítico refiere Motolinía simultáneamente la historia de la conversión y las costumbres y modo de vivir, ritos y cultura de los indios, por lo que su obra es una de las fuentes más importantes para el conocimiento de la etnografía y del estado de la civilización de Méjico en la época de la conquista, haciendo patente el espíritu curioso y observador del autor. Si defiende la Conquista no deja de censurar duramente los abusos de los colonos, y expresa admiración por la naturaleza mejicana. Escribió también varias cartas, además de las citadas; Guerra de los indios o Historia de la Conquista, perdida, pero muy utilizada por Cervantes de Salazar; los Memoriales, eslabón entre la anterior y su Historia (publ. por L. García Pimentel, en 1903), entre los que se incluye una explicación del calendario azteca; algunos tratados espirituales perdidos y una doctrina cristiana en lengua mejicana, asimismo perdida, pero que se supone ser la impresa por Zumárraga en 1539 (cf. la ed. de la Historia por fray Daniel Sánchez García, Barcelona, 1914, y la trad. inglesa y estudio por Francis Borgia Steck, O.F.M., Washington, 1941).


Ramón Esquerra, Toribio Motolinía, en AA. VV., Diccionario de Historia de España. Madrid, Revista de Occidente, 1952, Tomo II, pp. 572-573.

 

FRAY JUAN DE ZUMÁRRAGA (1468-1548)

Fray Juan de Zumárraga nació en Durango (Vizcaya, España) en 1475/76, y murió en Méjico en 1548. Primer obispo de Méjico. Ingresó en la Orden franciscana, y, siendo guardián del convento del Abrojo (Valladolid), conoció a Carlos I en 1527, quien, impresionado por su rigidez y caridad, le envió de inquisidor al país vasco para unos procesos de brujería, con fray Andrés de Olmos, que luego le acompañó a Méjico. Para atender a las crecientes necesidades religiosas de Nueva España se fundó el obispado de la capital (ya existía desde 1519, en teoría, el de Santa María de los Remedios de Yucatán, establecido en 1526 en Tlaxcala y después en la Puebla de los Angeles). Presentó Carlos I para el nuevo obispado a Zumárraga (diciembre 1527), quien aceptó tras resistirlo; siendo también nombrado protector de los indios. Sin consagrarse partió a su sede, adonde llegó a fines de 1528. Cortés estaba entonces en España. Llegó con la primera Audiencia, presidida por Nuño de Guzmán, cuyo régimen fue el colmo del desorden, la tiranía, abusos de todo género, concusiones, robos y crímenes.

Los primeros tiempos de la prelacía de Zumárraga fueron amargos para él y duros de sobrellevar, pues estuvo en conflicto casi permanente con los tiranuelos de la Audiencia, que contaban con la autoridad legal, la fuerza y el apoyo de los dominios, en tanto que Zumárraga, aunque apoyado por su Orden, no era más que obispo electo, y la vaguedad de su cargo de protector le impedía actuar con eficacia en favor de los oprimidos indios. Abundaron los incidentes, por la violencia de los oidores y la resistencia de Zumárraga, que, sin embargo, procuró no extremar la severidad. En 1529, burlando la vigilancia de la Audiencia, logró enviar a España una dura requisitoria.

Ante la noticia del regreso de Cortés, triunfante en la corte, de quien eran enemigos acérrimos los oidores, se ausentó Guzmán a Nueva Galicia; pero los otros continuaron sus abusos hasta la llegada de la segunda Audiencia (1531), presidida por Sebastián Ramírez de Fuenleal, que había de ser totalmente contraria a la primera, por su virtud y rectitud. En 1530 había tenido Zumárraga un choque más fuerte con la primera, a consecuencia del cual puso en entredicho a Méjico y excomulgó a los oidores, que no se sometieron, sin embargo. En 1532 una junta de autoridades superiores convocada por Fuenleal, a que asistió Zumárraga, acordó poner en vigor las medidas favorables a los indios y las relativas a su conversión. Zumárraga por su tenaz celo frente a la primera Audiencia, sufrió, no obstante, una reprensión del Gobierno español, que sufrió humildemente, disponiéndose que obedeciera a la Audiencia y no suscitara conflictos, y recibió orden de comparecer en la Península, donde el ex oidor Delgadillo intentó acusarle. Su tarea había sido muy difícil: establecer una nueva Iglesia a base de dos razas distintas en todo; proteger y convertir a la una y contener a la otra; evitar la rivalidad entre las órdenes religiosas; formar un clero secular y no tropezar con el poder civil, lo que no pudo conseguir y no por culpa suya, dimanando su actitud y persecuciones de su celo y del afán de proteger a los indios, y de poner un freno a los abusos, con lo que evitó rebeliones de aquéllos o de los españoles.

Bulas de 1530 erigieron canónicamente el obispado y Zumárraga se consagró en Valladolid (1533). Publicó una exhortación para que acudieran misioneros a Méjico y pidió al Consejo el envío de religiosos, sin conseguir ninguno; en cambio, llevó a su regreso (1534), en tres buques, familias de artesanos y maestras para las niñas indias. Consiguió la confirmación de la cédula de 1530 que prohibía terminantemente toda esclavitud de los indios y medidas para la moderación de sus tributos. Siendo inútil el cargo de protector, por la rectitud de la segunda Audiencia y carencia de contenido definido, se suprimió, pasando a ésta (1534).

En adelante, en paz con el poder civil, se consagró Zumárraga íntegramente a su labor apostólica, paralela a la gubernamental efectuada por el primer virrey Antonio de Mendoza (1535-1550). La validez de los bautismos colectivos, que realizaban los frailes, fue reconocida por el papa Paulo III en 1537, pero ordenando que, en lo sucesivo, se guardasen todas las ceremonias, lo que fue regulado en una junta de prelados de 1539 (ya existían, además, los de Oajaca, Michoacán y Guatemala), con medidas restrictivas, que ocasionaron descontento en los franciscanos, partidarios de facilitar el bautismo, y el padre Motolinía prescindió de trabas; también reguló la junta la cuestión de los matrimonios indios, al suprimirse la poligamia, resolviendo el Papa que, en general, fuera conservada la primera mujer. Problema que nunca pudo resolver Zumárraga fue el de la creación del clero secular, pues tenía que apoyarse necesariamente en las órdenes religiosas, dotadas de un celo excepcional para la conversión, pero muy exentas de su autoridad por los enormes privilegios que les había concedido Adriano VI en la bula llamada Omnimoda (1521), confirmada por Paulo III (1535), que les traspasaba casi íntegra la autoridad apostólica para facilitar la labor evangélica, privilegios e independencia a que no querían renunciar. En 1537 se había verificado otra junta, de la que salió una carta a Carlos V, en que le pedían ayuda para reducir a los indios a vivir en pueblos y evitar su dispersión; el envío de clérigos virtuosos y de frailes, pero disminuyendo sus privilegios; mayor autoridad episcopal; construcción de la catedral; fomento de la colonización blanca, y enseñanza de artes y oficios a los indios, peticiones que atendió Carlos en su mayoría. En la junta de 1539 se acordó permitir la colación de órdenes menores a indios aventajados, pero siguió por entonces su rigurosa exclusión del sacerdocio y aún del monacato. La Iglesia mejicana era pobre, y de los diezmos estaban exentos los indios, apoyados en esto por los frailes; Zumárraga se esforzó en extenderlos discretamente.

En 1535 fue nombrado inquisidor con plenas facultades, pero no llegó a organizar entonces el tribunal ni a usar de tal jurisdicción, aunque actuó contra Carlos Ometochtzin, señor de Texcoco, por idolatría y, al parecer, sacrificios humanos, procesándole y haciéndole quemar, pero fue reprendido por el inquisidor general, por ser los indios nuevos en la fe. Se ha acusado a Zumárraga de vandalismo y de haber hecho destruir los monumentos y documentos de la antigua cultura mejicana, en especial los archivos reales de Texcoco, y esta mala fama pesa sobre él, a partir del padre Torquemada (1615), y el historiador indio Ixtlilxochitl (siglo XVII), enconada por autores modernos que le atribuyen gigantescos autos de fe de bibliotecas aztecas; le ha vindicado J. García Icazbalceta (Biografía de D. Fr. Juan de Zumárraga, primer Obispo y Arzobispo de Méjico, Méjico, 1881; Madrid, 1929), demostrando que los archivos de Texcoco fueron destruidos por los tlaxcaltecas al tomar con Cortés la ciudad, en 1520; que la destrucción de templos e ídolos fue llevada siempre con empeño por los religiosos y conquistadores e impulsada por orden de Carlos V (1538), para acabar con la idolatría, en lo que participó, más o menos, Zumárraga, movido por su celo, y que no hay pruebas de un sistemático vandalismo en él contra los manuscritos, muchos ya víctimas de lo dicho y de las guerras.

En 1544, con hostil ambiente, llegó el visitador e inquisidor Francisco Tello de Sandoval, para poner en ejecución las Nuevas Leyes de 1542, que suprimían las encomiendas hereditarias y se anulaban en lo sucesivo y se quitaban a las corporaciones, funcionarios y a otros muchos. El descontento entre los pobladores españoles fue enorme, y, asesorado por Mendoza y Zumárraga, acordó Sandoval suspenderlas en parte, en tanto se hacían gestiones en la corte; ante los inconvenientes que se oponían a la plena libertad de los indios, accedió Carlos V, en 1546, a que fueran hereditarias las encomiendas y a que se hiciera un repartimiento general, no llevado a cabo por órdenes reservadas. Convocó Sandoval otra junta de prelados, jefes de órdenes y varones piadosos (1546), a la que asistió Las Casas, a la sazón obispo de Chiapa, quien impuso su parecer de reconocer a los reyes y señores indígenas su pleno derecho a su soberanía, aunque fueran paganos, la injusticia de toda guerra hecha a los indios, la evangelización como única justificación de los reyes españoles para la acción americana, pero sin derecho a conquista y con todas las obligaciones inherentes a la conversión; hubo de tolerar el virrey otra junta privada de Las Casas, sin los obispos, en que condenó la esclavitud y el servicio personal de los indios. Las conclusiones fueron teóricas e ineficaces, pues equivalían a condenar la conquista, a anular la colonización española y a exponer un ideal de reinos indígenas independientes regidos por los misioneros. Lo único eficaz fue el encargo hecho a Zumárraga de la redacción de un catecismo para los indios, al que se dedicó activamente, a pesar de su edad.

En 1546, Paulo III elevó a metropolitana la sede de Méjico y nombró a Zumárraga por su primer arzobispo (8 de julio de 1548), bula que no le llegó ya, aunque la humildad le había hecho vacilar en aceptar el nuevo cargo, pues murió el 3 de junio de 1548. El primer prelado de Méjico fue un pastor ejemplar por su celo, su ardiente amor a los indios, sus esfuerzos por la propagación de la fe entre ellos, su caridad, manifestada durante la terrible epidemia de 1545, su afán por el bienestar del país, el aumento de la inmigración, la introducción de nuevos cultivos, la difusión de la seda y la traída de artesanos, habiendo demostrado superiores dotes de estadista, a pesar de su formación claustral. Es una de las figuras más eminentes de la historia mejicana. Fundó un hospital para enfermedades contagiosas, y el célebre colegio de Santa Cruz de Tlatelolco (1536) para niños indios dotados, donde hubo un magnífico elenco de profesores -franciscanos-, y que dio, durante algún tiempo, excelentes resultados, demostrativos de la capacidad de los indios para adquirir la cultura europea y clásica, contra los enemigos de que se les educara; por desgracia, luego decayó el interés, y reducido a simple escuela, languideció hasta fines del siglo XVIII.

Por iniciativa suya se introdujo la imprenta, trayendo al impresor Juan Cromberger, que se estrenó en 1539 con la Breve y más compendiosa doctrina christiana en lengua mexicana y castellana. En 1544 publicó Zumárraga como suya la Doctrina breve, muy provechosa de las cosas que pertenecen a la fe católica..., que luego fue prohibida temporalmente, porque, no obstante su ortodoxia, era, en realidad, una plagio de la Summa de doctrina christiana del protestante Constantino Ponce de la Fuente, no conocido entonces todavía por tal. Publicó otra Doctrina cristiana (1545), Regla christiana (1547), e hizo publicar catecismos en nahua para los indios (cf. P. Mariano Cuevas, Historia de la Iglesia en México, I, México, 1921, y Robert Ricard, La "Conquête Spirituelle" de Mexique, París, 1933).
 
Ramón Esquerra, Fray Juan de Zumárraga, en AA. VV., Diccionario de Historia de España. Madrid, Revista de Occidente, 1952, Tomo II, pp. 1486-1488

Los origenes de Mesoamérica

En el mundo se conocen solo seis lugares donde se origino la civilización. En Egipto, Mesopotamia, China e India, donde las ciudades crecieron a la orilla de los grandes ríos; en Mesoamérica y los Andes, se fundaron en las regiones montañosas. Mesoamérica se extendía desde Sinaloa y Zacatecas, en México, hasta Centroamérica. En un área compleja y montañosa donde se dan los climas y paisajes, de modo que la variedad de recursos es enorme. Además los valles son tierras fértiles y agua abundante son numerosos y dieron sustento a una gran cantidad de personas.

Las diferentes regiones de Mesoamérica intercambiaban sus productos típicos; así, el contacto entre las diversas facilitó la difusión de ideas y los descubrimientos. Como resultado de lo anterior, todos los pueblos de Mesoamérica compartieron creencias y costumbres parecidas acerca de la religión, la política y la organización social. Durante milenios el hombre americano tuvo que sortear grandes dificultades para alcanzar la civilización. Cuarenta Mil años atrás en la edad Glacial, el hombre cruzo el estrecho de Bering y colonizó el continente americano. La retirada de las glaciaciones dio origen a un nuevo clima con una estación lluviosa y otra de sequía, por lo que los grupos humanos tuvieron que adaptarse: basaron su alimentación en frutos, hierbas y semillas, seleccionaron las plantas más productivas y finalmente lograron domesticarlas. Para sobrevivir, el hombre construyó sus casa cerca de los plantíos; así surgieron las primeras aldeas, donde se desarrollo la alfarería, el comercio, la vida en comunidad, la política y la religión.



Las primeras civilizaciones de México

La historia del México prehispánico en tres grandes épocas el preclásico, el clásico y posclásico. El periodo preclásico o formativo duro desde 1600 a.C. hasta los inicios de nuestra era; en ese tiempo, la geste que vivía en aldeas y pueblos comenzó a construir los primeros templos para adorar a los dioses. El periodo clásico (del año 0 al 900 d.C.) fue la época de las primeras ciudades, durante el cual aparecieron la escritura jeróglifica, los mercados, los palacios, los ejércitos y la administración pública; entonces florecieron la religión y las artes en todo Mesoamérica. Tikal y Copán, Palenque, Calakmul y muchas otras ciudades surgieron en medio de las selvas mayas en sus monumentos quedó plasmada la historia de sus gobernantes:

su nacimineto, su ascenso al trono, sus matrimonios y sus hazañas guerreras. en le centro de México la gran metópoli de Teotihuacan dominó sin rivales. Sacerdotes, guerreros, artesanos y comerciantes fueron la base de su poder. En el Golfo de México, en sitios como El Tajín, Remojadas y otros, se desarrollo una cultura particulas conocida por sus caritas de barro sonrientes y por las extrañas esculturas que representaban yugos, palmas y hachas. En Oaxaca; Monte Albán fue el sitio más poderoso de la religión; sus conquistas se extendieron por todo el estado y llegó a tener colonias de artesanos en la misma ciudad de Teotihuacan. Entre los años 700 y 900 d.C., el Mundo clásico se derrumbó: Teotihuacan fue abandonada y las ciudades mayas tragadas por la selva. los sobrevivientes de las antiguas ciudades se reorganizaron, crearon nuevos reinos y conquistaron nuevos imperios. Esta nueva época de esplendor, conocida como la época posclásica, fue interrumpida por la llegada de los españoles.



La época de los imperios

Nadie sabe con seguridad cuales fueron las causas que motivaron la caida de Teotihuacan o el colapso de las antiguas ciudades mayas, pero el hecho es que después de 900 d.C. el mundo mesoamericano comenzó a reorganizarse bajo nuevas reglas. Fue una época de inestabilidad general; surgían pequeñas ciudades que se volvían poderosas por algun tiempo, luego desaparecían al ser conquistada por nuevos reinos. Las nuevas poblaciones se ubicaron entonces en lugares de fácil defensa, contruyeron fosos y murallas alrededor de sus casas y templos, y en lo alto de las montañas levantaron fortalezas. Desde Yucatán hasta Sinaloa aparecieron imágenes de guerreros relacionadas al culto de Quetzalcóatl-Kukulkán;

procesiones de soldados y batallas adornando los palacios de Tula, Chichen Itzá y Cacaxtla, y las representaciones de sascrificios humanos se volvieron más comunes. Una nueva ideología se difundío por todas partes. De acuerdo con ella, la guerra y el sacrificio eran necesarios para mantener el sol en si lucha diaria contra las fuerzas de la oscuridad y la noche, mientras que los caballeros águila y los caballeros tigre luchaban sin tregua para asegurar el movimiento de los astros. En estos tiempos difíciles, se formaron los imperios que después dominarían grna parte de Mesoamérica, el tolteca, el tarasco y el azteca; en sus orgullosas capitales prosperaron las artes -como la orfebrería y la pintura de códices- y se establecieron escuelas dónde enseñaban historia, religión, artes guerreras, canto y administración pública. Mientras los pueblos conquistados trabajaban la tierra y pagaban tributos para mantener el esplendor de las nuevas metrópolis.



Los pueblos indígenas a la llegada de los españoles

Cuando los conquistadores entreraon en la antigua Tenochtitlán, quedaron tan asombrados que creyeron estar viendo visiones. en medio de una laguna se había construido una ciudad mayorr que cualquier otra contemporánea de Europa, enormes templos se levantaban sobre el agua como un gran espajismo. Moctezuma, el gobernante mexica, tenía millones de subditos a sus ordenes y de sus vastos dominios llegaban los productos más variados al gran Mercado de Tlatelolco, quizá el mas grande del mundo de su época. Templos, canales, calzadas, palacios y jardines embellecían la capital azteca.

En el territorio de Mesoamérica vivían muchos pueblos con lenguas y costumbres distintas: mayas, zapotecos, mixtecos, huastecos, totonacos, tlaxcaltecas, chiapas, etc., organizados en cientos de pequeños reinos que comprendían apenas una ciudad capital y algunas ciudades menores. Los pueblos indígenas crearon una civilización oriiginal que logró grandes avances en la medicina, las matématicas, la ingeniería, las artes y la astronomía. Detras de la riqueza y el esplendor, estaban las guerras constantes, los sacrificios de prisioneros, y el odio latente de los pueblos sojuzgados que conquistados y sometidos por los grandes imperios guerreros, ansiaban sacudirse el yugo que se les había impuesto. También los señorios independientes sufrían el constnate acoso de los ejercitos aztecas. A la llegada de los españoles varios reinos indígenas tenían en mente la misma idea que los conquistadores: vencer a Tenochtitlán, su principal enemigo. 


 

sábado, 3 de julio de 2010

Hernán Cortés

Hernán Cortés fue hijo único de un noble sin título, llamado Martín Cortés y de Catalina Pizarro Altamirano. Además, fue primo segundo de Francisco Pizarro, quien posteriormente conquistó el Imperio Inca.

A los 14 años, su padre lo envió a estudiar leyes a Salamanca, ciudad que abandonó dos años más tarde, movido por su afán de aventuras.Tras varios intentos fallidos de embarcar para las Indias o de participar en las campañas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia, en la primavera de 1504 zarpó hacia la isla de La Española, donde se instaló como plantador y funcionario colonial.

Cortés participó en la expedición de conquista de Cuba, dirigida por el gobernador Diego de Velázquez, de quien recibió tierras y esclavos en la isla, y llegó a ser nombrado alcalde de Santiago de Cuba, aunque después fue encarcelado por el gobernador, acusado de conspirar en su contra.

Tras ser liberado, se casó con la cuñada del propio Diego Velázquez, Catalina Suárez Marcaida, y partió hacia las costas de Yucatán.

El primer contacto con las civilizaciones mesoamericanas lo tuvo en la isla de Cozumel, un importante puerto naviero y centro religioso maya, e inmediatamente después de presentarse con el gobernante local de la ciudad, Cortés le pidió que dejaran su religión y adoptaran el cristianismo, mandando a sus hombres a destruir los ídolos religiosos mayas y poner cruces e imágenes de la Virgen María en el templo.

El 8 de noviembre de 1519 se produjo el encuentro entre Moctezuma y Cortés, donde doña Marina fungió como intérprete. Como Moctezuma II creyó que los españoles eran enviados del dios que vendría del Este, fue un espléndido anfitrión de éstos.

Mientras los peninsulares permanecieron en Tenochtitlan, visitaron los palacios y templos de la gran capital azteca, así como el gran templo y mercado de la ciudad de Tlatelolco.

Finalmente, Cortés cercó y tomó Tenochtitlán en 1521 para destruir la capital azteca y construir en el mismo lugar la ciudad española de México.

Después de dominar el antiguo imperio azteca, lanzó expediciones hacia el sur para anexar los territorios de Yucatán, Honduras y Guatemala.

En 1522 fue nombrado gobernador y capitán general de Nueva España; sin embargo, la Corona española practicó una política de recorte de los poderes de los conquistadores y funcionarios reales fueron enviados a México para compartir la autoridad de Cortés, hasta que éste fue destituido y enviado a la Península.

En España salió absuelto de todas las acusaciones que se le imputaban e incluso fue nombrado marqués del Valle de Oaxaca, además de que conservó el cargo honorífico de capitán general.

De vuelta a México, en 1530, todavía organizó algunas expediciones de conquista, como las que incorporaron al territorio la Baja California.

Regresó nuevamente a España para intentar obtener mercedes de la Corona por los servicios prestados, pero sus reclamaciones nunca fueron satisfechas.

Hernán Cortés se instaló en un pueblo cercano a Sevilla, en donde reunió una tertulia literaria y humanística, hasta que murió el 2 de diciembre de 1547.

Moctezuma

Moctezuma II se encontraba al mando del imperio azteca a la llegada de los españoles y fue quien les abrió las puertas de Tenochtitlán, hecho que para muchos fue signo de debilidad e incluso lo que lo llevó a la muerte, pero para poder entender el actuar de este tlatoani hay que profundizar en las situaciones que vivió y en su propia historia.

Moctezuma II, hijo de Axayácatl e Izelcoatzin, hija de Nezahualcóyotl, fue el gobernante de la ciudad mexica de Tenochtitlan, cuyos dominios se extendieron a las ciudades de Texcoco y Tlatelolco desde 1502 hasta 1520.

Como gobernante mantuvo una política enérgica e implementó mecanismos para centrar el poder en su persona, en parte esto se debió a que tuvo una preparación militar

La etiqueta real no permitía que el pueblo común lo viera, e incluso su círculo más cercano no podía verle a los ojos, debía hablarle en voz baja y entrar descalzo al recinto en donde se encontraba.

En la primavera de 1519, al recibir la noticia de la llegada de extraños a la costa este del actual México, Moctezuma envió embajadores presididos por cinco nobles mexicas para investigar los relatos.

Los emisarios llevaron tres conjuntos de atavíos: uno de Tezcatlipoca, otro de Tláloc, y otro más de Quetzalcóatl, pues Moctezuma creía que Cortés podía estar relacionado con esta última deidad, y pensaba que si el español permitía que lo adornasen con sus tributos quedaría probado que tal relación era cierta, puesto que nadie se dejaría adornar de tal forma sin estar autorizado para ello por el dios.

Pero Cortés se mostró complacido con los envíos y se dejó vestir con el traje de Quetzalcóatl, lo cual aterrorizó a Moctezuma, que envió ricos presentes para evitar que los españoles se acercaran, sin embargo, los regalos sólo excitaron la codicia de los invasores.

Otros intercambios con los españoles dieron lugar a nuevas casualidades cuya interpretación religiosa alimentaron el pánico místico del tlatoani, como fue el caso de un casco militar oxidado enviado por Cortés con el encargo de que lo llenaran de oro, el cual resultó ser idéntico a una prenda de Huitzilopochtli.

El 8 de noviembre de 1519, se encontró con Cortés, convencido de que era el dios y sacerdote Quetzalcóatl.

Moctezuma cedió ante todas las solicitudes del conquistador, por lo que sus 400 hombres con 40 caballos y más de 3 mil aliados tlaxcaltecas fueron alojados en el suntuoso palacio de Axayácatl, y a los españoles se les obsequió gran cantidad de presentes.

Pero el final de la relación entre españoles y mexicas llegó cuando se celebraba la fiesta Tóxcatl, pues los conquistadores cerraron las puertas del recinto y exterminaron a todos los participantes en lo que se conoce como "La matanza del Templo Mayor", lo que provocó que el pueblo se alzara en una revuelta, y los peninsulares aprisionaran a Moctezuma.

En un intento para sofocar el violento tumulto, el tlatoani se asomó al balcón de su palacio, instando a sus seguidores a retirarse, pero la población contempló horrorizada la supuesta complicidad del emperador con los españoles, por lo que comenzaron a arrojarle piedras y flechas que lo hirieron mortalmente, falleciendo poco tiempo después del ataque.


Miguel Hidalgo, falsificación histórica.

En el contexto del bicentenario (1810-2010) de la insurrección de Hidalgo y de otros líderes que preparó la independencia de México, vale la pena ofrecer algunas consideraciones sobre un presunto texto de excomunión que, por lo que parece, resulta ser un claro ejemplo de falsificación histórica.

En un disco titulado “Memoria Política de México” y publicado en 2007 por Doralicia Carmona Dávila, profesora de Historiografía e Historia Social y Cultural en la Universidad de Guanajuato (México), se recogen diversos documentos relativos a la historia de México. En la colección aparece un texto que, presuntamente, habría sido usado para excomulgar a Miguel Hidalgo en 1810.

El texto que nos interesa fue ofrecido en el siguiente hipervínculo: http://www.memoriapoliticademexico.org/Textos/1Independencia/1810DEM.html, al cual accedimos el 31 de marzo de 2009 (posteriormente dejó de ser accesible vía Internet). El texto iniciaba como sigue:
“Decreto lanzado por el obispo Manuel Abad y Queipo. Obispo de Michoacán de 1810 a 1815.
“Por autoridad del Dios Omnipotente, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y de los santos cánones, y de las virtudes celestiales, ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, papas (sic), querubines y serafines: de todos los santos inocentes, quienes a la vista del santo cordero se encuentran dignos de cantar la nueva canción, y de los santos mártires y santos confesores, y de las santas vírgenes, y de los santos, juntamente con todos los santos y electos de Dios: Sea condenado Miguel Hidalgo y Costilla, ex cura del pueblo de Dolores.
“Lo excomulgamos y anatemizamos, y de los umbrales de la iglesia del todo poderoso Dios, lo secuestramos para que pueda ser atormentado eternamente por indecibles sufrimientos, justamente con Dathán y Habirán y todos aquéllos que le dicen al señor Dios: ¡Vete de nosotros, porque no queremos ninguno de tus caminos! Y así como el fuego es extinguido por el agua, que se aparte de él la luz por siempre jamás (sic)”.
Siguen luego diversas maldiciones y condenas, sin que exista ninguna frase que deje espacio abierto al arrepentimiento (lo cual es una omisión extraña en un texto de excomunión). La última línea es la siguiente:
“Que lo maldigan y condenen. ¡Amén! Así sea. ¡Amén!”.
El texto en cuestión ha sido reproducido a lo largo del siglo XX en distintas obras y con variantes más o menos significativas. Por recoger algunas, evidenciadas con la ayuda de books.google, podemos recordar las siguientes:
Sociedad Chihuahuense de Estudios Históricos, “Boletín de la Sociedad Chihuahuense de Estudios Históricos”, La Sociedad, Chihuahua 1946, p. 225.
Luis Rodríguez, “¡Loor a nuestros héroes!: Año de Hidalgo 1953” (sin editorial), p. 9.
México Congreso. Cámara de Diputados, “Los derechos del pueblo mexicano: México a través de sus constituciones”, Publicado por M. Porrúa, México 19782, p. 74.
Francisco R. Almada, “Diccionario de historia, geografía y biografía sonorenses”, Gobierno del Estado de Sonora, Sonora 19832 (1ª edición de 1952), p. 198.
Manuel López Gallo, “Economía y política en la historia de México”, Ediciones “El Caballito”, México DF 198727, pp. 110-111.
José Herrera Peña, “Maestro y discípulo”, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia 1995, p. 31.
Juan Miguel de Mora, Willebaldo López, “La ciudad del México Contemporáneo”, Escenología A.C., 1997, p. 143.
Octavio A. Hernández, “Mil y un planes, tres revoluciones y una última Constitución”, Cámara de Diputados, LIX Legislatura, 2006, p. 10.
Como se nota, se trata de un texto que goza de cierta difusión y que ha sido reproducido en varias ocasiones, sea en libros divulgativos, sea en otros que tienen cierto carácter oficioso. También puede encontrarse completo o en modo parcial en diversos periódicos y en páginas de Internet. Por ejemplo, en los siguientes lugares, según una breve investigación realizada en Internet el 13 de abril de 2010:
http://www.cambiodemichoacan.com.mx/vernota.php?id=61680 (con fecha 6 de mayo de 2007);
http://www.periodicodigital.com.mx/blogs/por_soleares/?p=66 (con fecha 17 septiembre 2009);
http://laip.sinaloa.gob.mx/Revistas/CGA/CausaComun/Septiembre2006/CULTURA_HIDALGO_COSTILLA.htm;
http://www.periodistasenlinea.org/modules.php?op=modload&name=News&file=article&sid=13990;
http://www.tvradioriviera.com/noticias/opinion_29/politica-nacional-alto-clero-izquierda_5239, (Ángel Torres, “Alto clero vs. la izquierda”, con fecha 14 de febrero de 2010);
http://www.notimediaradio.com/Movimiento%20Rebelde.htm (texto entregado a la Nunciatura de la Santa Sede en México, el 30 de enero de 2009).
El documento de la presunta excomunión de Hidalgo ha sido difundido ampliamente. Sin embargo, carece de avales históricos de peso. Más aún, no coincide en nada con otro texto de excomunión, recogido en colecciones de documentación histórica ampliamente reconocidas, fechado también el 24 de septiembre de 1810, y que inicia con estas palabras “Omne regnum in se divisum desolabitur” (Lc 11,17).
Este documento de excomunión, que consideramos auténtico, se encuentra, por ejemplo, en E. De la Torre Villar, M. González Navarro, S. Ross, “Historia documental de México II”, UNAM, México 1984, p. 38. El texto completo de la excomunión está en las pp. 36-39 del citado libro, y puede leerse también en Internet, en http://www.pim.unam.mx/catalogos/hyd/HYDII/HYDII044.pdf (visto el 14 de abril de 2010).
De la Torre, González y Ross indican que han tomado el texto de otra obra: J.M.L. Mora, “México y sus revoluciones”, vol. III, pp. 57-62, que puede ser leído con facilidad en una edición más reciente: J.M.L. Mora, “Obra histórica III. México y sus revoluciones”, 3, SEP, México DF, 1988, pp. 45-48, nota 2.
Entonces, ¿cuál es el origen del texto reproducido por Doralicia Cardona y por otras personas, y que contiene un número tal elevado de maldiciones contra Hidalgo? Ese presunto documento procede de una vieja fórmula de excomunión de la Edad Media, la cual aparece en una recopilación de textos y documentos de diferente tipo realizada por el obispo Ernulfo de Rochester (que vivió entre 1040 y 1124 aproximadamente) y que es conocida como “Textus roffensis”. Se puede acceder a este texto a través del siguiente link: http://tinyurl.com/7sbgwz  (visto el 17 de abril 2010), en las páginas 98-100.
La fórmula de excomunión que recoge el “Textus roffensis” fue traducida al inglés en épocas sucesivas y presentada, ya durante los primeros lustros del anglicanismo, como un texto papal, cuando en realidad se trata de un texto publicado en una iglesia local, como se indica correctamente en otras ediciones y traducciones del mismo.
La hipótesis que presento es, por lo tanto, la siguiente. La idea según la cual el texto de excomunión medieval recogido en el “Textus roffensis” hubiera sido aplicado a Miguel Hidalgo y Costilla debe haber surgido en algún momento, aún no claramente determinado, de la primera mitad del siglo XX. Tal texto era completamente desconocido en el siglo XIX, por la sencilla razón de que nunca se usó para excomulgar a Hidalgo.
Hay que señalar, como ha sido indicado recientemente, que el seguramente falso texto de excomunión no aparece en numerosos estudios sobre Hidalgo basados en buenas ediciones de documentos de la historia de México, como ha sido recordado por J. Jesús García y García en varios artículos recientes y recogidos luego en forma unitaria en una página de Internet (cf. J. Jesús García y García, “Se propaga, malévolamente, una falsa excomunión de Hidalgo”, en http://tinyurl.com/y5cenv9 (con fecha 16-9-2009, visto el 14-04-2010).
Para concluir, es oportuno hacer ver, salvo prueba documental seria que por ahora no existe, la falsedad de un texto de excomunión contra Hidalgo que algunos consideran (equivocadamente) como verdadero y usan para denigrar a diversas autoridades eclesiásticas del México del siglo XIX. En realidad, la excomunión a Hidalgo según el “Textus roffensis” es simple y llanamente un falso histórico.

La Iglesia Católica en México

Es algo muy generalizado que en las escuelas públicas o en las privadas no católicas se inculque a los educandos que la Iglesia Católica ha sido nefasta para México, factor de retroceso y explotación, y sembradora de fanatismo e ignorancia.

Se hace poco o ningún caso de testimonios como el del Barón Alejandro Von Humboldt, quien en su "Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España", estaba asombrado por todas las instituciones de beneficencia y científicas que bajo el auspicio de la Iglesia Católica se habían erigido en el país. 
Nuestra Iglesia fundó en México la primera Universidad de las Américas y en la capital del virreinato y en todo el país sostenía gratuitamente cientos de hospitales, que existirían hasta la fecha de no haber habido tantas persecuciones. Algunos ejemplos fueron: El Amor de Dios, San Juan de Dios, El Divino Salvador, San Camilo, el Hospital de Jesús, San Bernardino –primer manicomio que se fundó en el mundo–, San Andrés, San Lázaro, el de los Padres Antoninos, el de Los Leprosos…
También tenía hospicios, como La Casa de Cuna para niños expósitos, San Nicolás, San Felipe Neri, La Casa de los Pobres, la Casa de las Recogidas, La Casa de las Bonitas ¬–para enseñar oficios a las jóvenes para no caer en la prostitución–, etcétera.
Para la ilustración de los indios la Iglesia tenía el Colegio de San Pedro y San Pablo, el Colegio de San Francisco, el de Santa Cruz, Santiago Tlatelolco, San Buenaventura, Escuela de María, Colegio de Cristo, San Ramón, etcétera, donde miles de indígenas recibían no sólo instrucción religiosa y secular elemental, sino también superior en las letras y las artes (García Cubas: “México de mis Recuerdos”).
Se ha olvidado que es gracias a la Santa Iglesia Católica que la cultura grecoromana nos ha sido transmitida intacta, pues fueron los frailes y clérigos quienes preservaron en sus monasterios y conventos todos los escritos clásicos de ciencia, literatura y filosofía durante las invasiones de los bárbaros. Esto, desde luego, debemos agradecérselo no sólo los mexicanos, sino la humanidad entera.
Hemos olvidado quiénes fueron nuestros civilizadores: Fray Pedro de Gante, Fray Toribio Benavente (Motolinía), Fray Bartolomé de las Casas, San Fray Junípero Serra, el “Tata” Vasco de Quiroga, Fray Alonso de la Vera Cruz, Fray Bernardino de Sahagún, Fray Eusebio Kino, etcétera, que los liberales más cultos e inteligentes reconocen y ponderan.
No debemos olvidar tampoco que quienes ocupaban el poder durante la época independentista y desde mucho antes, no eran ciertamente el clero católico o sus allegados, sino fuerzas masónicas, ya fueran francesas o francófilas. Tampoco olvidemos que luego de la derrota de Napoleón, las redactoras de la Constitución de Cádiz obligaron a Fernando VII a jurarla, a lo que los católicos de México respondieron, con Iturbide a la cabeza, para alcanzar la independencia efectiva.
Los enemigos de la Iglesia persiguieron a los frailes que levantaron El Álamo, el cual ya estaba convertido en ruinas durante la guerra contra Texas y fueron también sus enemigos los que abatieron a Iturbide cuando levantó un Imperio que colindaba con Oregón, Luisiana y Colombia.
Los personajes que derribaron ese Imperio, como Santa Anna y Valentín Gómez Farías, estaban de acuerdo con las logias de Estados Unidos para cercenar nuestra nación. Durante el interinato presidencial de Gómez Farías en 1833, éste ordenó cerrar la Universidad Pontificia de México e incautó los bienes de las misiones de California.
Sin embargo, fondos de esas misiones no servían sólo para instruir a los indios en la fe, sino para darles una educación de la misma categoría que la que se alcanzaba en Europa y con la que lejos de explotarlos, se les enseñaba a cultivar la tierra, a pastorear el ganado y a administrar ingenios azucareros, plantíos de algodón y toda clase de legumbres y frutales.
Por otro lado, las luchas intestinas provocadas por las logias no sólo impidieron que México pudiese tener control sobre Texas y los territorios del Norte, sino que auspiciaron incluso enfrentamientos con Europa, como cuando al luchar Vicente Guerrero contra Manuel Gómez Pedraza en la "Revolución de La Acordada", arruinaron negocios extranjeros originando la "Guerra de los Pasteles".
Mientras las riñas entre las facciones masónicas se agudizaban, Texas se hacía independiente en 1836 y 10 años después, en tanto México luchaba contra EU, Gómez Farías ¬–el gran enemigo del clero– en otro interinato presidencial en que lo colocó Santa Anna, se dedicó a perseguir y esquilmar a la Iglesia Católica.
Más tarde, durante el gobierno de Benito Juárez, los leprosos, los inválidos, los orates y los niños expósitos que ocupaban los hospicios y hospitales que sostenía la Iglesia, fueron arrojados a la calle, al ser despojada ésta de sus "bienes de manos muertas" y sus instituciones de beneficencia (Tomo V de la "Historia de la Iglesia en México" de Mariano Cuevas).
La Iglesia requería de inmuebles para poder atender sus funciones de beneficencia, pero éstos fueron convertidos en bodegas, arsenales y cuarteles, y durante la Revolución, también en bares y prostíbulos
Durante la Guerra de Reforma, posesiones que en aquellos años valían sumas de 60 millones de pesos, fueron rematadas a menos del 5 por ciento de su valor para caer en manos de ricos hacendados, nunca del pobre pueblo de México. Ése fue el origen del latifundismo que provocó la Revolución.
Con base en la Ley Lerdo, a los mismos indígenas les parcelaron sus propiedades comunales o calpullis –que la monarquía o el virreinato jamás afectaron–, para engrosar las tierras de los hacendados. (Agustín Cué Cánovas: “Historia Mexicana”, Vo.l II)
Se culpa a la Iglesia de haber traído a Maximiliano, pero en las circunstancias mencionadas lo hizo como los náufragos que se acogen a quien los rescata de ahogarse en el mar, es decir, por no haber tenido entonces opción para liberarse del poder de sus enemigos coludidos con el poder, las armas y el dinero de EU.
Más delante, la Constitución de 1917 originalmente discriminaba al clero, negándole en su artículo 24 la posibilidad de ejercer la beneficencia pública.
En el régimen de Plutarco Elías Calles fueron asesinados el Beato Miguel Agustín Pro y cientos de mártires mexicanos (y fueron perseguidos santos evangelizadores, como San Rafael Guízar Valencia), mientras que sus persecutores, Álvaro Obregón, Pablo González, etcétera han sido considerados héroes o próceres.
La Iglesia Mexicana ha sido civilizadora, educadora, benefactora y mártir... Los elementos putrefactos que han hecho daño son unas cuantas y casi microscópicas manchas, que nuestros enemigos se encargan de exagerar para sembrar ignorancia y la ingratitud hacia ella.

Diócesis italiana rinde homenaje a prócer católico de la independencia de México

ROMA, 25 Oct. 2005  



La diócesis italiana de Livorno, en el norte del país, rindió recientemente un homenaje a una de las figuras más importantes de la historia de México, el prócer católico Agustín de Iturbide.

El evento, organizado por el Obispo de Livorno, Mons. Diego Coletti, recuerda el paso del prócer por la diócesis, donde vivió desterrado hasta que decidió retornar a su tierra natal, donde murió fusilado luego de ser vilmente acusado de “traidor” por la poderosa masonería local.

La celebración, realizada en el Santuario de Montenero –donde Iturbide acudiera tantas veces a orar durante su destierro– contó con la presencia del Cardenal Juan Sandoval Iñiguez, Arzobispo de Guadalajara (México), quien durante el acto de develación de una placa en memoria del héroe mexicano destacó su lealtad como católico y mexicano.

“Es bastante extraño que se haga memoria de Agustín de Iturbide fuera de México”, especialmente porque “en su patria se le tiene oficialmente olvidado y está ausente en nombres de calles, monumentos y plazas; cuando en los libros de historia se hace alguna escurridiza mención de él, es para denigrarlo”, destacó el Purpurado durante su intervención en el acto de homenaje.

“Agustín de Iturbide –explicó el Cardenal Sandoval– sigue siendo víctima de las ideologías en pugna y de los sistemas políticos derivantes”.

Luego de recordar que fue Iturbide quien consumó la independencia el 27 de septiembre de 1821, el Purpurado destacó cómo los liberales intransigentes lo declararon “traidor y fuera de la ley”; y así tras su retorno a México fue fusilado por un oficial de ínfimo rango.

“Su muerte es un pecado nacional que todos los mexicanos llevamos como una herida oculta en nuestra conciencia histórica, pecado del cual la minoría que ha gobernado a nuestro pueblo no parece haberse arrepentido todavía, pues se ha negado de manera contumaz a reconocerle como el ‘Consumador de la Independencia’ y a darle el lugar que merece en nuestra historia nacional”, dijo el Purpurado.

“La historia la escriben los vencedores, por eso a él se le ha borrado de la historia. Resulta pues muy significativo que hoy y aquí a miles de kilómetros de México se lo recuerde”, concluyó.

El Cardenal finalmente develó una placa conmemorativa que dice, en italiano y español: “A Agustín de Iturbide, Hijo fiel de México y de la Iglesia Católica, quien promovió y llevó a cumplimiento la independencia de México por fidelidad a su conciencia de católico llegó exiliado a Livorno en el año de 1823. La Ciudad y la Diócesis de Livorno y la Iglesia de México lo recuerdan y le honran cono un hombre que supo luchar y morir por su Patria y por su Fe”.